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Diario barbitúrico, semana 15: Todos los muertos de Lisboa

Diario barbitúrico, semana 15: Todos los muertos de Lisboa

En el número cien de la Rua Garret hay un barco hundido. A pocos pasos de Nuestra Señora de los Mártires, la basílica donde Pessoa y sus heterónimos recibieron el sacramento del bautismo, y a muchos menos de A Brasileira, el lugar que el escritor eligió para libar y conversar el desasosiego, se alza Livraria Sá da Costa, un galeón al que han ido a parar todos los muertos de Lisboa.

En el barrio del Chiado, al que se llega tras recorrer la empinada cuesta de Carmo, los turistas pastan, los azulejos enceguecen y los adoquines se desprenden de las aceras como dientes de una encía cansada. Son las diez de la mañana y aunque vengo buscando otra, me planto ante esta librería. No es difícil llegar a ella: preside la calle con sus escaparates repletos de ejemplares forrados en tela y piel. Brillan sus cristaleras con una luz muy anterior, como si en Lisboa fuera de día desde hace años.

"No me sobra el tiempo, pero ahí permanezco: hundiendo mis dedos entre aquel pelotón de gente a la que escojo al azar, imantada por la mueca más o menos altiva que concede el más allá a los que ya no volverán"

Vine a buscar la librería más antigua del mundo, la Bertrand, pero encontré ésta. Un lugar en el que todo se reparte a ambos lados de un meridiano, Livros estrangeiros y Livros Nacionais. El resto lo ocupan el mar y los pecios que el tiempo saca a la superficie: cartas de navegación, mapas, itinerarios navales, postales, plumines que quizá aún escriban, pequeñas postales eróticas de mujeres de piel blanca y lisa, recuerdos que caen como piedras sobre el agua…

Dice Jesús García Calero que un barco hundido es una ciudad flotante. Sus restos hablan de quienes la habitaron: las esmeraldas de un rosario junto a la cuchara de un grumete, un diamante real perdido en un baúl lleno de algas. Cosas hechas de ese material que amarillea en las fotografías apiladas en varias cajas y que me da por revisar, atraída por el gesto de sus modelos: gente que me mira desde el más allá vestida con sus mejores ropas. Damas con moños y collares de perlas, niños de traje marinero o los invitados a una boda que brindan con tierra en la boca.

No me sobra el tiempo, pero ahí permanezco: hundiendo mis dedos entre aquel pelotón de gente a la que escojo al azar, imantada por la mueca más o menos altiva que concede el más allá a los que ya no volverán. En el reverso de algunas instantáneas se puede leer la dirección y el nombre del estudio fotográfico M. Neves, en el número 25 de la Rua Almeida e Sousa, a unos diez minutos de aquí, muy cerca de la casa donde murió Pessoa. Si en el fondo esta mañana todo tendrá que ver con gente que ya no está.

"La hija de la española me ha traído hasta Lisboa, la capital del tercer país que edita la novela sobre la que hablo en este diario y que Alfaguara Portugal ha titulado Cai noite em Caracas"

Todo lo que parece duradero me ha dado envidia siempre, acaso porque terminé por acostumbrarme a la idea de no tener pruebas para verificar mis recuerdos y he tenido que dedicarme a husmear en los de alguien más. Quién eres y desde dónde me miras, adónde va esta nave de asuntos extintos y niños muertos, cuántas cosas de este anticuario fueron a parar al naufragio de una herencia que nadie quiso o que alguien más arrojó a la lenta venganza del olvido.

La hija de la española me ha traído hasta Lisboa, la capital del tercer país que edita la novela sobre la que hablo en este diario y que Alfaguara Portugal ha titulado Cai noite em Caracas («Cae la noche sobre Caracas», una elección de la editora Clara Capitão). ¿Ahora entiende, lector, por qué no se pueden tener recuerdos propios en un lugar en el que siempre anochece? Vine buscando la librería más antigua del mundo y me topé con ésta: un barco al que han ido a parar todos los muertos de Lisboa.

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