Inicio > Blogs > Relatos de la Escuela de Imaginadores > Gulliver, un cuento de Ignacio Rengel Lucena
Gulliver, un cuento de Ignacio Rengel Lucena

En estos tiempos de fin del mundo, de injusticias, de abusos, de fenómenos astronómicos preapocalípticos y de ocultar el sol con un dedo, la literatura es más necesaria que nunca. Necesitamos pensar, leer, escribir, reposar. Y en la Escuela de Imaginadores estamos convencidos de que el pensamiento crítico y la denuncia se pueden ejercer también desde premisas fantásticas. Y por eso traemos justo en estas fechas el breve relato titulado «Gulliver», de Ignacio Rengel Lucena, dotado de una buena dosis de imaginación.

El imaginador Ignacio Rengel Lucena (Málaga, 1980) es actor. Inició su carrera de la mano de Sergio Peris-Mencheta y ahora combina el teatro con la televisión (su última colaboración fue en Machos Alfa, de Netflix), con la locución de audiolibros para Penguin Audio y con la escritura de su primera novela. «Gulliver» ha sido publicado en la antología Un pájaro hecho de pájaros, y es tan vertiginoso como demoledor.

******

GULLIVER

Le tiemblan las manos, la boca le sabe a arena húmeda. Dentro de los oídos la sangre golpea queriendo derribar un muro infranqueable. El aire entra en sus pulmones en bocanadas profundas y rápidas, como el almuerzo de una ballena. Mira al cielo y ve el sol de la tarde iluminando el raso.  Alguien a quien no distingue apenas corre también a lo lejos en otra dirección. Se toca el codo derecho. Ya no duele. Recupera la fuerza y da una zancada que arranca el resto. No es el zapato adecuado, no es el pantalón adecuado, no es la blusa adecuada. No tiene su bolso, no tiene las llaves de casa. Hay una pareja abrazada llorando de pie junto a la puerta del banco. Después de rebasarles, piensa de modo intermitente, desordenado y eléctrico, en lo felices que debieron de ser para sentirse así de desgraciados. Quienes están en su lugar en el mundo justo ahora son quienes más atormentados se sienten. Como si pasar al más allá costara una sola moneda de alegría, pero fuera lo único que tuvieras en el bolsillo.

Hay decenas de coches y motos en las carreteras. Algunos, unos pocos, siguen arrancados. Casi todos tienen alguna puerta abierta, casi ninguno tiene señales de accidente. Están ahí, recién abandonados. O quizá cedidos por quienes han pensado en alguien como ella, que cruza la ciudad de punta a punta a toda carrera. Alguien que tiene que llegar donde nadie la está esperando antes de que todo acabe. Alguien con el abandono suficiente como para no soportar el final, sino ir a provocarlo. Alguien que no tiene tiempo de aprender a conducir y perder un tiempo precioso y menguante.

Recuerda con detalle el dolor entre las piernas en la cama de hospital y la habitación aún difusa por el mareo. Despertar después de cuatro días en observación tras aquel accidente en que murieron sus padres. El desamparo cuando lo supo, la fingida mirada paternal del Dr. Hernando. Los cuatro años posteriores en casa de sus tíos, que hacían lo que podían para reconfortarla. Las pesadillas recurrentes de un demonio con bata blanca, o una enredadera atrapando sus piernas, o un toro enfurecido que acababa siempre penetrándola. Recuerda las manos suaves del médico. El olor a clorhexidina. La humedad del lubricante. La pesadez de los párpados.

Le estremecía el pavor al imaginarse sentándose al volante en un coche o a horcajadas en una moto. Había renunciado sin poder evitarlo a trasladarse de cualquier otro modo que no fuera andando a todas partes. Cambió sus hábitos, sus rutinas. Se levantaba tempranísimo para poder llegar a la primera clase en la universidad. Volvía a casa siempre antes de que la luz se escondiera en el horizonte. Se sentía reclusa en una ciudad que ahora se le antoja más extensa que nunca, donde el destino ahora parece no estar en un lugar, sino proyectado en un vector que se aleja cada vez más. Calle Escritor Ernesto Cardenal, número 6, número 27, número 8.955.

Pasa corriendo bajo los semáforos en rojo, cruzando en diagonal avenidas enteras. El eco de sus pasos llama la atención de algún vecino que aún tiene el ánimo de ver qué sucede desde su balcón. Está arrepentida de no haber tomado la decisión antes, de haber dado tantas vueltas a una idea tan sencilla. La maldita educación cristiana de la culpa la tuvo rumiando algo que sencillamente no podrá tener consecuencias. Ahora, sudando y enrojecida, solo es capaz de ir todo lo deprisa que le permiten sus piernas y el cuchillo de cocina que tiene en la mano. El GPS aún funciona en el teléfono. Quedan unos treinta y cinco minutos a pie, según la aplicación. Pero no al paso al que va ella, que con sus pies parece pretender acelerar la rotación terrestre.

Los puestos militares están abandonados. Fueron improvisados durante un par de semanas para apaciguar los altercados que necesariamente los seres humanos provocan cada vez que hay un apocalipsis. Pero esta vez es de verdad y la humanidad está en estado de shock. No hay tumultos en las calles saqueando comercios, ni siquiera hay grandes grupos reunidos en las plazas para rezar o para negar a gritos lo que está a punto de suceder. Hay un silencio urbano que se expande por todos los husos horarios, un estertor sereno, consciente. El cielo sigue estando despejado allí donde ella atraviesa carreteras, parques, sujetando un cuchillo en mitad de un barrio que ni siquiera la observa, pensando en que solo tiene una oportunidad para hacer todo el daño posible.

Ha estado en terapia estos cuatro años, tratando de desactivar pensamientos suicidas. Reuniendo fuerzas para continuar cada día con su vida rota. Acudiendo a las prácticas en la facultad, ordenando cada hora para afrontar la siguiente. Las sesiones comenzaron siendo cada tres días y ya llevaba un tiempo pudiendo espaciarlas un mes entre ellas. Estaba a punto de atreverse a denunciar al doctor Javier Hernando Liébana por delito sexual, que es como asépticamente se denomina al abuso continuado de una paciente una vez se cierra la puerta de la habitación. Ha tenido cuatro años para identificar que fue él y no otra persona del hospital, para no entenderlo, para evitar el tema en las sesiones, para curar los cortes en las piernas que ella misma se hacía, para mirar a sus tíos a la cara y no confesarlo, para sentir culpa, asco, rabia, pena, cansancio. Para no olvidarlo. Está al final de la calle Escritor Ernesto Cardenal, en una urbanización cercana a la capital. Se agarra de una farola en la acera de la esquina para poder girar sin detenerse.

«No hay margen para la desviación». Fueron las palabras decisivas para que todos los gobiernos de la Tierra comprendieran que no hay posibilidad de escapar de una devastación global. Los términos «universal», «total» o «definitivo» quedaron ridículamente relativizados al comprender que después de todas las guerras, los avances sociales o las artes, quedará un hueco lleno de polvo cósmico que nada ni nadie más conservará en su memoria. Todos los cálculos llegaron a la misma conclusión. Todas las agencias científicas buscaron las palabras más amables para hablar de una colisión espacial que se llevaría por delante un planeta más que resulta ser este. Gulliver es un protoplaneta que hace decenas de miles de años se escapó del campo de atracción de un agujero negro a cientos de años luz. Gulliver tiene la mitad de la masa de este mundo y hoy, esta misma tarde, va a hacerlo desaparecer.

A lo largo de la calle hay casas grandes con jardín y piscina. De vez en cuando, un sonido lejano rompe la calma: una sirena que no va a ninguna parte, una moto que arranca y se aleja hacia un lugar donde tampoco habrá salvación, un portazo seco. La ciudad está conteniendo el aliento. Ya no se oyen peleas, ni risas, ni música. Alguna radio encendida aún, colocada en una ventana, lanza trozos de discursos oficiales que se diluyen en el aire caliente. El móvil vibra. El número 32 está en rojo contabilizando las llamadas perdidas. Sus tíos tampoco sobrevivirán al impacto. Deja caer el teléfono en el suelo cincuenta metros antes de detenerse frente a una puerta de color acero. El muro no es demasiado alto, quizá porque aquí sí patrulla frecuentemente la policía, que siempre protege a los mismos. La arquitectura sabe dónde puede ahorrarse hormigón. El último obstáculo de clase para unas piernas ya exhaustas. Está temblando. Aprovecha una grieta para impulsarse hasta superar la pared y caer a un robusto seto. El cielo se va oscureciendo porque Gulliver acaba de interponerse entre el sol y las nubes. Se incorpora despacio, se sacude una hoja que se le ha pegado al muslo y, por primera vez desde que salió de casa, se obliga a caminar en lugar de correr. El cuchillo pesa distinto cuando no va a juego con el impulso. Siente el mango húmedo, el filo moverse pegado al costado.

Dentro hay aparcados dos coches enormes, algunos juguetes infantiles desordenan el suelo verde de hierba perfectamente cortada. Avanza agachada hasta el porche. La puerta de la casa es de madera maciza, barnizada hace poco; huele aún a químicos caros. Hay macetas con geranios a ambos lados, una regadera azul volcada, una pelota de goma espuma encajada bajo una silla plegable. Llama al timbre. Por dentro suena una campanilla breve, casi amable. Espera. Por alguna razón sabe que en un momento como este, será el hombre de la casa el que abra la puerta. Reza por que así sea. El cielo súbitamente es como el de una noche polar. Toda la carrera, todos los años de terapia, todas las pesadillas, se condensan en esos dos o tres segundos de aire retenido.

Al abrir la puerta, el aire de la casa le recuerda al de la casa de sus padres, el olor que tienen todos los hogares felices, donde alguien cocina y los demás ponen la mesa, donde a veces se discute, pero siempre hay momentos para reír, el sitio al que volver después de un largo viaje. Dentro hay una mujer con dos niños en brazos. Ella tiene los ojos humedecidos. Ellos están abrazando unos peluches. El doctor Javier Hernando Liébana solo pregunta: «¿Paula?», antes de sentir que un cuchillo ancho le atraviesa el pulmón izquierdo. Ninguno de los que están en esa casa es consciente de que ya no funcionan algunos satélites. El médico desplaza su mirada hasta su herida, que empieza a sangrar de forma muy abundante. Se gira para ver por última vez a su familia. La mujer grita y los niños se ponen a llorar. Paula está de pie sosteniendo el mango de plástico, muda. Mira al hombre derrumbarse. El cielo ha sido sustituido por una pared inmensa de roca extraterrestre. Javier trata de tapar la hemorragia con las manos. Paula cierra los ojos. De pronto, un ruido violento sacude el aire, como una enorme detonación, y después

0/5 (0 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios