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El crimen de escribir

El crimen de escribir

Decidir escribir una novela es como planear un asesinato pero con peores intenciones. Al fin y al cabo, las víctimas van a ser más. Docenas, cientos, miles (si hay suerte) de lectoras y lectores indefensos a quienes empujaremos al abismo con una historia original e intensa, dispararemos sin piedad desde los recovecos de una escena hilarante o apuñalaremos por la espalda con el filo de un adjetivo inesperado. Y no sólo no nos arrepentiremos de haberlo hecho, sino que, en cuanto tengamos ocasión, lo volveremos a hacer: escribiremos otra. Y la publicaremos, vaya si lo haremos. El crimen es lo nuestro, lo que sabemos hacer, lo que mejor hacemos.

Hace ya unos doce años que escribí la primera versión de El Gran Pirelli, una novela negra como una sartén cocinada con el único ingrediente imprescindible para poder hincarle el diente a la cruda realidad sin temor a la diarrea: el humor.

"Subir al podio podía haberme proporcionado las fuerzas necesarias para intentar dar salida a la novela, moverla por las editoriales y esas cosas que tan poco nos gustan a los criminales"

Poco tiempo atrás había publicado ya mi primera novela, El mayor poeta del mundo, tras haber ganado el Premio Vargas Llosa y después de haber sido uno de los diez finalistas del Premio Planeta, lo que viene a ser como formar parte de una rueda de reconocimiento en la que no te reconoce ni dios. Digamos que, en ese caso, todos los testigos (o miembros del jurado) saben de sobra quién es el asesino (a sueldo, claro). Pero eso es otra historia. La de Pirelli nos lleva al segundo certamen más importante de Planeta, el Premio de Novela Fernando Lara, en el que también quedé finalista. Se ve que estaba en racha.

Decidí acudir al acto en el que se fallaba el premio. Era en los Reales Alcázares de Sevilla. Había un pincheo antes de la cena. Y no había jamón. Un mal presagio que terminó por hacerse realidad: no gané. La verdad, qué esperaba. La obra ganadora fue El secreto del rey cautivo, de Antonio Gómez Rufo, un gran tipo que ya había publicado un par de novelas con Planeta. El segundo lugar fue para Emigrantes, de Edward Rosset, que no tardaría en publicarse. Y, en tercer lugar, El gran Pirelli, que había enviado al certamen con un título de altura: Moscas.

Subir al podio podía haberme proporcionado las fuerzas necesarias para intentar dar salida a la novela, moverla por las editoriales y esas cosas que tan poco nos gustan a los criminales, pero hacerlo en el tercer escalón, con una vanidad que por entonces me acompañaba como una enfermedad persistente (afortunadamente, ya estoy casi curado), produjo el efecto contrario: el manuscrito se fue directo al cajón y ahí permaneció durante más de una década.

En ese tiempo publicaría dos novelas más en la editorial Menoscuarto, El vuelo de la monarca y Una mala racha. Y tres libros de poemas, por si había pocas pruebas en mi contra. Y cuando estaba escribiendo la que iba a ser mi cuarta novela (y que ahora espero que sea la quinta), surgió la posibilidad de abrir el cajón y enviar El gran Pirelli a la editorial Pez de Plata, en cuya colección de humor, La risa floja, podía tener cabida.

"Entonces la volví a leer, lo que viene a ser algo así como un suicidio. Lo cierto es que la historia estaba bien hilada, los personajes tenían su gracia, había momentos memorables, pero, ¿quién coño había escrito aquello?"

Entonces la volví a leer, lo que viene a ser algo así como un suicidio. Lo cierto es que la historia estaba bien hilada, los personajes tenían su gracia, había momentos memorables, pero, ¿quién coño había escrito aquello? Frases largas como una noche en vela, adjetivos acechando por todas partes, palabras de esas que no aparecen en el diccionario. Si a eso unimos todo lo que las cosas habían cambiado en doce años (sin ir más lejos, de aquella ni siquiera se podía acceder a internet desde el móvil, qué tiempos), el trabajo que tenía por delante iba a ser arduo. Y lo fue. Sólo quitando adjetivos debí de reducir la extensión de la novela en unas 50 páginas.

Pero la historia fue tomando forma y conseguí hacer algo parecido a lo que tenía en mente cuando me puse a ello. Así que le envíe el nuevo manuscrito a Jorge Salvador Galindo, el imponderable editor de Pez de Plata, agradeciéndole al cajón todo lo que había hecho por mí y, sobre todo, por la novela. Y en menos de una semana ya habíamos firmado el contrato (yo con una firma falsa, por si acaso).

Y ahora El gran Pirelli está batiéndose el cobre en los estantes de novedades de las librerías. Y yo me siento orgulloso de él, y lo defiendo en las presentaciones, mientras voy volviendo poco a poco a la escritura de la novela que tuve que dejar a medias y que será, si todo sale bien, mi próximo crimen. Un crimen perfecto, por supuesto. Dios les coja confesados.

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Autor: Julio Rodríguez. Título: El gran Pirelli. Editorial: Pez de Plata. Venta: Amazon, Fnac y Casa del libro

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