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El color de las historias

“¿De qué color son las historias que contamos?”, se preguntó Yolanda Guerrero en la primera frase de un artículo que le pedí para la revista Zenda, en el que contara a los lectores algunas claves que la impulsaron a escribir El huracán y la mariposa (Editorial Catedral).

El artículo lo publicamos el 10 de agosto pasado y algunas de las frases que Yolanda escribió entonces me van a servir ahora para comenzar a hablar de ella y de su novela porque, para mí, no hay nada mejor que el texto de un autor que reflexiona sobre su obra, para ver en lo que ha escrito un poco más de lo que cada uno de nosotros no ha sabido ver.

Y a esa pregunta, a la pregunta del color de las historias, Yolanda se responde que eso fue, precisamente, sobre lo que reflexionó el mismo día en que, después de dedicar casi treinta años al periodismo, decidió que se iba a entregar de lleno a la ficción y que iba a escribir su primera novela.

"No hay nada mejor que el texto de un autor que reflexiona sobre su obra, para ver en lo que ha escrito un poco más de lo que cada uno de nosotros no ha sabido ver."

Lo del color de la historia venía a responder otra pregunta, esta vez la que le hacían algunos amigos y familiares, ajenos por completo al monstruo, por usar el término que Jesús Ruiz Mantilla utiliza en el prólogo a este libro, refiriéndose al huracán que se estaba fraguando en la mente de Yolanda. Dice la autora que prácticamente todos le preguntaron casi a coro: “¿Será novela negra?”. Así que, supongo, haciendo oídos sordos a palabras tan obvias, dice que no supo contestar, pero al menos le sirvió para concretar aún más su pregunta: “¿De qué color era la historia que quería contar?”, se dijo.

Para conocer el color de El huracán y la mariposa primero habría que transitar un poquito por ella. La novela cuenta una historia muy triste, como muchas de las que pueblan ese paraíso en la tierra que es la literatura.

“Esta es la historia más triste que he oído jamás”. Así de rotundo y sugerente arranca El buen soldado, de Ford Madox Ford, una de las novelas más redondas del siglo XX sobre la decadencia y la mentira. Así es la novela que ha escrito Yolanda Guerrero, una historia triste en la que, palabra a palabra, modela el dolor que toma forma en la adopción de una niña y en la que tres personas —Yolanda dice que no le gusta llamarlas personajes— sufren cada una su desgarro personal, y lo sufren por distintos motivos: por querer dar amor o por no saber recibirlo, aunque Yolanda dice “que ese dolor al colisionar se amalgama en un único e inmenso dolor, porque, al final, el dolor humano es uno solo, aunque tenga billones de tentáculos”.

Yolanda aún no sabe de qué color será la historia que ha empezado a contar pero se aproxima cuando dice que “tres mujeres unidas por el dolor y, sobre todo, por la culpa, son las que cuentan la historia de su crucifixión”. Tres mujeres, tres puntos de vista, tres ángulos de una misma historia que hacen que el lector se involucre y sufra con las tres voces porque cada una muestra sus sueños y sus fracasos, y las tres lo cuentan con la subjetividad que nos corresponde individualmente porque uno a uno solo somos fragmentos de un espejo. Stendhal lo decía, relacionándolo con la novela, “como ese espejo que se pasea a lo largo de un camino”.

La objetividad le corresponde, pues, a la escritora, la creadora que cuenta la historia de Ángela, la historia de Sofía y la historia de Camila. La escritora que no tiene por qué ser Yolanda Guerrero, sino la autora, es decir, la que maneja los hilos de todo el entramado y que no tiene por qué coincidir, aunque cada autor vaya dejando rastros y huellas en una pequeña parte, o incluso en gran parte de lo que escribe.

Esas tres personas, esas tres mujeres, se llaman, como he dicho, Ángela, la abuela adoptante, que, nos dice Yolanda en el artículo para la revista —y esta vez sí habla Yolanda— es una mujer nacida en la posguerra, que quiso estudiar pero que se lo impidieron. “Ángela es una mujer fuerte”, sigue diciendo, “intuitiva, autodidacta, culta a su modo, libre aunque maniatada… como hubo, y sigue habiendo, muchas mujeres de alas cortadas”.

Ángela tuvo aspiraciones artísticas, como ser bailarina de ballet, pero vio truncado su sueño porque se casó y tuvo una hija, y esta hija se llamó Sofía, que en El huracán y la mariposa es la madre adoptante. ¿Y cómo concibió Yolanda a Sofía? Pues dice que “impetuosa e ingenua. Idealista pero cándida. Disfrazada de una fortaleza que no era más que una coraza de material inflamable. Hasta que ardió entera”.

Y aquí sí que Yolanda Guerrero, la creadora de esta novela desgarrada, de esta novela de dolor y de belleza al mismo nivel de intensidad, para crear este personaje —y ahora tengo que usar la palabra “personaje”—, dice: “Solo debí mirarme hacia dentro y escribir. Me puse en su piel y salió Sofía, periodista de mi edad, la indomable doblegada que quiso ser Atlas sin calibrar sus fuerzas y el peso del mundo entero le hundió los hombros hasta aplastarla”.

"Esta es una historia triste, pero también es una gran historia de amor."

Yolanda hace una descripción hermosa y terrible, la belleza de esta frase proviene del perfecto dominio del lenguaje; lo otro, lo terrible, por su sinceridad: “la indomable doblegada”. Todos somos alguna vez en la vida indomables doblegados.

La tercera persona en discordia, y no es solo una frase hecha, se llama Camila. Un huracán y una mariposa, según la vida la zarandea o la recoge: “Camila es la hija que no pidió serlo”, escribe Yolanda, “una niña vejada, violada, prostituida, maltratada, enfadada y confusa, en su vida y en su lenguaje”.

Camila es mexicana y para crearla Yolanda consultó con la Academia Mexicana de la Lengua y otros diccionarios, vio películas y leyó libros, pero sobre todo necesitó cien noches en blanco y muchas lágrimas. Dice que al poner el punto final supo que esa era la persona —no el personaje— más real de la novela.

Efectivamente, como hemos dicho, esta es una historia triste, pero también es una gran historia de amor, aunque ese amor no haya podido ser el nexo de unión entre estas vidas desgarradas que se empeñan y que fracasan una y otra vez, como son las historias reales de familias rotas que no pueden superar la culpa de una adopción fallida.

Esta es una historia de víctimas y Yolanda ha pedido disculpas por apenas dar tregua al lector, que termina de leer con el alma comprimida. Pide disculpas por eso, por dejarse la piel en cada línea, por buscar la palabra precisa, la emoción verdadera, la belleza y la verosimilitud en el relato, por compartir con nosotros la historia más triste que conoce, como han hecho durante más de 20 siglos los mejores escritores, los que dejan sangre en el papel, los que nos enseñan sus tripas y los que nos hablan mirándonos a los ojos porque confían en su lector, así, uno a uno, individualmente, que es como somos de verdad, solos en nuestra soledad compartida con el autor, a quien reconocemos como un cómplice y como un amigo.

Y como se trataba desde el principio de que Yolanda encontrase el color de su historia, descartado ya el negro y como ella dijo, también el rosa, escribe lo siguiente: “Una de mis personas tenía los ojos del color de la tristeza: de una tarde de otoño, del cielo antes de la tormenta, de la niebla, del humo y de la plata”. Así, Yolanda Guerrero reconoció el color que tendría su libro. Al fin lo supo, y pudo responder a la pregunta que se autoformulaba al principio:

El huracán y la mariposa es una novela gris”.