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El arte de narrar

Cae la tarde. He dejado atrás la ciudad. Al otro lado del parabrisas vislumbro campos, villas aisladas, árboles solitarios, iglesias de ladrillo. En el exterior reina el silencio; en cambio, dentro del coche suena Elvis Presley a todo volumen. Adoro su voz grave que recuerda la de los afroamericanos. Esa es quizá su seducción, la de ser un blanco que parece cantar góspel, soul, blues.

Me encanta conducir sin prisa, sintiendo el placer de cumplir los límites de velocidad. Cuando al fin llego creo ser otra persona. Ya no soy yo, sino mi personaje. Al abrir la puerta del coche, la plaza de España de este pequeño municipio me recuerda las piazze d’Italia del pintor metafísico Giorgio de Chirico. No hay apenas nadie, tal vez algún anciano solitario que transita por el lugar con su bastón, a jugar la partida de cartas en el centro de día.

"Cuando termino, tras responder a las preguntas de los lectores, miro mi reloj rojo del Decathlon y advierto que han pasado dos horas"

He venido a la biblioteca a presentar mi novela: Un amor de Redon. Nada más llegar me encuentro con Verónica, la bibliotecaria, sonrío, le doy dos besos. Frente a nosotros hay una pila de libros. Mientras los miro tranquilamente, ella me explica que se trata de libros viejos que ya no caben en la biblioteca y me invita a llevarme a casa los que yo quiera.

En la pila de volúmenes encuentro de pronto uno de los primeros libros que leí en mi infancia. Se trata de Misterio del testamento sorprendente, de la colección “Alfred Hitchcock y Los Tres Investigadores”. El libro descansa sobre la mesa durante la presentación de mi novela en la cual hablo durante casi todo el tiempo, poseído por mi personaje de escritor, hasta el punto de que anochece en el exterior y continúo hablando de los temas del libro: del arte, del siglo XIX, de Baudelaire, de la novela gótica. Cuando termino, tras responder a las preguntas de los lectores, miro mi reloj rojo del Decathlon y advierto que han pasado dos horas. “Ni siquiera has bebido agua…”, me advierte Verónica, y ambos reímos.

Al despedirme de los lectores ya es de noche. Mientras camino hacía el coche me paro bajo una farola y hojeo Misterio del testamento sorprendente. Como todos los títulos de la colección, comienza en el despacho hollywoodiense de los estudios de Alfred Hitchcock. Allí acuden Los Tres Investigadores y el mago del suspense les incita a resolver el extraño caso de un tal Marcus “Dingo” Towne, millonario excéntrico que acaba de morir y ha desheredado a los hijos, para legar todos sus bienes a quien resuelva una serie de acertijos que se publican en el periódico la mañana de su muerte. Descifrarlos equivale a resolver un enigma, un juego intelectual que los llevará, en la vida real, a verse envueltos en peligros sin cuento.

"En el viaje de vuelta observo de nuevo los campos, ahora en penumbra, las sombras de las iglesias, los árboles solitarios que parecen hombres del saco"

En el viaje de vuelta observo de nuevo los campos, ahora en penumbra, las sombras de las iglesias, los árboles solitarios que parecen hombres del saco. La voz de Elvis es ahora metálica y fría, pero todavía más seductora que a la ida. Suena el primero de sus singles, “That’s all right”, que se convirtió en un éxito inmediato en 1954, pese al desprecio de la sociedad conservadora, que preguntó de dónde había salido ese chico blanco que cantaba como los negros.

De pronto pienso en una cita que posteé hace tiempo y Facebook me recordó hace varios días. Pertenece al capítulo El narrador, de la obra de Walter Benjamin Sobre el programa de una filosofía futura. Dice así: “La digresión, el circunloquio, el ir dejando y tomando hilos sueltos, y hacerlo a sabiendas de que todo tiene que estar bien conjuntado y tener un término congruente, eso, todo eso, es lo que define el arte de narrar.”

Y mientras conduzco de vuelta a casa, vislumbrando la catedral de mi ciudad iluminada y el gran río fluyendo lentamente en la oscuridad, advierto que he mezclado el viaje a una biblioteca rural con mi novela Un amor de Redon; con Elvis Presley; con Hitchcock y Los Tres Investigadores; con Giorgio de Chirico; con mi yo y mi personaje… ¿Dónde estará la congruencia de tanta digresión y tanto circunloquio? ¿Dominaré ya el arte de narrar?

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