Para descubrir de dónde venimos, uno tiene que estar dispuesto a reconocer el castigo que sufrieron los demás. Este ejercicio de empatía requiere una disposición meticulosa, un éxodo lento, como el que ejecuta Kapka Kassabova (Sofía, 1973) en este libro, para el cual viajó dos veces hasta las orillas de los lagos Ohrid y Prespa. Estamos hablando de una región balcánica, un lugar que se ha visto afectado por guerras, religiones, civilizaciones, idiomas, un lugar semejante al puente sobre el río Drina que inventó Ivo Andrić. Hablamos de mestizajes casi imposibles, de combinaciones irresolubles. Allí donde eso ha supuesto sufrimiento, Kassabova se empeña en encontrar lo único positivo que uno puede hallar en este planeta, que es la bondad. Destacarán las personas que va conociendo y su disposición, su apertura, su entrega a la creación de un relato en el que no existan rencores. Y eso que estamos hablando de lucha, lucha entre pueblos y lucha por el territorio. Kassabova llega a hablar de matrimonio y guerra entre el cristianismo y el islam y el judaísmo, entre Occidente y Oriente, entre la tendencia oriental a contener todas las corrientes y la occidental a unificar.
Lo que lleva a la autora hasta esa región es la necesidad de tener raíces, de encontrar raíces. La experiencia es sorprendente, porque los viajes requieren alas, y es imposible volar si uno tiene raíces. No se puede huir de la propia familia. Así pues, busca esa geografía que ha moldeado la historia, pero no solo la historia, pues también moldea el paisaje interior. En ese sentido, su experiencia es universal, pues lo local será inseparable de lo global. De hecho, uno se construye como se construye la identidad de los lugares, a partir de múltiples experiencias, de muchos contactos. La región que visita, que recorre trozos de Albania, Macedonia del Norte y Grecia, se ha formado así, a partir de una extensa miscelánea de caracteres. Que sea complejo de entender no hace sino incrementar la necesidad de comprenderlo. Este será el motor del viaje y la expresión del viaje, que a nosotros nos resulta de lo más atractiva, pues vamos conociendo una región y unas gentes que de otra manera nos resultaría anónimas, casi increíbles. De hecho, las personas que va conociendo en el camino resultan tan especiales que cobra mucha relevancia las palabras de Rebecca West, que también recorrió estas regiones hace casi cien años, cuando habla de la discrepancia entre nuestras vidas y su contexto. Nuestras vidas son lo intangible, los afectos. El contexto en el que se mueven las vidas de las personas que Kassabova conoce es de anhelo y de tristeza. Resulta duro vivir allí, pero ha resultado más duro, al parecer, en el pasado. El recorrido que hace por la zona de Albania así lo demuestra.
Pero también se trata de encontrar trazos de la familia propia, de ir narrando algo acerca de ella, mientras hace una crónica que contiene periodismo y antropología. Todo ello a la orilla de masas de agua, y el agua es bendición, purifica, y es la sustancia elegida para el bautismo, para significar que hemos nacido o hemos renacido. Como renace la región que nos presenta Kassabova a medida que profundizamos en esta lectura en la que «tus antepasados te deben una casa, y tú les debes tu alma». Somos lo que fuimos, somos el paso del tiempo y algunos lugares pertenecen a un tiempo diferente al nuestro. De ahí que la literatura de viajes sea también una forma de exploración, de descubrimiento. De ahí que sea tan importante encontrar quien sepa hacer buena literatura a partir de un viaje, como la que escribe Kapka Kassabova.
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Autor: Kapka Kassabova. Título: Al lago: Un viaje balcánico de guerra y paz. Traducción: Cristina Lizarbe. Editorial: Armaenia. Venta: Todos tus libros.


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