Yo podría ser uno de los mejores analistas políticos de España. No por una cuestión de estudios ni de activismo, sino por oficio: la política actual es puro espectáculo. Mi trabajo es casi indistinguible del de un político. Me siento a escribir una ficción, busco que el público se la crea y manipulo sus emociones, para introducir ideas en su mente. La diferencia es que mi obra es más divertida, solo cuesta el precio de la entrada y si no les gusta no tienen que esperar cuatro años para cambiar al protagonista de la historia.
Al leerlo, pensé: «Esta es la típica idea estúpida que alguien podría venderle a un político español». En ese instante, recordé a los geniales Berlanga y Azcona. Visualicé La escopeta nacional del siglo XXI: un empresario «vende-motos», un despacho oficial y una presidenta que necesita un plan estrella para ganar las elecciones. A partir de esas ideas empecé a escribir Los árboles no votan.
Escribir comedia sobre la clase política en España tiene una ventaja, el material te sobra, y un inconveniente, la realidad compite contigo en delirio. No hace falta inventar mucho, basta con elevarse dos centímetros por encima de la actualidad para entrar en el terreno del absurdo.
Una idea que tuve clara desde el principio es que la Presidenta de mi obra no pertenece a ningún partido en concreto. Podría ser de los «hunos» o de los «hotros», como decía Unamuno. No se trata de criticar a un partido concreto ni de pensar que los políticos son muy malos y el pueblo muy bueno. Prefiero proponer que el espectador cultive su espíritu crítico para ir más allá de la de idea infantil de “yo pertenezco al grupo de los buenos y nuestro único problema es que los otros son los malos”.
No conseguí que ninguna productora se interesara por el texto, así que decidí producirlo yo mismo. Tuve la inmensa suerte de encontrar a Elías González y Susana Hernández —a quienes admiraba profundamente desde El silencio de Elvis—, que aportaron su valiosa experiencia en la autoproducción y su maestría como actores. Con ellos, y con el apoyo de Iria producciones, arranqué el proyecto, al que más tarde se incorporaron Pedro Cerezo y Ana Janer, que han completado el fantástico elenco con el que estreno esta función.
Dirigir mi propio texto me ha convertido en mejor escritor. El escenario es el laboratorio real donde descubres qué frases mueren y cuáles vuelan. Es un proceso desafiante donde la magia que surge en la sala de ensayos, hay que mantenerla viva y hacer que crezca hasta el día del estreno y, más allá en cada función.
“Si vas a decirle a la gente la verdad, hazlo con gracia o te matarán”, decía Billy Wilder. La risa nos ayuda a mirar a la realidad de frente. El humor nos libera, nos quita la armadura y nos permite imaginar que otra realidad es posible. A veces la risa es el mejor camino para empezar a tomarse las cosas en serio.
Los árboles no votan se estrena en el Teatro del Barrio, un lugar muy especial que hace honor a su nombre: un espacio de reunión donde los ciudadanos pueden ver lo que está pasando, y dialogar para dejar un mundo un poco mejor. Estaremos allí los miércoles de marzo practicando el humor inteligente y ese cosquilleo en el estómago que surge cuando no sabes si reírte o enfadarte. O las dos cosas a la vez.
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José Ignacio Tofé estrena su obra en el Teatro del Barrio el 25 de febrero a las 19:30 y estará en cartel todos los miércoles a las 19:30 hasta el 18 de marzo.
Más información y venta de entradas: https://teatrodelbarrio.com/los-arboles-no-votan/



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