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El agua de la pintura

“En Las Meninas no hay cuadro porque todos aquellos valores que constituyen un cuadro, los consabidos valores plásticos de un cuadro, es decir, el dibujo, el color, la composición, y también el estilo, no están presentes en ese lienzo, único, impar”. Son palabras de Ramón Gaya, plasmadas en su Velázquez, pájaro solitario, cuya primera edición data de 1969. Es, probablemente, su obra más señera, la que, al margen de su labor artística, le ha dado mayor fama y renombre. Pero no conviene olvidar que Gaya también cuenta en su haber con todo un repertorio de ensayos y de textos creativos que, en 2010, en una edición al cuidado de Nigel Dennis e Isabel Verdejo, fueron publicados en un único volumen. Entre ellos, destacan sus cuadernos de viaje, sus diarios y, sobre todo, sus poemas, como aquel hermosísimo y deslumbrante soneto titulado “De pintor a pintor”, en cuyo primer cuarteto se recogen estos espléndidos versos:

“Pintar no es ordenar, ir disponiendo
sobre una superficie, un juego vano,
colocar unas sombras sobre un plano,
empeñarse en tapar , en ir cubriendo”.

Sobre Ramón Gaya, pintor nacido el diez de octubre de 1910 en la ciudad de Murcia, hay mucho escrito, pero no lo suficiente aún. Baste recordar las contribuciones, nada desdeñables, de Enrique Andrés Ruiz, Alfonso Pérez Sánchez, Juan Pedro Quiñonero, Andrés Segovia, Enrique Ascoaga, Juan Manuel Bonet, Felipe Benítez Reyes, Andrés Trapiello, Francisco Brines o el citado Nigel Dennis. La obra de Miriam Moreno que aquí se comenta hace alusión a todos esos trabajos anteriores, al tiempo que elabora una nueva teoría sobre la vida y la obra de este singular artista que Andrés Trapiello, con su particular ojo clínico, situó en lo que él denomina la “generación de los difíciles”; es decir, aquella formada por hombres y mujeres próximos a la generación del 27 que no se autopromocionaron. Y cita, junto a Gaya, otros nombres no menos significativos e ilustres como los de Luis Cernuda, José Bergamín, María Zambrano y Rosa Chacel.

"Miriam Moreno deja patente la importancia que tiene en la trayectoria del pintor su visita a Venecia"

La labor de Miriam Moreno, plasmada en este casi medio millar de páginas, es impecable. Un largo ensayo de corte clásico, escrito con un lenguaje para que todo el mundo pueda entenderlo, en el que se comienza por el análisis pormenorizado de la vida de Ramón Gaya, que tanto habría de influir en su obra, y en el que se desentrañan tres grandes aspectos ligados a su labor artística: el sentimiento, la pintura y el arte. La autora de esta excelente obra, repleta de nuevos datos, generosa y sugerente, que, a buen seguro, se va a convertir en catecismo y punto de partida para los futuros investigadores, deja bien claro que para llevar a cabo su pormenorizado estudio ha sido fundamental el haber tratado a Gaya durante su último cuarto de siglo de vida. Y luego añade:

“Estoy en deuda con él, y esta circunstancia quizá podría suponer, según el criterio de algunos, una dificultad ante el distanciamiento y la objetividad exigidos para alcanzar el nivel de competencia suficiente en un trabajo de esta envergadura”.

Pero nada más lejos de la realidad. Miriam Guerrero sabe dejar a un lado los sentimientos, la inevitable querencia y el afecto personal hacia el autor estudiado, y se centra, de manera objetiva, incluso científica, en aquellos aspectos más destacados de Ramón Gaya, comenzando por su intensa y no siempre feliz vida, en donde, tras una infancia murciana bajo la luz y el sol mediterráneos, junto a la huerta cercana y el aliento de sus padres, su mayor regalo, se cruza con la Guerra Civil y el largo y penoso exilio. De joven, ya dedicado por completo a la pintura, no fue un muchacho que se conformara con cualquier cosa. Baste recordar que, a su llegada a París, con apenas veinte años, donde pudo disfrutar de una beca, ya expresa su decepción por lo que tiene ante sus ojos, y así de claro lo expresa en una carta enviada a su amigo Juan Guerrero, en la que asegura que “en París no se paga el mejor cuadro, se paga la mejor firma”. En el capítulo dedicado a su vida y a sus viajes durante el exilio, Miriam Moreno deja patente la importancia que tiene en la trayectoria del pintor su visita a Venecia, el deslumbrante descubrimiento de la ciudad italiana. Tanto es así que en su libro Diario de un pintor, 1952-1953, en un texto fechado en Venecia el 23 de enero de 1953, escribe Ramón Gaya:

“En realidad no he venido a nada, para nada, sino a estar, a sentirme estar aquí, como inmerso en el agua de la pintura, de la pintura única”.

"Ramón Gaya fue, en definitiva, y así lo deja patente Miriam Moreno en estas soberbias páginas, un artista que llegó a desconocer la complacencia"

La autora de este ensayo desmenuza, una a una, las principales obras de Ramón Gaya, tanto literarias como pictóricas, ahondando en sus principales motivos, como el retrato, que “no es un género, sino una actitud: la actitud de enfrentarse a un enigma”; la espera, idea recurrente en la poética gayesca, los homenajes, que, según Juan Manuel Bonet, provienen de su necesidad que tenía Gaya en el exilio de componer en su entorno una suerte de biblioteca portátil a base de postales, láminas y libros con los que alimentar su apetito de la pintura que no podía verse allí, la sempiterna, transparente y elegante copa de agua, el inquietante metrónomo, los desnudos, la captación del pintor en el momento de pintar, etc.

Ramón Gaya fue, en definitiva, y así lo deja patente Miriam Moreno en estas soberbias páginas, un artista que llegó a desconocer la complacencia:

“Rara vez está del todo satisfecho con lo que hace, lo que tiene bastante que ver con ese rasgo de humildad del que hablaba María Zambrano y a la vez le aleja de cualquier pretensión de arrogarse el mérito de los grandes maestros de la pintura”.

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Autora: Miriam Moreno Aguirre. Título: Otra modernidad: Estudios sobre la obra de Ramón Gaya. Editorial: Pre-Textos. Venta: Amazon

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