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El invernadero

[Imagen: Inés Valencia]

LOS TRECE ESCALONES, XLVII: EL INVERNADERO

Lo mejor de la residencia era, sin duda, el invernadero. Estaba en un extremo del jardín, junto al muro de piedra. Yolanda se quedó maravillada al verlo, y eso que el conjunto de la finca la tenía ganada de antemano. El edificio, un enorme caserón rehabilitado, con sus ventanales y miradores relucientes, las vidrieras de la torre esquinada y la elegante pintura burdeos. Los terrenos, perfectamente planos, con el césped recién cortado y fragante, los macizos de hortensias y los senderos empedrados. Con todo, fue el invernadero el que inclinó la balanza.

—Qué maravilla… —murmuró, pletórica.

—Es chulo, sí —concedió Mateo, el auxiliar encargado de mostrarle las instalaciones—. A los vejetes les encanta venir a hacer sus pinitos de jardinería. A los que están impedidos o ya no les carbura mucho la cabeza, les mola también. Miran las plantas y se entretienen, yo qué sé.

—Yo entiendo algo de plantas —admitió Yolanda, sin presunción—. Hice un par de cursos de horticultura.

—Ah, pues genial, tía. Yo soy de los que matan hasta a los cactus. La flipada total del verde es Virginia, la dueña —relató Mateo, mientras la conducía a través del patio trasero hasta la casa—. Eso sí, te aviso: es un poco rarita. Por no decir que está zumbada, vamos.

—¿Zumbada? —inquirió Yolanda con curiosidad—. ¿Zumbada en qué plan?

—A ver, esto ya era un geriátrico en tiempos de sus abuelos, ¿vale? Toda la familia curraba y vivía en la casa. Llevan tres generaciones en el “business” de los yayos. Los tíos, los primos… Uno era médico, el otro jardinero, unas cuantas eran enfermeras, la otra cocinaba, este y el otro llevaban la lavandería, la de más allá organizaba las cuentas…

El recibidor los acogió a ambos en un resplandor intenso, casi veraniego. La luz se colaba a raudales por la cristalera del techo. Enfilaron hacia la escalera.

—Lo de mezclar parentela y negocio suele ser una movida chunga —prosiguió el auxiliar, subiendo con parsimonia los escalones—. Y, claro, al final hubo follones. Los hermanos discutiendo por los tratamientos; las cuñadas a la gresca; la tía solterona montándoles la bronca a todos, porque “en qué carajo os gastáis tanto dinero”; el primo medio zumbado que le daba a la botella… Ven, el despacho de Marga está al final del pasillo. Es la encargada, ella te pondrá al día de las condiciones y eso. Para que lo sepas: el sueldo es regular tirando a malo, y lo de venir hasta aquí todos los días… un pastizal en gasolina.

—No tengo coche, he venido en bus —sonrió Yolanda, casi avergonzada.

—Pues eso que te ahorras, maja. Lo bueno es que nos dan de comer y Francisca tiene unas manos que ni el mejor chef. Los compis… bueno, molamos bastante. Los viejillos no dan guerra, quitando a Engracia que es la pupas oficial de la casa y a Desiderio, que es un cabrón con pintas y siempre da por el saco. Por lo demás, guay. Yo de ti cogía el curro. A tiempo de pirarte, estás. Eso sí, no te arrimes mucho a Virginia, que cambia más de humor que de chaqueta. Igual hoy te adora y mañana te está chillando porque no has regado los tomates. Pasando de ella. De entrada, no será problema. Está otra vez de retiro espiritual. Ella que puede, ¿no? Qué bien viven los ricos…

Sin apenas coger aire tras la perorata, Mateo llamó a la puerta de la supervisora con los nudillos y la dejó allí plantada.

—¡Suerte, ya me cuentas! —exclamó, perdiéndose por los corredores.

Dos meses después de aquella entrevista, Yolanda sentía tal apego por “Los Laureles” como si aquella fuera su verdadera casa. Se llevaba bien con el personal, incluyendo a la explosiva Marga, cuyo mal carácter en ausencia de cafeína contrastaba con una entrega absoluta. La recién llegada se había encariñado con los residentes, y no se podía negar que tenía buena maña para tratar con ellos. Lograba hasta calmar los arranques de Desiderio, que, de vez en cuando, la emprendía a gritos con los visitantes, los trabajadores, con los gatos de Francisca y hasta con las lámparas (que, según aseguraba, le disparaban rayos para cocerle la sesera). Con todo, ni siquiera ella, con su mano izquierda, conseguía librarse de algún que otro bastonazo.

—Ni caso, es así de encantador —ironizó Matilde, una noche en que ambas estaban de guardia—. Está conservado en mala leche. Nos va a enterrar a todos, ya verás.

—A la que aún no he visto nunca es a Virginia —apuntó Yolanda, mordisqueando un bollo suizo de los que habían sobrado de la merienda—. Anda que no duran esas vacaciones suyas.

—¿Vacaciones? —rió su compañera—. Un cuerno, bonita. Está en un sanatorio. Se le ha vuelto a ir la pinza.

—¿Qué me dices?

—Esto que no salga de aquí, ¿eh? Lo sé porque Belén oyó a Marga comentándolo por teléfono con ese tutor legal, administrador o lo que puñetas sea que le han puesto a la jefa. Belén se lo cascó a Germán, Germán a Mateo y claro, como Mateo es un bocas…

Yolanda contuvo una carcajada a duras penas.

—No es la primera vez que le da un yuyu de esos —siguió Matilde, acabándose su repulsiva infusión de anís—. Dicen que ya estaba tocada del ala desde pequeña. Bueno, corazón, al lío. Hacemos la ronda y luego ya organizamos la lavandería.

—De eso nada. Ahora te acuestas un rato, a ver si se te pasa la migraña. Ya ves lo tranquilo que está todo. Si hay follón, te despierto. Prometido.

Matilde rezongó un poco, pero terminó claudicando. Al fin y al cabo, era lógico echarse un cable entre compañeras.

Tras terminar la ronda, y una vez comprobado que todos los ancianos dormían como angelitos, Yolanda salió a dar una vuelta por el jardín. Estaba rigurosamente prohibido fumar en las instalaciones, pero se permitía a los empleados saltarse la normativa, siempre que le dieran al vicio bien lejos del caserón. La gravilla del camino crujía bajo sus pies, enfundados en zuecos blancos de goma. Rodeó el invernadero y rebuscó en los bolsillos de su chaqueta. Mediaba agosto, y ya empezaba a helar de madrugada. Eran apenas las cinco y media, y una bruma gélida flotaba en el aire. En medio del silencio, el mechero chasqueó irreverente, y un fogonazo de luz anaranjada le devolvió su propio reflejo. Vio algo más. Una silueta que adivinó femenina, vestida de negro. Estaba inmóvil, la cabeza ladeada, la mirada perdida. Allí plantada, doblando la esquina, entre la pared acristalada y el muro de piedra que cerraba la finca.

—Mierda… —farfulló Yolanda, dejando caer el cigarro sobre la hierba empapada.

Corrió hacia la intrusa, preguntándose cómo demonios habría conseguido colarse en el recinto.

—¡Perdone! —inquirió, en un tono más desabrido de lo que le hubiera gustado. La mujer dio un respingo, sobresaltada, y la miró con sus grandes ojos verdes y aterrados. Yolanda levantó las manos, conciliadora—. Oiga, aquí no se puede estar. ¿Cómo ha… ? ¿Se ha perdido?

—No, no, no, no, no… —musitó la desconocida, retrocediendo. Sacudía la cabeza con desesperación, temblando —. Por favor… por favor, tengo que esconderme. Que no me encuentre. No le digas que estoy aquí. No le digas que…

—No diré nada a nadie, pero tiene que irse, señora —atajó la auxiliar, suspirando—. Esto es una propiedad privad…

Su réplica quedó ahogada por un gruñido amenazador que hizo que la joven de negro palideciera. Yolanda se giró a toda prisa, a tiempo de ver a un hombre de aspecto feroz que avanzaba entre las matas de hortensias. Tenía los ojos oscuros, inyectados en sangre, y una barba desaliñada y espesa. Vestía un abrigo largo y sucio, y las botas más viejas y estropeadas que uno pudiera imaginarse. Arrastraba una pierna, como afectado por alguna parálisis.

—Virginia… —masculló el tipo, la voz ronca cargada de rabia.

El inconfundible chasquido de la escopeta hizo que el corazón de Yolanda se desbocara. Se volvió hacia la mujer, notando que se le secaba la garganta. Ya no parecía asustada. Un brillo desquiciado le encendía los ojos. Sujetaba el arma con decisión. Implacable.

—Vete —exclamó, sin mirarla.

Yolanda no se hizo de rogar. Pasó como una exhalación junto a la intrusa, rozándola apenas con el hombro. Rodeó el invernadero, galopando paralela al muro, y siguió a toda prisa rumbo a la puerta trasera. Había alcanzado los escalones cuando escuchó la detonación.

Dos horas después, seguía temblando en la cocina, mientras Matilde intentaba calmarla y los compañeros del turno de mañana rastreaban los jardines. Marga llegó un poco más tarde, avisada ya del terrorífico episodio. Sin mediar palabra, se preparó un café bien cargado y se sentó frente a sus empleadas, frotándose las sienes.

—Dicen que el primo era un borracho y que tenía las manos largas —dijo por fin, como si eso lo aclarara todo—. Al parecer, Virginia se hartó de aquel “secreto familiar” que había que guardar a toda costa, por el bien del negocio. A los dieciséis años, le disparó en el pie, dejándolo cojo. Lo taparon todo, claro. Se ve que el primo no aprendió la lección, y tiempo después murió “accidentalmente” de otro tiro de escopeta. A ella no le pasó nada. Era una familia importante y ya se sabía que la pobre chica “estaba loca”.

—Eso es un completo disparate —farfulló Yolanda, mientras Matilde se persignaba con disimulo—. El tío que acabo de ver estaba bien vivo, y la chica no tenía más de treinta años. ¿Cuántos tiene Virginia? ¿Ochenta? ¿Más?

—Tiene ochenta y nueve —puntualizó Marga, dando un sorbo a su taza humeante—. O tenía, para ser exactos. Su administrador me acaba de llamar mientras venía de camino. Virginia murió hace unas horas en el sanatorio. A las cinco y media.

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