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Una vela a Dios y otra al Diablo

Ilustración de portada: Fran Ferriz

“Si conocieras al Tiempo tan bien como lo conozco yo —dijo el Sombrerero—, no hablarías de matarlo. ¡El Sr. Tiempo es todo un personaje!”

                                                                              —El Sombrerero (1865), en Alicia en el País de las Maravillas

Al igual que ocurre con esta reseña, una cita de Alicia abre la nueva novela de Juan Gómez-Jurado. En la que yo he elegido, no por azar, el Sombrerero formula un consejo que, como todos aquellos que provienen de seres tocados por la locura, debe ser tomado muy en serio.

Juan se pasa la vida buscando la manera de matar al Sr. Tiempo. Ritmo, ritmo, ritmo. Su obsesión es que devores las páginas. Que leas con avidez, con ansia, que no puedas dejar el libro. Que el tiempo pase deprisa, que vuele. Gómez-Jurado desafía las leyes de la Física: el tiempo se dilata en las proximidades de un agujero negro… y se contrae en las proximidades de sus libros.

Desde el inicio de su carrera literaria, Juan Gómez-Jurado persigue el vellocino de oro: una novela que tenga a la vez una enorme calidad literaria, un significado, que esté dirigida a todos los públicos y que sea increíblemente divertida de leer. No es un empeño fácil, pero en ésta su séptima novela, Gómez-Jurado roza la perfección. Él sabe, no obstante, que poner velas a Dios y al Diablo es un empeño jodido. Por eso regula perfectamente el tempo del relato de forma que, si de un soplido tiene que apagar esa vela que le ha puesto al Altísimo, será porque nos va a llevar en una endiablada carrera a los infiernos.

"La primera vez que lees Reina Roja solo puedes dejarte llevar, agarrarte al libro y pasar páginas como un loco, porque necesitas saber qué pasa"

Reina Roja es una novela que atrapará por igual al lector curtido de thrillers, al literato cuya colección está formada sólo por tomos de Libros del Asteroide y Sexto Piso y a quien no haya leído en su vida más que la trasera de los botes de los champús. Pero, y es un pero grande, sólo con una segunda lectura será el lector consciente de la enorme cantidad de trasfondo, de dobles sentidos, de significados, de rimas internas, de poderío estilístico y literario, de humor y de mala hostia que despliega Gómez-Jurado en esta obra. La primera vez que lees Reina Roja solo puedes dejarte llevar, agarrarte al libro y pasar páginas como un loco, porque necesitas saber qué pasa. En una segunda lectura, te das cuenta de lo que ha logrado Gómez-Jurado. Una trama de hierro, original y repleta de giros. Un ritmo impecable. Unos personajes femeninos complejos, llenos de matices, “badass”, que dicen hoy en día, que se adueñan de la historia.

Tomemos por ejemplo a Antonia, Ana, Carla y Sandra. Todos ellos con doble A en su nombre, un código genético compartido. En genética los alelos dominantes se expresan con A mayúscula, mientras que los recesivos se expresan con a minúscula. ¿Tiene esto auténtica importancia para la trama, lo apreciará algún lector? No parece probable. ¿Es una nota sutil, que demuestra uno de los centenares —sí, centenares— de detalles y de capas superpuestas de información, rayanas en lo obsesivo, que Gómez-Jurado ha acumulado en la novela?

Sí. Porque este tío no escribe ni una palabra que no tenga una segunda intención.

Si Gómez-Jurado comete un pecado en esta novela es que hace que parezca sencillo escribir algo tan bueno. Quizá deba compartir ese pecado con el lector, que puede inferir erróneamente —a alguno le sucederá— que lo que está leyendo es literatura de menor calado, porque se lee a toda velocidad. Nada más lejos de la realidad.

"Desde Cicatriz se aprecia el deseo de internarse en recovecos menos definidos, en permitir la convivencia de la luz y las sombras en los mismos personajes"

Y es que tras finalizar la tercera lectura, veo muchas cosas en Reina Roja. Veo detalles de Stephen King en la obra, sobre todo en esa voz interior que va  creciendo y tomando, poco a poco, entidad propia, casi desdoblando a Carla. Pero veo, sobre todo, pulso narrador, un modo de hacer avanzar la acción en que cada hecho engrana con el siguiente sin solución aparente de continuidad, haciendo muy difícil interrumpir la lectura. Con esta novela Gómez-Jurado va a conseguir su mejor ratio de palabras devoradas por minuto, que ya era altísimo. Se aprecia su esfuerzo por resultar menos maniqueo en cada nuevo título, menos cómodo moralmente. En sus primeras novelas los personajes eran lo que parecían, lo que “debían” ser. Desde Cicatriz se aprecia el deseo de internarse en recovecos menos definidos, en permitir la convivencia de la luz y las sombras en los mismos personajes.

Cuando uno ve una gran superproducción de cine tiene a veces la sensación de que se han arrojado ingentes cantidades de dinero a la pantalla. Lo mismo hace Gómez-Jurado con sus recursos estilísticos. Cada uno de los capítulos está sutilmente adaptado a las características del personaje principal de ese capítulo, el lead, que dicen. Hasta seis voces distintas llega a usar en la novela, todas ellas supeditadas a la narrativa, sin buscar el protagonismo como autor. Hay que pararse a apreciarlo. Porque no vendería ni un solo libro menos si se ahorrase ese inmenso esfuerzo y se limitara a contarnos una historia apasionante. Y aun así, lo hace.

Sobre las voces, fíjense por ejemplo en este pasaje en que Jon, el coprotagonista, reflexiona sobre cómo ha acabado en un tremendo lío y se pregunta en qué estaría pensando:

“Jon estaba pensando en Desirée Gomez, alias la Desi, alias la Brillos. Desi tiene 19 años mal cumplidos, y ya lleva tres en la calle. Pateándola, durmiéndola, metiéndosela en vena. Muñequita de salón, tanguita de serpiente. Nada que Jon no haya visto antes. Pero algunas de estas chicas se te cuelan en el corazoncito sin saber tú cómo, y de pronto todo es una canción de Sabina. Nada serio. Una sonrisa, un invitarla a un café a las seis y nunca de la mañana. Y de pronto te importa que el chulo la infle a hostias. Y hablas con el chulo, a ver si para. Y el chulo no para, porque en el cerebro le faltan tantas piezas como en la dentadura. Y ella te llora, y tú te vas calentando. Y antes de que te quieras dar cuenta le has plantado en el coche cuarto y mitad de caballo. Lo justo para que le caigan de seis a nueve.”

No solo es capaz de describir en un solo párrafo las cuitas del personaje, sino que además trufa sus frases —las del autor, cuando habla de Jon— de fragmentos de imágenes de Sabina (en este párrafo Tiramisú de limón y Seis de la mañana) porque es el cantante favorito del inspector Gutiérrez. Una sacada de chorra estilística, café para muy cafeteros, que se repite durante toda la novela. Y así con cada personaje. Incluso cuando tira de personajes reconocibles de la actualidad, hace un esfuerzo por no usarlos de la forma esperable, y permite que adquieran resonancias más complejas de las que demandará el tuitero profesional, para quien todo es blanco o negro.

"Un final de infarto y un epílogo demoledor cierran lo mejor que ha escrito Gómez-Jurado"

Con la acción, como sucedía ya en Cicatriz, consigue escenas ejemplarmente físicas y vívidas, muy sensoriales, que hacen que uno acabe la lectura de ciertos capítulos sudoroso y lleno de moratones. Una huida en coche, por ejemplo, en que se escucha cada ruido del motor, el caucho sobre la grava, la ansiedad, la velocidad, el peligro. O ciertos momentos clave, en los que el autor no ahorra al lector ningún detalle y con cuya prosa logra dar vida a un momento terrible que no duda en salpicar también de ironía.

Pero la cabeza de Gómez-Jurado no da un respiro. Imagino el choque que se da en la cabeza del escritor entre su lógica y su arte. Imagino a Gómez luchar contra Jurado, sin éxito. Una y otra vez. Imagino el momento clave en el que comprende que es imposible separarse de sí mismo. Que él es el único que se abre, se extirpa, se cierra y se cose de nuevo. Que lo hace por unas pasiones que son tan protagonistas para él como sus protagonistas para sus historias. Que está harto de ser grande un día, para ser diminuto al siguiente. Lo imagino entonces reconciliándose consigo mismo, trabajando en equipo aun siendo una sola persona. Toda una contradicción, una locura de esas que él tanto adora. Locura que, como decíamos al principio, debe ser tomada muy en serio.

Reina Roja es una novela que ojalá el lector releyera pero que va a deglutir, más que leer, vorazmente, y a cuyos personajes va a exigir su retorno inmediato. Un final de infarto y un epílogo demoledor cierran lo mejor que ha escrito Gómez-Jurado y culminan la obra que lo consagra como el mejor escritor de thrillers de Europa. Poco más puedo añadir. Disfrutad del viaje y, como diría la otra Reina, la de corazones, al que no le guste el libro “que le corten la cabeza”.

Un abrazo a todos.

Sed buenos.

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Autor: Juan Gómez-Jurado. TítuloReina RojaEditorial: Ediciones B. VentaAmazonFnac y Casa del libro

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