Imagen de portada: ‘Man In Prison’, de Johann Adam Ackermann (1833).
Muchos lectores de Zenda me preguntan qué es la Escuela de Imaginadores, o qué la hace diferente a otros talleres de escritura. Podría enumerar tantas cosas que me quedaría sin espacio. Pero aprovecharé el relato de hoy para ilustrar por qué a veces digo que la Escuela de Imaginadores es como una familia. Nuestro autor del mes de junio, Alberto Rull Coig-O’Donnell, es productor ejecutivo, consultor de medios y guionista. También toca la guitarra eléctrica en una banda de rock. Su pareja, la imaginadora Mamen de Blas, escribió con nosotros la novela El método Elisa, recientemente publicada por Maeva Noir, y en esta sección de Zenda destacamos su relato «La maleta». Alberto adaptó el cuento de Mamen como guion de cortometraje, y estos años ha sido finalista en el Cannes Script Award, nominado a mejor guion en el Festival Internacional API de Rumanía y acaba de ser seleccionado para participar en los Tokyo Film & Screenplay Awards. Alberto y Mamen tienen dos hijos. Él es batería en una banda de metalcore. Ella es productora ejecutiva, también canta y toca la guitarra. Esperamos que pronto ambos se conviertan en escritores.
«Una mala noche» no está entre los relatos propios favoritos de Alberto Rull, le recuerda demasiado su trabajo como guionista. Pero a mí me parece limpio, potente y representativo de lo que sabe hacer. En una familia también nos desobedecemos. No obstante, dejo aquí constancia por escrito de que cuenta con otros muchos registros literarios. Que lo disfruten.
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Una mala noche
Un joven adolescente esposado y con cara de cansancio entra en una pequeña sala con las paredes desnudas de gotelé. La luz fría fluorescente emite pequeñas vibraciones acompañadas de un tenue y continuo zumbido. Una mujer en su treintena avanzada y vestida de manera formal camina detrás de él. Se gira y se dirige al agente de policía que les escolta, de corte poco marcial y con la corbata negra torcida y mal ajustada al cuello de la arrugada camisa.
—¿Está segura?
—Sí.
El funcionario retira sin cuidado las esposas al joven, que emite un quejido. La mujer y el joven se mantienen en silencio en la sala mientras el hombre atraviesa el marco de la única puerta de cristal translúcido. Su sombra deformada preside la reunión.
—Muchas gracias, joder. ¿Isabel, verdad? Que yo no sé qué cojones está pasando. ¿Y mi mama, cómo está mi mama?
—Está todo bien. Ahora respira, Javi.
Javi toma aliento.
—Vamos por partes. Me ha llamado María, que se ha enterado por tus padres de la detención.
—Joder. María —deja escapar el aire aliviado.
—Ahora vas a llamar a casa. Pero va a ser una llamada corta y tienes que saber que la van a estar escuchando y grabando.
Isabel posa su mano en el teléfono.
—¿Listo?
Javi asiente. Isabel toma el auricular, alguien contesta, pero no se distingue la voz del interlocutor.
—Sí, por favor. Llamada de don Javier Rodríguez a su domicilio. Sí. —Se dirige a Javi—. Dime el número de tu casa.
—El cuatorsnnnsunoceroinocho —dice atropelladamente, no se le entiende.
—Otra vez. Más despacio —pregunta Isabel, paciente.
—Perdón: cuatro-cero-uno-nueve-nueve-seis-ocho.
—Sí, noventa y uno, cuatro-cero-uno-nueve-nueve-seis-ocho. Gracias. —Isabel cuelga el auricular—. Ahora llaman y nos lo pasan. Respira profundo.
Javi camina de un lado al otro de la sala, nervioso.
—Mi padre me la va a liar, a ver qué coño le cuento.
—Siéntate, por favor.
Javi obedece y se sienta en una silla al otro lado de la mesa, que vibra con el movimiento compulsivo de su pierna. Isabel rodea la mesa atornillada al suelo y se sitúa a espaldas de Javi, que mira fijamente el teléfono, y apoya las manos sobre sus hombros.
—Tienes poco tiempo, aprovéchalo bien.
Javi cierra los ojos, respira profundamente y asiente. Los dos permanecen en silencio. Tan solo se escuchan los ruidos de fondo, voces, timbres y conversaciones en voz baja. Javi abre los ojos y le mira con cara asustada.
—¿Luego me dejarán irme, verdad?
Antes de que Isabel pueda contestar, atruena el timbre del teléfono sobre la mesa. Javi la mira pidiendo permiso. Isabel le indica que conteste.
—¿Sí? ¿Papa? ¿Papa? Sí, sí… Espero. ¡Joder!
Isabel le hace un gesto con las palmas de las manos rogándole calma. Javi escucha una voz en el auricular.
—¡Papa! ¡No me grites! Que no, que estaba en casa, te lo juro. ¿Y la mama? Pásamela… Ya… Papa, dile que no se preocupe, que luego voy a casa… Pues claro, coño.
Javi mira a Isabel implorando que confirme lo que acaba de decir. Isabel no responde. Javi ahora levanta la voz.
—¿Qué han registrao mi cuarto? ¿Y se han llevao algo?
Javi se incorpora. Isabel repite el gesto y Javi se aposenta lentamente, manteniendo la oreja pegada al auricular.
—Joder, papa, otra vez. ¡Que no! ¡Y yo qué coño sé!
El joven se incorpora violentamente con la última frase y la silla cae con estrépito al suelo. El policía abre la puerta y mira a Isabel con preocupación. Esta le hace un gesto de que no pasa nada. La puerta vuelve a cerrarse y el policía a proyectar sus sombras sobre el cristal.
Javi escucha de pie y en silencio a su padre. Ahora responde con un tono más suave.
—Está aquí. Ya me ha dicho que la avisó María… ¿Está con la mama? Vale, mejor. Si llama la Susi…
Isabel le avisa señalando con su índice el reloj de pulsera, que vaya acabando, que el tiempo se agota.
—Dile a la mama que la quiero mucho y que no se preocupe… ¿Papa? ¡Que la han cortao, mierda! —se dirige a Isabel.
Javi cuelga el teléfono con violencia.
—¡Me cago en la puta! ¿Cuándo coño salgo de aquí?
Isabel, paciente, toma aire y responde.
—Tranquilo, Javi. Primero tenemos que hablar. ¿Por qué te han detenido?
—¡Y yo qué sé!
—Algo te han tenido que decir.
—Algo de un tío que le han pinchado en un cajero. Joder.
—¿Y qué tienes que ver?
—Eso me gustaría saber. Me cago en su puta madre. Y delante de mis padres y de todo el barrio. ¡Les voy a poner una demanda que se van a cagar! ¡Tú eres abogada!
Isabel se levanta, camina por la sala y agarra la silla caída, se la acerca despacio a Javi y, con un gesto suave pero firme, hace que se siente. Ella lo hace a su lado, sobre la mesa.
—María me ha dicho que eres su amigo de toda la vida y que eres muy buena persona. ¿Es verdad?
—María no es mi vecina, es mi hermana. Te lo juro por mi mama. —Javi besa una palmera colgada de una cadena que lleva en el cuello.
—Primero, me voy a enterar bien de todo y a ver si podemos sacarte rápido. ¿Ok?
Javi está aturdido. Isabel apoya su mano sobre la de él.
—¿Ok?
Javi vuelve en sí y contesta.
—Sí. Sí.
Isabel se incorpora, se dirige hacia la puerta de la salita y da dos golpes suaves. Se gira hacia Javi antes de salir.
—Tú te quedas aquí tranquilo. Vuelvo pronto y te cuento.
El policía de guardia en la puerta abre desde fuera. Lleva un café en la mano que, al abrir, se le derrama sobre la camisa.
—Necesito hablar con el inspector. Gracias.
El policía hace un gesto de fastidio e intenta secarse la camisa con la manga, con un mal resultado. Finalmente, cierra la puerta, dejando a Javi solo en la sala. Este baja la cabeza, la apoya sobre la mesa y mantiene su mirada sobre la puerta. Escucha atento los sonidos de la comisaría y observa, absorto, las figuras y sombras deformadas que transitan por delante.
La puerta de la sala se abre violentamente, entra Isabel y cierra de un portazo. Habla seria, fría, profesional.
—¿Qué pasó anoche? De verdad.
—Ya se lo he contado a la poli. ¿Qué te han dicho?
—María me ha dicho que no eres un delincuente. ¿Tengo que creerla?
—Joder. Claro.
Isabel toma asiento frente a Javi y lo observa analizándole en silencio antes de hablar.
—Te acusan de haber atracado a un hombre en un cajero automático.
—¡Pero qué coño!
—Y apuñalarle.
Javi se levanta de un salto.
—¡Una mierda!
Se apoya en la mesa y acerca su cara a la de Isabel. Una vena azulada aparece en su cuello.
—Mentira. ¡Me cago en la puta!
Isabel mantiene la mirada. Está serena. Aparenta la seguridad que proporciona estar acostumbrada a enfrentarse a situaciones parecidas. Habla con calma:
—Siéntate. Por favor. Tenemos que preparar tu declaración.
Javi se revuelve y se gira, quedándose de pie mirando hacia la puerta. Parece que se dirija a la sombra deforme del policía tras el cristal.
—Pues que soy inocente, hostias. ¡I-no-cen-te! —susurra.
—Para, por favor. Necesito que te calmes y que podamos hablar.
Javi se gira hacia Isabel. La mira con furia. Isabel no cede y aguanta la mirada. Javi se aproxima a la mesa y se desploma sobre la silla.
—Y eso no es lo peor.
—¿Qué puede ser peor?
—Que la víctima te ha reconocido.
—Imposible.
—Le han mostrado unas fotos en el hospital y te ha reconocido.
—¿Qué fotos?
—Las que guardan en los archivos.
Javi se derrumba. Tiene la mirada fija, vacía. Algo se le ha roto por dentro. Isabel continúa con tono firme, pero suave.
—¿Qué antecedentes tienes?
Javi niega con la cabeza. Está cansado y abatido.
—¿Te han detenido alguna vez?
Javi no contesta.
—Cuéntamelo, por favor.
Isabel se muestra confidente. Javi está en shock.
—Javi. Mírame.
Javi no reacciona. Tras unos segundos, vuelve en sí.
—¿Cuánto cobras?
—Yo soy del turno de oficio. O sea, que de pagar, nada. Defiendo.
Silencio. Javi respira con alivio.
—¿No te has dado cuenta de cómo me miraban los policías cuando he llegado?
Esta frase capta la atención de Javi.
—Me conocen y les doy mucha guerra. —Hace una pausa—. Y ahora tú eres mi cliente.
Isabel mira fijamente a los ojos a Javi.
—Pero necesito saber todo. La verdad. Solo así te puedo ayudar. Por favor.
Javi vuelve en sí. Apoya los brazos sobre la mesa. Bebe un sorbo de agua de un vaso marrón de cartón.
—Te lo vuelvo a preguntar. ¿Por qué tiene la policía una foto tuya?
Javi arranca a hablar en un tono bajo.
—Hace un par de años. Una mierda.
Isabel le indica con un gesto de satisfacción que siga hablando.
—Joder. Estaba con el Charli y no se le ocurrió otra cosa que tapar un número de la matrícula del coche con cinta aislante.
Hace una breve pausa, duda, pero prosigue con la historia.
—Nos estábamos fumando un porro cuando apareció la pasma. Nos metieron en la lechera y nos trajeron aquí. Pero no fue nada. Llamaron a mis padres y me vinieron a buscar.
—¿Te hicieron fotos?
—Para no acordarme.
—¿Y después?
Javi toma aire y continúa.
—Pues que el viejo me dio una hostia que me puso la jeta del revés. No veas la mala leche que tiene.
—No me refiero a eso. ¿Tuviste que ir a un juzgado después?
—Sí. Fui con los viejos. Una jueza me echó una bronca. Pero nada más. Yo no había hecho nada… y me pusieron una multa que pagó el viejo por lo del porro.
—¿Y tu colega?
—Un poco peor, porque a él le pillaron haciendo lo de la matrícula. Pero vamos, que nada serio. Al viejo no le mola nada que salga con él.
—¿Qué edad tenías?
—Dieciséis.
Isabel se queda pensativa. Un brillo aparece en sus ojos.
—Ahora vamos a repasar qué hiciste ayer a la hora del atraco. No me mientas.
Javi despierta de su letargo y se incorpora en la silla.
—¿Quieres saber la puta verdad?
—Por supuesto. Cuéntamelo con pelos y señales, necesito saberlo.
—¡Que me agarré un pedo del quince! ¡Pregúntale al Charli y a la Susi!
Isabel le corta.
—Piénsatelo bien, que lo vas a tener que contar varias veces.
Javi grita:
—¡Que estaba sobando, coño!
Isabel sonríe y apunta algo en su libreta.
—Ya. Claro.


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