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‘Último tren a Katanga’: Violencia blanca, violencia negra

‘Último tren a Katanga’: Violencia blanca, violencia negra

«Mi padre era un tío duro. Estaba acostumbrado a trabajar con sus manos y tenía unos brazos superdesarrollados debido a su empleo cortando láminas de metal en una factoría. Era boxeador, cazador, lo que los propios hombres llaman todo un hombre. No creo que leyera un libro en su vida. Ni siquiera los míos». Quien así habla es Wilbur Smith, el autor de la novela en la que se basa esta película, nacido en Zambia (entonces Rhodesia) en 1933 y que aún está vivo, cercano a los 90 años. La dura existencia de un ranchero blanco en África comenzó para él cuando era solo un bebé, ya que sufrió de malaria durante diez días. Tras recuperarse, a esto siguió una niñez y adolescencia de vida en contacto con la naturaleza y una madre que sí leía (y le leía por las noches). Su gusto por la lectura y su naciente interés por la escritura se vieron seriamente puestos a prueba por varios obstáculos vitales: primero, su padre, que siempre intentaba disuadirlo, incluso de reconvertir su interés por las letras al periodismo. Segundo, un primer empleo con la policía de Rhodesia, donde vio cadáveres de niños asesinados a machetazos. Y tercero, su carrera «seria» como contable, que le llevó a mudarse a Sudáfrica. Entre todo eso, no fue hasta pasados los 30 años que consiguió publicar su primera novela, Cuando comen los leones (When the Lion Feeds), ambientada en la guerra anglozulú de 1879, y protagonizada por dos hermanos a los que expulsan de un colegio por atacar a un profesor que había pegado a uno de ellos. Este libro se vendió muy bien a nivel internacional… excepto en la propia Sudáfrica, donde fue prohibido. Con el dinero que ganó y lo que tenía ahorrado calculó que le llegaría para dos años sin trabajar, dejó su empleo en el ministerio de hacienda sudafricano y acabó convertido en escritor a tiempo completo.

Ya llegados los años 60 y 70, con el auge de las superproducciones de Hollywood que buscaban aventuras en ambientes exóticos, sus libros con marchamo de autenticidad local, escritos sobre África por un africano, se convirtieron para él en una cantera de venta de derechos, aunque no todos acabaran filmándose. En total, ha publicado más de cuarenta libros, todos ellos ambientados en el continente africano, desde Egipto hasta Sudáfrica, a menudo durante guerras, masacres y asedios de siglos varios, siete de los cuales han sido llevados al cine. Y uno de ellos, el segundo que publicó, es precisamente The Dark of the Sun, el que hoy nos ocupa, una historia ambientada durante las revueltas en el Congo a mediados de los 60. La trama gira en torno a un mercenario (en Inglaterra esta película se tituló The Mercenaries) encargado por el propio presidente del país de rescatar a unos colonos que se han quedado aislados en una zona minera. Junto con 50 millones de dólares en diamantes. Ah, vale, entonces sí. La misión, que debe completarse en tres días, tendrá nazis, motosierras, ataques en avión, doctores borrachos, una atractiva refugiada rubia, un estoico sargento negro, juergas con mucha sangre y un tren que, por alguna razón, ni siquiera se sabe si iba a Katanga o no. O sea, todo lo que promete el cartel de la película, excepto quizá los abdominales del protagonista.

[Aviso de destripes con motosierra en todo el texto]

Pues sí, la palabra «Katanga» no se pronuncia en toda la película, y la confusión puede deberse a la traducción francesa de su título, Le dernier train du Katanga, que se extendió al alemán, al español y al portugués. La razón podría ser que mientras que la novela está situada durante la primera revuelta del Congo, cuando la región de Katanga, efectivamente, intentó independizarse (1960-63), en la película se habla claramente de la rebelión de los simba (1964-65, más cercana en el tiempo al rodaje de la película en 1967), que sucedió en otro lugar del país. Pero bueno, qué más da, al público le daría igual una cosa u otra, mientras fueran negros con machetes y metralletas. De hecho, la película ni siquiera se rodó en África, sino en Jamaica y en Inglaterra. Lo cual es curioso, porque al mismo tiempo se estaba rodando en África una adaptación de The Comedians, de Graham Greene… ambientada en el Haití de Papa Doc. Aparte, el tren ni siquiera dura toda la película, quedando abandonado con cuarenta minutos de trama todavía por resolver. Más evocador resulta retener el título original, Dark of the Sun, porque esa oscuridad bajo el sol, casi conradiana, lleva atrayendo y enloqueciendo al ser humano, de cualquier raza, desde que existe como especie.

Esto se refleja visualmente en la película a través del sudor, en especial el de los personajes blancos, que pasan todo el metraje empapados en él, incluyendo sus camisas. Finales de los sesenta fue precisamente cuando el cine empezó a preocuparse más por el realismo en estas cosas, en lugar de presentar vaqueros, piratas, soldados y exploradores siempre inmaculados para la foto de estudio y heridas de bala que ni hacían agujeros ni hacían sangrar. Hablando de lo cual, esta película tuvo una reputación en su tiempo de ser extremadamente gráfica con la violencia. Vista hoy, todos hemos visto peor (y mejor coreografiado, y con menos cante en los efectos visuales), pero en aquellos tiempos dejó huella. Testigo de ello son dos conocidos cienastas posteriores, Martin Scorsese y Quentin Tarantino, que también han sido notorios por sus escenas violentas durante sus carreras. El primero la llama uno de sus «placeres culpables» y el segundo usó parte de su progresiva banda sonora (poco agradable, incómoda, de sonidos distorsionados aposta) en Malditos bastardos, junto a Rod Taylor en un cameo como Churchill.

De todas formas, si se fija uno bien, la peor violencia que aparece en la película no se muestra, sino que solo se sugiere: el nazi Henlein no llega a tocar a Curry con la motosierra, ni este a aplastarle la cabeza bajo la rueda del tren. Durante la orgía de los rebeldes vemos a un preso arrastrado por una moto y rociado con gasolina, pero no cómo le prenden fuego. También vemos a un soldado blanco francés colocado boca abajo sobre una mesa de billar con una bota en la cara, y es el público quien tiene que rellenar mentalmente la información de que los congoleses se lo van a pasar por la piedra. La única escena que se llega a mostrar un poco más nítida visualmente es cuando a otro preso le tiran una antorcha ardiendo a la cara. Y aun así, dice la leyenda en torno a esta película que hay varias escenas más, recortadas o eliminadas, entre ellas los guerrilleros violando a monjas y tirándolas a los cocodrilos, Curry forzando a Claire a acostarse con él y Curry matando a Henlein de una forma más gráfica que como ocurre finalmente en la película. Y es que no es lo mismo ver «brutalidad» en una película de la mafia o del teatro europeo la Segunda Guerra Mundial. África es otro nivel en este sentido. En esta película se comentará de pasada que los simba «hace un par de meses mataron a doce aviadores italianos: cortaron sus cuerpos en trozos y los vendieron en los mercados de comida de Kindu».

Pero aparte de la parte violenta de la película, esta destaca sobre todo por la relación entre el capitán Bruce Curry, el mercenario principal, y su subordinado, el sargento congolés Ruffo, que se eleva sobre su papel de secundario hasta ser seguramente lo mejor de la película. De hecho, el propio Curry le llega a decir: «A veces me da la impresión de que el jefe por aquí eres tú». Ruffo está interpretado por Jim Brown, uno de los mejores jugadores de fútbol americano de todos los tiempos, que luego tuvo una segunda carrera como actor y que ha tenido varios problemas con la justicia por repetidos episodios de violencia física y sexual. La historia de su personaje es fascinante para el espectador. Por lo que deja ver en conversaciones con Curry, que le pregunta por qué no odia a los blancos, él le dice que «porque siempre soy bueno, porque mi mamá me pegaba en la cabeza si no lo era. Luego crecí y ella ya no llegaba». Después cuenta que su padre se afiló los dientes, siguiendo ritos tribales, a los 12 años, pero que luego cuando se reía se ponía la mano delante de la boca, por vergüenza, y que cuando llegó el momento de que su hijo pasara por lo mismo, no le dejó hacerlo. «Provengo de una tribu que todavía creía que si te comías el corazón y los sesos de tus enemigos su fortaleza y su sabiduría se añadirían a la tuya. Creencias primitivas, salvajes y tribales, basadas en la ignorancia». Como las del nazi Henlein, bromean los dos. «A él su madre y su padre también le afilaron los dientes, excepto que Henlein no se avergüenza de ello». Sin embargo, Ruffo fue el primero de su familia en tener una educación occidental. Pero, como el propio Curry observa, «tú eres un tío peligroso, ¿verdad?». «Sí, porque me bajé del árbol por invitación, pero mataré al que quiera volver a subirme en él: rusos, chinos, ingleses, belgas, americanos…». Demostrando lecturas y educación, sentencia: «Para vosotros el Congo es solo un trozo grande de terreno, pero para mí esto es mi Palacio de Invierno [durante la revolución rusa], esto es mi Bunker Hill [una de las primeras batallas decisivas de la Guerra de la Independencia estadounidense]».

Curry, por su parte, está encarnado por Rod Taylor, un actor de origen australiano que tenía todo lo necesario para haber sido una estrella mayor, pero en la cumbre caben pocos, y se quedó en una segunda fila, bastante apreciable por otra parte. Juntos aquí interpretan a una pareja profesional, segura de sí misma, veterana, irónica, que se dice las verdades mutuamente (entre ellas que quizá algún día tengan que enfrentarse el uno al otro) y que se gastan rudas bromas todo el tiempo. Por ejemplo: cuando hablan de cuánto van a cobrar por el trabajito, la diferencia entre ambos es que Curry está en esto por dinero y Ruffo porque este es su país, así que eso no le importa. «Pero de todas formas, te agradezco que me quieras dar la mitad de la recompensa». «¿La mitad? ¿Quién te dijo que te iba a dar la mitad?».

En su papel de mercenarios (oficialmente «fuerzas auxiliares»), lo lógico es que adopten una mirada desapasionada, cínica y puramente profesional de su cometido, y a través de ellos vemos cómo el rescate de la población civil atrapada en el distrito minero de Fort Reprieve viene motivada principalmente por los 50 millones en diamantes que tienen en su caja fuerte, no tanto por sus vidas (que también, siempre que su rescate se pueda vender internacionalmente como una hazaña gubernamental y como propaganda contra los rebeldes). El presidente ficticio del Congo, Mwamini Ubi, es joven, apuesto y comparte porche con el mandamás de la compañía minera belga, el orondo monsieur Delage, que al hacerle el encargo a Curry le dice: «Mi querido capitán, su oficio de mercenario lo convierte a usted, a su propia manera, en un hombre de negocios como yo». Ubi no deja dudas al respecto: «Su compañía nos proporcionará todo lo que necesito para obtener armas, aviones y material médico… una vez que tengan los diamantes». Todo esto dicho como si fuera genial idea suya, en vez de estar en realidad esclavizado por la banca suiza, belga y francesa.

El equipo se completa con un doctor francés demasiado aficionado a la bebida, al que se convence con una caja entera de whisky, y un ex nazi, el capitán Henlein, que aún luce en público su esvástica de hierro. Este personaje está basado en el alemán Siegfried Müller, que se había avenido a participar en un documental sobre mercenarios el año antes del rodaje. En la película está interpretado por Peter Carsten, cuya voz fue doblada a un inglés con acento alemán por otro actor americano. Cuando el tren, de solo cuatro o cinco vagones, está listo, comienza la lucha contra los enemigos comunes. ¿Los rebeldes simba? No. La prensa y la ONU. Antes de salir, Curry y Ruffo se encuentran en al bar con varios corresponsales de prensa. Ruffo aguanta con paciencia veterana el que uno de ellos lo llame simio grande («gorila» en la versión española) y que se sorprenda de que hable inglés («habla cuatro idiomas, estudió de intercambio en la Universidad de South California»). Curry tiene menos aguante cuando a él le preguntan despectivamente que cuánto gana al mes por matar gente. «Lo que a mí no me gusta son los plumillas gordos con el culo sentado en el bar esperando a que empiecen los problemas, para luego contarlo mal y aun así tener la razón» (el doblaje español aquí tampoco transmite todos estos matices). Luego, ya en marcha en el tren, el convoy es atacado por un avión de las Naciones Unidas, a pesar de tener salvoconducto, y es que Curry parece disfrutar como ninguna otra cosa el poder pasar bajo las narices de los cascos azules según le venga en gana, a base de hacer sus propios arreglos más o menos bajo cuerda.

Henlein, como buen nazi, va a ser el cabrón de la historia, y en cuanto se entera de que el rescate no solo es de personas, sino de diamantes, empieza a planear cómo hacerse con ellos, llegando a tentar al doctor también, disgustado este por que Curry le haya tirado el whisky fuera del tren para mantenerlo sobrio los tres días de la misión («ya le compraré dos cajas a la vuelta en vez de una»). Curry aguanta que Henlein mate a dos críos congoleses por creer que son espías («ponte la esvástica otra vez, te la has ganado») y también que se acerque a la rescatada rubia Claire, a la que le acaban de matar al marido, con intenciones aviesas, pero todo anuncia que un día se las tendrán tiesas. Además, durante el viaje Curry muestra su veteranía y manejo de los recursos, no solo con el doctor, sino con el oficial francés que no supo comportarse bien durante el ataque aéreo (Surrier, blanco nacido en el Congo, el que luego acabará sobre una mesa de billar), y negando permiso para detenerse a enterrar muertos. También rescata a Claire, porque ha llegado ella sola hasta el tren, pero se niega a ir a buscar a su marido, que seguramente está ya muerto. Por último, también acepta que Ruffo no le deje matar a Henlein tras lo de la motosierra, porque aún lo necesitan.

Tras varios avatares, Curry consigue evacuar a los europeos y llevarse los diamantes, en medio de una situación que Curry describe así: «Ese rifle es chino, Ruffo, pagado con rublos rusos. El acero probablemente procede de una factoría alemana construida con francos franceses, y luego fue transportado aquí por una aerolínea africana subvencionada por los Estados Unidos». Pero la relación con Ruffo se ha ido deteriorando, y tras una conversación tensa se despiden enfurruñados. Es curioso que tanto Ruffo como el otro soldado negro de la historia, el cabo Kataki, se muestran asqueados con el comportamiento violento de Curry, cuando ellos viven en un país que ha sido pura violencia con mucha frecuencia, incluso antes de la llegada de los europeos. Ruffo le dice: «Hasta ahora he ido aguantándome contigo, diciéndome a mí mismo, sobre tu violencia y tu silencio que bueno, así es como Curry hace las cosas, pero ahora me pregunto si te preocupa algo el futuro de este país, o solo los diamantes, o solo tú mismo». Curry no tiene respuestas reales a esto: «Solo soy un asalariado, Ruffo, haciendo un trabajo sucio. No sé por qué murió el doctor ni los hombres que perdimos anoche. Es un misterio para mí». Curry entonces se va a buscar combustible, y Ruffo y Claire se quedan hablando de él. Ella dice: «Curry es un tipo del que es duro alejarse». Y Ruffo contesta: «También es un tipo con el que es duro estar, a veces. Es duro, mezquino y nunca te da esa parte extra de él que necesitas. Y eso duele. Pero merece la pena». Mientras tanto, en el todoterreno, Curry habla con Kataki sobre Ruffo: es un tipo mejor que yo, es un tipo con clase, merece un amigo mejor que yo, qué abrazo le voy a dar a la vuelta… Habrá quien pueda hacer una lectura sexual de estos sentimientos entre Ruffo y Curry, pero eso ocurre con cualquier muestra de amistad y camaradería masculina en cualquier relato, especialmente en situaciones extremas de vida o muerte. Y eso que en el rodaje, por lo que parece, Taylor y Brown no se llevaron nada bien en absoluto.

Pero el azar ya ha lanzado los dados, aplastando varias hormigas con su bota indiferente. Henlein, cuya vida Ruffo salvó antes, mata al sargento en busca de los diamantes, y Curry lo mata a él. Recordando las palabras de Ruffo y Kataki sobre la violencia sin fin, Curry decide entregarse al cabo y que le hagan un consejo de guerra. Se gana así el saludo militar de Kataki, honrando su gesto, porque ya es lo único que le queda. Pues puede que no sea así, ya que en la novela de Smith el final es muy diferente: Curry y Ruffo (en el libro llamado Jacque) persiguen a Henlein (en el libro llamado Hendry) y Henlein consigue matar a Ruffo, pero luego Curry lo mata a su vez, en pelea mano a mano. Tras sentir esa incomparable excitación de haber salido vivo tras una lucha a muerte (aunque con un trozo de pulgar amputado), Curry vuela, con los diamantes a salvo, en compañía de la francesa (en el libro llamada Shermaine), con la que ya ha estado liado varios días, en dirección a Suiza, sin intención de volver al Congo. Es decir, con las joyas y la chica, sin nada de sentimiento de culpa, ni de pena por la muerte de un amigo ni con pensamiento de entregarse por sus pecados. Rod Taylor intervino mucho en la redacción del guion, incluyendo este nuevo final. Ustedes dirán cuál prefieren.

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