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Dios nunca estuvo en África

Dios nunca estuvo en África

Y el Señor Dios hizo brotar de la tierra todo árbol agradable a
la vista y bueno para comer; asimismo, en medio del huerto,
el árbol de la vida y el árbol del conocimiento del bien y del mal.
Génesis 2:9-14, la Biblia

Hace mucho tiempo, el continente por donde empezó su andadura el primer Homo Sapiens desde Olduvai debió de ser lo más parecido al Jardín del Edén que se describe en la Biblia. Luego llegamos sus descendientes y, con ello, llegó el conocimiento, y también la destrucción, sin poder desprenderse lo uno de lo otro.

África sigue siendo un paraíso, peligroso y fascinante, pero en estado de agonía desde hace décadas por la continua degradación del medio, las luchas territoriales y los intereses económicos con fines expoliadores de las mermadas riquezas de su vastísimo territorio. Un continente muy complejo, asolado por las peores pandemias, cruentas guerras y las penosas hambrunas, pero también es poderoso por la conmovedora belleza de sus paisajes, su diversidad faunística y sus gentes entrañables. No pocas personas han sucumbido a esa doble atracción, y han cambiado y entregado literalmente sus vidas para preservar su esencia. Han aprendido a vivir en medio de esa mezcla de fuerzas en la lucha diaria por la supervivencia. Tal vez Dios creara este paraíso para que los mortales midiéramos nuestras profundas carencias. Y luego se retiró, como suele hacer siempre con sus imperfectos y humanos hijos.

A este lugar hemos viajado en avioneta con Denys y la baronesa Blixen, hemos sentido la pasión de la entrega y el peligro con Tessa Quayle, nos hemos maravillado en la cueva de los nadadores del desierto que descubrió el Conde Almásy, hemos contemplado el horror en el corazón de las tinieblas de Conrad, hemos mirado a los ojos de los gorilas en la niebla con Dian Fossey, y buscado al unicornio de Eslava Galán. Es el lugar cuya atmósfera especial deseó retener una prendada Francesca escuchando al fotógrafo Robert Kincaid en una casa de Madison County. Es el escenario de tanta literatura y cine, como de nuestra ilimitada imaginación.

"Giner nos traslada al corazón del río Congo, donde Bineka, una joven africana de sorprendentes ojos verdes, es adoptada por un grupo de chimpancés tras haber perdido a toda su familia en una matanza en su aldea"

¿Qué es lo que tiene África, que conecta con algo tan íntimo dentro de nosotros mismos? Se lo vamos a preguntar al escritor Gonzalo Giner, que también ha viajado hasta allí en su última novela. Este apasionado escritor y veterinario que destila humanidad por los cuatro costados ha explicado momentos de la Historia desde la Naturaleza, y ha descrito nuestro lugar como parte de la misma. Ya lo hizo en la obra que le consagró en 2008, El sanador de caballos (Planeta, 2008), y vuelve a hacerlo ahora con La bruma verde, novela galardonada con el Premio Fernando Lara 2020. Con esta obra, Giner nos traslada al corazón del río Congo, donde Bineka, una joven africana de sorprendentes ojos verdes, es adoptada por un grupo de chimpancés tras haber perdido a toda su familia en una matanza en su aldea. No muy lejos de allí, una voluntaria de la organización ecologista Greenworld desaparece en extrañas circunstancias mientras investigaba una explotación ilegal en una de las reservas naturales. Su mejor amiga, Lola Freixido, una ambiciosa ejecutiva de una empresa de telecomunicaciones, decide viajar al Congo para ayudar en su búsqueda en plena selva. Lola, junto con otro cooperante de Greenworld, Colin Backhill, emprende una peligrosa aventura para rescatar a la joven desaparecida. En dicho periplo se toparán con una compleja red de corrupción capaz de cometer las mayores atrocidades. La jungla, que representa la muchacha adoptada por los primates que le han salvado la vida, y la civilización con su lado más humano y su lado más cruento, se encontrarán en un momento dado de esta historia apasionante, violenta y de emociones desnudas, que pretende transformar la visión del lector al finalizar este viaje al corazón de África.

En definitiva, se trata de una obra trepidante, de amor y también desolación, donde varias personas han perdido algo pero, en realidad, están buscando lo mismo: el sentido de sus vidas. Y resulta que estaba allí, entre la bruma verde. Siempre estuvo allí.

Todo lo que vas a ver, vivir y conocer durante los próximos días puede llegar a cambiarte por completo. Prepárate para el concentrado de sensaciones más potentes que posiblemente hayas experimentado en tu vida.

***

—Cuéntanos, Gonzalo, ¿cómo y cuándo empezaste a escribir?

Empecé a escribir con 38 años, después de haber devorado un montón de novelas, y en aquellos tiempos las de Pérez-Reverte y Katherine Neville, a quienes quise emular en un momento de aguda tensión en mi trabajo, lo que me animó a crear en mi cabeza un mundo virtual en el que empezaron a surgir una trama y después unos personajes. En definitiva, fue como un ejercicio de terapia.

—¿Cómo llegaste a esta novela? ¿Entró ella en ti, o fue al revés?

—La trama de La bruma verde me asaltó. Estaba trabajando en otra idea, enmarcada en Valencia, y conocí la historia de una primatóloga española, colega veterinaria, tan fascinante que de golpe se hizo hueco en mi cabeza y fue ganando terreno, lo que se sumó a una espectacular experiencia personal vivida en Tanzania. Con esos mimbres, solo supe ordenar las turbulencias creadas en mi cabeza bajo la idea de una narración que luego se llamó La bruma verde.

En esta obra, como en tu novela El sanador de caballos, ¿vuelves a unir al veterinario que eres con el escritor?

—No los puedo separar. Mi vida es una suma de letras y animales domésticos a los que acudo a ver en el campo. Esta historia sin primates no tendría sentido, porque al igual que sucede con otros personajes, los chimpancés añaden su mirada para hacernos entender qué está pasando en su mundo, en la selva del Congo, en el segundo pulmón del planeta.

—¿Cuál de estas dos pasiones, la profesión de veterinario o la de escritor, predomina en ti?

—La veterinaria siempre ha sido una elección apasionada en mi vida, pero las letras están tomando espacio en mí con tanta potencia que podría decir que ahora están equilibradas.

—Tus personajes, menos Bineka, aprenden a tocar la vida en África. ¿Qué es lo que nos estamos perdiendo todos para no poder sentir esa certera existencia?

"Si se removieran los inmensos depósitos de turba que acumula el Congo, las emisiones de metano que surgirían podrían comprometer muy seriamente el clima global"

—Para un occidental, pisar esa África subsahariana supone un formidable impacto sensorial y emocional. Asistes a la vida con mayúsculas, y a cada paso que das te sorprende todo. No es fácil, pero animo a quien pueda ir y conocer alguno de esos países, porque se enamorarán del aire, del color, de su gente.

—En esta obra se denuncia nuestra falta de atención hacia este pulmón que constituye el río Congo. ¿Qué es lo que está pasando allí?

—Lo resumo en cinco cosas: deforestación acelerada, tráfico ilegal de especies, corrupción, violencia extrema en algunas regiones y un escuadrón de cooperantes tratando de frenar tanto deterioro.

—Mencionas en esta obra la importancia de las turberas, que ahora mismo se hallan comprometidas. ¿Qué supondría su alteración?

—Si se removieran los inmensos depósitos de turba que acumula el Congo, las emisiones de metano que surgirían podrían comprometer muy seriamente el clima global. Hay quien dice que supondría la mitad de los gases de efecto invernadero que producimos en el mundo actualmente.

—La historia del Congo es una historia de violencia, y aquí también queda bien patente. ¿Cuándo empezó a convertirse esta parte de la Tierra en parte del infierno?

"Tenemos que parar con el comercio ilegal de especies. Los gobiernos han de prohibir la venta y consumo de carne de animales salvajes. Las talas incontroladas se han de detener"

—Quizá desde siempre, pero se agudizó con el rey de los belgas, Leopoldo II, quien expolió el país a finales del siglo XIX y cometió uno de los mayores genocidios de la historia moderna. Después les tocó soportar dos largas dictaduras y ahora la afluencia de grandes empresas comprando sin ninguna medida el país, mafias envueltas en la explotación minera, violentas milicias procedentes de países vecinos… Un horror.

—Al destruirse el hábitat natural de la fauna en estas últimas reservas naturales lo que hacemos es acercarlos a los humanos. El ébola y el covid-2 son algunas de las consecuencias de esas acciones que violentan la Naturaleza. ¿A quién le interesa eso a corto y largo plazo?

—Los que actúan en contra de la naturaleza no contemplan las consecuencias de sus decisiones. El beneficio a corto plazo supera cualquier otra consideración que se puedan hacer. Nos debería interesar a todos, porque estamos sufriendo las consecuencias. A la concienciación le ha de seguir los hechos, las decisiones. Tenemos que parar con el comercio ilegal de especies, los gobiernos han de prohibir la venta y consumo de carne de animales salvajes, las talas incontroladas se han de detener. Nuestra mejor vacuna es prevenir esas zoonosis, y para ello se ha de conservar los espacios naturales tal y como los hemos recibido.

—En todas las organizaciones que se juegan la vida allí existe el verdadero altruismo. ¿Crees que también puede haber algo de egoísmo, aunque luego éste se transforme en entrega? Tus personajes van allí porque necesitan arreglar lo que no funcionaba en sus cómodas vidas en Europa.

"El protagonismo de la novela tenía que recaer en una congoleña, de una pequeña aldea, inocente y joven. Su mirada, verde como la selva que la rodea, tenía que darnos la visión del problema de África desde dentro"

—A la cooperación se puede llegar desde diferentes motivaciones, es una realidad. Los hay idealistas puros, gente generosa, otros acuden bajo un espíritu de aventura, o con necesidad de devolver los favores que han recibido en su vida, también huyendo de su realidad. Son diferentes caminos de llegada, que se convierten en uno solo cuando empiezan con su labor en África, una labor con tintes de heroicidad.

—La bruma verde es un gran homenaje a las primatólogas, como por ejemplo Jane Goodall, Dian Fossey y Biruté Galdikas. ¿Estudiaste sus trabajos para recrear la convivencia de Bineka con su familia de chimpancés?

—Sí, pero no era la primera vez. Los trabajos y biografías de Jane Goodall y Dian Fossey habían captado mi interés hace años. Cuando me enfrenté a la construcción de La bruma verde volví a releerlas. Me vinieron especialmente bien para describir la selva y el comportamiento de los primates en libertad, que en esta novela son claves; añaden una mirada más a la de los humanos que también la protagonizan.

—¿En quién te has inspirado para recrear al personaje de Bineka?

—En nadie en concreto. Tenía muy claro desde la génesis de la historia que el protagonismo de la novela tenía que recaer en una congoleña, de una pequeña aldea, inocente y joven. Su mirada, verde como la selva que la rodea, tenía que darnos la visión del problema de África desde dentro. Y así nació Bineka. Es cierto que encontré en Google una foto en blanco y negro de una joven africana, a la que se le adivinaban unos maravillosos ojos claros, y su imagen sigue presidiendo desde entonces el escritorio de mi portátil. Esa foto me inspiró. No sé quién es en realidad.

—Lola Freixido empieza a ser feliz justamente cuando pierde el control de la situación. ¿Es la mentira sobre la que sustentamos nuestras vidas nuestro mayor enemigo?

—Pues así es; en cuanto nos quitamos las caretas que nosotros o nuestro entorno nos obligan a llevar y relajamos nuestras estrecheces de miras, damos el paso previo para poder ser más felices. Ese encuentro con uno mismo a veces se consigue poco a poco, con el paso de los años, pero hay quien lo siente de golpe cuando la situación a la que se enfrenta, o conoce, es tan brutal que te remueve de arriba abajo. Y eso es lo que le pasa a Lola. El lector disfrutará de ese tránsito con ella misma.

—En La bruma verde conocemos las complejas tramas de sociedades pantalla que allí operan y cómo personas acomodadas mueven desde sus lujosas vidas a sus peones, indiferentes a las barbaries que se perpetran en suelo africano. ¿Has investigado a estas organizaciones criminales para reflejar la trama de la historia?

"Como veterinario, después de un ejercicio de treinta y dos años, me levanto todos los días deseando aprender y trato de no perder la curiosidad por mis queridos animales. Me dan mucho más de lo que les he dado yo"

—He leído numerosos informes-denuncia elaborados por algunas ONG que trabajan sobre el terreno y que llevan años tras ellas. Esas sociedades tienen nombres y apellidos. En mi novela los nombres son ficticios, porque entendí que mi función no debía ser la de denuncia —para eso están los gobiernos o esas mismas organizaciones— sino solo de concienciación.

—Tienes una obra, Las ventanas del cielo (Planeta, 2017), en la que homenajeas a los maestros de las vidrieras. ¿Qué te llevo a escribir esta novela?

—Cuando estaba documentándome sobre el comercio de lana en la Castilla medieval, se cruzó en el camino la construcción de la iglesia de la Cartuja de Miraflores en Burgos, bajo el reinado de Isabel de Castilla, y la colocación de unas fabulosas vidrieras traídas de Flandes de mano de un riquísimo comerciante burgalés de lanas, a quien la propia reina encargó la búsqueda de los correspondientes maestros flamencos… Y las vidrieras brillaron en mí desde ese momento.

—Es una noble tarea la tuya. Me recuerdas al albéitar de El sanador de caballos. ¿Cuál es tu aspiración en las letras, y como veterinario?

" Al terminar una novela me surgen dos sensaciones: una estupenda paz que tiene que ver con los catorce o dieciséis meses de trabajo que ven su fin, y también suelo emocionarme durante unos minutos al sentir que algo importante de mi vida ha terminado"

—Mi aspiración con mis novelas es muy simple: llegar al corazón de los lectores, remover sus emociones y hacerles vivir una experiencia lo más interesante posible. Trato de abordar temas que no son los habituales, a veces muy originales, y en las tramas suelo introducir animales como protagonistas de las mismas y no solo como parte del entorno. Como veterinario, después de un ejercicio de treinta y dos años, me levanto todos los días deseando aprender y trato de no perder la curiosidad por mis queridos animales. Me dan mucho más de lo que les he dado yo. Adoro mi profesión.

—Caballos, perros y ahora chimpancés. ¿Qué hay en su comportamiento que nosotros no somos capaces de ver para lograr ese necesario pacto con la Naturaleza?

—En mis novelas puede parecer que los animales adoptan reacciones más humanas que los propios humanos, aunque respeto su condición y sus propias capacidades sin forzarlas. Pero es que en muchas ocasiones invertimos la situación y los humanos perdemos nuestra condición para terminar siendo peores que las llamadas bestias.

—En La bruma verde dices: Nos sentimos el cenit de la creación y no somos capaces de ver que existen otras formas de percepción y de lucidez en los animales, a las que no llegamos ni por asomo. ¿Qué ves tú en la mirada de un animal?

—Veo curiosidad por averiguar cuál es nuestra actitud hacia ellos, por ejemplo en una vaca. Veo en la oscuridad de los ojos de un caballo el deseo de formar parte de nuestro grupo, o el inagotable e infinito deseo de agrado en un perro. Veo prevención en los de una oveja que escapa a mi presencia junto al resto del rebaño. Sus miradas son trasparentes, sin dobles intenciones.

—Todas tus novelas han tenido un éxito formidable, pero hubo una que tuvo especial acogida en Rusia. ¿Qué sucedió con El secreto de la logia (Editorial Debolsillo, 2006)?

—El secreto de la logia era un thriller ambientado en el Madrid del siglo XVIII, en coincidencia con la aparición de la masonería, y yo no sé si se me fue la mano matando a todo el que se asomaba por sus páginas de la forma más brutal que se me ocurrió, junto a un conjunto de subtramas de lo más oscuras, que en España no tuvo apenas recorrido. Pero como bien señalas, en Rusia y en Ucrania consiguió centenares de miles de lectores. Cada uno que saque sus propias conclusiones. Ja, ja.

—¿Qué sientes escribiendo? ¿Y al finalizar una obra?

—Me siento tan bien, tan arrastrado por lo que va sucediendo a medida que avanzo, me llena tanto, que hay pocos ejercicios creativos que produzcan tanto placer. Al terminar una novela me surgen dos sensaciones: una estupenda paz que tiene que ver con los catorce o dieciséis meses de trabajo que ven su fin, y también suelo emocionarme durante unos minutos al sentir que algo importante de mi vida ha terminado, aunque sepa que servirá para que otros se empapen de ella.

—¿Has pensado ya cuál será tu próximo proyecto?

—No demasiado, aunque sé que tendrá como escenario un lugar del norte de España en el que se produjo un acontecimiento muy insólito.

Y hasta ahí puedo leer…

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Autor: Gonzalo Giner. Título: La bruma verde. Editorial: Planeta. Venta: Todos tus librosAmazonFnac y Casa del Libro.

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