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El abstemio, de Ian McGuire

El abstemio, de Ian McGuire

En 1867 un policía fue asesinado durante el asalto a un transporte para liberar a dos líderes de la Hermandad. La indignación pública llevó a una persecución desconocida hasta ese momento que finalizó en noviembre de 1867, cuando tres nacionalistas irlandeses fueron ahorcados públicamente en el exterior de la prisión de Salford, acusados del asesinato. A esos hombres se les conoce como los Mártires de Manchester. Este, o mejor dicho poco antes de este momento, es el punto de partida de la última novela de Ian McGuire. Y en esa plaza nos presenta a su protagonista, James O’Connor, un policía irlandés que es mirado con recelo por sus compañeros debido a su origen y que acaba de aterrizar en Manchester tras una mala racha que casi acaba con su carrera y con su vida. O’Connor teme que la ejecución sea la llama que prenda el polvorín feniano y, aunque sus compañeros deciden ignorarlo, no le falta razón, ya que en esa misma plaza le hablan por primera vez de un americano que llega a la ciudad para vengarse. Y así, en apenas un puñado de páginas, McGuire abre la presentación de O’Connor, el policía que toca fondo, y Doyle, el exmilitar con sed de sangre que será su némesis durante toda la novela. McGuire se muestra meticuloso y su apertura es lenta. Coloca al lector en antecedentes y da buena cuenta del carácter de sus protagonistas, mostrando sus intereses y métodos mientras comienzan a reconocerse como dos perros que olisquean el terreno en el que va a tener lugar la cacería.

"El autor es consciente, tanto como el lector, de que hay un punto de no retorno en este tipo de novelas. Uno no puede jugar eternamente, y lograr un broche es complicado si no se tiene valor"

Sin perder entonces el pulso temporal, evita la historia manida y la política pura para convertir su relato en una historia de personajes, desviando la trama hacia lo personal y dejando que sea el lector quien vea cómo un objetivo puede convertirse en una obsesión llevada hasta sus últimas consecuencias. A O’Connor, al que creíamos caído y puesto en pie, lo descubrimos de rodillas, exponiendo sus taras ante un villano cuya caracterización se afila hasta convertirlo en uno de esos malos casi inalcanzables. Si Manchester es una ciudad convulsa llena de callejones, lo mismo sucede con quienes la habitan; y si la ambientación marca una novela, la basada en percepciones supera con creces aquella que se limita a contarnos el color de las calles y los cielos. Y McGuire, en este caso, apuesta por las personas. La novela avanza entre callejones, encuentros secretos y atentados pretendidos para reflejar los comienzos fenianos y sus conexiones con Estados Unidos, y el lector se tensa esperando un enfrentamiento final que se dilata en el tiempo, mientras aparecen y desaparecen secundarios que encajan en una trama que se mueve como los engranajes de un reloj. El autor es consciente, tanto como el lector, de que hay un punto de no retorno en este tipo de novelas. Uno no puede jugar eternamente, y lograr un broche es complicado si no se tiene valor. No puede quedar fingido, no se puede tomar la salida fácil y pretender dar carpetazo a la historia, porque este tipo de novelas se la juegan en sus finales. Y ese es uno de los puntos sobresalientes de El abstemio: su final. La capacidad de llegar hasta las últimas consecuencias y hacerlo con pulso firme, de tensar la cuerda y romperla, porque esa es una de las magias que posee la literatura. El autor puede permitirse llegar al límite, llevar a sus personajes al borde del precipicio y, una vez allí, olvidarse del recurso manido, del cliffhanger de salón, y empujarlos. Porque hay veces que no queda otra salida, cuando uno está escribiendo una buena novela, que quitar la red. Dejarse de trucos y darle al lector un final a la altura de lo esperado. Incluso un poco más.

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Autor: Ian McGuire. Traductor: Íñigo Fernández Fernández-Lomana. Título: El abstemio. Editorial: Seix Barral. Venta: Todos tus libros, Amazon y Casa del Libro.

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