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El banquete de hojas

Algunos libros son probados, otros devorados,
poquísimos masticados y digeridos.

Sir Francis Bacon

Después de recorrer la Feria del Libro, con mirada escaneadora, de principio a fin, sin pasar por alto ningún libro llamativo, un hombre se instala en un banco, bajo la sombra de un árbol frondoso. Desde muy temprano había recorrido cada caseta, leído las tapas y contratapas, olisqueado cada ejemplar, admirado las portadas y, agotado de tanto caminar, se rindió al banquete de letras adquirido.

La feria bulle de gente y colorido, bajo el calor veraniego que alarga el camino, como un río de orillas blancas, de voces y letras al unísono que llevan al lector a hojear el mundo, en medio de la verde naturaleza del Parque del Retiro. Cada caseta es una olla de libros coloridos y expele un olor distinto, a madera, papel y a novedad. Una caminata que invita a la búsqueda del libro perfecto o predilecto, al descubrimiento de un encantador o encantadora de palabras que nos sorprenda. Como dijo Zaratustra, “en la montaña el camino más corto es de cima en cima”, y aquí la feria es la montaña y cada caseta es una cima alcanzada, a medida que uno avanza lento. Los lectores se asoman, degustan, preguntan, comentan sus impresiones, comparten sus títulos adquiridos, mientras esperan la firma anhelada de su autor favorito en colas interminables. Otros se detienen en una caseta, miran, indagan, comparan, compran algún libro y se retiran en silencio. Los niños juegan entre caseta y caseta, entusiasmados con cada cuento ilustrado que atrae su atención. Los padres tiran de ellos para seguir la ruta.

"Semeja a un lector imperturbable de las bibliotecas que entra en el trance de concentración máxima y quietud"

El hombre descarga su mochila y saca un libro, cierra los ojos, lo huele con avidez, lo acaricia, abre delicadamente la tapa y se queda rígido en la primera página. Pese al calor del ambiente no se quita la gabardina. Su rostro pálido y sus ojeras oscuras se agrandaban con las gafas de aumento que lleva. Mientras lee mueve levemente los labios, sin pestañear al pasar las páginas. Sus ojos están clavados en el libro que sujeta con sus alargados dedos, como un sacerdote sujeta la Biblia en cada misa. Su concentración es máxima y ni siquiera el revuelo de miles visitantes a su alrededor parece perturbarlo en absoluto. La espalda recta, la cabeza inclinada hacia el libro, permanece inmutable y nada ni nadie incomoda su total concentración. Parece no respirar ni suspirar. Semeja a un lector imperturbable de las bibliotecas que entra en el trance de concentración máxima y quietud.

¿Qué libro enigmático lo convierte en una estatua blanca?, ¿qué lectura interesante y perturbadora lo abstrae de ese modo?, ¿qué autor subyugante lo atrapa en su mundo ficcional y le impide volver a la realidad sofocante? De un momento a otro interrumpe la lectura y, sin levantar la mirada, cambia la postura de sus manos, como si cambiase de cubiertos durante una comida. Coge un bloque de hojas y, con delicadeza, arranca las páginas, desde la parte superior del libro, mientras balbucea algo. El libro le facilita el trabajo, porque las hojas se desgajan sin mayor esfuerzo. Las coloca a un lado del banco y las hojas quedan como un plato vacío.

"En la novela El nombre de la rosa, de Umberto Eco, los lectores se envenenan con cada página leída, mientras este hombre rompe las hojas como si las quitara del plato o las deglutiera de un solo bocado"

¿Qué significa aquel ritual?, ¿quién es el autor sacrificado? Después de otros minutos, acabado otro bloque, repite el rito: coge otro manojo de páginas y los desgaja sin más, retirándolo junto a los otros platos vacíos. El manojo arrancado del libro levanta las puntas en señal de desamparo, mientras el hombre sigue leyendo como si nada hubiese ocurrido, más concentrado aún. Otra vez se ha convertido en una estatua metalizada de lector. No es mayor, pero su seriedad lo envejece y agudiza su delgadez; sólo las arrugas de su frente y sus cabellos canos lo humanizan. Por las sandalias franciscanas parece un sacerdote, aunque no lleva el hábito marrón, a menos que lo tuviera oculto debajo de la gabardina. ¡¡Qué más da!! Sólo es un lector, franciscano, dominico o benedictino, y para él en ese momento “el mundo es un libro”, como decía San Agustín.

En la novela El nombre de la rosa, de Umberto Eco, los lectores se envenenan con cada página leída, mientras este hombre rompe las hojas como si las quitara del plato o las deglutiera de un solo bocado. ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Quizás es un modo de no envenenarse con las ideas que plantea el autor? Tal vez sigue a Mahoma: “Quien se atreve a pensar no nació para creerme”. En un tercer movimiento reúne las páginas leídas con la misma cantidad del bloque anterior, las arranca desde el borde interior y las retira a un lado. ¡Otro plato terminado! ¡Se queda sólo con las portadas vacías! ¡Una ceremonia rigurosa y pulcra que parece resetear su mente y extasiarlo! Un espectáculo insólito del que Nietzsche diría: “¡Cómo pretendes renovarte sin haber sido ceniza antes!”.

Ha renacido después de disfrutar del delicioso manjar de hojas y ahora empieza la digestión. Mueve los labios, saborea y rumia las últimas palabras, los ojos le brillan y un gozo le recorre el rostro encendido. Por fin suspira y levanta la vista… ¿Qué misterioso libro ha transformado su ser? Como en El banquete de los sabios, del ateniense Náucratis, ha experimentado un diálogo intenso y penetrante y él también se siente sabio.

Las respuestas habitan en el mundo ficcional que vive a través del libro, donde el mejor protagonista es él. Las verdaderas páginas sin escribir son el único argumento que lo ata a la vida, porque como decía Francisco Umbral, “escribir es la manera más profunda de leer la vida”.

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