Mitrídates VI Eupátor del Ponto (ca. 134-63 a. C.) forma parte, junto a Aníbal y Espartaco, de aquellos empecinados enemigos a los que Roma tuvo que hacer frente en la etapa final del período republicano. Durante veinticinco años, Mitrídates se convirtió en sinónimo del ave fénix y en prácticamente un espectro inalcanzable; de hecho y por causas diversas, Sila, Lúculo y Pompeyo no fueron capaces de capturarlo vivo ni destruir por completo las bases de su poder. La muerte le llegaría, como a Aníbal, lejos de Roma y decidida por sí mismo, aunque para entonces le falló aquello que tanto le fascinó durante su vida: el veneno. Mitrídates fue el «rey del veneno», como reza el título de este libro: temiendo siempre por su vida en una corte convulsa como la de Sínope, capital del Ponto, desde muy joven investigó sobre la gran variedad de venenos disponibles en su reino (y más allá) y se acostumbró a tomar pequeñas dosis para inmunizarse en caso de ser envenenado. Y no solo eso: también creó un antídoto propio a partir de muchos y diversos venenos que pasó a denominarse «mitridato» y cuya fórmula exacta jamás se ha descubierto. La leyenda del «rey del veneno» le acompañó toda su vida, del mismo modo que el odio a Roma le impulsó a realizar todo un ejercicio de masacre genocida cuando ocupó la provincia romana de Asia, en Anatolia, y las islas del Egeo: según las fuentes griegas y romanas —son, básicamente, las que tenemos para narrar su vida y reinado—, Mitrídates ordenó e hizo ejecutar a ochenta mil romanos (e itálicos) —hombres, mujeres y niños, mayoritariamente libres— y a bastantes esclavos que no abandonaron a sus amos para unirse a los asesinos. Un acto terrorista o una política de liberación, según el punto de vista.
Pues Mitrídates, como analiza Adrienne Mayor en esta vibrante biografía, se erigió en (y persiguió que se le viera como) el salvador del mundo helénico frente a los abusos y las rapacidades de los gobernantes romanos; un nuevo Alejandro frente al bárbaro occidental, pero también un rey oriental con sangre persa en sus venas. Las riquezas del Ponto —cuya extensión Mitrídates triplicó durante su reinado, a una orilla y otra del mar Negro—, acumuladas durante años por la conquista y el comercio, permitieron a su rey formar y equipar numerosos ejércitos en tres guerras durante cinco lustros, y enfrentarse a los romanos tanto en Grecia —aunque Sila destruyera con sus legiones a las tropas de Mitrídates en los años 86-85 a. C.— como en Anatolia; Lúculo y Pompeyo, en los años 74-63 a. C., ocuparon el Ponto en dos ocasiones y vencieron a su aliado Tigranes de Armenia, pero no consiguieron domeñar al rey pontino, que acabaría por huir a través del Cáucaso a sus dominios en el Bósforo (Crimea), donde solo la traición de su hijo Farnaces le obligó al suicidio. Mayor, con detalle y un meticuloso dominio de las fuentes, reconstruye la biografía del personaje, sus ambiciones por dominar el Mediterráneo oriental desde Anatolia y sus empeños por expulsar a los romanos, incluso por exterminarlos. La figura de Mitrídates es compleja más allá de la profunda imagen negativa que Roma ha legado: la simbología oriental le acompañó siempre, así como un concepto casi zoroástrico que le hacía asumir la Luz y la Verdad frente a la Oscuridad y la Mentira de sus enemigos romanos. Mitrídates admiraba el helenismo, pero su genoma era netamente perso-oriental en cuanto a mentalidades.
La curiosidad y la pasión por los venenos y la invención de un antídoto a todos ellos no enmascaraban una incesante búsqueda de la inmortalidad; de hecho, reinó hasta los 70 años, una edad avanzada para la época. La perseverancia frente a sus rivales y su recuperación ante las caídas fueron determinantes para resistir durante décadas, así como el apoyo de pueblos de las riberas del mar Negro que no le abandonaron hasta prácticamente el final. En muchos aspectos, fue un mito en vida capaz de concitar lealtades imperecederas, algo que quizá Roma nunca comprendió del todo. En su libro, de hecho, Mayor aparta a menudo el foco del objetivo romano, de modo que el lector puede percibir las causas de esa adhesión que concitó entre griegos y no griegos, quienes vieron en él a un adalid frente a los abusos de los «civilizados» romanos.
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Autor: Adrienne Mayor. Título: El rey del veneno: Mitrídates el Grande, enemigo implacable de Roma. Traducción: Jorge García Cardiel. Editorial: Desperta Ferro. Venta: Todos tus libros.


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