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El crimen de Mónica, de Arturo González-Campos

El crimen de Mónica, de Arturo González-Campos

Arturo González-Campos (Madrid, 1969) es una de las personas a las que más admiro. Sus logros son inconta­bles, en el campo del guión y de la comedia. Lleva dos décadas creando formatos de éxito (El Club de la Co­media, Splunge, La Parroquia, Todopoderosos, Aquí hay Dragones), que no es logro pequeño. Y también ha escrito diecisiete libros que han vendido muchos cientos de miles de ejemplares.

Pero más allá de su talento infinito y de su generosi­dad, lo que más me asombra de Arturo es su modernidad. En cada conversación que tengo con él (y son muchas) me sorprende con una idea, un concepto, algo que intuye que va a venir y que va a permitir ver cualquier aspecto —las novelas, el cine, la música— de los que protagoni­zan nuestras charlas bajo una luz nueva.

De Arturo aprendo cada día. Y en este relato, mata a una persona. (Juan Gómez-Jurado)

Las cafeterías más tristes son, sin duda, las de las esta­ciones de autobús y las que están cerca de una comisaría. Ambas se ambientan de la frialdad que trae carecer de una parroquia habitual, de la falta de calor de la gente toman­do un café por trámite con la cabeza en otro sitio. Mónica se estaba tomando un cortado rancio y una barrita de to­mate ácido solo con la intención de pedirle a su estómago que dejase de morderla.

En casa se había quedado Héctor durmiendo. Al sa­lir ella de la cama había mascullado que si quería que la acompañase y ella le había dicho que no. Ahora su parte egoísta se arrepentía, le hubiera gustado que le diera la mano durante todo el rato que iba a estar en comisaría. Pero no tenía sentido, lo que iba a cerrarse hoy pasó mucho antes de Héctor, mucho antes de cualquier Héctor que hubiera estado en su cama desde que murió Miguel; se comió el último trozo de pan, ese al que no había llegado el tomate, pensando que volvería a casa y se lo follaría cuando saliera de allí con su crimen al fin consumado.

La echó de la cafetería el estruendo del camarero ti­rando cucharillas en los platillos de café con la misma desgana con la que había metido su barrita de pan en una resistencia eléctrica y la había tirado en su plato como quien le sirve rancho a condenados a muerte. Pagó mirando muy bien no dejarse ni un céntimo de propina y se dirigió a la puerta de la comisaría de su barrio.

No creo que nadie pueda evitar sentirse sospechoso cuando pasa entre los dos policías que custodian la entra­da de una comisaría, gente con pasados impolutos no pue­de evitar temer que hicieran algo en el pasado, una deuda no pagada, un papel mal firmado que, en el momento de cruzar esa línea, hará que una luz se encienda en un orde­nador y un atractivo muchacho de uniforme se le acerque para decirle cordialmente: «Necesito que me acompañe».

Si eso nos pasa a todos, para Mónica esa sensación iba a permanecer hasta que, si todo salía como había pla­neado, lograse salir de allí con los papeles que, al fin, la exonerasen de la muerte de Miguel.

Mientras esperaba su turno (34-F) en esas sillas de sala de espera de hospital repasaba todos los pasos dados hasta ese instante. Los papeles presentados, las declara­ciones pactadas con los testigos, los engaños a los padres de Miguel sobre cuál había sido la verdadera causa de su muerte. Hoy, si todo iba bien, cuando en la pantalla apareciera su número (34-F) recogería los papeles que la liberaban de la sospecha. Le habían dicho que todo estaba bien, que sólo tenía que recoger aquello, que era el último trámite, pero no podía evitar pensar que esta historia que parecía no terminar nunca, por fin acabase hoy.

Llegó el momento (34-F) y Mónica se sentó como nos sentamos los humanos ante la administración, con la sumisión de quien pide perdón a un dios. Le dio los bue­nos días a la señora de mirada triste pero fotos familiares de niños alegres en la nieve. La señora triste dio un sorbo a su taza de «hoy llevo puesta la sonrisa que me regalas­te» antes de decir, sin perder la vista de su ordenador:

—Deme todos los papeles y su DNI.

Mónica lo llevaba todo junto en un sobre beige, que es el color que tienen los sobres y las chaquetas de la ruti­na. La señora de mirada triste sacó cada papel y con mira­da experta los escaneó en busca de algún error que saltaría a su vista adiestrada.

Fueron solo unos minutos de «firme aquí», de «haga esto», de «le falta un… Ah no, perdone», de «un momen­to que voy a la impresora»… Y, de repente, Mónica estaba cruzando la línea de los dos policías de la entrada esta vez en dirección a la calle.

Necesitó alejarse un poco de la comisaría para com­probar los documentos nacionales de identidad que la se­ñora de la mirada triste le había dado, en uno ponía clara­mente su nombre y la mejor fotografía que fue capaz de sacarse. En el otro estaban la cara de Miguel y el nombre de Miguel. Era su DNI y su certificado de defunción a la vez.

Usando el mechero que le había robado a Héctor, quemó el carnet de Miguel empezando por la esquina de la foto. Envolvió la pelota quemada en un kleenex y lo tiró en una papelera. Luego miró el suyo, su nuevo DNI y todo su interior se echó a llorar.

Ya nunca más tendría que explicar quién fue Miguel. Ya nunca más tendría que explicar que ella nunca fue Mi­guel, que Mónica no lo mató, que Miguel nació muerto. Con frío y una sonrisa se encaminó a casa a pasar el resto de la mañana follando con Héctor.

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