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Donde los perros ladran con la cola, de Estelle-Sarah Bulle

Donde los perros ladran con la cola, de Estelle-Sarah Bulle

Donde los perros ladran con la cola (Tiempo de Papel Ediciones), de Estelle-Sarah Bulle (Francia en 1974), es Premio Stanislas al mejor escritor novel 2018, Premio Carbet a la mejor novela del Caribe 2018, Premio APTOM 2018 y Premio Eugène Dabit a la mejor novela popular 2018. 

Zenda publica el arranque de esta novela.

***

Abandoné Morne-Galant al alba porque era la única forma de no achicharrarme bajo el sol. Morne-Galant es un lugar en medio de la nada, o mejor dicho, una matriz de la que salí como un ternero sale de su madre, con las patas hacia delante, dispuesto a morir con tal de desprenderse de los costados que lo retienen. Antes de cumplir siete años vi unos cuantos partos de terneros y sé que pueden acabar mal. Papá siempre dejaba que la naturaleza hiciera su trabajo; era ella la que debía decidir quién vivía y quién no.

No obstante, quería a sus animales. Cuando me fui tenía cinco o seis. Vivían alrededor de la casa, lanzaban largos mugidos roncos para que los lleváramos al abrevadero de chapa ondulada plantado en medio del terreno. Papá soltaba una a una las cadenas que los sujetaban a unas estacas y ellos corrían hasta la pila. Los días de bochorno, se estrangulaban si no lo hacía lo bastante deprisa. Los inmovilizaba con una orden seca y sonora, «¡Ya!», y golpeaba a los toros impacientes con la hoja del machete. Durante los tres primeros meses de vida los dejaba sueltos, porque de todos modos las crías permanecen junto a la madre.

Hilaire trataba a sus hijos igual que a sus animales: un vaso de cariño, un cubo de autoridad y un barril de «débrouyé zôt’» [1]. En aquel desierto en los confines del pueblo solo estábamos nosotros y los bueyes. A media hora a pie de allí, por el camino principal, que no era una carretera propiamente dicha, ni siquiera según los criterios de la época, Morne-Galant dormitaba acurrucado sobre sí mismo. Aún hoy, los guadalupeños siguen diciendo de Morne-Galant: «Cé la chyen ka japé pa ké». Como tu padre nunca te ha hablado en criollo, te lo traduzco: «Eso queda donde los perros ladran con la cola».

Y mira que vi perros extraños y otras apariciones de medianoche, pues Hilaire solía dejarnos solos y yo me ponía a esperarlo junto a la ventana. Al atardecer, mientras las gallinas se encaramaban una a una a la copa del mango, cerrábamos los postigos. El canto de los grillos amortiguaba todos los ruidos en torno a la casa. Nosotros, los críos, jugábamos alrededor de la mesa desnuda. Nos peleábamos por una muñeca de hierba o un souda [2] atemorizado. La noche se iba instalando con su lunita nielada. La luz del quinqué parpadeaba y nosotros acabábamos dándonos con la oscuridad al desplegar los catres. Incapaz de dormir, yo entreabría el postigo buscando a Hilaire en el horizonte.

A mis dieciséis años, esperé el momento oportuno, desafié a los espíritus nocturnos y, con el canto del pipiri, ya me había echado a la carretera, sin volver la vista atrás. Quién sabe, quizá habría otras partidas, hasta que la Virgen me abriese los brazos y me dijese con su bella y dulce voz: «Se acabó», pero las dos que cuentan son la de Morne-Galant en 1947 y la de Pointe-à-Pitre veinte años después, la tarde en que tomé el primer vuelo para París, dejando atrás cuanto había construido.

Y aquí me tienes, llevo una eternidad viviendo en París y aún me siento como si no hubiera encontrado mi hogar. A veces me cruzo con otros antillanos, aunque suelen vivir en las afueras, otro lugar en medio de la nada donde los edificios han brotado como flores enfermas en mitad de unos barrizales. Veo muy pocos en la capital, aquí solo aguantan los más desdichados y los más tenaces; los demás, al parecer, no tienen arrestos.

He conocido a los argelinos esmirriados que trabajaban en las fábricas. A los chinos taciturnos que nos venden las guanábanas que nosotros cultivábamos como si nada detrás de la choza. Si me peleo con los senegaleses que vacían mis cubos de basura y les grito que vuelvan a su país, me miran de arriba abajo y me tratan de esclava vendida por los padres de sus padres. Pero son todos extranjeros, mientras que yo soy igual de francesa que esos blancos que me confunden con una africana.

Me siento reconfortada con las hermanas del Sagrado Corazón, ellas me animan cuando destrozo los cánticos con mi voz chillona y me ofrecen medallitas milagrosas. Les gusta escucharme, sobre todo a las nuevas; muchachitas amarillas y frágiles procedentes de Indonesia o algo por el estilo, congolesas mudas que al cabo de unos meses no se callan ni debajo del agua. Solo me saqué el graduado escolar, pero se me da bien contar las cosas, sobre todo cuando hablo de los ángeles que me visitan.

He tenido oro entre las manos. Me refiero a pepitas de verdad, esas cositas macizas y bellas. Nunca he tenido jefe ni nunca lo tendré. No soy de las que se aburren detrás de los locutorios acristalados de las administraciones ni de las que por la noche recorren, fregona en mano, los pasillos vacíos de las torres de oficinas. No me angustio por un hijo sin padre que se echa a perder mientras yo me deslomo. Pero durante mucho tiempo fui como todos ellos, pasaba meses organizando con antelación el viaje a Pointe-à-Pitre para pagarme el pasaje más barato posible. Me ponía tensa cada vez que un blanco bromeaba sobre mi acento o mi pelo.

Y ahora, muchachita, resulta que vienes a verme y te preguntas dónde está nuestro sitio, cuando venimos de un lugar entre dos mundos. Tu padre, al que crie lo mejor que pude, probablemente te diga algo distinto de lo que te voy a contar, porque un hermano y una hermana pueden ser como dos extraños el uno para el otro y aun así quererse.

Dices que entre los antillanos no hay solidaridad. Pero si dejas a diez personas en una sala de espera, ¿crees que terminarán formando una familia grande y unida? Guadalupe es como una sala de espera en la que metieron a negros que no tenían nada en común unos con otros. Esos negros no saben muy bien dónde ponerse, esperan la llegada del blanco o buscan la salida.

Siéntate aquí, que te voy a dar un buen cepillado, necesitas que te desenreden esas greñas. Pero primero dame las manos. ¿Ves?, por eso nos llevamos bien tú y yo. Tenemos ese fluido, ahí, lo noto en la punta de tus uñas. ¿Lo notas? Como una onda eléctrica. Es un fluido protector. No te lo tomes a risa, que igual un día te sirve de algo.

Tienes treinta años y yo setenta y cinco. Aunque esté aquí, entre tú y yo es como si siguiera alzándose una barrera de un siglo, siete mil kilómetros y un océano. Nunca adivinarás el camino que he recorrido, aunque vayas allí. Has conocido las calles limpias de la periferia sin alma donde naciste. Tu padre te llevaba al colegio en coche todos los días. Yo, de niña, me despertaba con el canto del gallo, erguido al pie de la ventana, e iba andando a la escuela, si es que iba.

***

[1] Arregláoslas.

[2] Souda: crustáceo terrestre de la familia de los cangrejos ermitaños.

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Autora: Estelle-Sarah Bulle. Traductora: Iballa López Hernández. Título: Donde los perros ladran con la cola. Editorial: Tiempo de Papel. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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