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El arte de Szymborska

Hace un tiempo, cuando me pedían que escribiera un artículo para una revista o para un periódico me quedaba paralizado. En medio de ese entumecimiento, solía fumar más cigarros de los debidos y rascarme la cabeza con furia. Caí en serio en la cuenta de mi marasmo gracias a un amigo con quien me estaba tomando un gin-tonic. Al percatarse de que mi humor se había torcido, preguntó: «¿Algo ha pasado? Espero que no sea a causa de un nuevo artículo».

La conversación discurrió por temas anodinos durante un rato. Al ultimar un segundo gin-tonic, justo cuando nos disponíamos a abandonar el bar, el amigo me brindó una frase que me acompañó durante el trayecto en autobús a casa. Me dijo: «Haz lo mismo que hacía Wisława Szymborska».

Meses después, me llegó un mail desde Granada. Aquel día me esmeré, por fin, en averiguar qué había hecho Szymborska. Di con la respuesta en una vieja revista, en un artículo llamado Irreverencias necesarias. En dicho texto, se insinuaba que Szymborska, en la época en que trabajó en prensa escribiendo el horóscopo, diseminaba por el poco espacio que se le concedía ideas que le rondaban por la cabeza pero que no lograba encajar en sus poemas. En el artículo también se afirmaba que la poeta se servía de los estados de ánimo de los clientes que acudían a la carnicería y a la pescadería donde ella compraba. «En este tipo de establecimientos la gente no logra esconder ni disimular sus pasiones u odios», concluía la autora de Irreverencias necesarias. Después de enterarme de esto, me sentí liberado porque, al fin y al cabo, había dado con un método infalible para poder escribir sin paralizarme y sin fumar más de la cuenta. Escribir los artículos como si respondieran a los caprichos de los astros, como si se tratase de un horóscopo, era el arte de Szymborska, y me propuse copiarlo.

Esta es una sucinta lista de artículos que me solicitaron y los títulos de los artículos que les mandé de vuelta.

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13 de noviembre de 2019.

El director de una revista literaria prestigiosa, con sede en Granada, que siempre se había movido más por réditos comerciales que por intereses artísticos, me solicita por mail un texto sobre la pornografía en la obra de Mohamed Chukri. Escribí un breve artículo en el que ensalzaba las virtudes de la perfecta combinación que fraguan la masturbación y la rebeldía. El artículo lo titulé: Chukri no ha muerto y te vigila.

18 de diciembre de 2019.

Un amigo virtual de Chile, profesor en la Pontificia Universidad Católica de Chile, me manda un messenger donde me pide un artículo sobre la literatura de las fronteras del sur. Después de un día entero dándole forma al texto, decidí recurrir a la única frontera que verdaderamente me parecía relevante. El texto acabó llamándose: La única frontera es no leer (creo que nunca se llegó a publicar. Tampoco he vuelto a saber nada del supuesto amigo).

1 de enero de 2020.

Un becario de una revista promocional del ayuntamiento de El Ejido me pide por mail un artículo sobre los retos de la inmigración marroquí en su pueblo, que presume de ciudad. En su mail, el becario fue muy amable, ya que aprovechó para felicitarme el año nuevo. Aproveché a mi vez esta inusual petición para expresarle al remitente que no tenía ningún interés en su pueblo y que probablemente nunca lo visitaría. Al día siguiente, el 2 de enero, le mandé un artículo que llevaba un título a modo de consejo: El 1 de enero es festivo en todas partes. Rebélate, amigo.

15 de febrero de 2020.

Me entra por la mañana un mail desde Barcelona. Lo manda una vieja amiga que desde hacía poco tiempo se había embarcado con otra gente en un proyecto periodístico que tenía todo en contra y como mucho iba a durar seis meses según las previsiones más optimistas. La amiga me ruega un texto sobre las ventajas de escribir de pie. «Sé que te gustan los temas raros, por eso he pensado en ti. Me gustaría que lo enfocaras en los escritores que escriben de pie, como Hemingway, por ejemplo», me dice en su mail. En principio pensé en buscar a escritores y escritoras que hubieran nacido sin pies o a quienes se los hubieran amputado por alguna enfermedad o guerra. Tras una escueta búsqueda no encontré a ninguno, así que acabé escribiendo sobre las desventuras del amor. El artículo se lo mandé esa misma tarde y se tituló: Ayer no celebré San Valentín (al final el proyecto quebró incluso antes de la fecha prevista para la publicación de mi artículo).

20 de abril de 2020.

En plena pandemia me escribe una amiga de Madrid para que me conecte a una videoconferencia en la plataforma Zoom sobre literatura utópica. Estuve tentado de responder que la utopía es enemiga íntima de la tecnología, pero solo opté por un no. Cinco días más tarde, la amiga me vuelve a escribir pidiéndome esta vez un texto sobre el mismo tema. «No más de dos folios», precisó por WhatsApp. En realidad, ya tenía el artículo escrito. No me gustaban las videoconferencias, no obstante lo utópico llamaba sobremanera mi atención. En el texto utilicé el tomate como metáfora de la utopía y diserté a gusto sobre las convergencias y divergencias que hallé entre el salmorejo y el gazpacho. La nueva normalidad es roja es el título que le di. Cuando mi amiga recibió el artículo me rebotó un WhatsApp. «Gracias, tomate», me puso, y lo acompañó con un emoticono enfadado y rojo. Le sigo dando vueltas a esto mientras todavía albergo alguna esperanza de que me publique el artículo.

No recuerdo ahora quién me pidió escribir sobre la poesía de Wisława Szymborska. Sin embargo, reconozco que su arte no cabe en ningún artículo mío, por muy publicable que sea.

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