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Diana, de Blas Ruiz Grau

Blas Ruiz Grau (Alicante, 1984) es una de las plumas más prometedoras del panorama negro nacional. Tiene un sentido del ritmo que hace que sus libros se lean en un suspiro. Y en este relato nos pega, además, un puñetazo en las tripas de nuestra sociedad, tan compleja y tan difí­cil, tan amiga de las soluciones fáciles e imposibles como poco dispuesta a aplicarlas.

Y eso me hace preguntarme por la función del género negro. Y por la importancia de autores como Blas, que honran la vieja tradición desde una perspectiva moderna. Y si no, lean. (Juan Gómez-Jurado)

Su madre tenía razón:

Cuando un corazón retumba con tanta fuerza dentro de un pecho, los demás sonidos pasan a un segundo o ter­cer plano.

No era idiota, sabía que su madre no se refería a una interpretación literal de la frase cuando tantas veces se la repetía, aunque, visto de otro modo, se la podía aplicar perfectamente en el justo sentido que pretendía darle.

Aunque ahora era literal.

Su corazón bombeaba sangre a un ritmo casi inhuma­no, frenético, y esto hacía que sus oídos no oyeran otra cosa que esas fuertes pulsaciones marcando un ritmo tan desigual. Y aquello no era bueno. Nada bueno.

Sobre todo al estar en medio de una situación como aquella.

Tenía claro que lo menos conveniente para calmar su ritmo cardíaco era volver a pensar que no tenía que ha­berse dejado llevar por su instinto, que tenía que haber seguido el procedimiento natural y que, aunque quizá no estuviera tan cerca de lograr su objetivo como en aquel momento, al menos su vida no correría ese peligro.

Se maldijo por ser tan cabezota.

Pero ella sabía que él estaría ahí, por más que su compañero dijera que no. Tampoco era que éste último se hubiera empecinado en la negativa sin fundamentarse en nada, de hecho, tras ella haber insistido, habían vuelto a revisar el lugar una vez más sin éxito. Y tal como vaticinó su compañero, ese maldito psicópata no estaba. Aunque ya montada en el coche sabía que no lo encontrarían. No actuando así. ¿Cómo esperar a que se quedara quieto si sólo les faltaba un coche con altavoces que anunciara que iban a por él? ¿Cómo hacerlo con semejante polvareda levantada? Pues claro que no estaba cuando llegaron en aquella vorágine de policías vestidos de uniforme.

Este varapalo debería haber traído consigo que ella hubiera claudicado y aceptado que estaba equivocada, pero esto sí que no era cabezonería, era lógica pura.

El origen de sus males, de sus conflictos, estaba en esa casa. El lugar donde su padre mató a su madre tras una brutal paliza. El lugar donde recibía cintarazos sin necesidad de una razón. El lugar en el que tuvo su primera experiencia sexual, aunque no fuera sana ni voluntariosa. El lugar donde mató a su primera víctima real —aunque los informes dijeran que había sido Paula, cuyo nombre figuraba arriba del todo en su cómputo oficial como ase­sino en serie de jovencitas, y que casualmente también había llevado a esa casa para matarla—: su padre.

Diana no quería ser más lista que nadie, pero años estudiando a psicópatas, casi que conviviendo con ellos, le había hecho entender cómo podía llegar a funcionar una mente así —aunque en la mayoría de casos acabaran rompiendo esos mismos patrones ya que eran personas completamente imprevisibles—. Y ahora sabía que no se equivocaba.

Estaba ahí. No se equivocaba.

No llegó a percatarse de en qué momento sucedió, pero al cabo de unos segundos sintió que su pulso ya era el de una persona normal muy alterada, por lo que sus oídos volvían a estar operativos casi al cien por cien. Aquello no es que fuera del todo bueno, pues poder percibir lo que se oía a su alrededor trajo consigo una verdad aterradora: la quietud y la calma imperaban en aquel lugar oscuro y frío. Y, según su experiencia, no había nada peor que la quietud y la calma.

La idea de la linterna quedaba totalmente descartada. No podía anunciarse frente a ese chiflado con una luz, por lo que la oscuridad tendría que formar parte de ese juego. Sí o sí.

Genial. No le daba miedo la oscuridad, pero sí era cierto que le producía un gran respeto. Malditas películas de terror psicológico… No vería ni una más.

Tragó saliva. Pensó en los motivos que la empujaban a estar ahí, haciendo la inconsciente. La imagen de las cinco víctimas copó sus pensamientos. Por ellas debía es­tar ahí, en ese lugar. Por ellas debía jugarse su propia vida. Había que acabar con esa barbarie de una vez por todas. Ya no más.

No fue consciente del momento en el que extrajo y amartilló su arma, pero se vio a sí misma portándola en unas manos que la asían de todos los modos, menos con firmeza.

¿Qué le pasaba? ¿Qué era lo que la llevaba a tener tanto miedo? No es que hubiera vivido demasiadas situa­ciones parecidas, pero ella se veía a sí misma lo suficien­temente curtida como para no ponerse a temblar como una novata.

Pero el miedo estaba ahí. Con ella.

No tenía demasiado claro cómo hacer para calmarse, para encontrar la entereza que requería la situación, pero sabía que, o agarraba el toro por los cuernos, o ella sería la sexta víctima.

Dio unos pasos por la casa. El paraje en el que se en­contraba le confería un aspecto mucho más tenebroso del que ya tenía de por sí. Aquello era la localización perfecta para la típica película de jóvenes que, uno a uno, iban su­cumbiendo a manos del maníaco homicida.

¿Otra vez pensando en películas?

La entrada principal ya no tenía el doble portón que previsiblemente tuvo antaño y eso le había permitido el paso sin complicaciones. Continuó andando, despacio, por un hall destartalado y repleto de maleza que desem­bocaba en una escalera de piedra que había perdido todo el lustre que un día pareció tener. Se colocó frente a ella y levantó la vista. Ahí fue cuando vislumbró algo que inter­pretó como una tenue luz.

Sí, era una luz, de eso estaba segura.

Él estaba en casa, tal y como ella había previsto. Sa­bía que no se equivocaba, pero aquello podía interpretarse como algo bueno y horrible a la vez.

La lógica le decía que ahora sus temblores debían de aumentar, pero su cerebro seguía a su bola y su reacción fue totalmente contraria a la que esperaba: los nervios amainaron de manera increíble, haciendo que ese des­controlado corazón que latía sin conocimiento hacía unos minutos hubiera rebajado su intensidad y frecuencia con­siguiendo que ella tuviera que tocarse el cuello para saber si seguía viva. Puede que fuera estúpido, pero necesitó hacerlo porque de verdad llegó a pensarlo.

Una vez comprobado y, sin poder creer todavía la ex­trema calma que reinaba en ella, comenzó a subir uno a uno los peldaños.

Ascendía a sabiendas de que uno de esos pasos la po­día delatar, por ello pisaba con una suavidad pasmosa, lo cual le trajo una nueva sorpresa: no emitía ni el más leve sonido con cada uno de sus pasos. ¿La suerte estaba con ella? ¿Podría pillar a ese hijo de la gran puta despreveni­do? Y una vez lo hiciera, ¿cómo actuar? ¿Le dispararía sin más porque no merecía otra cosa o intentaría que se pudriera en la sombra?

Todo eso daba igual, porque lo que verdaderamente importaba era encontrar ese factor sorpresa.

Pero no llegaría.

Un sollozo por parte de lo que parecía ser una mu­chacha joven hizo que lo mandara todo a paseo y corriera como si la perseguida fuera ella.

No le fue difícil encontrar la habitación en la que el psicópata iba a matar a la chica porque la luz, una vez arriba, fue mucho más visible y clara. Al entrar comprobó que un quinqué ubicado en el centro justo de la estancia servía para este cometido.

—¡Suéltala, hijo de puta! —vociferó sin pensarlo ni un solo momento.

Durante una milésima de segundo se preguntó a sí misma si había hecho bien en actuar tan a saco, puede que él se pusiera nervioso y, aunque acabara abatido por su arma, la muchacha también pereciera. Por suerte no ocurrió esto.

Unos segundos de miradas tensas entre ambos ayu­daron a Diana a poder hacer una composición visual del escenario que se le planteaba:

La estancia era amplia, pero seguramente que no hu­biera nada más que tres personas y la pequeña lámpara dentro ayudaba a que esa sensación se viera acrecentada. En el centro exacto, justo al lado de la fuente de luz, el psicópata tenía agarrada con firmeza a la que, si Diana no lo impedía, sería su sexta víctima. A pesar de utilizar un solo brazo en ese menester, ya que con el otro sostenía un voluminoso cuchillo que apuntaba directamente al cuello de la chiquilla, ella no podía moverse ya que la sujetaba con una entereza sobrenatural. Con esa chica parecía se­guir el patrón de las anteriores muertes, pues era morena, con pelo largo y peinada con la raya en medio. Su piel era tersa y blanca como la nieve, igual que las anteriores. Su aspecto era menudo y angelical. Ni de lejos aparentaba los, probablemente, quince o dieciséis años que tendría. Sus compañeros bromeaban en comisaría con que las víctimas se parecían a ella misma. Ahora, viéndola ahí, tiritando de miedo, no pudo más que darles la razón. Era aterrador, pero se parecía demasiado a ella misma.

Decidió salir de todos esos pensamientos y actuar. El ángulo de tiro del que disponía quizá no era el me­jor, pero todavía podía arriesgarse sin poner la vida de la muchacha en peligro. El problema surgió cuando se dio cuenta de que, una vez más, su cuerpo y su cerebro no gozaban de esa armonía requerida: ella quería acabar con ese malnacido, pero sus dedos no. Parecía que había una desconexión total entre ambas cosas, por lo que apretar el gatillo quedaba descartado por el momento. Puede que la única solución fuera intentar razonar, aunque, con un ser así… ¿Se podía?

Al menos su boca sí seguía sus órdenes.

—Por favor, suelta a la muchacha y te prometo que encontraremos una buena salida a todo esto —quizá no era lo más acertado, pero fue lo que le salió.

Él se limitó a seguir mirándola y a sonreír.

—¿Qué es una buena salida para ti?

Diana midió sus palabras. Querría haberle contesta­do: «una en la que tú no acabes con los sesos desparrama­dos por el suelo», pero no era plan.

—Una en la que no se magnifiquen más los daños. No aumentes tu legado de muerte, por favor. Ella no tiene culpa de nada.

—¿Cómo que no? —respondió nervioso— ¡Mírala bien! —vociferó al tiempo que la chica lloraba con más fuerza—.

—Lo siento mucho, pero ahora mismo no te entiendo. ¿Qué quieres que vea en ella? Yo sólo veo a una chiquilla asustada.

—¡No la estás mirando bien!

Diana tomó aire y trató de encontrar paciencia don­de ya no creía que la hubiera. Y, de hecho, se esforzó en hacer lo que él le pedía, pero seguía sin ver nada extraor­dinario. Lo único que tenía enfrente era a una niña implo­rando por su vida.

—Por favor, suéltala. Te prometo que quiero enten­der qué te ha llevado a cometer estas atrocidades, pero no puedo.

—Todo tiene una justificación.

—Ya, a ver, no dudo en que no lo creas así, pero sien­to decirte que eso sólo lo ves tú. Lo que creo que es estás proyectando algún trauma de tu infancia en las mucha­chas que has matado, y te prometo que con eso sí que te podemos ayudar si tú quieres. Porque te lo vuelvo a repe­tir: sólo es una niña, nada más.

Él parecía cada vez más nervioso, pero por un mo­mento encontró una extraña calma para seguir hablando.

—Eso dice ella, que sólo es una niña. ¡Pero yo sé que no! Es como todas, una maldita puta que te dice compren­der para sacártelo todo y, una vez lo tienen, te dan una patada y te mandan a la mierda. Sólo nos quieren para aprovecharse de nosotros. Para tener hijos y sacarnos has­ta el último cuarto ganado con nuestro sudor. Y, claro, no les levantes la voz porque enseguida se escudan en que eres un tipo violento y que la sociedad patriarcal en la que vivimos blablablablablabla.

—No sé por qué dices es…

—¡Que te calles! —gritó al tiempo que comenzaba a llorar.

Diana no se esperaba esto. Los constantes cambios en la forma de actuar del psicópata la estaban descolocando. Y no supo si fue fruto de esto, pero podría haber actuado en ese preciso instante, echarse sobre él, ya que soltó a la muchacha y dio unos pasos atrás colocando sus manos sobre la cabeza al tiempo que sollozaba; pero no lo hizo. Diana tenía que haberlo hecho, pero no podía reaccionar y no entendía muy bien la razón. Sólo podía mirarlo mien­tras él se compadecía una y otra vez al tiempo que lloraba y maldecía a todas las mujeres porque, según él, eran el origen de todos los males.

Y perdió su oportunidad. Tanto fue así que el psicó­ pata se giró de repente y agarró de nuevo a la chica, que incomprensiblemente tampoco se había movido de su si­tio. Ahora Diana sí podía moverse, ya que parecía haber recuperado el control sobre sí misma, pero de poco im­portó porque no le dio tiempo a nada. El hombre empujó a la asustada chica contra la policía, que instintivamente soltó el arma y se protegió contra el impacto cuerpo con­tra cuerpo que iba a sufrir. Pero esto no hubiera sido nada de no ser por un veloz movimiento del asesino, que apro­vechó la confusión generada para echarse sobre Diana y clavarle el enorme cuchillo sobre su pecho.

Y, después de esto, todo se tornó negro.

Diana abrió los ojos. Aquel doble bombo infernal que era su corazón había vuelto a adueñarse de todo lo que era capaz de oír. Pero aquello no era malo del todo, ¿no? Significaba que seguía viva. ¿Qué había pasado? ¿Dónde estaba? ¿Por qué estaba tumbada y empapada en sudor? ¿Dónde estaba ese psicópata?

Tardó unos segundos en comprender que aquello ha­bía formado parte de un sueño. Demasiado real, eso sí, pero un sueño al fin y al cabo. Trató de incorporarse de la cama y un fuerte dolor en el costado hizo que algo se acti­vara en su corteza prefrontal y recordara el porqué de ese dolor tan intenso. Y el del labio también. Y, sobre todo, dónde estaba ese psicópata.

Dormía a su lado. Tranquilo. Confiado.

Diana no necesitaba que se despertara para saber cuá­les serían sus primeras palabras. Como otras veces, serían las exactas para que ella acabara cediendo, engañándose a sí misma, y pensando que había sido un episodio aislado. Otro más. Que estaba tenso. Que el trabajo tenía la culpa de ese mal humor. Que ella lo había provocado. Que tenía razón y que estaba sola, por lo que no podía perderlo. Otra vez la misma mierda hasta que volviera a descargar sobre ella su ira. Otra vez.

Trató de no hacer ruido y se levantó. No quiso ni po­nerse las zapatillas para que ningún sonido lo despertara. Caminó de puntillas hasta la cocina. Se sirvió un vaso de agua y bebió con cierto cuidado, tenía el labio tan hincha­do que el simple roce del cristal era casi como una tortura.

No solía recordar sus sueños, pero este último se ha­bía quedado clavado en su cerebro con un lujo de detalles que asustaba. ¿Por qué había soñado que ella era policía y él un asesino en serie? ¿Tendría la culpa de esto último el atiborre de novela negra que llevaba en los últimos me­ses? ¿Significaba algo?

Miró el cajón donde guardaba los cubiertos, cuchillos incluidos, por supuesto. En su sueño, ella misma dejaba atrás sus miedos, sus dudas, y se enfrentaba a él. No aca­baba bien, eso sí, pero al menos encontraba el valor para enfrentarse a él. ¿Tenía que hacer lo mismo?

Las dudas se seguían sucediendo en su cabeza al tiempo que rozaba con los dedos ese cajón. Tenía que ha­cer algo. No tenía sentido seguir engañándose a sí misma. No cambiaría nunca, como tantas y tantas veces había es­cupido. Y, en caso de hacerlo, ¿tenía que perdonarle todo lo sucedido hasta ahora? ¿Que acabara convirtiéndose en el perfecto caballero tapaba los insultos, las vejaciones y los puñetazos?

Tuvo claro que no, tenía que enfrentarse a él. Era el momento, era la hora.

Rozó de nuevo el cajón con sus dedos.

No lo pensó más. Entró. La gente la miraba, como no podía suceder de otra forma. No todos los días se veía llegar a alguien a una comisaría de Policía Nacional de la guisa que llegó Diana. Descalza, en pijama, pelo alboro­tado y ojos repletos de lágrimas. No necesitó decir nada. El policía de la puerta comprendió enseguida la situación nada más verle la cara. Ella ni sabía que tenía el ojo mora­do aparte del labio roto. Los golpes se habían sucedido de tal forma la noche anterior que ya ni tenía claro qué zonas le dolían más allá de la más evidente, que era su costado. El agente se echó sobre ella y, con todo el tacto que pudo encontrar frente a una situación así, la guió hasta un lu­gar apartado de los ojos de todos. Un lugar donde podría contar lo que le había sucedido, un lugar que serviría para dejar atrás sus miedos y donde por fin apostaría por seguir viva. Un lugar donde pensaría una y otra vez qué habría pasado en caso de haberse dejado llevar, de haber abierto ese cajón y haber cogido un gran cuchillo. Un lugar donde dejarlo todo atrás y empezar, de una vez por todas, a vivir.

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Autores: Elia Barceló, Espido Freire, Luz Gabás, Arturo González-Campos, Alaitz Leceaga, Manel Loureiro, Raquel Martos, José María Merino, Bárbara Montes, César Pérez Gellida, Blas Ruiz Grau, Karina Sainz Borgo, Mikel Santiago y Lorenzo Silva. Título: Heroínas. Editado por Zenda con el patrocinio de Iberdrola. Ilustraciones: Fran FerrizDescarga gratuita: en Amazon y Fnac

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