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Nacho Iraola: “El mundo no lo voy a cambiar, pero puedo hacer un poquito mejor el barrio de mi hija”

Nacho Iraola: “El mundo no lo voy a cambiar, pero puedo hacer un poquito mejor el barrio de mi hija”

Buenos Aires es un enjambre de librerías: según un estudio de la Universidad Nacional de San Martín, en 2024, había 3,43 por cada 100.000 habitantes. Raro es peregrinar por Corrientes, ese trasunto de la Gran Vía madrileña con anabolizantes, sin regresar con un saco de criaturas de tinta y celulosa. Allende el tópico, se hallan las librerías de barrio, muchas de ellas regentadas por tipos que, cuando la pandemia, como repartidores de Glovo, se jugaban la vida plantándose en las casas de sus clientes con obras de Fernández Díaz, Piñeiro, Fontanarrosa o del vecino Sietecase. Precisamente, durante aquel infierno coronavírico, al que fuera director editorial de Planeta en Argentina durante dieciséis años, Nacho Iraola (Buenos Aires, 1972), se le ocurrió fundar un centro cultural en el que, amén de vender libros, la tropa pudiera tomar café y asistir a talleres de escritores. Así, junto a sus socios Pablo Slonimsqui, Paula Salischiker y Alan Kritzner, se inventó una arcadia deliciosa y, no menos importante, rentable: Naesqui, sita en el barrio de Villa Ortúzar, en la esquina de las calles Charlone y 14 de Julio, junto a la Plaza 25 de Agosto, donde los enmascarados benteveos y los tordos renegridos —las hembras de esta especie ponen sus huevos en nidos ajenos para que otros pájaros los empollen y críen a su prole— decretan con sus cantos los estertores del invierno. Conversamos con Iraola sobre su milagro:

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—Usted viene del mundo editorial.

—Ya trabajaba en Planeta en 1991, a los dieciocho años. Hice toda la escala: cadete, asistente de prensa, jefe de prensa, gerente de marketing y director editorial. Yo dirigía tres países: Argentina, Chile y Uruguay.

—Entonces, llegó la pandemia.

"Con la pandemia, encontré una nueva vida: descubrí el barrio, descubrí a mi hija, empecé a leer por placer y no por obligación"

—Cuando el mundo paró, para mí fue lo más lindo. Obviamente, lamento la situación de aquellos que no pudieron velar a los muertos, pero fui muy feliz. Yo no conocía mi barrio: tomaba el subte, me iba a Planeta, seguramente tendría el almuerzo con un autor, luego la presentación de un libro, después el cóctel y la cena, y volvía a casa a la una o dos de la mañana. Era el ritual habitual. Trabajaba muy encima de los escritores. Con la pandemia, encontré una nueva vida: descubrí el barrio, descubrí a mi hija, empecé a leer por placer y no por obligación, y me fui dando cuenta de algunos manejos de la empresa, habituales de las corporaciones. Habituales no en España, sino en la parte de Latinoamérica.

—Cuénteme más.

—Sí, claro. Formatean tontos: gente que, en lo posible, no debe tener familia; que debe tener una cuestión amistosa dentro de la empresa… En España, en la industria editorial, no lo he visto tanto. Claro, en el momento en que me convertí en padre, ya no era un asesino serial del trabajo (risas). Y eso no les gusta. Te convertís en algo peligroso. La verdad es que me harté. No estaba en buenos términos con los directivos de Latinoamérica; no así con los de España. Jesús Badenes, el CEO de Planeta en España, es un tipo al que adoro y respeto, pero a los de acá no los soportaba más. Planteé irme. Y fue ahí que, con un amigo, compramos esta esquina.

—Y fundaron un lugar con nombre lunfardo.

—Sí, el nombre es una cosa de lunfardo nuestro: es esquina al revés. Aparte, somos Nacho y Slonimsqui, que es el apellido de Pablo. La librería tiene dos años exactos: abrimos el 11 de junio del 24.

—Usted no quería una librería.

—Quería un centro cultural. Tengo claro que los libros te pueden cambiar o salvar la vida. A mí me dieron trabajo, la posibilidad de conocer gente… Yo conocí a Paul Auster, trabajé con Juan José Saer

—La contraseña del Wi-Fi es “Auster2024”. ¿Razón?

"Llegué a tener un vínculo con Paul Auster. En su viaje de 2018, vino a mi casa. Mi mujer estaba embarazada. Fue una especie de protopadrino de nuestro compromiso"

—Será cosa de los chicos. Llegué a tener un vínculo con Paul Auster. En su viaje de 2018, vino a mi casa. Mi mujer estaba embarazada. Fue una especie de protopadrino de nuestro compromiso. Son cosas que me proporcionó el trabajo: la posibilidad de tener cercanía con gente a la que uno admira. Pero estaba cansado y tenía ganas de esto: un centro cultural, no una librería. Cuando descubrí el barrio, descubrí esta esquina, junto a una plaza… Me pareció como el lugar soñado.

—¿Qué tipo de barrio es este?

—Villa Ortúzar es un barrio muy sensible, muy orgulloso… Una cuadra para allá es Chacarita; a partir de acá, Villa Ortúzar. Es un barrio muy orgulloso y muy culto. De hecho, es uno de los pocos barrios en los cuales no gana el PRO. Aquí ha ganado Santoro, que es un radical. Y viven muchísimos artistas: Mario Pergolini, vivía Daniel Melingo, Richard Coleman…, también Fernando Samalea y Christian Basso, que fueron, respectivamente, baterista y bajista de Charly García. Es un barrio en el que hay también mucha gente vinculada al teatro y a las productoras de cine independiente. Nuestro cliente es gente que lee muchísima ficción. Sobre todo, ficción de mujeres. Nuestro ranking de best sellers es muy gracioso: lo que más vendo es Samanta Schweblin y Mariana Enríquez.

Nacho Iraola y Fito Páez

—¿Con qué libros trabajan?

—La idea pretenciosa nuestra es tener todo. Yo tengo la mentalidad de publisher de Planeta. En Planeta conviven Coelho y Juan José Saer. No quiero quedar como un snob: “No, mi oferta es pura y exclusivamente Salman Rushdie, y el que no lee Salman Rushdie es un tonto”. No, no. Tengo una mente amplia y esa es la idea de la librería.

—¿Y qué tipo de actividades realizan?

"El año pasado hicimos un festival con el permiso de la municipalidad, cortamos la calle, pusimos un escenario y vinieron 2.000 personas un sábado"

—Hacemos movidas permanentes con la parte cultural. Aquí ya han estado María O’Donnell, Miguel Rep, Tamara Tenenbaum, Reynaldo Sietecase, Pedro Saborido…, Fito Páez presentó su libro de poesía acá arriba, el año pasado… Todos los días tenemos actividades. Hacemos muchas actividades para niños y niñas: talleres de música, astrología, magia, química, con una profesora que hace experimentos con los chicos…, se ha convertido en un lugar en el cual un padre viene y trabaja abajo con su computadora mientras, arriba, su hijo está haciendo magia. Aparte, tenemos un colegio a la vuelta, tenemos la plaza enfrente… hay una cosa muy linda que está pasando con nosotros. El año pasado hicimos un festival con el permiso de la municipalidad, cortamos la calle, pusimos un escenario y vinieron 2.000 personas un sábado. Después tuvimos muchísima gente, no 2.000, pero por lo menos, 500, que vinieron a La Noche de las Librerías.

—Que antes se hacía en Corrientes.

—Pura y exclusivamente. A partir de un pedido, logramos que se venga a los barrios. Y lo hicimos aquí en Villa Ortúzar, donde hay tres librerías. (Piensa) El lector o la lectora que está adormecido, cuando vos le ponés las cosas en la calle, se las lleva puestas y las consume. Yo hago con Naesqui lo que hacía con los libros: en mi catálogo, yo tenía a Gabriel Rolón, que es el escritor más vendido en la Argentina, a Felipe Pigna, a Pedro Saborido, a Darío Sztajnszrajber… Son todas figuras muy visibles que generan que sus libros se vendan. Yo quiero que esto sea eso: que sea un lugar visible, con actividades permanentes, con gente…

—¿Les va bien?

—Toco madera: es un momento en el que a las librerías, a los comercios, en general, les va mal, y a nosotros nos va bien.

Paul Auster

—¿Se ha convertido en algo habitual que las librerías cierren?

—Hace unos días salió una noticia de que cerró una librería. En lo que llevamos de año, han cerrado como diez. Esto es nuestro. Y esto no tiene posibilidad de venta: está armado para ser lo que es, un centro cultural. Sí, hay librerías que están cerrando. También hay una manera de hacer las cosas muy proactiva. Es decir, no me tiembla el pulso para pedirle a un exministro de Cultura, como Pablo Avelluto, que venga a dar un taller sobre “Cómo sobrevivir a Milei”. Tonterías que inventamos…, esta calle se llama Charlone. Inventamos unos diálogos que se llaman “Charlones en Naesqui”. Han pasado Claudia Piñeiro, Reynaldo Sietecase, Facundo Pastor, Miguel Rep…

—En un barrio.

"El tema de la librería de barrio tomó muchísima importancia en la pandemia. Nosotros tuvimos el confinamiento más grande de la historia"

—El tema de la librería de barrio tomó muchísima importancia en la pandemia. Nosotros tuvimos el confinamiento más grande de la historia: estuvimos casi un año y pico encerrados, sin poder salir a la calle. La gran mayoría de las librerías de las cadenas están en shoppings, en malls o en avenidas. Estaban cerradas. Las únicas que funcionaban eran las de barrio, las de cercanía. Entonces, muchos libreros de barrio te traían el libro a tu casa. Poniendo en riesgo su vida.

—Como repartidores de Glovo.

—Exactamente. Eso generó una mayor empatía y cercanía con tu librero de barrio, como con tu panadero de barrio. Y me empujó a hacer algo en mi barrio. Tengo claro que el mundo no lo voy a cambiar, pero puedo hacer un poquito mejor el barrio de mi hija, un poquito más humano, en un momento en que hay una deshumanización absoluta. Eso es Naesqui.

—Estáis vivos.

—Hay otra cosa. Ya hay doce personas que percibimos un sueldo de esta empresa. Ya tenemos cinco personas en el bar, dos personas en la librería, somos cuatro socios y tenemos una community manager. Desde el arranque, yo sabía que no me iba a hacer millonario con Naesqui, salvo que, ¡ojalá!, venga un millonario excéntrico y diga: “Voy a poner librerías Naesqui por todo el mundo”. Lo que sí quiero es que esto no cierre, y, para eso, no tengo que tener problemas de plata, esto tiene que ser rentable. Desde el día que abrimos, no hemos vuelto a poner plata. Sí, reinvertimos la plata que genera Naesqui, pero, en veintiséis meses, los cuatro socios no hemos vuelto a poner plata. Estamos muy contentos.

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Fotos del artículo cedidas por Nacho Iraola

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