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Solo un metro más, de César Pérez Gellida

Solo un metro más, de César Pérez Gellida

César Pérez Gellida (Valladolid, 1974) es el mejor escritor de novela negra de España. No es una etiqueta entregada a la ligera, sino ganada a pulso con diez novelas en ocho años, todas ellas con una filosidad y una solidez dignas del cuchillo que va a protagonizar el siguiente relato.

En realidad, no debería ser necesario añadir nada más, pero permítame el lector una nota personal. César es un tipo increíblemente divertido y buena persona. Ya sé que en el mundo de las artes, tal cosa importa poco. Pero, en mi libro de cuentas, sigue siendo un activo importante.

Y luego, además, escribe así. (Juan Gómez-Jurado)

Se pregunta qué será más eficaz: rajarle el cuello de par­te a parte como ha visto en tantas películas o apuñalarlo varias veces allí donde nota un vigoroso y acelerado pal­pitar. Lo cierto es que le da lo mismo que muera rápido o no; solo quiere verlo morir.

Mientras se concede un tiempo para pensarlo, Bia N’Dinga verifica que está bien amarrado a la tubería y que el filo del cuchillo de cocina sigue igual de afilado que cuando lo ha comprobado hace escasos minutos. Está sudando. Es lógico, porque arrastrar esos más de noventa kilos desde la puerta hasta el salón no ha resultado ta­rea sencilla. Su preparación y capacidad física son exce­lentes, sí; pero, así y todo, nota la espalda dolorida y los hombros cargados. El esfuerzo ha merecido la pena, o, mejor dicho, merecerá la pena cuando lo mate. Porque va a matarlo, eso lo tiene decidido. De hecho, aunque no es consciente de ello, la decisión la tomó en el baño de la Trattoria Pescara.

No ha transcurrido tanto tiempo desde entonces.

Esa tarde, al salir los cuatro del estadio, lo único que Bia esperaba de la velada era que Fabrice, su futuro exnovio, dejara de despotricar contra el árbitro, contra los juga­dores del Paris Saint-Germain y contra el entrenador del Olympique, un portugués de quien no conocía ni el nom­bre. Estaba demasiado cansada como para soportar más malos rollos, y mucho menos uno causado por el fútbol. Por suerte, a Marie, la nueva pareja de Jean Paul, solo le gustaba hablar de lo suyo: la moda, y, aunque estaba un tanto aburrida de escucharla hablar de lo que venía en bañadores para ese verano, prefería eso que recibir otra lección táctica de cómo tenía que haberse posicionado el once sobre el césped para enfrentarse al PSG. Ya le gus­taría a ella que Fabrice pusiera la mitad de pasión en la cama que cuando hablaba del equipo de sus amores. Se conformaría con no volver a escuchar eso de: «Llevo dos años tratando de asimilar las reglas de este endemoniado deporte y todavía no me entero de nada». Bia no sopor­taba oírle decir cosas así del rugby, deporte que le había ayudado a recomponer su vida cuando, recién cumplidos los trece, llegó a Francia huyendo de la guerra que volvía a asolar su país natal: la República Democrática del Con­go. Fue gracias a un compañero de trabajo de su tío —que jugaba en los veteranos del Marseille Huveaune Rugby y que se empeñó en que acudiera un día a probar—, cuan­do empezó a canalizar su ira en cada entrenamiento. Su sobresaliente complexión: ochenta y dos kilos repartidos entre sus ciento ochenta y cuatro centímetros, pero sobre todo su actitud, la llevó a destacar entre sus compañeras por su capacidad defensiva, no tardando en hacerse con un puesto fijo en la tercera línea del equipo. Cada placaje que realizaba, cada metro que ganaba, significaba ascender un peldaño más en su proceso de reconstrucción interna, y si algo tenía muy claro Bia N’Dinga era que todo lo que ella era, todo lo que había conseguido, se lo debía al rugby.

—A mí los estampados que vienen en la colección de este año me saturan —prosiguió Marie—. Además, hay que tener un cuerpo escultural para no parecer un florero plantado en la arena, ¿no te parece?

—No te quejes, tú tienes buen cuerpo —comentó ella, condescendiente—. Para que yo encuentre un biquini que me siente bien tengo que recorrer quince centros comer­ciales y probármelos todos.

—Exagerada, ya quisiera yo tener ese culo tuyo. Me tengo que quitar dos kilos como sea, así que espero que esta noche no nos llevéis a la pizzería esa que tanto os gusta —dijo girando la cabeza y elevando la voz para que la oyeran los chicos, que caminaban un par de metros por detrás de ellas inmersos aún en la moviola del partido.

—Pues esa era la idea —dijo Jean Paul—. Eso, o in­tentar pillar un taxi e ir al centro. Yo no he visto pasar ninguno, así que con suerte cenamos a partir de las once de la noche.

—Yo tengo un hambre que me muero —aportó Bia.

Marie resopló.

—Vale, vamos si queréis, pero yo paso de pedir pizza para compartir. Cada cual que coma lo que le apetezca.

—Que es lo que hacemos siempre —apostilló Jean Paul.

Los más de sesenta y cinco mil aficionados que habían llenado las gradas del Vélodrome, cual riada humana, se habían desbordado con el pitido final y anegaban ahora las calles aledañas del estadio. E igual que se comportan las aguas, la mayoría de ellos tomaron las calles y aveni­das que iban a morir al mar. Para ser mayo refrescaba, y eso generaba que se hubiera impuesto un buen ritmo entre los caminantes.

—¿Tenéis mucha prisa? —protestó Marie, a quien no le resultaba sencillo seguirles el paso.

—Eso te pasa por venir al fútbol en tacones —le re­prochó su Jean Paul.

—Si quieres me pongo unas deportivas con este vestido.

—Es que lo mismo el vestido tampoco es que sea muy apropiado para la ocasión.

—Pues a mí me parece que estás divina —terció Bia.

—Gracias, cariño. Eres un sol, no como este tarugo.

—Si nos metemos por esta atajamos —despejó Fabri­ce, resolutivo.

Y eso hicieron.

Dieciséis minutos y varios encontronazos más tarde, las dos parejas ocupaban una de las mesas de la Trattoria Pescara. A su alrededor se veían muchas camisetas blan­quiazules por lo que no podría decirse que la originalidad hubiera guiado su elección. Una pizza familiar —cuyos ingredientes fueron consensuados tras salvar más objecio­nes de las partes que las que se plantearon en el Tratado de Versalles— presidía la mesa. Marie, cumpliendo con su palabra, se había pedido unos gnocchi rellenos de pesto que se resistían a salir de la cocina y, aunque se esforzaba por no exteriorizarlo, los jugos gástricos ya habían disuel­to sus escasas reservas de paciencia.

—Come una porción, anda, no seas orgullosa —le animó Bia al tiempo que trataba de masticar.

—Paso, prefiero esperar. Por cierto, este agua está de­masiado fría, se me van a congelar los empastes.

El comentario hizo gracia al grupo, y lo que empezó con una risa tenue se contagió de forma viral para mutar en ruidosas carcajadas, molestas a juzgar por la reacción de algunos clientes. Uno de ellos, un tipo de color que ocupaba en solitario una mesa cercana a la puerta de en­trada, los masacró con la mirada. Bia, sin pretenderlo, se topó con ella. No le resultaba extraña; en absoluto. Porque nadie mejor que ella para detectar el odio que nace en el corazón, crece en el estómago, se reproduce a través de los ojos y nunca muere. Nadie mejor que ella sabía que existen personas capaces de cometer auténticas barbarida­des solo por dar rienda suelta a sus instintos.

Nadie mejor que ella para reconocer la maldad.

Tras unos segundos sosteniéndole la mirada, el hom­bre terminó desviando su atención hacia el plato. Enton­ces sí, a Bia se le congeló la sangre.

Era él.

No le cabía la menor duda.

Tenía la marca. La cicatriz. Esa que todavía hoy con­vertía sus sueños en terribles pesadillas, esa que distingui­ría de cualquier otra porque no había otra igual. Ni pareci­da. Bia había visto otras como esa, causadas por el filo de un machete; pero esa, justo esa, era única. Porque ninguna otra subrayaba el lugar exacto donde desaparecía el tercio superior de la oreja que le faltaba.

Era él: el comandante Kiza.

Bia N’Dinga no era consciente de que había retenido la respiración, y su rostro, demudado por completo, se ha­bía perlado de diminutas y gélidas gotas de sudor: zumo de miedo licuado.

—¿Estás bien? —le preguntó Marie en voz queda.

No contestó. No estaba en disposición de verbalizar sus pensamientos, pero el hecho era que se encontraba muy lejos de estar bien. En las antípodas del bienestar, más bien. Nunca pensó que pudiera volver a encontrarse con él: con su monstruo.

Ocurrió a principios del año 2002, cuando la Se­gunda Guerra del Congo, conocida también como Gue­rra Mundial Africana, llevaba ya cuatro años asolando el país. Ella vivía en Goma, provincia de Kivu, una de las más devastadas por el conflicto al ser fronteriza con Uganda y Ruanda, las naciones que habían decidido in­tervenir apoyando militarmente a Kabila en su intento por derrocar al dictador Mobutu, el hombre fuerte del país. Por aquel entonces, la limpieza étnica entre hutus y tut­sis había causado más de tres millones de muertos, y las violaciones masivas, torturas y ejecuciones sumarias ya formaban parte de la cotidianidad. Bia acababa de cum­plir once años y junto con su hermana Malaïka, de trece, y su madre, ocupaban un pequeño piso a las afueras de la ciudad. Su padre, perteneciente a la milicia Mai Mai que trataba de frenar el avance de la etnia tutsi banyamulen­gue y las fuerzas invasoras de Ruanda y Burundi, había muerto dos años atrás. Esa noche, un grupo paramilitar de los muchos que pululaban por la zona cruzó la frontera desde Uganda con ganas de divertirse. Estaban drogados y borrachos y, aunque su madre las escondió en el falso fondo del armario, no tardaron en encontrarlas y llevarlas hasta una nave de almacenamiento de grano abandonada a las afueras de la ciudad. No eran más de treinta mili­cianos, pero se emplearon con la brutalidad propia que acompaña al odio racial. Siguiendo el procedimiento, pri­mero ejecutaron a machetazos a los ancianos y adolescen­tes varones para así tener vía libre con las mujeres y las niñas: sus ansiados premios. En grupos conformados por cinco o seis hombres armados, fueron repartiéndose el ga­nado y distribuyéndose por donde buenamente pudieron. A ellas, una docena en total, les tocó bailar con el que dirigía el cotarro: un animal con una cicatriz en la cabeza y al que le faltaba un trozo de oreja al que todos llamaban comandante Kiza. Como reses conducidas al matadero, fueron arrastradas hasta una vivienda cercana y, durante horas, humilladas, golpeadas, ultrajadas, y, dependiendo del azar, degolladas o mutiladas tras ser violadas en grupo. A su madre le tocó lo primero, pero, por suerte, sus hijas no fueron obligadas a presenciarlo. Cuando le tocó el turno a Bia, Malaïka trató de impedírselo abrazándola tan fuerte que casi le impedía respirar. En ese instante los recuerdos se tornaban borrosos como si el cerebro hubie­ra pretendido eliminarlos sin éxito. Se acordaba, eso sí, de haber apretado los párpados y agarrarse al vestido de su hermana hasta que, de improviso, notó que la tensión que había endurecido los músculos y convertido el cuerpo de Malaïka en un refugio inexpugnable, la abandonaba. Entonces, los papeles se invirtieron y le tocó a ella soste­nerla, o intentarlo, porque, aunque Bia no podía saberlo, el liquido espeso y cálido que le había salpicado a la cara había salido del profundo tajo que se dibujaba en el cue­llo de su hermana. Acompañó por tanto su caída hasta el suelo y, una vez allí, el comandante Kiza la enganchó sin delicadeza alguna por el pelo y la apartó varios metros. La siguiente escena protagonizada por aquel animal en su obcecado intento por decapitar a Malaïka la perseguiría durante los años sucesivos y en los que habrían de su­ceder. No lo logró hasta el tercer golpe de machete. Ello provocó las mofas de sus acólitos, bromas que se convir­tieron en carcajadas cuando, para liberar su frustración, el comandante Kiza pateó la cabeza hacia donde Bia se encontraba y un acto reflejo le hizo agarrarla a dos manos.

Malaïka tenía los ojos tan abiertos como vacíos, inexpre­sivos, ausentes, y, sin embargo, la apretó contra su pecho constituyendo una suerte de conglomerado indivisible. La macabra escena hizo desaparecer cualquier remanente de libido que pudiera quedar en los milicianos, y uno a uno fueron abandonando el lugar en completo silencio, librán­dose así de protagonizar el papel que le tocaba en aquel conciliábulo regado de testosterona y estupefacientes. El último en desaparecer fue, cómo no, el comandante Kiza, que aún permanecería unos instantes contemplando ex­trañado cómo mecía en su regazo la cabeza hasta que, de improviso, la niña levantó la mirada y lo fulminó.

Bia nunca supo cuánto tiempo se quedó allí hasta que alguien apareció y la llevó junto con otros menores super­vivientes de esa y otras muchas masacres a un campo de refugiados gestionado por ACNUR en Tanzania. Casi un año después dieron con unos familiares del padre que vi­vían en Francia y, tras cumplir con los interminables trá­mites burocráticos, se hicieron cargo de la criatura. Trans­currieron dos más hasta que Bia fue capaz de pronunciar una sola palabra, pero, con la ayuda de una psicóloga, el cariño de su nueva familia, y, sobre todo, gracias al sana­dor efecto que provoca el paso del tiempo, consiguió em­pezar a relacionarse con otras personas y a comportarse como si fuera normal. El rugby fue lo que terminó de cu­rar aquellas heridas; en concreto, uno de sus entrenadores, Jeremy Pasqualini, a quien le debía su fortaleza mental. El mantra lo tenía impreso en la memoria: «Esto es un deporte de conquista, de ganar el campo contrario metro a metro. Por eso, de lo único de lo que te tienes que pre­ocupar es de avanzar un metro más. Solo un metro más, y luego el siguiente. Y el siguiente. Porque en el rugby, como en la vida, un metro lo decide todo».

—Bia, ¿qué tal si vuelves con nosotros? —oyó decir a Fabrice.

Pero no fue hasta que Marie la zarandeó del hombro que pudo reaccionar.

—Sí, perdón. Vale, vale. Disculpadme un segundo, necesito ir al baño.

Se echó agua en la cara y se la frotó con denuedo como si se estuviera limpiando la sangre de Malaïka. Lue­go trató de hacerse con las riendas de su ritmo cardiorres­piratorio inspirando por la nariz y soltando el aire muy despacio por la boca. Le costó reconocer la imagen que le devolvía el espejo, desconfigurada, con los músculos faciales contraídos y los ojos hinchados, pero no tardó en comprender que no era el miedo sino la ira lo que alimen­taba esa expresión enajenada. Era tan pura la rabia que le provocaba ser consciente de que aquel animal seguía vivo que tuvo que descargarla contra el lavabo hasta que el do­lor tiró de las riendas de su voluntad. ¿Y qué podía hacer al respecto? ¿Avisar a la policía y contarles que el cabrón que estaba plácidamente sentado en esa mesa era un cruel genocida? ¿Cómo podría demostrarlo?

De ningún modo.

Bia se estremeció cuando dos chicas entraron arman­do alboroto en el baño. De inmediato se giró hacia ellas encolerizada adoptando la posición previa a realizar un placaje. Ambas se echaron a un lado al unísono al tiempo que interponían las palmas como si levantaran un muro invisible que las fuera a proteger. No fue necesario. To­davía descompuesta salió del baño, y, de forma incons­ciente, dirigió la mirada hacia el lugar donde esperaba en­contrar al comandante Kiza. No estaba, pero tras hacer un sucinto barrido visual lo localizó a punto de abandonar el restaurante. Durante el tiempo que necesitó para evaluar la situación, Bia se mantuvo inmóvil e impermeable a lo que ocurría a su alrededor. El corazón le batía a ritmo de réquiem y a pesar de que la sangre agolpada en las sienes no le permitía pensar con claridad lo que tenía claro era que no podía permitir que se marchara así, sin más. Sin despedirse de su gente —ni siquiera lo consideró—, sor­teó a los clientes que se interponían en su camino a la vez que apagaba el móvil y tomó la misma dirección que él.

Encorvado hacia delante y con las manos metidas en los bolsillos, el hombre, que rondaría los cincuenta —cal­culó Bia—, caminaba algo patojo, como si arrastrara el peso de su conciencia. Manteniendo una distancia pru­dencial lo siguió hasta la estación de metro de Rond Point du Prado sin entrar a valorar en ningún momento el riesgo que corría. Tampoco tenía del todo claro para qué lo es­taba siguiendo, pero no era esa la cuestión. La cuestión era avanzar un metro más. Solo un metro más. Se apeó en Gare Saint-Charles y, una vez en el exterior, tardó unos minutos en percatarse de que estar sola en uno de los dis­tritos más conflictivos de la ciudad no le causaba ningún efecto. Tampoco pareció importarle que las calles estuvie­ran mal iluminadas y que las pocas personas con las que se cruzaba la examinaran con descarado detenimiento, como si hubieran detectado su intrusismo y quisieran que ella lo supiera. Tras cruzar algunas calles, el comandante Kiza dobló una esquina y se metió por una callejuela que ni siquiera se había ganado asfalto que la pavimentara. Un escalofrío le recorrió la espalda cuando se asomó fu­gazmente y comprobó que el comandante se metía en un portal a tan solo unos metros. Bia tenía que tomar una decisión. O, mejor dicho, debía reaccionar de inmediato, porque la decisión hacía tiempo que ya la había tomado. Recorrió la distancia con la espalda pegada a la pared y, antes de entrar, se agachó para agarrar un adoquín que, so­litario en el suelo, parecía estar predestinado a ser usado para atentar contra la integridad de las personas. Una vez dentro no necesitó aguzar el oído para reconocer el sonido ascendente y cadencioso de unos pasos. Entonces, se des­calzó para silenciar los suyos, y, apoyando el peso sobre la fascia plantar de sus pies se lanzó en su persecución hasta alcanzar el segundo piso. Allí, recortada al fondo de un pasillo dominado por la penumbra, reconoció la silueta de su objetivo y el tintineo de unas llaves. «Solo un metro más», pensó. Eran más, pero repitiendo la sigilosa técnica anterior alcanzó la puerta sin que el comandante Kiza se percatara de su presencia hasta que su acelerada respira­ción le acarició en la nuca. Este se giró al tiempo que el adoquín impactaba en la zona parietal de forma tan vio­lenta que le hizo caer a plomo cual si fuera una enclenque marioneta a la que le hubieran cortado los hilos.

Tenía que darse prisa.

Y eso hace.

Con la espalda apoyada en la pared del salón y la ca­beza sobre su hombro izquierdo, da la sensación de estar más muerto que vivo. Pero respira. Lo hace por la boca de forma trabajosa y todo indica que el comandante va a necesitar ayuda para recobrar la conciencia. Tiene que tomar cartas en el asunto, conque le regala un sonoro bo­fetón en la mejilla que no tiene cubierta de sangre. Otro par, seguidas de dos más intensas aún, surten el efecto deseado. Reacciona. Eleva las cejas y parpadea en su in­tento de conectar con el presente. Está desorientado como si el entorno que le rodea fuera nuevo para él. Atemo­rizado, busca algún amarre visual con la mirada y, sin embargo, se encuentra con una cara desconocida que le hace componer una mueca de sorpresa más cómica que dramática. Trata de incorporarse, pero está maniatado con cinta americana, los brazos a la espalda y estos a una tubería anclada a la pared del salón. Los pies los ha in­movilizado de idéntica manera y en la boca tiene una ba­yeta de cocina amarilla —ha sido lo primero que Bia ha encontrado— cuya misión es ahogar los sonidos gutura­les que son los únicos que el comandante tiene licencia para emitir.

Empieza el último acto. Bia le muestra el cuchillo de cocina y apoya el filo en el cuello. Todavía no ha resuelto cómo va a matarlo, pero eso ahora no le importa demasia­do. En este instante lo único que realmente le interesa es captar su atención.

—Escúchame bien, cabronazo. Sé quién eres. Te he reconocido en cuanto te he visto —dice recorrien­do la cicatriz con la punta del cuchillo—. Me llamo Bia N’Dinga y vivía en Goma cuando tú te dedicabas a asesi­nar a mi gente.

Sus ojos, aletargados hasta entonces, se vuelven ex­presivos durante ese forzoso viaje al pasado.

—Te hacías llamar comandante Kiza y hace cator­ce años mataste a mi madre y decapitaste a mi hermana a machetazos —expone con la voz tomada por la emo­ción—. Supongo que no te acuerdas, claro, pero yo sí. Yo sí —insiste—. No he podido ni podré olvidarlo. No hay día que pase que no lo reviva, hijo de puta.

El hombre quiere decir algo.

—Te voy a quitar esto. Como se te ocurra gritar te juro que te lo clavo hasta el mango —le amenaza colocan­do la punta del cuchillo bajo la quijada a la vez que tira de una esquina de la bayeta.

El comandante abre y cierra la mandíbula. Luego mueve la lengua como si estuviera asegurándose de que aún le funciona.

—Agua —pronuncia.

—No.

Un chasquido es la onomatopeya de su irritación.

—Te equivocas —asegura el comandante. Luego compone una mueca de corte melancólico y resopla.

—¡¿Vas a tratar de hacerme creer que no eres quien digo?! Sé muy bien que…

—No —le interrumpe, rotundo—. Me refiero a que te equivocas al decir que no me acuerdo. Recuerdo aquella noche, por supuesto. Esa fue la noche que murió el co­mandante Kiza.

Ahora es Bia quien arruga el entrecejo, expectante.

—Estábamos muy colocados de todo cuando me or­denaron hacer la incursión. Llevábamos varias semanas acampados sin hacer nada, así que había ganas. La ma­yoría de mis chicos eran tutsis ruandeses, chavales que recibieron lo suyo en el genocidio del noventa y cuatro. Me llamo Gaël Ntibazonkiza, pero todos me conocían como Kiza. Soy de Burundi, y esto me lo hicieron los tu­yos cuando tenía diecisiete años —dijo girando la cabeza para mostrarle la cicatriz—. Tengo otras cinco repartidas por todo el cuerpo. Esos inútiles me dieron por muerto. Se equivocaron. Me uní a la milicia con dieciocho y des­de entonces no hice otra cosa que llevarme por delante a todos los hutus que podía. ¿Me arrepiento de ello?

Gaël se encoge de hombros y se muerde el labio inferior.

—Sigo viendo sus caras. Todos los días. A todas horas.

—Yo solo veo la tuya, cabrón. Continúa.

—Entramos en Goma sin encontrar resistencia. Ma­tamos a los hombres, como siempre hacíamos antes de empezar con… lo otro —definió, ambiguo—. No sé muy bien qué sucedió, pero tengo grabado en la memoria el momento en el que esa niña agarró la cabeza y me miró. Me atravesó por dentro. Me mató. Mató al comandante Kiza. Esa noche ya no regresé al campamento y estuve deambulando semanas por ahí hasta que conocí a una mu­jer que trabajaba para Médicos sin Fronteras y que me hizo entender que el pasado no se puede cambiar, el fu­turo sí. Me uní a ellos. Desde entonces me he dedicado a recorrer África tratando de salvar vidas para compensar las que quité. Puedes o no creerme, me da igual, pero si tú eres esa niña que mató al comandante Kiza, déjame que te dé las gracias de corazón.

Bia está confundida, turbada. Algo le dice que está diciendo la verdad, y, sin embargo, se niega a aceptar su arrepentimiento.

—¡Eres un mentiroso de mierda! —le acusa arrodi­llándose para acercarle el cuchillo a la cara.

El otro ladea la cabeza.

—¡Mentiroso! —insiste.

—Haz lo que tengas que hacer. Si alguien en el mun­do tiene derecho a matarme eres tú, pero tienes que estar preparada para lo que viene después.

—¡Eres un asesino!

—Sí, lo fui.

Bia se incorpora y camina en círculos como un ani­mal enjaulado.

—¡Mentiroso! —farfulla una y otra vez.

—En esa estantería —dice él.

Ella prolonga su mirada.

—En la parte de abajo hay un álbum. Cógelo.

Bia tiene los ojos humedecidos e invierte unos se­gundos en reaccionar. Lo localiza enseguida porque su tamaño destaca sobre el del resto de libros. Lo hojea con manos temblorosas. En la mayoría de fotos el comandante aparece con un chaleco rojo con el logotipo de Médicos sin Fronteras. En muchas de ellas está rodeado de niños sonrientes y en otras se le ve junto a una mujer alta y del­gada con melena rubia.

—Esa es Colette, mi esposa. Murió hace tres años de cáncer. Leucemia. Cuando enfermó nos vinimos a esta casa, que era de sus padres. Fue muy duro verla marchi­tarse día a día y no poder hacer nada.

—Ya, una pena.

Gaël se pasa la lengua por los labios.

—Quiero que veas una foto. Pasa dos páginas.

Bia lo hace.

—La de arriba a la derecha.

En la imagen se ve al comandante arrodillado junto a una niña a la que agarra por el hombro. Ella no sonríe. Él tampoco.

—De vez en cuando visitábamos campos de refugia­dos para entregarles medicinas. En uno de ellos, en Ka­tumba, Tanzania, reconocí a esa niña.

Bia se reconoce en la foto, pero enseguida cierra el álbum y lo deja caer. Se siente algo mareada. No sabe qué hacer ni qué decir. En realidad, lo único que quiere es salir de ahí cuanto antes. Nota que le falta el aire y que está a punto de derrumbarse.

—Necesitaba pedirte perdón —dice Gaël con los ojos vidriosos.

Los de Bia están anegados de lágrimas. Tiene la boca seca, las manos temblorosas y su sistema motriz no res­ponde. Su instinto le obliga a avanzar, pero no sabe en qué dirección. Entonces, se vuelve hacia él, se arrodilla para agarrarlo del cabello y le obliga a mirarle. Necesita ver su interior como hizo aquella vez. Una vez dentro, se toma su tiempo para explorar sus recovecos, sus aristas, y descubrir de qué color tiene el corazón.

En cuanto lo averigua actúa en consecuencia.

Algunos minutos después, ya en la calle, Bia N’Dinga camina hacia ningún sitio. No tiene del todo claro qué ha ocurrido en ese apartamento y, no obstante, en su concien­cia prevalece la sensación de que ha hecho lo correcto. Lo que tenía que hacer: avanzar un metro más. Ahora solo le preocupa inventarse una buena historia que explique su huida de la Trattoria Pescara, pero, antes de volver a encender el teléfono, tiene que hallar la manera que lim­piarse la sangre que le cubre las manos.

Malaïka sonríe.

Ella también.

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Autores: Elia Barceló, Espido Freire, Luz Gabás, Arturo González-Campos, Alaitz Leceaga, Manel Loureiro, Raquel Martos, José María Merino, Bárbara Montes, César Pérez Gellida, Blas Ruiz Grau, Karina Sainz Borgo, Mikel Santiago y Lorenzo Silva. Título: Heroínas. Editado por Zenda con el patrocinio de Iberdrola. Ilustraciones: Fran FerrizDescarga gratuita: en Amazon y Fnac

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