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El alpiste de la Generación Z

El alpiste de la Generación Z

Tras un inicio prometedor, incluso impactante, con una imagen hasta cierto punto expresionista, como es la visión de un estanque sucio, repleto de huesecillos, hongos y “plumas de flamenco sudadas”, sobre cuyas aguas se refleja una luna “con mala cara”, los párrafos que le siguen a esta novela, incluidos sus abundantes y entrecortados diálogos, van adelgazando progresivamente hasta convertirse en visiones efímeras, apoyadas en un lenguaje que podría calificarse de impresionista, y no porque se le parezca a aquel viejo, y casi extinguido, estilo empleado en su día por Azorín en su Ruta de don Quijote o en Castilla, sino, sobre todo, porque la autora de este libro, la malagueña Esther García Llovet, exhibe sus créditos a base de percepciones fugaces, frases extremadamente breves, descripciones sintéticas, y, por lo tanto, con la ausencia de toda reflexión, centrándose, casi exclusivamente, en los detalles. Y funciona. El relato funciona, aunque al lector le cueste lo suyo entrar en calor y someterse a un ritmo, a veces galopante, y a un tono nada facilón al que está muy poco habituado.

¿Qué sucede en los grandes resorts de auténtico lujo cuando declina la temporada alta y, llegado el otoño, los voluntariosos empleados se dedican a limpiar, recoger y poner en orden los restos de una batalla librada por gente caprichosa y rica? ¿Es cierto que entre estos sumisos asalariados y la distinguida clientela llega a existir tan buen rollo que termina provocando verdaderos, aunque efímeros, líos de cama? Esos restos de la batalla se enumeran en un breve párrafo en donde son recogidos de las confortables habitaciones objetos como cargadores de móviles, estuches de lentillas, cajas abiertas de condones, juegos de llaves, píldoras de Eutirox 50 y hasta una cola de conejo, que los empleados, congregados ante este festín, se reparten como buenos hermanos.

"La acción de la obra se concentra, mayormente, en este hotel de lujo, situado en las afueras de una ciudad turística de la costa alicantina"

Es verdad que García Llovet no pretende llevar a cabo una crítica en toda regla de ciertas costumbres de los más afortunados; pero no es menos cierto que, cuando se presenta la ocasión, con sutilidad y finura, la autora nos muestra un retrato de los atributos que mejor definen a esa clase privilegiada. Así sucede cuando pone ante el lector, a modo de primer plano de una película, el contenido de un pastillero, repleto de complementos naturales, de uno de estos personajes, la pequeña Navarro: cúrcuma, reishi, colágeno, marino soluble… En resumidas cuentas, lo que aquí se denomina, no sin cierto humor e ironía, “el alpiste de la Generación Z”. Un lujoso alpiste al alcance de unos pocos.

La fugaz e intermitente aparición de personajes como las hermanas Navarro, el viejo Mónico Molinari y Romana Romano —¿de dónde se habrá sacado estos nombres tan singulares la autora?— dan un especial colorido decadentista a estas páginas poniendo de relieve una sociedad elitista, caprichosa y corrupta, que, más que disfrutar en una residencia de lujo que se parece a una auténtica selva con animales salvajes, aunque domesticados, sometidos a su voluntad, parecen huir del resto del mundo para ocultar sus muchos vicios y esconder sus últimos tesoros. Frente a ellos, se encuentran el barman Oliver, un repartidor llamado Paquete, los operarios de distintas nacionalidades —currantes dominicanos, marroquíes, rumanos—, y el Primo, un verdadero manitas, una especie de chico para todo, con sus muchos y llamativos tatuajes, que, con su ya larga experiencia en el sector hostelero y tirando de su elemental vena filosófica, es consciente de que “nadie tiene prejuicios hacia la gente que no se ve”.

La acción de la obra se concentra, mayormente, en este hotel de lujo, situado en las afueras de una ciudad turística de la costa alicantina, si bien en un par de ocasiones, quizá agobiados por ese ambiente denso e irrespirable —lo que supone todo un contraste si tenemos en cuenta la naturaleza floral y faunística que les rodea—, estos personajes, libres de sus cargas, en sus ratos de ocio, hacen sus salidas, un tanto alocadas, a lugares cercanos como Benidorm, que emerge en el horizonte “como una ciudad del otro mundo”.

"Reducir la literatura a la mínima expresión, a su esencia más pura, a una desnudez más completa e integral, como intentó hacer con la poesía Juan Ramón Jiménez, entraña sus peligros y sus riesgos"

Un lector poco avisado puede pasar por la tortura de tener que descifrar un amplio vocabulario que, en cualquier caso, resulta ineludible para darle mayor verosimilitud a este relato en donde no faltan las alusiones al refinado y exquisito mundo de los pijos. Me refiero a términos y expresiones como “sprinklers”, “On Cloud”, “Coaching”, “Pods”, “Uppercut”, “Antiwellness”, “Crocs” o “Teenagers”, entre otros.

Los árboles, sin embargo, no impiden ver el bosque. Y de vez en cuando, la autora nos regala escenas espléndidas, bien logradas, como aquella en la que, en unas pocas líneas, reflexiona sobre la incomodidad de los taburetes altos, ahora tan de moda, incluso en los restaurantes con muchas estrellas. Uno de los personajes observa desde lo alto de su escaño la loseta valenciana del suelo y llega a la conclusión de que lo más seguro es que uno se rompa la cara al levantarse; llegando a la conclusión de que, en el fondo, con intenciones casi diabólicas, todo está perfectamente meditado y orientado a que el cliente tenga que estar toda la noche pidiendo un chupito detrás del otro hasta acabar ciego y no ver el suelo. Ojos que no ven…

Reducir la literatura a la mínima expresión, a su esencia más pura, a una desnudez más completa e integral, como intentó hacer con la poesía, a lo largo de su vida como escritor, el mismísimo Juan Ramón Jiménez, entraña sus peligros y sus riesgos. Esta circunstancia, sin embargo, en el caso que nos ocupa, no se produce por falta de recursos, sino, entiende uno, por el decidido deseo de García Llovet de prescindir de lo superfluo y adentrarse así en el mundo de la sugerencia, presidida por la elipsis, sometiendo al lector a una prueba de inteligencia que ha de superar. ¿Quién había dicho que la literatura es un caminito de rosas y que el autor tiene la obligación de ponerlo fácil?

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Autora: Esther García Llovet. Título: Las jefas. Editorial: Anagrama. Venta: Todos tus libros.

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