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Donde Horacio se lavó las manos

Donde Horacio se lavó las manos

Convendrá el lector en que los españoles, dicho sea en general, tenemos cierta querencia por la Roma clásica. Será, naturalmente, por la historia común, por el poso que a través de los siglos nos ha dejado aquella Hispania de donde salieron Trajano, Teodosio, Lucano, Séneca, quizá Adriano… El caso es que este amor romano se expresa de muy variadas maneras, algunas extremas —organizar tenidas para hablar en latín, o participar en simulacros de batallas disfrazados de centuriones— y otras más sencillas, como ir al teatro en Mérida, leer las sagas de Posteguillo o, simplemente, sentarse a degustar un cochinillo a la sombra del Acueducto.

Quien esto escribe ha cumplido con todas las anteriores prácticas (menos una), lo cual confiere cierta autoridad como para proponer aquí otra experiencia romana. Y para ello tenemos que hablar de Horacio.

"Horacio fue, sin duda, un poeta mimado por las musas, de un extremado lirismo"

En cierta ocasión le preguntaron a Isaac Asimov a quién elegiría como el científico más importante de la historia. Respondió que había que dilucidar si el número dos había sido Einstein, Galileo u otro, porque el primero estaba más que claro: Newton. Con la literatura latina ocurre algo parecido. Todos pondríamos en la cumbre a Virgilio, y sería en la segunda plaza donde podrían encontrarse discrepancias. Cicerón, Ovidio, Tácito, Catulo… Sin duda, estos preclaros cultivadores de las letras latinas podrían proponerse, pero, a nuestro parecer, no alcanzan los méritos de Horacio. Seguramente fray Luis de León, que se distraía en su encierro de los rigores de la Inquisición traduciendo sus versos, diría lo mismo. O don Marcelino Menéndez Pelayo, que documentó a finales del siglo XIX más de 160 traductores españoles de la poesía horaciana, y dejó escrito que «la difusión de sus obras ha sido superior a la de todos los libros humanos, puesto que la Biblia no lo es».

Horacio fue, sin duda, un poeta mimado por las musas, de un extremado lirismo —ahí está el Diffugere nives, el Rectius vives y tantas otras odas insuperables—, pero al mismo tiempo con una personalidad atractiva, al que es fácil aficionarse a través de lo que de sí mismo cuenta en su obra (Virgilio, en eso, es otra cosa: como un ángel que hubiera descendido a la Tierra, produce admiración máxima, pero menos empatía). De Horacio nos seduce su ánimo siempre templado, el fatalismo irónico y elegante con que afronta la vida, su supremo dominio del arte de no darse importancia.

"Con este guía, y con compañeros como Mecenas, Plocio, Vario y Virgilio, ¿quién no querría ser de la partida?"

Esta devoción nos ha llevado a seguir la estela de Horacio por algunos escenarios de su biografía. Estuvimos en su pequeña finca de los montes Sabinos, regalo de Mecenas, a la que tantos versos dedicó (visita de la que quedó constancia aquí en Zenda). También escondimos un pequeño escudo en las campas de Filipos, remedando la aventura militar en el bando de Bruto que bien pudo costarle la vida. Pero nos faltaba lo básico: seguir su recorrido por la vía Apia. Algo fácil, porque Horacio mismo nos lo cuenta con mucho detalle en el célebre quinto poema del primer libro de sus Sermones o, como ahora se prefiere, Sátiras.

La vía Apia, el más famoso de los muchos caminos que llevan (y traen) a Roma —Appia longarum regina viarum— desciende hacia el sudeste, desde la capital hasta Brindisi. Es el camino que recorrerá el poeta. Y quizá para no distraer al lector con aspectos extraliterarios o, más verosímilmente, por ese afán ya comentado de esquivar todo protagonismo, el caso es que Horacio no desvela el propósito del viaje, siendo, como sabemos, importante: una mediación entre Octaviano y Marco Antonio para evitar una guerra civil que se presumía inminente.

Con este guía, y con compañeros como Mecenas, Plocio, Vario y Virgilio, ¿quién no querría ser de la partida? Así que nos hemos unido a tan selecta comitiva desde la primera línea del poema: Egressum magna me accepit Aricia Roma, aunque no completaremos ni mucho menos el trayecto. Nuestra intención es llegar solo hasta Anxur (hoy Terracina), cubriendo cien kilómetros de los casi seiscientos que mide la Vía o, en términos del poema, los veinticuatro primeros versos.

"Ahora bien, cualquiera que hoy día haya intentado dar un paseo por esa zona sabe que no es la mejor idea: demasiado coche, demasiado ruido"

Volvamos, pues, al texto. Camino de Aricia, salimos desde la magna Roma por la Porta Appia o Porta San Sebastiano (que, en todo caso, no existía en tiempos augusteos; Horacio seguramente cruzó la muralla por la Porta Capena, de la que solo queda el recuerdo en el nombre de la plaza). Ahora bien, cualquiera que hoy día haya intentado dar un paseo por esa zona sabe que no es la mejor idea: demasiado coche, demasiado ruido. Para dar con la imagen idílica de la Vía Apia, empedrada, entre pinos y con un silencio a  juego con las tumbas que la flanquean, habrá que desplazarse unos pocos kilómetros, hasta el mausoleo de Cecilia Metela o, más allá, a la zona de la Villa de los Quintili.

Aricia, nos dice Horacio en el segundo verso, le recibió hospito modico, con modesta posada. En aquellos tiempos era la primera posta tras abandonar Roma, pero para nosotros apenas tiene interés y pasaremos de largo, salvo por probar la deliciosa porchetta. Mayor provecho sacará el viajero si visita el cercano lago Nemi en pos del rex nemorensis y el santuario de Diana… aunque esto, con ser romano —y hasta prerromano— poco tiene que ver con nuestro poeta. Así que continuamos hasta la segunda parada, que se menciona al final del tercer verso (notable: en tres versos Horacio ha consumido dos jornadas): hemos llegado al Foro Apio.

Aquí el panorama cambiaba; la zona era pantanosa y poco saludable, y debía cruzarse a través de un canal, mediante barcazas que desde las orillas arrastraban animales de tiro. En este punto Horacio muestra su gusto por la descripción de coloridas escenas de la vida real: caupones maligni (taberneros malignos) y nautae (barqueros) se turnan para desesperar al poeta, que ya llega de por sí en malas condiciones, enfermo del estómago propter aquam, a causa de la mala calidad del agua, y resignado a saltarse la cena. Mal negocio para un caminante epicúreo.

"Horacio, como buen romano, tenía debilidad por las fuentes; bien recordamos los sentidos versos que le dedicó a la que manaba en su finca sabina, la famosa Bandusia"

El actual Foro Apio es otro paisaje, y se precisa un cierto esfuerzo para sintonizar con lo que el poema refleja: un hotel moderno con aspecto de finca rústica se ha apropiado del nombre y de los versos horacianos, que lucen a modo de grafitis en las paredes de las habitaciones. Las cuatro estrellas que lo adornan garantizan un alojamiento sin las incomodidades de antaño… aunque los mali culices —malditos mosquitos— persistan y el croar de ranae palustres (ranas del pantano) haya sido sustituido por el titar de los pavos que para disgusto de los huéspedes campan por el jardín.

En el verso veintitrés se da por concluida —demum!, ¡por fin!— la penosa travesía, y en el veinticuatro, ora manusque lavimus, Feronia, el poeta ya se está lavando cara y manos en la fuente Feronia. Ha llegado a un santuario próximo a Anxur, la actual Terracina, del que sabemos poco y hoy apenas queda algo… pero ese algo nos llama y más que justificará el esfuerzo de encontrarlo.

Horacio, como buen romano, tenía debilidad por las fuentes; bien recordamos los sentidos versos que le dedicó a la que manaba en su finca sabina, la famosa Bandusia —fons Bandusiae, splendidior vitro…— y las propiedades salutíferas que le atribuía. En este sentido, por más que ya hayamos comprobado que el poema va a velocidad de vértigo, nos decepciona con qué displicencia describe ese nuevo contacto con un manantial que, sin duda, debió de ser importante, por su ubicación —justamente al salir del canal pontino, frente a un bosque sagrado— y también por el nombre de la divinidad tutora, nada menos que Feronia, diosa protectora de bosques y selvas, que se decía tenía el poder de regenerar la floresta tras los incendios.

Horacio llega allí y cumple con el ritual del lavatorio. Nosotros queremos hacer lo mismo, y hasta nos gustaría ofrecer un sacrificio a la diosa; por ejemplo, poniendo en su pira la pésima gestión y los ínfimos presupuestos que las administraciones dedican al cuidado del monte… Feronia, queremos elevarte esta plegaria: protege a nuestros bosques del cambio climático y, sobre todo, de la inepcia de los responsables medioambientales.

"Llegamos. Al borde de una carretera secundaria, al pie del monte próximo a Terracina, vemos un predio cercado, con un huerto"

Pero antes tenemos que dar con el sitio. Sabemos que está ubicado en una propiedad privada; hemos tomado contacto con su amabilísimo dueño —ostenta como apellido el nombre de esa hortaliza que algunos encuentran imprescindible en la tortilla de patata— y se presta a facilitarnos el acceso. Llegamos. Al borde de una carretera secundaria, al pie del monte próximo a Terracina, vemos un predio cercado, con un huerto, alguna pequeña construcción y, oh maravilla, agua remansada en un espacio no muy grande, delimitado al fondo por un murete donde se dejan todavía notar algunos sillares. Nada impresionante… pero estamos en el Lucus Feroniae.

Un propio abre la verja, bordeamos el huerto y con la mayor unción nos acercamos a la bendita —aunque, ejem, no muy cristalina— agua. Suponemos que en tiempos augusteos la instalación facilitaría unas abluciones dignas, pero hoy en día, con la estructura destruida, para lavarse manos y cara como el poeta no queda otra que echar rodilla a tierra y agacharse en la postura más indecorosa, arriesgando incluso caer al humedal. Así lo hacemos, qué remedio, y en el momento de tomar contacto con el líquido elemento musitamos una invocación a la diosa, aunque con poca esperanza: uno diría que ya no se deja ver mucho por aquellos contornos.

Abandonamos a Horacio en este punto. El poema y el viaje siguen unos ochenta versos más, pero a nosotros no se nos ha perdido nada en Brindisi. Bonum iter, Horati et amici! Bene valeatis!

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Bixen
Bixen
2 años hace

Lo del ‘fondo’ parece ser limo por, creo yo, encontrarse sus partículas entre 0,0039 mm y 0,0625 mm de diámetro. El agua ésta es cristalina cuando no. Los romanos hincaban la rodilla para pedir la mano, adquiriendo si su ya esposa, su ‘Derecho’. No he leído a Horacio; y por eso digo.

Bixen
Bixen
2 años hace

¿Es una cantimplora (cat.)?

Ricarrob
Ricarrob
2 años hace

No creo que Horacio se masturbara antes de escribir sus obras naestras. Lo hiciera o no, está claro que tenía la buena costumbre de lavarse las manos (hago relación al artículo de Luna Miguel).