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El día en que Juan Gómez-Jurado me voló la cabeza

El día en que Juan Gómez-Jurado me voló la cabeza

Esta es una crítica de Loba Negra. Una crítica que, os anticipo, es imposible de hacer. Digamos que no es una crítica al uso.

Como lector, he aprendido a odiar a Juan Gómez-Jurado. Quizás odio no sea la palabra más precisa. Es más bien un síndrome de Estocolmo sostenido en el tiempo, tanto como tardes en acabarte una de sus novelas. Te quita el aire, las ganas de socializar, de comer e incluso de dormir. Sientes la necesidad de seguir adelante por ese laberinto de espejos y paredes cambiantes que ha diseñado ex profeso para perderte. Y cuando llegas al final, cuando ya ves la luz que dibuja el contorno de la puerta, cuando el grosor de las páginas es mínimo bajo el pulgar de la mano derecha, entonces no quieres salir. Pero no quieres salir. Y acabas saliendo.

"Como en su anterior novela, Reina Roja, cuando llegas a un punto determinado, te mete una hostia. No es una hostia pequeña. Es una hostia con la mano abierta"

Y, como en su anterior novela, Reina Roja, en esta novela cuando llegas a un punto determinado, te mete una hostia. No es una hostia pequeña. Es una hostia con la mano abierta que te hace posar el libro sobre las rodillas y dejar la mirada perdida. Una hostia que te manda de vuelta al principio del libro, a reevaluar todo lo que has leído, una segunda lectura obligatoria que cambia el sentido del libro. Y a preguntarte, por enésima vez, cómo demonios vuelve a hacerlo una y otra vez. Cómo es posible que, por más atentamente que estés mirando, vuelva a hacer un truco de magia imposible en tu misma jeta de panoli.

Y piensas: menudo hijo de puta.

Y piensas: ¿ahora cómo escribo yo de esto?

Es absolutamente frustrante, porque un servidor se sabe estas novelas de memoria y las escruta de una manera rayana en el paroxismo.

No es posible hacer una crítica de este libro. No es posible, porque la hostia que te da como lector también te la da como crítico. La única manera de evaluar este libro de forma justa es escribiendo para un lector que lo haya leído. Pero ese no es el propósito de la crítica, o no el más importante, sino el de animar a la lectura. Así que esta crítica va a tener que refrenar, que poner en suspenso, el juicio literario para lo que ha conseguido Gómez-Jurado con este libro. Es un logro inmenso y, al menos por mi conocimiento, absolutamente único en la historia de la novela negra y del thriller en general. Este hijo de puta ha hecho historia.

Pero no podemos explicar cómo.

Al menos aún. Dentro de un tiempo, cuando se publique la (inevitable) conclusión de la historia de Antonia Scott, será imprescindible escribir un artículo. Uno que preveo muy largo. Un artículo cuyo título será “Cómo Gómez-Jurado se ciscó en las convenciones de la literatura de género”. La foto que lo encabece será la imagen de un cenicero.

"Volvemos a encontrar el mismo estilo que en Reina Roja: tiempo presente, narración fragmentada, múltiples puntos de vista"

De hecho, ya hay parte de ese artículo escrito, pero hasta entonces…

Ahora solo podemos hablar de los aspectos formales de Loba Negra, en los que volvemos a encontrar el mismo estilo que el autor de Reina Roja nos traía en su anterior novela. Tiempo presente, narración fragmentada, múltiples puntos de vista adaptados al personaje que lleva la acción de cada capítulo.

Desde lo puramente estilístico, su lectura me hizo pensar en Dogville (Lars Von Trier, 2003). No hay dos autores más alejados en estilo e intenciones que el escritor madrileño y el cineasta danés. Pero Trier hizo en Dogville un ejercicio de sintaxis cinematográfica apabullante. Dibujó un pueblo con unas líneas en el suelo y se limitó a dejar actuar a los actores y que los espectadores imaginaran las paredes.

El estilo de Loba Negra me ha recordado a esa película. Como les decía en esta crítica de Reina Roja, Gómez-Jurado sigue peleando contra sí mismo. Cosiéndose y descosiéndose. Forzando al máximo la concreción de su estilo, adelgazando el lenguaje sin perder la precisión de cirujano. Como ya hicieron Hammett y Chandler antes que él, cuanto más escribe más escueto se vuelve. Más carga de significado vuelca en un solo sustantivo. En la ausencia deliberada de un artículo o de un adverbio. Puedo imaginarle volcado sobre el manuscrito, quitando palabras ya puestas, preguntándose hasta dónde puede limar.

No confunda, por favor, el lector la precisión y la parquedad con algo fácil de realizar. A Gómez-Jurado no le faltan capacidades en la descripción, como ya dejó claro en La Leyenda del Ladrón. Piensen en alguien que emplea varias páginas en describir el Arenal de Sevilla, sin una sola línea de diálogo y frases como estas:

“Cada día, desde el alba hasta el ocaso, miles de personas bullían por aquel espacio abierto. Literalmente todas las mercancías del globo se daban cita en aquel lugar, en el que se comerciaba con pieles y grano, especias y acero, armas y municiones. En un caos tan sólo inteligible para quienes llevaban años inmersos en él, los bizcocheros y los curtidores se mezclaban con los plateros y los zapateros bajo cientos de toldos azules, blancos y parduzcos. El golpeo de los martillos y el burbujear de las ollas se fundía con el regateo apresurado en catalán, flamenco, árabe e inglés, por citar unos pocos. Que si algo se aprendía pronto en el Arenal era a timar en todas las lenguas posibles.”

Ese mismo escritor describe el entorno de una mujer perseguida como:

“Lola, agachada detrás de un Prius nuevecito, se ha quedado sin coches tras los que esconderse. El siguiente está a tres plazas de distancia. Rompe a llover. A jarrillos.”

"La vieja y absurda discusión entre literatura de entrenamiento y de calidad ha perdido fuerza, gracias a la mejor educación del lector"

He aquí alguien que sabe muy bien lo que está haciendo. Incluso la inclusión aparentemente minúscula del localismo malagueño “jarrillos” para describir una tormenta intensa y repentina no es baladí. La mujer perseguida nació en Fuengirola, y es el lead de la escena. Con sutiles modificaciones como esta, el autor madrileño demuestra que sigue poniéndole una vela a Dios y otra al Diablo, equiparando en importancia la calidad y la diversión. Y con un notable desprecio por la opinión facilona del crítico prejuicioso. Y una total indiferencia hacia el lector despistado que pudiera confundir su precisión con incapacidad. Sería el equivalente de pedirle a Robin Hood que no disparara la flecha, que la llevara corriendo en la mano hasta la diana y la clavara a martillazos.

La vieja y absurda discusión entre literatura de entrenamiento y de calidad ha perdido fuerza, gracias a la mejor educación del lector. Aunque aún hay alguno que insulta a gente como César Pérez Gellida, Arturo Pérez-Reverte o el propio Gómez-Jurado llamando a sus libros “bestseller”. “Se ha sentado y ha escrito otro bestseller”, leí hace poco a alguien, dirigiéndose al autor de Loba Negra. Como si fuera fácil. Como si fuera cierto. O, peor aún, como si, en el caso de serlo, fuese indigno.

¿Saben qué?

Gómez-Jurado, cuando más vende, mejor escribe.

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