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Marsé y la memoria

¿Cómo se forma la memoria colectiva: desde la uniformidad o desde la diferencia? ¿Qué es más rica, una sociedad diversa u otra homogénea? No contestaré de forma explícita porque la respuesta tácita está en la formulación de ambas preguntas. Pero las sociedades cambian en función de su desmemoria y de la manipulación que otros hacen de esa desmemoria. Para evitar eso está la literatura que, en tiempos convulsos, es la única memoria. Por esto las conductas totalitarias abominan de ella y sobre ella actúan en la medida que pueden hacerlo. Con el descrédito y la maledicencia si no tienen el poder; con el exilio y la prohibición —cuando no el encarcelamiento: último caso, el poeta chino Liu Xiaobo— si lo tienen. Esto es así por desgracia y por desgracia se ha repetido en la Historia de tal manera que uno cree que se ha de repetir una y otra vez hasta que el mundo deje de ser mundo.

Con la literatura y en la literatura —dentro de ella, viviéndola y haciéndola— están los escritores. Y en los escritores están también ciertos patrones que configuran la educación social de varias generaciones. Cuando desaparecen queda ese rastro, pero por poco tiempo. Estas semanas, por ejemplo, he pensado más de una vez en José Agustín y Juan Goytisolo. ¿Qué habría dicho uno y qué el otro, de la sicalipsis catalana? He pensado en Carlos Barral también y en Jaime Gil de Biedma y en Gabriel Ferrater, pero no haré como hacen los partidarios de la desmemoria y no voy a hablar por ellos cuando ya no están y no pueden hacerlo. Sólo diré que todos eran catalanes y tenían su manera particular de entender su propia catalanidad: distinta al discurso oficial de las últimas décadas. De toda esa generación –es algo más joven–  nos queda Juan Marsé. Juan Marsé y la lucidez. Juan Marsé y el humor. Juan Marsé y la inteligencia. Juan Marsé y la narrativa oral: siempre he de recordar una noche en Toulouse con él imitando a Pepe Isbert y contando historias del cine español en la que los que estábamos —Sergi Pàmies, el editor Jaume Vallcorba y yo— nos partíamos de risa. Hace de eso doce años y sigo sonriendo cada vez que lo recuerdo.

Hay tres novelas suyas sin las cuales la memoria de Barcelona no sería la que es. Quiero decir que sería una memoria erosionada por el alzhéimer, que es como algunos la han querido siempre (lográndolo, además, en parte ahora). Estas novelas son  Últimas tardes con Teresa, Si te dicen que caí y Un día volveré. En ellas está la Barcelona de la postguerra, la que abarca hasta los años 60 y el primer Plan de Desarrollo. De ellas salen muchas otras novelas barcelonesas —desde Vázquez Montalbán a Eduardo Mendoza desembocando en el tempranamente desaparecido Francisco Casavella— y también otras tantas del resto de España. En ellas está una Barcelona que nace en El Carmelo y El Guinardó y baja hasta Ramblas y el Barrio Chino, con parada corsaria y sentimental en la zona alta de la Diagonal y el Ensanche. Una Barcelona cuya vida —aunque oprimida, variada, rica e imaginativa— fue y es simbólica de la España de la postguerra. Memoria y verdad, en fin.

Guardo en casa algunos ejemplares de la revista Por Favor, que se publicaba en la Barcelona del último franquismo. En la portada de uno de estos ejemplares aparecen sus colaboradores falsamente magullados, entablillados o escayolados. Creo que fue la respuesta a una multa de gobernación o a las amenazas de algún grupo fascista. En esa foto aparece Juan Marsé con el brazo en cabestrillo, junto a Manuel Vázquez Montalbán con el ojo morado, Maruja Torres lisiada y con muletas y alguno más que no recuerdo. O sea que Juan Marsé estaba en la literatura —ya había publicado Últimas tardes con Teresa, una de esas novelas que nos hizo como somos y una de las mejores novelas españolas de la segunda mitad del XX— y estaba en el periodismo humorístico y resistente contra el franquismo. Allí Marsé publicó una sección maravillosa –repito: maravillosa– titulada Señoras y señores y de él aprendimos el arte del retrato con un maestro impagable, que nada tenía que envidiar a Truman Capote, no exagero. Como aprendimos muchas otras cosas: de él y de los citados en el párrafo anterior: la Escuela de Barcelona, los llamaron. Patrones de una sociedad esperanzada y con todo el tiempo y la libertad por delante. Un tiempo que da la impresión de haber finiquitado y de que lo han usurpado patrones tan distintos como poco barceloneses. ¿Qué dirían ellos ahora?

En este tiempo nuevo y convulso ya no importa lo que dijeran y sí lo que este tiempo dice —o calla— de ellos. Los muertos están muertos, pero Marsé está bien vivo. Con 84 años, pero vivo y lúcido como siempre. Llamó Madelman a Artur Mas —adelantándose al daño que puede hacer la mediocridad a toda una sociedad— y ha mostrado su discrepancia con el Procés y sus políticos cuando ha sido necesario. Retratando a Junqueras y Puigdemont impecable e implacablemente: con la memoria y la verdad —ambas tan desprestigiadas— en la mano. Por tanto en la convulsión han ido a por él. Si durante el franquismo lo llamaban rojo, ahora lo llaman renegado, que es algo así como traidor o judío hace décadas: saben lo que hacen. Y como no lo tienen a mano han echado mano de sus libros pintarrajeándolos en una biblioteca pública: botifler es lo más fino que han escrito sobre sus páginas. Me dirán: esto no es grave, cuando todo lo es. Basta con que le pase a uno para que la memoria de lo que puede ocurrir cuando se atacan los libros se ponga en marcha. Y muchos de los que minusvalorarán este acto pondrían el grito en el cielo si les ocurriera a ellos. Conozco el percal del que hablo, lo tengo cerca. Y lo que no saben los que piensan así —no sólo el majadero que emborronó sus páginas— es que gracias a personas como Marsé, ellos han crecido con la suficiente libertad como para desmontarlo todo ahora impunemente. Ni lo saben, ni lo creen, ni les interesa. Su lucha es otra y en ella no caben ni la memoria, ni la verdad. Una pena.

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Artículo publicado el 24 de septiembre en Diario de Mallorca.