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El camino sin retorno a la literatura

El camino sin retorno a la literatura

Cuando Amelia Pérez de Villar presentó en Zaragoza su ensayo Los enemigos del traductor (Fórcola, 2019), le pregunté cómo conseguía dar vida a clásicos como Henry James, Emily Brontë o Gabriele D’Annunzio a través de sus textos. Ella respondió con humor que traducirlos era como hacer espiritismo: quien vierte a los muertos a otros idiomas debe entrar en trance, cual médium, y lograr que hablen por su boca.

He recordado esta broma que ahora me parece muy seria tras leer los Cuentos de Thomas Wolfe, recién traducidos por Amelia para la editorial Páginas de Espuma. En verdad, mientras paso las hojas del libro, tengo la impresión de que su autor se levanta del papel y me habla en la lengua inagotable de la ficción.

"El autor apenas volvería a Asheville, donde su padre murió en 1922 cuando él acababa de obtener un máster en Literatura por Harvard"

Scott Fitzgerald afirmó que la narrativa de Wolfe contenía demasiadas cosas, y que debería tomar ejemplo de Flaubert, quien eliminó de Madame Bovary todo lo superficial, por considerarlo poco importante. Él le respondió: Bueno, Scott, no te olvides de que un gran escritor no solo es alguien que deja cosas fuera sino también alguien que incorpora cosas, y que Shakespeare, Cervantes y Dostoievski fueron grandes incorporadores, que de hecho incorporaban más de lo que quitaban y serán recordados por lo que pusieron. Recordados, me animaría a decir, en la medida que Flaubert será recordado por lo que dejó fuera. En esta cita está quizá la clave para adentrarse en la literatura del autor: su técnica consiste en una constante divagación, a veces realista y a veces fantasiosa, que acumula ideas y relatos como si salieran sin orden del desván de la memoria y la imaginación. Su estilo es romántico y vanguardista, realista y abstracto, profundamente lírico sin que la lectura se torne demasiado compleja, como la de su coetáneo Faulkner, quien lo consideró el mejor escritor de su generación, por encima de sí mismo, que se situó en segundo lugar por delante del aludido Fitzgerald, de Hemingway y de Dos Passos.

Thomas Wolfe fue el menor de ocho hermanos. Nació en Asheville, Carolina del Norte, al pie de la cordillera de los Apalaches en 1900. Tres hechos marcarían su existencia preliteraria: la muerte de su hermano Cleveland de fiebres tifoideas a la edad de doce años, en 1904; la separación de sus padres en 1906 (él fue el único de los siete hermanos que se fue a vivir con su madre) y, por último, su marcha de casa en 1916 para estudiar en la universidad de Carolina del Norte. El autor apenas volvería a Asheville, donde su padre murió en 1922 cuando él acababa de obtener un máster en Literatura por Harvard.

Thomas Wolfe en 1937. Fotografía de Carl van Vechten.

Todos los cuentos importantes del autor parecen girar en torno a una idea fija: la pérdida de sus orígenes provocada por la marcha de Asheville —rebautizada en su obra como Altamont— a la gran ciudad, que simboliza, a su vez, el largo camino sin retorno desde la infancia y la vida familiar a la madurez y la literatura, las cuales le causan una profunda sensación de orfandad. La literatura la ejercerá principalmente en Nueva York, en la editorial Charles Scribner’s Sons, de la mano del mítico editor Maxwell Perkins, a quien dedica el cuento El viejo Rivers, una parodia genial sobre la incapacidad de aceptar la vejez. Se trata de un cuento extraordinario, que por su longitud casi podría ser una nouvelle, al igual que otros tan importantes como No hay puerta, Boom Town, la ciudad del boom inmobiliario y El muchacho perdido; tres auténticas obras maestras de la literatura que versan justamente sobre el referido núcleo de la temática wolfeana: el periplo de la infancia a la madurez, del medio rural a la ciudad, de la realidad a la ficción como caras de una misma moneda.

"La originalidad de El hijo pródigo reside en su división en dos partes, que funcionan a modo de espejos la una de la otra"

Me adentraré en un cuento algo menos conocido que, abordando la misma temática, reviste, si cabe, una mayor audacia formal. Se trata de El hijo pródigo. Su protagonista es Eugene Gant, personaje principal de las dos primeras novelas de Wolfe: El ángel que nos mira (1929) y Del tiempo y el río (1935). La primera de las dos no puede tener un título más a propósito de la idea nuclear del autor: Look homeward, Angel; literalmente: Mira hacia casa, ángel.

En El hijo pródigo, Eugene Gant acaba de escribir su primera novela: una descripción de su pueblo, Altamont, y de sus gentes; los cuales, al publicarse la opera prima de Gant, se ofenden con el autor por ironizarlos, hasta el punto de amenazarle si vuelve a pisar el lugar. Justamente lo mismo que le sucedió a Wolfe tras escribir El ángel que nos mira y volver a Asheville.

La originalidad de El hijo pródigo reside en su división en dos partes, que funcionan a modo de espejos la una de la otra. En la primera, Lo imaginado, Gant, alter ego de Wolfe, evoca su vuelta a Altamont. Es un hombre con una maleta que recorre las calles nocturnas y solitarias sin un lugar donde alojarse, hasta que llama a la puerta de una gran casa y le abre una anciana, que simboliza claramente a la madre de Wolfe, que vivió sola y regentó una pensión tras separarse de su marido en 1906. La anciana, aunque reticente, accede a alojar a Gant y éste, tendido en la cama, rodeado del silencio y de la penumbra nocturna, cree oír una voz fantasmal que susurra: “¡Hermano, hermano! ¿Para qué has vuelto a casa? ¡Es que no sabes que no puedes volver!”; en clara alusión a Cleveland, el hermano de Wolfe muerto de fiebres tifoideas.

"Los ángeles funerarios aparecen en diversas narraciones del autor, pero su simbología no resulta clara, sino más bien ambigua y polisémica"

La segunda parte de El hijo pródigo se titula Lo real y el estilo da un giro total: del romanticismo gótico de la primera parte pasa a un realismo tosco donde las ensoñaciones de Eugene se desvanecen al comprobar la rudeza de los habitantes de Altamont, que son en su mayoría pueblerinos y hasta criminales. Es el choque entre lo imaginado y lo real, entre la vida y la literatura, entre los hechos y la ficción.

Un segundo tema inagotable y misterioso que me gustaría tratar es el papel de los ángeles en la narrativa del autor. El padre del novelista, William Oliver Wolfe, fue marmolista y tuvo en Asheville un negocio de lápidas funerarias. Al parecer, a la entrada de su taller hubo durante la infancia de Thomas la estatua de un ángel que su padre nunca deseaba vender. En la novela El ángel que nos mira, el padre de Eugene Gant, también marmolista funerario, acaba vendiendo la estatua a la madama de un burdel, lo cual provocó un cómico escándalo en Asheville, pues en la realidad la tumba para la cual se empleó el ángel conserva los restos de una mujer muy piadosa. Pues bien, el primer cuento de esta edición de Páginas de Espuma se titula Un ángel en el porche, y se inspira también en esa misma anécdota real. En el cuento, el padre de Eugene Gant tiene un ángel funerario de mármol a la entrada de su tienda de lápidas y se la vende a una de las señoras más distinguidas de Altamont, como sucedió realmente.

"Desde que hace meses leí las novelas de Kafka, ningún libro ni autor me habían impresionado como estos Cuentos de Thomas Wolfe editados por Páginas de Espuma, una joya para cualquier letraherido"

Los ángeles funerarios aparecen en diversas narraciones del autor, pero su simbología no resulta clara, sino más bien ambigua y polisémica. Le pregunté a Amelia Pérez del Villar su opinión al respecto, tras traducir seiscientas páginas, y me respondió: “Para mí los ángeles simbolizan precisamente eso que nos mira, con un sentimiento religioso, la mirada a la que no puedes escapar, en cierto modo el juicio al que no dejas de someterte. No son ángeles de la guarda, ni son guardianes, ni vigías… Son esa presencia imponente del Dios que castiga si haces algo mal, una presencia de la que no te puedes zafar”.

Las palabras de Amelia entroncan con el lirismo del autor, con su añoranza del paraíso perdido de la infancia, del pueblo, de la familia; ese mundo triste que, paradójicamente, se expresa en aquello que provoca más alegría a Wolfe: la literatura, el placer y el dolor de escribir.

Desde que hace meses leí las novelas de Kafka, ningún libro ni autor me habían impresionado como estos Cuentos de Thomas Wolfe editados por Páginas de Espuma, una joya para cualquier letraherido.

Tumba de Margaret Johnson en el cementerio de Hendersonville, Carolina del Norte.

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