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El asesino es el mayordomo, ¿y qué?

Don Quijote muere, Diane Flockhart le atiza a Alicia Florrick el bofetón que todos quisiéramos darle, los guionistas no tuvieron arrestos para matar de verdad a Jon Nieve. Ya oigo los insultos de los afectados por la contemporánea alergia al destripe, al spoiler dichoso. Da igual, suelto así esa primera frase, sin avisar, porque las grandes historias se merecen algo más que un público pendiente de un final más o menos obvio.

Con toda probabilidad, Cervantes no sabía que iba a acabar matando a su personaje más importante mientras escribía la primera parte de la novela. Lo importante no era eso, era el viaje, es lo que recordamos con el tiempo. En las tragedias griegas era de esperar que al final murieran todos, pero eso no las dejaba sin público, seguían construyendo mitos a través de sus actos.

La televisión y el cine se han topado con los ritmos de lectura asimétricos de la literatura y han puesto en tensión al personal. Entiendo que es necesario un tiempo prudencial antes de compartir el final de un relato, pero todo tiene un límite, y tampoco es tan grave saber de antemano que el asesino es el mayordomo o que los superhéroes salvarán al planeta. Una historia que sólo depende de su final es, con toda probabilidad, una basura.

En esa joya en construcción que es Better Call Saul, Vince Gilligan y Peter Gould fabrican la trama a sabiendas de que todo el mundo conoce el final: Saul Goodman acaba trabajando en la cafetería de un centro comercial de Nebraska con una identidad falsa. A nadie le importa, lo que queremos es conocer el camino que lleva hasta ahí al protagonista, disfrutarlo.  Entre ser nombrado caballero por un ventero y licenciarse en derecho por correspondencia en la Universidad de American Samoa hay un paralelismo evidente, son hitos que dan profundidad a los personajes y abren la puerta a una aventura mucho más grande. A quién le importa cómo acabe.