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La hora de los chistes, un cuento de Natalia Cantero

La hora de los chistes, un cuento de Natalia Cantero

Imagen de portada: ‘La Clairvoyance’, de René Magritte (1936).

El humor es necesario. Se está perdiendo el sentido del humor, la capacidad de sonreír. Las bases de la empatía. Este mes de septiembre la Escuela de Imaginadores ha seleccionado para los lectores de Zenda un relato, tan breve como preciso, que reflexiona sobre todas estas cuestiones.Y su autora logra hacerlo, cómo no, con un muy particular sentido del humor.

La imaginadora Natalia Cantero (Molina de Segura, Murcia) es licenciada en Periodismo y máster en Literatura y Teatro. A lo largo de su vida laboral ha trabajado en radio, televisión y revistas de temática diversa. «La hora de los chistes» pertenece a su recién publicado libro de cuentos Nada en su sitio (editorial Talentura), que presentaremos en unos días justo debajo de la escuela, en nuestra librería favorita de Madrid.

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La hora de los chistes

Desde que sonrío hacia adentro tengo mucha más vida interior. En el sentido literal lo digo. Todo empezó hace casi un año, cuando me rompí una paleta en una caída estúpida con el patinete de camino a la universidad. Me quedé tirado en el suelo, bocabajo, mientras unos niños me señalaban y se reían. Al día siguiente me graduaba en Derecho y me daba vergüenza que se me viera el diente roto si abría la boca. Así que cuando me preguntaban si estaba contento yo me limitaba a asentir con la cabeza mientras sostenía una expresión seria. Los demás reían cuando me veían mover la cabeza de arriba abajo, repetidamente. La verdad es que nunca en mi vida había estado tan contento. Y cuanto más seria era mi expresión y más asentía, más reían ellos. El caso es que ahora soy mucho más feliz. Sonrío por dentro, desde el cerebro y sin mover los labios nada, y me parece que algo me baja por el cuello y provoca una revolución, una fiesta. De primeras, todo mi cuerpo tiembla un poco. Creo que nadie lo nota, pero yo siento como si todos mis órganos se dispusieran a acudir a un evento que les hace mucha ilusión, pero que mucha ilusión, y se emocionan y saltan y se sacuden y me sacuden a mí sin quererlo. Entonces noto unas cosquillas en la parte de atrás de las rodillas y de los codos y eso me hace sonreír aún más. Me rasco y sonrío y me rasco y sonrío infinito por dentro. En ocasiones sonrío tanto que mi cuerpo no cabe en sí de tanto gozo y espasmos, y lo sé porque huelo los gases que se escapan por mis orejas. Por algún lado tenía que salir tanta alegría. Creo que nadie más los huele, que los demás ni siquiera los ven, y es una pena porque son preciosos, de colores muy vivos y con olores a frutas: verde melón, rojo granada o amarillo limón, según lo que me haya hecho gracia.

En mi familia está preocupados porque dicen que hace ya unos meses que me ven tristón y que me rasco demasiado. Y yo no les cuento nada porque sé que no me creerían y está claro que no puedo demostrar lo que me pasa. Así que les digo que todo está bien, que yo por dentro estoy bien, y ellos me miran desconcertados y luego me besan en la frente provocándome otro temblor. Creo que no soy el único al que le ocurre esto. El otro día en el autobús, de camino al trabajo, vi a una chica que se llevaba las manos a las orejas después de haberse rascado varias veces detrás de los codos. Pensé en hacerle un gesto cómplice y lo único que se me ocurrió fue agacharme y rascarme la parte de atrás de las rodillas mientras la miraba fijamente a los ojos. Me pareció que me entendía porque se puso muy seria, señal de que por dentro comenzaba un verdadero festival. Luego se fue sin decirme nada, parecía tener prisa. Me gustó mucho esa chica. Espero volver a verla y compartir nuestras risas internas algún día.

Desde que he dejado de reírme por fuera la gente me trata de un modo más respetuoso, por eso no está tan mal lo de ser feliz solo por dentro. Además, ya no tengo que estar pensando si está bien reírse en esta o aquella ocasión. El único problema surge a la hora de los chistes en el bufete de abogados donde trabajo ahora. Ahí es cuando todos me miran raro, como preguntándose si no entendí o si es que tengo algún problema. Sin embargo, ríen a carcajadas cuando soy yo quien cuenta el chiste con mi cara seria. Y yo tengo que salir corriendo al baño y golpear la puerta si está ocupado, porque entre el temblor, los gases y el picor estoy que no me aguanto.

Ya a solas, también yo miro mi cara seria en el espejo mientras por dentro el tsunami continúa y los gases se disparan impregnando el aire de colores. Por momentos creo que voy a implosionar. Elevo el labio superior con ayuda de un dedo y veo mi paleta ya recompuesta y confieso que a veces desearía poder reírme también por fuera, aunque sea solo un poquito. Pero entonces, siempre, alguien llama a la puerta.

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