Lejos de ser un erial sin paredes ni carne, con cientos de renglones de tierra abriendo el vacío, el abismo se asemeja a esas cartografías privadas en las que todo detalle, incluso el más laborioso, es sinónimo de dolor. Abismos verticales o planos, no siempre solitarios ni ruidosos; abismos en los que la violencia es solo un residuo natural floreciente. En esa sucesión, a veces suculenta, de laderas y tornos, de peajes febriles que conducen a esa nueva pregunta, al nuevo deseo de volver al punto de partida o al lugar donde el origen se escindió del destino absoluto, residen los pormenores del caos. Y este, el caos, que siempre es lujurioso y activo, además de impávido, posee una arquitectura que nos invita al silencio, a contemplar sus movimientos curvados, sabiéndonos estériles en ese diálogo que nunca conduce a la absolución.
El abismo puede ser, y así sucede, un territorio sin fronteras del que nada sabemos, salvo las cortaduras que sus cristales nos producen en el pecho y en la mirada. Pero también reside el abismo en los muchos y variados espacios milimétricos donde las miniaturas vitales son abarcables y reconocibles debajo de su textura ampulosa. Espacios cuyos códigos visuales esconden otros espacios alambrados y húmedos, y en los que observar a ciegas es la clave de la supervivencia.
Para construir literariamente estos paisajes, que son claroscuros y hondos, el autor debe rebelarse contra las narrativas temporales que abusan de la expansión del tiempo y dificultan el conocimiento de sus relieves. En el oficio de la narrativa espacial —es decir, en la capacidad del autor para revelar un estado físico o una presencia como si se tratase de una fotografía, alejándose del análisis secuencial para poner nuestra atención en el detalle intermitente, en esa pequeña parcela que pasa desapercibida y es, sin embargo, el germen del conflicto— reside un poder evocador del que Tomás González es un absoluto maestro. Los veinte relatos que componen Vista del abismo así lo confirman. Porque, más allá de su extensión —ninguno, salvo “El huerto de allí cerca”, supera las diez páginas—, en todos se percibe esa búsqueda de lo que Roland Barthes llamó en su libro sobre fotografía La cámara lúcida, el punctum: el detalle, a veces accidental, que atenaza al lector/espectador y no le permite apartar la mirada. Allí donde el abismo emerge o cae a la tierra como un telón de piedras y polvo, como un maremágnum de grandes voladuras que deshacen la unidad del cuerpo, surge un detalle que para González es el epicentro de la emoción y el dolor. Esta visión, que es fotográfica e insoportable, tiene la capacidad de desenfocar la tragedia mayúscula —que también puede ser banal— para capturar ese otro momento de caos, esa corriente abisal y enramada que supone el motor de nuestras vidas. Y esta técnica, tan empleada por el autor colombiano en sus obras anteriores, lejos de ser un simple recurso, es la herramienta que, gracias a su estructura atmosférica y sinuosa, mantiene al lector en un estado de credulidad e hipnosis que alimenta su asociación final con la verdad.
A diferencia de sus predecesores, el corazón geográfico y simbólico de Vista del abismo no es un lugar onírico, sino un espacio real dueño de una historia traumática. Se trata del embalse Peñol-Guatapé, situado en el departamento de Antioquia, región de la que es originaria la familia de González. En casi todos los relatos aparece —convertida en personaje, en figura observadora y por momentos altiva— La Piedra, que es la llamada Piedra del Peñol: un monolito gigantesco de 220 metros de altura, en medio de un paisaje acuático tan ligero como bulboso por momentos. Y junto a La Piedra emerge también La Represa, en alusión a la represa hidroeléctrica que inundó, en la década de los 70, el pueblo de El Peñol, obligando a sus habitantes a abandonar sus casas, su iglesia y sus cementerios para que el agua lo cubriera todo. Estos dos elementos, La Piedra y La Represa, son al mismo tiempo la metáfora, por un lado, de lo inmutable, de la indiferencia de la naturaleza frente al drama humano; y la memoria sumergida, por el otro: el olvido que, al igual que el agua, oculta la violencia y las contradicciones, el error perpetuo y la necesidad amnésica de retorcer la verdad, de fragmentarla en muchas piezas paralelas y rotas desde donde reivindicar nuestro derecho a la redención. En el relato que lleva por título “En esta casa”, González lo expresa de forma inmejorable:
«Con los días se fue calmando, tal vez por los medicamentos, y con los meses no se acordó más del cuchillo del portón, y ni siquiera de la llave de su cuarto. De vez en cuando se formaba en su mente la imagen del muchacho de la lancha y la de la persona que lo había matado. Tomó algún tiempo el proceso de descomposición y desaparición de los acontecimientos de su vida, que no habían sido pocos, pero al final de un prolongada tira y afloja, la memoria se aflojó del todo, se desprendió como una fruta podrida o una flor mustia, y por fin, don Bernardo se olvidó de que él era don Bernardo».
La violencia también existe a orillas del ruido, y puede residir en el silencio tenso; en las palpitaciones, por ejemplo, de la represa que templa sus costuras y amenaza con supurar palabras incómodas, viejas reconvenciones que buscan corromper la armonía y el fingido equilibrio de los seres humanos. Y también germina la violencia dentro del agua, es decir, en las profundidades del olvido, como si la blancura en la que ayer disolvimos el recuerdo pudiese todavía sangrar con fuerza, como si la fuerza interrumpida del dolor luchara por rebrotar con nuevas y espinosas propiedades.
La mirada de Tomás González sobre su propia realidad, que es también una realidad colectiva, no puede entenderse sin su pasado en Estados Unidos y la distancia que le permitió regresar a su región con objetividad, libre de los muchos prejuicios causados por la sordera de la repetición y la abundancia. En sus textos, en la hibridez de sus aproximaciones al silencio y al caos, se percibe esa mirada cosmopolita y al mismo tiempo leal que lo aleja, para bien, de esa otra mirada, exuberante y mágica, que no siempre consigue doblegar la realidad.
Existe en la literatura de Tomás González, y Vista del abismo es un ejemplo claro, una confesada admiración por la densidad y las atmósferas opresivas, tan cercanas al gótico sureño de William Faulkner, y por las esferas de silencio, tan persistentes en la literatura de Rulfo, que nos empuja al detalle: la finca, el jardín, el pantano son entidades salvadoras que pueden desdoblarse como auténticos verdugos. Y aquí reside el extraordinario valor de la obra de González: en los veinte relatos que la componen, hay una pulsión descriptiva, siempre en el terreno de la naturaleza, que devuelve al trópico esa belleza real y cruel, altiva e implacable, que sirve para explicar nuestra propia fragilidad, nuestro abismo imperdonable, nuestra callada resignación a revivir dentro del agua los muchos recuerdos que adulteran el sol allá en la superficie.
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Autor: Tomás González. Título: Vista del abismo. Editorial: Alfaguara. Venta: Todos tus libros.

Tomás González © Archivo Particular


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