El canon

Coloquialmente, la palabra canon no se empleaba hace medio siglo hasta que el poeta novísimo Jaime Siles la rescató como título de un libro suyo (y el rescate sólo fue entre lectores de poesía última). Hasta ese momento era un término que indicaba algún modo musical o bien eclesial, y precisamente por eso era un término perteneciente a dos lenguajes de campo social reducido. Derecho Canónico fue siempre lo más cerca que tuvimos a la palabra canon. Repito: no había cánones o si los había, todo lo más eran de belleza. Los famosos «cánones de belleza» (sic) que variaban según la época y las modas, o sea que poco tenían de canónicos, y que nos sonaban a revista rancia y un punto hortera.

"Me pregunto dónde está el canon. ¿Cuál es el canon? ¿Dónde puñetas se esconde, o se hace tan visible, ya que tantos lo citan y yo no lo veo?"

Hablo, por supuesto, de nuestra cultura. No sé si en la anglosajona o en la francesa se utilizaba la palabra al modo dieciochesco o al griego antiguo, o si tampoco se utilizaba, pero lo que sí es verdad es que fue Harold Bloom quien la resucitó para todo el orbe literario —y de paso se filtró en el periodístico— a través de su libro El canon occidental, publicado en 1994 y que aquí se tradujo en 2005. A partir de ahí se empezó a discutir ese canon de Bloom y la palabra canon caló entre universitarios y no universitarios y cierto éxito obtuvo aunque estuviera desde hacía tiempo desvirtuada o inutilizada. Se apartó a Bloom y se empezó a jugar con ella aquí y allá. «Fijemos el canon» fue entonces una expresión como la de «ha venido para quedarse», esas cursilerías del lenguaje donde tan satisfechos se sienten los que lo desconocen y maltratan. Podemos decir que «canon» fue un concepto resucitado para el lenguaje coloquial y perdió el engolamiento que tuviera décadas y más décadas atrás —tantas que se pierden en el horizonte— para ganar en confusión.

Quizá por eso me pregunto dónde está el canon. ¿Cuál es el canon? ¿Dónde puñetas se esconde, o se hace tan visible, ya que tantos lo citan y yo no lo veo? ¿Cual es el canon de la literatura de nuestro país en sus distintas variantes lingüísticas? ¿Caminan paralelos, esos cánones? ¿De qué canon se habla cuando alguien dice que está contra el canon? Porque, repito, nunca lo he visto. Lo que en cambio sí he visto es a escritores que buscan cotas de poder, a funcionarios de la cultura que buscan cotas de poder, a críticos literarios que buscan cotas de poder, a grupos de amigos coyunturales que se apoyan entre sí, a guetos cuyos integrantes se ayudan por el mero hecho de serlo y a otras pequeñas mafias más o menos reticulares. Todos con el deseo de ejercer ese poder en beneficio propio; como si estuvieran convencidos de que con ser buen escritor no basta y encima no da para más.

El asunto es parecido al papel de tantos escritores del Boom latinoamericano: buenos escritores —algunos muy buenos y no sólo los más destacados— pero con la necesidad de un puesto diplomático en el extranjero o —ahora sus herederos— con la mirada puesta en una universidad norteamericana. Se ve que la natural desconfianza hispana hacia la escritura se extiende hasta los mismos escritores. O empieza con ellos. Pero volvamos a dónde está Wally, es decir, el canon, al que algunos —agazapados o a cara descubierta— quieren matar. Volvamos sin irnos de aquí porque todo es el mismo asunto.

"¿Dónde empieza y dónde acaba el dichoso canon a destruir? ¿En la generación del 98 o en la del 27? ¿En Rosa Chacel, en Cela o en Juan Benet?"

La reciente Premio Nacional de Novela ha dicho que quiere destruir el canon y que su arma no es un fusil sino la escritura. Si mi pluma valiera tu pistola, ay, que le escribió Machado el bueno a Líster en un momento malo. Pero ¿dónde empieza y dónde acaba el dichoso canon a destruir? ¿En la generación del 98 o en la del 27? ¿En Rosa Chacel, en Cela o en Juan Benet? ¿En Cunqueiro o en Méndez Ferrín? ¿En la Generación del 50 o en los Novísimos? ¿En Marías, Vila-Matas o Soledad Puértolas? ¿O acaso en Gimferrer, Parcerisas o Cassasses? ¿Quizá en la llamada generación Nocilla? ¿En Atxaga o en Pérez-Reverte? ¿En Mercè Rodoreda, en Marta Pesarrodona o en Maria Mercè Marçal? ¿O son todos ellos y los muchos que me dejo en el tintero el canon maldito? Porque en la mayoría lo que veo es a escritores que cultivan su huerto particular como lo hacía el volteriano Pangloss; es decir, como pueden y saben. Pero ¿canon? Lo que hoy está, mañana no. O lo que está por la mañana ya no lo está por la tarde.

En cambio lo que perdura —y vuelvo a la carga— son las retículas, ocasionales o coyunturales y las compañías de apoyos mutuos que suelen acabar como el rosario de la aurora. Y ahí también, difuminados aún entre la niebla pero perfilándose cada vez más, veo a los nuevos y a sus padrinos con la voluntad, esta vez sí, de construir un canon que esconda a sus antepasados en el desván de los trastos viejos. O en el crematorio de basuras. Un canon nuevo que destruya ese que dicen que existe y, torpe de mí, no veo por ninguna parte.

 

Este artículo se publicó en el Diario de Mallorca en octubre.

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