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El dios se ha ido, un cuento de Jorge Duarte

Imagen de portada: ‘Wheatfield with Crows’, de Vincent Van Gogh (1890).

La historia que este mes de octubre presentamos en la revista Zenda no trata sobre la crisis de la vivienda, aunque pudiera parecerlo; tampoco es un texto teológico, pese a que demuestre cierta inclinación politeísta. Lo que el imaginador Jorge Duarte nos brinda con estas líneas es un relato fresco, pasmoso, divertido, de esos que te hacen pensar pero siempre desde la sugerencia.

Jorge Duarte (Zaragoza, 1981) es licenciado en Comunicación Audiovisual, máster en Dirección de Comunicación, consultor de storytelling y profesor en la Escuela de Imaginadores. En 2019 su novela Los dioses solitarios recibió una Ayuda a la Creación Literaria de la Comunidad de Madrid, y acaba de publicar su segunda novela, Última hora (editorial Duomo, 2026).

«El dios se ha ido» es sencillamente uno de esos cuentos que nadie debería perderse.

******

El dios se ha ido

Durante el día, mi padre me obligaba a usar la caseta cuando tenía ganas de orinar. Después de todo, solía decir mi madre, no somos unos salvajes. Sin embargo, de noche, con tan solo la luz de la luna cayendo sobre la granja, nadie podía impedirme que me plantara frente al maizal y me quedase bien a gusto mientras el viento cálido pasaba por debajo de mis piernas. A veces, echo de menos aquello.

Esa noche, cuando ya casi había terminado de vaciarme, me di cuenta de que no estaba solo. A cierta distancia distinguí el camisón de mi hermana. Se balanceaba adelante y atrás mientras que con el brazo levantado señalaba el cielo. Me subí el pantalón y me acerqué. Tenía la mirada perdida en el maizal y no cesaba de susurrar algo entre dientes. Sonrió bobalicona al verme y un hilo de baba se le desprendió por la comisura.

—La nube, la nube… —Y con el dedo apuntaba hacia un cielo cuajado de estrellas—. La nube, la nube…

Continuó diciendo eso mismo hasta que la metí en su cama. Acaricié su brazo para que se quedara dormida. No recordaba la última vez que había llovido, pero eso tampoco significaba nada: mi hermana siempre fue capaz de ver cosas antes que el resto de nosotros.

*

En la cabecera de la mesa, mi padre esperaba a que mi madre sirviera el café cuando ella entró en la cocina con la noticia.

—¿Cómo que se ha ido? —preguntó mi padre.

Mi hermana, sentada en un lateral, no levantó la vista de una hormiga que corría por el mantel recolectando migajas de pan. Yo estaba enfrente y, sabiendo la gravedad del hecho, dejé el vaso de leche a un lado y escuché atento.

—El dios no está en su habitación —repitió mi madre—. Se ha marchado.

—Habrá ido al pueblo —dijo mi padre, aunque sin mucha convicción.

—No, te digo que se ha ido. El armario está vacío y sus dos maletas tampoco están.

Debió de hacerlo por la noche, supuso mi madre. Según ella, el dios esperó a que todos estuviéramos dormidos para salir por la ventana. Ni siquiera el perro se enteró.

Busqué con la mirada a mi hermana. Tal vez ella hubiera… pero seguía absorta el movimiento errático de la hormiga.

—Lo sabía. Sabía que no era de fiar —dijo mi madre.

—Nah —contestó mi padre con desgana—. Se habrá cansado de ayudarnos.

—¿Ayudarnos?

La hormiga cargaba un trocito de pan tres veces más grande que ella y había emprendido el regreso al hormiguero. Mi hermana la animaba dando palmas.

—Conque nos ayudó, ¿eh? Eso díselo a tu hija.

—Te lo digo a ti, mujer. —Y mi padre golpeó la mesa—. El dios se ha ido. De nada sirve ya preocuparse por eso.

A punto estuvo mi madre de responder, pero calló y terminó de servir el desayuno. Mi hermana rastreó el mantel en busca de la hormiga y, al no encontrarla, comenzó a emitir ruidos guturales que crecieron hasta convertirse en gritos desgarrados.

—Sácala fuera para que se calme —me dijo mi padre—. Y colgad el cartel en la cerca.

Ayudé a mi hermana a levantarse. Apenas llegaba a sus hombros, así que rodeé su cintura con mi brazo y salimos juntos de la cocina. Mi padre sorbió el café y, a través de la ventana, contempló un campo cada vez más seco.

Al poco tiempo, un señor orondo con traje de rayas gastado ocupó la habitación. Era representante comercial y, antes de regresar a la ciudad, debía visitar varios pueblos de la comarca. Nuestra granja estaba justo en el centro de todos ellos. Mi madre se alegró cuando dijo que pagaría por adelantado.

La última noche que pasó con nosotros nos enseñó todo lo que llevaba en su baúl. Jarabes para levantar el ánimo, elixir contra el mal de ojo, ungüentos para eccemas y hasta una piedra que si la frotabas por la cabeza te hacía crecer el pelo. Mi padre le hizo un gesto y señaló a mi hermana. El viajante se puso serio y se disculpó por no tener nada apropiado para aquello.

—Tal vez en la capital alguien sepa…

Pero mi padre no le dejó terminar la frase.

—¿Y algo para una gallina que ya no pone?

El viajante le dio un frasquito con un líquido transparente que a simple vista parecía agua. Aunque mi padre insistió, el hombre no le quiso cobrar nada por él.

No mucho después apareció una diosa. Diferente, eso sí, al dios que nos dejó. Esta iba descalza y vestía una túnica amarilleada por el sol. Su rostro era moreno y lo llevaba pintado con trazos de vivos colores. Hablaba una lengua desconocida y tenía por costumbre tocar las cabezas de todos nosotros al tiempo que tarareaba una melodía, siempre la misma.

—¿Puede hacer que llueva? —le preguntó mi padre en una ocasión.

La diosa pareció entender, pues asintió mientras sonreía. Todos nos alegramos y ella nos tocó la cabeza otra vez.

Sin embargo, no llovió. Ni ese día, ni los siguientes.

La segunda vez fue mi madre la que reclamó la lluvia.

—O dinero, si lo prefiere —dijo mi madre frotándose los dedos entre sí.

La diosa volvió a sonreír. Impuso sus manos sobre la cabeza de mi madre y repitió el tarareo. Transcurridos varios días, mi padre la echó de la granja. La diosa nos insultó desde la carretera. O eso creímos entender.

*

Una mañana en la que el viento soplaba con fuerza, apareció un joven con apenas barba, algo pecoso, y con unos ojillos que menguaban tras unos gruesos cristales. Pronto nos dimos cuenta de que no era un dios y tampoco tenía pinta de viajante. Mi padre le ofreció un cacillo con agua.

—¿Cuánto tiempo necesita la habitación?

—Todavía no lo sé, señor. Podría pasar bastante tiempo hasta que dé con algo grande.

—¿A qué se dedica, muchacho?

—Soy inventor.

Mi padre me miró buscando una explicación que no pude darle. También yo ignoraba qué oficio era ese.

—Creo cosas que ayuden a las personas.

Mi madre, con mi hermana cogida del brazo, se había acercado a curiosear. Los cuatro rodeamos al joven.

—Déjenme enseñárselo.

Rebuscó en una de sus maletas hasta extraer un objeto que ninguno habíamos visto antes. Un círculo aplanado de metal y cristal en cuyo interior aparecían inscritos, en una circunferencia, todos los números desde el uno hasta el doce. Desconocía que pudiera existir algo tan delicado en el mundo.

—¿Qué es eso? —preguntó mi madre rompiendo el silencio.

—Un reloj.

—¿Lo ha inventado usted? —dije.

—No, no… Ya me gustaría. Es obra de un colega extranjero.

—Es bonito. —Y mi padre limpió sus dedos antes de pasarlos por el cristal—. ¿Para qué sirve?

—Mide el tiempo.

Todos callamos salvo mi hermana, que rompió a reír. Solo ella sabía por qué.

El inventor nos habló de dividir el día en partes iguales que, a su vez, se fragmentaban en otras más pequeñas y estas, en unas más pequeñas si cabe. El reloj medía ciclos de tiempo que empezaban, se consumían y volvían a comenzar. Dos vueltas enteras cada día. Y así, todos los días.

Nos costaba compartir la pasión que el inventor desprendía. Puede que se debiera a que tampoco comprendíamos la finalidad de aquello.

—Con el reloj pueden saber en qué momento exacto del día se encuentran.

—¿Para qué? —dijo mi madre.

—Pues… —pensativo, el chico miró el suelo—, para saber cuándo es la hora de la comida.

—Mi mujer toca la campana cuando está lista.

—O cuándo dar de comer a los animales.

—Es lo primero que hago nada más despertarme —respondió mi padre.

El muchacho guardó el reloj en el bolsillo.

—Ho-raaa… —dijo mi hermana y empezó a aplaudir de forma arrítmica hasta que mi madre le dijo que parase de hacer aquello.

—¿Y quiere usted inventar algo así? —preguntó mi madre.

—Bueno, tengo otras ideas en las que estoy trabajando. Confío en que alguna de ellas…

—Claro, claro —interrumpió mi madre—, por supuesto. Si lo desea, la habitación está libre. Cada día se paga por adelantado.

Mi madre se dio la vuelta y regresó con mi hermana hacia la casa. Mi padre cogió una de las maletas del muchacho y me indicó que yo hiciera lo mismo con la otra. Aquella noche me dormí con la cabeza dándome vueltas sin dejar de pensar en el reloj.

*

El inventor siguió viviendo con nosotros durante un tiempo. Lo sé porque en la cocina colocó un papel lleno de cuadraditos al que llamó calendario. Mis padres le agradecieron el detalle, aunque él y yo éramos los únicos que llevábamos la cuenta de los días transcurridos. Por vez primera sentí que ya no era un niño.

Cada siete días se acercaba al pueblo y, al volver, entregaba a mi madre un sobre con dinero. No recuerdo haberla visto sonreír tan a menudo como en aquella época.

Entre mi padre y yo habíamos habilitado un rincón del granero en el que el inventor pudiera trabajar. Tenía una mesa repleta de libros abiertos, tubos de cristal y recipientes panzudos en los que guardaba sustancias de extraños olores. Me dejaba estar ahí siempre y cuando permaneciera callado y no tocase nada, lo cual me costaba bastante cumplir.

Una tarde, mi padre vino al granero y preguntó al inventor si podía hacer algo para que lloviese. Él contestó que no, aunque sí conocía a otros colegas en distintas partes del mundo que estudiaban el clima. Tampoco pudo hacer nada respecto a la gallina que no ponía.

Tal vez porque tres negativas fueran demasiadas, tal vez porque mi padre le inspirara lástima, el joven aceptó examinar a mi hermana. Lo hizo en el dormitorio, acompañado por mi madre mientras mi padre y yo esperábamos fuera. Transcurrido un rato largo salió con el rostro serio.

—Lo siento —dijo a mi padre—. No puedo hacer nada. Su estado es irreversible.

—No es cierto —mi padre puso su mano en mi hombro y me miró como pocas veces recuerdo—. Sé que puede curarse.

No entendí a qué se refería. Tampoco el inventor, que ya iba a preguntar a mi padre cuando mi hermana cruzó por delante de nosotros con la blusa a medio abrochar y la mirada viva.

—¡La nube, la nube!

Lo dijo con más entusiasmo que aquella noche, como si un momento, esperado largo tiempo, por fin hubiera llegado. Salió de la casa sin dejar de repetir esas palabras y todos la seguimos.

En el horizonte, sobre los campos de maíz, vimos crecer una mancha sombría. Por un instante, la oscuridad lejana alegró la cara de mis padres, pero pronto se extrañaron de que el aire no arrastrara consigo la humedad que precede a la lluvia. Luego apareció el miedo en sus rostros: la mancha difusa alcanzó rápida la granja y tomó la forma de millones de insectos que zumbaban en el aire.

—¡Langostas! —gritó mi padre.

Y nos dijo que nos metiéramos en casa. Mi hermana giraba alegre sobre sí misma, con las manos alzadas al cielo, mientras los insectos empezaban a caer sobre nosotros. El inventor se quedó parado, sin reacción ante aquello, y tuvo que ser mi padre quien le arrastrara hasta la cocina. Yo hice lo mismo con mi hermana y mi madre que, con los ojos cerrados, se daba manotazos en la cabeza para sacudirse las langostas agarradas al pelo.

Cerramos la puerta y por la ventana vimos cómo el enjambre se abalanzaba sobre el maizal. Mi madre pisó varios insectos y el crujido hizo que se me erizase el vello de la nuca.

—¿Qué vamos a hacer? —le preguntó a mi padre.

—No veía algo así desde que era un crío.

Mi hermana permaneció junto al cristal, con uno de sus dedos apoyados en él. Al otro lado, una langosta trataba de mordisquearlo y a ella le hacía gracia.

—Se lo comerán todo —dijo mi madre.

—No me digas lo que ya sé y déjame pensar.

—Creo que puedo ayudarles —interrumpió el inventor.

Todos nos giramos hacia él, a excepción de mi hermana, que seguía dando golpecitos en el cristal.

—Hace un tiempo —continuó diciendo—, trabajé investigando el desarrollo de ciertos venenos. No estaban pensados para insectos, pero tal vez alterando algunas partes del proceso…

—Ayúdenos —dijo mi madre—. Por favor.

—Tengo que revisar mis apuntes, ver qué elementos tenemos y cuáles debemos conseguir…

—Por favor… —Mi padre se calló cuando una langosta asomó por el interior del cuello de su camisa. La cogió y apretó el puño—. Díganos: ¿qué podemos hacer?

Habíamos aprendido a cuantificar el tiempo y supimos que necesitábamos hasta la última fracción de él. Nos abrimos paso hasta el granero en medio de las langostas que danzaban a nuestro alrededor. Seguimos las instrucciones del inventor: colocamos otra mesa más y sobre ella pusimos todos los utensilios de la cocina que él nos indicó: botellas de cristal y recipientes de todo tipo, filtros y coladores, embudos, tubos y un mortero, varias cazuelas, una lámpara de aceite y muchas cosas más. Más tarde, mi padre y él fueron al pueblo y regresaron con más material y unos botes metálicos en los que había dibujada una calavera.

No entendíamos nada, pero, para él, todo parecía tener sentido, y eso, en cierto modo, nos tranquilizaba.

Trabajamos hasta que llegó la noche. El granero se había transformado en un amasijo de tubos y cacharros. El inventor calentaba un líquido en un cazo mientras dejaba que se enfriara otro, luego los mezclaba y los volvía a colocar sobre el fuego. De vez en cuando, nos hacía una señal para que nos cubriéramos la nariz y la boca con un paño. Los vapores ascendían hasta escaparse por los agujeros que había en el tejado del granero.

La vaca nos observaba desde un rincón y nosotros hicimos lo mismo con el inventor hasta que mi hermana y mi madre se quedaron dormidas. Al poco, lo hizo mi padre. Yo intenté permanecer despierto, fascinado por aquel entramado que no comprendía. Recuerdo que el inventor se movía de un lado a otro, consultando su cuaderno y murmurando entre dientes. Después, yo también me dormí.

A la mañana siguiente, nos despertaron sus gritos.

—¡Vengan, rápido! No nos queda mucho tiempo.

Salimos del granero y vimos que el inventor caminaba hacia el maizal. Llevaba una regadera en sus manos. Somnolientos aún, llegamos a su lado. Todas las plantas estaban cubiertas de insectos que comían sin descanso.

—Observen.

E inclinó la regadera sobre la planta más cercana. El líquido mojó las hojas y las langostas que allí estaban se agitaron nerviosas, después revolotearon unos metros por encima y volvieron a posarse en la planta. Tardaron segundos en reemprender su voraz faena. Extrañados, nos miramos los unos a los otros.

—No ocurre nada —dijo mi padre.

Mi madre se tapó los ojos con las manos y lloró en silencio.

—Esperen, por favor.

Contuvimos la respiración. Podíamos oír a miles de insectos masticar al unísono.

—Miren.

La planta, todavía mojada, fue recuperando su verdor original cuando las langostas marrones, poco a poco, se retiraron de ella y alzaron el vuelo para ir a ocupar otras.

—Es, es… ¡Increíble! —sin dejar de llorar, mi madre abrazó al inventor y le cubrió de besos sus mejillas—. ¡Increíble!

Mi padre tocaba las hojas de la planta. Ya no quedaba rastro del líquido, pero las langostas seguían sin acercarse a ella.

—¿Y ahora qué? —preguntó mi padre.

—Fabricaremos más. —Y el inventor regresó decidido al granero.

*

Dos días más tarde habíamos rociado todo cuanto pudimos, que en realidad no fue más que una pequeña parte del maizal. El resto fue devorado por los insectos y al tercer día, cuando ya no había más que comer, se fueron en busca de otras plantaciones.

Recuerdo esa última noche. Agotados, los cinco nos sentamos en el porche.

Mi madre preparó empanadas de gallina y maíz asado. Mi padre abrió una botella de vino y todos, incluso yo, bebimos un poco.

Casi acabada la cena, con el postre, mi padre se puso en pie.

—Por nuestro amigo. —Y alzó el vaso.

Todos aplaudimos. El joven agachó la cabeza, avergonzado.

—Es una suerte que apareciera usted en nuestra granja —continuó mi padre—. Sin su ayuda lo habríamos perdido todo.

—No es nada.

—Sí que lo es, sí. —Mi madre le sirvió un trozo de pastel de calabaza—. Cualquier otro habría sido incapaz de hacer frente a algo así.

—No entiendo.

—Mi mujer se refiere al dios que vivió con nosotros hace un tiempo, antes de que usted llegara. Creo que ya le hablé de él.

—Un farsante —siguió mi madre—. Eso es lo que era. Ni más, ni menos.

—Bueno, bueno. —Y mi padre sonrió tratando de calmarla—. Es muy dura con él, pero el dios algo hizo, algo hizo.

Me puso la mano en el hombro y me miró del mismo modo que había hecho unos días antes.

—En fin… —Mi padre soltó el aire en un suspiro—. Qué importa eso ahora, ¿verdad? Por lo que a mí respecta: ¡usted es como un dios!

Levantó el vaso y todos bebimos de nuevo. Mi hermana se divertía subiendo y bajando el cristal vacío.

—Es muy amable —comenzó a decir el inventor—, todos ustedes lo son. No quiero resultar impertinente, y menos en una noche así… Tan solo quería decir que yo no soy un dios.

—Por supuesto, joven. Eso ya lo sé. —Mi padre sonrió mientras rellenaba los vasos—. Digo que para mí es como si lo fuera. Nunca entendí cómo él hacía las cosas que hacía, y que venga otra plaga si sé cómo consiguió usted crear ese líquido.

—Se trataba de mezclar los ingredientes en el orden y proporción correcto. Usted lo vio.

—Sí, claro que lo vi, pero ¿acaso lo entiendo? Un misterio absoluto.

—Consiguió que salváramos una parte de la cosecha. —Mi madre sonreía emocionada—. Eso es lo que importa. ¿Un poco más de pastel?

El inventor parecía turbado, como si una niebla se deslizara por sus ojos. Tras unos segundos callado volvió a hablar.

—Perdonen que insista, pero ¿creen que ese dios habría acabado con la plaga de alguna forma?

—En absoluto —respondió mi madre—. Ya le he dicho que era un inútil.

El inventor no desvió la mirada de mi padre.

—Bueno, tal vez no ese dios, pero quien sabe si otro con algo más de ímpetu. Además, hay algo en lo que he pensado durante estos días. No puede ser una casualidad que al poco de que el dios se marchara, nos hayamos tenido que enfrentar a esto, ¿no cree que es algo sospechoso?

Recordé la noche en la que el dios se fue. Mi hermana parada, prediciendo la llegada de la nube. Tal vez ella lo viera irse.

—Lo siento, pero no puedo estar de acuerdo con usted. —El inventor se levantó de la silla—. Si me disculpan. Estoy agotado y necesito dormir.

—Vamos, muchacho. Hágame el favor de no enfadarse. Me he explicado mal. Por supuesto que agradezco su ayuda. Sin duda alguna, usted ha sido la solución, pero ¿y si la ausencia del dios fue lo que originó el problema? Es todo lo que digo. Puede que le ofendiéramos de alguna forma.

—¿Eso crees? —intervino mi madre. Parecía preocupada por una posibilidad que jamás había contemplado.

—Quién sabe, mujer. Ya sabes el carácter que tenía.

—Así que, si el dios regresara y le pidiera vivir de nuevo con ustedes…

—Haría lo que siempre he hecho, joven: lo que fuera mejor para mi familia.

—Pero él se fue, les abandonó. ¿No ven lo estúpida que resulta su creencia?

Todos nos callamos. La voz del inventor quedó flotando en el aire cálido de la noche. Mi hermana levantó el vaso vacío y eructó.

—Óigame —dijo mi padre—. El dios existió. Vaya que sí. Y durmió en el mismo colchón en el que lo hace usted ahora. Que yo no entienda lo que él hacía o lo que usted hace no les convierte en algo irreal. ¿O es que usted es de mentira?

Mi padre vació el vaso y con un golpe seco lo dejó sobre la mesa. El silencio volvió a adueñarse del espacio, y, esta vez, ni siquiera mi hermana se atrevió a moverse.

—Les ruego que me perdonen —dijo el inventor—. Estoy muy cansado y sin duda he bebido más de lo que acostumbro.

—¿Desea que le prepare una infusión? —se ofreció mi madre.

—No, gracias. No se moleste. Lo único que necesito es descansar. Buenas noches.

Miró una última vez a mi padre y entró en la casa.

No abrimos la boca hasta que, al cabo de un rato, mi padre observó su muñeca y el reloj que le había regalado el inventor.

—Es tarde. Vamos a dormir.

Uno tras otro fuimos entrando en la casa. Antes de retirarse, vi a mi padre contemplar el campo. Bajo la tenue luz de la luna no parecía que hubiese dos partes: la arrasada por los insectos y, a su lado, la que el líquido del inventor había preservado. En la oscuridad no se distinguía dónde empezaba una y dónde la otra. Sin embargo, ahí estaban las dos y yo tuve la certeza de que así era, a pesar de que la poca luz me impidiera ver la diferencia. Mi padre apagó el candil, el perro ladró un par de veces y, después sí, ya no se oyó nada durante toda la noche.

Al día siguiente, mi madre llamó a la puerta de la habitación del inventor.

—¡El desayuno! —Y, al cabo de unos segundos, golpeó otra vez con los nudillos—. Es tarde ya. Se le va a quedar frío el desayuno.

No obtuvo respuesta.

—¿Oiga? ¿Se encuentra bien?

Acercó la oreja a la madera, pero nada se movía allí dentro.

—Voy a entrar si no le importa…

Aquel hombre me había enseñado lo que era un calendario. Gracias a eso supe que nos dejó el día séptimo del cuarto mes. Mi hermana me acompañó hasta la cerca y de nuevo colocamos el cartel. Me quedé un rato observando la carretera polvorienta. Nunca hasta entonces había sentido curiosidad por saber dónde acabaría.

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