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El combate naval «a la española»

El combate naval «a la española»

Un país como España, con extensos kilómetros de costa, debía mantener una bien pertrechada Armada, sobre todo con profesionales y buques acordes a sus necesidades. Con esta idea, la de construir un barco con un arqueo importante, que aunase un casco resistente y la máxima maniobrabilidad, capaz de realizar largas travesías y defender su valiosa carga, nacieron los galeones. Pasarían a engrosar las páginas de la historia naval, pero, mayormente, se convertirían en el icono a batir en las novelas de piratas y las aventuras cinematográficas anglosajonas.

Objetivo sin ninguna duda difícil, pues era conocida la querencia de los marinos españoles por realizar maniobras “a tocapenoles” —a la mínima distancia entre buques, casi tocándose—, una imponente andanada simultánea en la que todos los mosquetes de los infantes embarcados dispararan a blanco seguro al unísono con la artillería. La forma más efectiva de barrer de enemigos la cubierta contraria. Y una vez realizado el primer disparo, abordar sin esperar a otro.

"Era bastante más complicado de lo que parece poder hundir un barco a cañonazos"

Cuando se lograba efectuar una de estas descargas su efecto era demoledor, no solamente desde el punto de vista físico sino también desde el psicológico pues, al tiempo que se producían un terrible estruendo y una espesa nube de humo, se causaban gran número de bajas simultáneas, lo que dejaba al enemigo desconcertado y sobrecogido.

Hay que dejar atrás de una vez por todas la sensación de nación acomplejada, de la misma manera que hay que olvidarse de lo que se ve en las películas. A la hora de disparar los cañones, por ejemplo, la cadencia de tiro real era mucho más baja de lo que nos han hecho creer.

Si se refrescaban las piezas después de haber realizado tres tiros, para que no reventasen, podían hacerse cinco o seis disparos por hora; eso explica que los buques españoles reservasen el realizar una andanada hasta el último momento —antes de llegar al abordaje—, pues necesitaban 10 o 12 minutos para poder recargar. Además, era bastante más complicado de lo que parece poder hundir un barco a cañonazos.

"Nada se dejaba al azar. Existía una instrucción muy precisa, fruto, sobre todo, de la experiencia: los arcabuceros se dividían en dos grupos; los de mejor puntería se repartían a proa y a popa"

Tampoco abordarlo en la vorágine de una batalla en la que participaban numerosos efectivos era demasiado sencillo. Al contrario, resultaba un asunto arriesgado. El capitán y los timoneles necesitaban una habilidad y un criterio considerables para programar el ataque, y los marineros tenían que estar entrenados para ser lo suficientemente hábiles como para realizar una maniobra precisa. Llegado el momento, nada se dejaba al azar. Existía una instrucción muy precisa, fruto, sobre todo, de la experiencia: los arcabuceros se dividían en dos grupos; los de mejor puntería se repartían a proa y a popa en los lugares en que mejor pudieran hacer blanco y el resto pasaban a ayudar en sus tareas al condestable de artillería, acompañados de los soldados más ágiles, que se encargaban de trasladar por todo el buque la pólvora y los cartuchos cuando la necesitaban sus compañeros. Junto a ellos, los piqueros avanzaban ordenadamente, con sus armas apuntando a las tropas atacantes y formando una infranqueable barrera de hierro.

De eso trata este libro. De cómo se vivía y combatía a bordo de un galeón. De cómo se construía el buque. De cómo, al fin y al cabo, al mando de sus esbeltos y hermosos navíos, los capitanes de las flotas de España se cubrieron de gloria en duras y oscuras batallas en los mares tormentosos del Atlántico, en las azules aguas del Caribe y junto a las doradas playas de Costa Firme. Hombres de temple bien forjado como Oquendo; el caído en desgracia Fadrique de Toledo, Tiburcio de Reding, Lope de Hoces o Carlos de Ibarra, que supieron responder a sus enemigos con los medios que tenían a su alcance y mantener una lucha épica en la que todos los bandos sabían que se jugaban la supremacía naval.

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Autor: Miguel del Rey. Título: A tocapenoles: Guerra de galeones. Editorial: Modus Operandi. Venta: Amazon

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