Inicio > Creación > Adelantos editoriales > El espíritu de resistencia, de Vladimir Jankélévitch

El espíritu de resistencia, de Vladimir Jankélévitch

El espíritu de resistencia, de Vladimir Jankélévitch

El espíritu de resistencia (Alpha Decay), de Vladimir Jankélévitch (Bourges. Francia, 1903 – París, 1985), son textos escritos entre 1943 y 1983, que permanecían inéditos hasta su publicación original en Francia. Son el testimonio más importante y comprometido de este filósofo sobre diversas cuestiones relacionadas con el judaísmo. Organizados en bloques temáticos, estos ensayos abordan los ejes principales del pensamiento de Jankélévitch: el antisemitismo y el racismo, la memoria y el olvido o el concepto del “perdón” en relación a la Shoá. 

Zenda adelanta sus primeras páginas.

«ALGUNOS CAMARADAS», BULLETIN DU SERVICE CENTRAL DES DÉPORTÉS ISRAÉLITES, 12, 1947

Experimentamos cierta incomodidad a la hora de de­finir las marcas del intelectual «judío», puesto que los judíos existen principalmente por la voluntad de la camisa parda en busca de un pueblo maldito y tam­bién por una suerte de solidaridad secundaria que la costumbre de la persecución ha acabado creando entre espíritus muy diferentes: la experiencia inme­morial de la humillación, el complejo minoritario, es decir, la sensación de pertenecer, en el ambiente que sea, a una minoría sospechosa o despreciada, y la inferiorización psicológica que resulta de semejan­te complejo… son rasgos del todo negativos. Victor Basch era un republicano en la gran tradición ja­cobina y universalista de Francia; pero el húngaro Politzer era un marxista dialéctico; marxista era también el joven y encantador ruso Valentin Feld­man. Albert Lautman era matemático; Feldman y Basch especialistas en estética; Ascoli, historiador de la literatura. Esos mártires compartían al menos un rasgo, un rasgo común con el grupo indeterminado de los judíos, de los chivos expiatorios de la estupi­dez sanguinaria llamada aria; y, junto con el filósofo criticista Hermann Cohen, cabría llamar a ese rasgo la necesidad de justicia.

La necesidad de justicia es más grande entre los hombres culpables por su simple nacimiento (y no por sus actos, sino por su ser) que entre los burgue­ses hereditaria y cómodamente instalados de padres a hijos en los marcos de su medio tradicional y que se reproducen in situ. La adaptación a la vida peli­grosa, amenazada, impugnada, ha desarrollado entre los judíos una especie de predisposición a pensar uni­versalmente que, en los otros hombres, es resultado más bien de esfuerzos y de una costosa victoria sobre los reflejos familiares; de ahí también esa libertad del todo natural en las audacias ideológicas, ese pleno desapego también en relación con lo instituido que es tan natural en la nación rusa, pero tan ajeno a las na­ciones rentistas y propietarias de Occidente; hay en el judío, como en el ruso, cierto pathos de la precariedad de la existencia, del carácter contingente, arbitrario y fútil de sus jerarquías y, en consecuencia, una sensi­bilidad ante la impostura biempensante y académica, una facilidad para eludir las mistificaciones y las su­percherías, que constituyen el verdadero sentido de la expresión unos dones metafísicos. El ario está en casa aquí abajo, bien flanqueado por sus académicos, sus cardenales y sus mercaderes de cañones («es de aquí», dicen los comerciantes del distrito VI parisino); y, si bien la crítica social ha adoptado entre los no judíos las formas más radicales, siempre conserva el rostro de la paradoja y coloca a su autor al margen de toda respetabilidad. Desde luego, esa crítica no tiene nin­gún carácter heroico en el judío, que es desapegado y revolucionario desde el día mismo de su nacimiento.

Esa libertad no ya excepcional sino del todo natural en relación con las estrecheces terrenas y ancestra­les señalaba a los fascistas los ciudadanos provistos de un estado civil dudoso. El universitario judío, el profesor judío, el intelectual judío han sido los chi­vos expiatorios privilegiados del canibalismo fascista. Ante todo porque, sobre el hombre débil, el atleta imbécil, sanguinario y terrorífico consigue sus victorias más fáciles; la humillación más divertida es la que se inflige al hombre sin músculos, al hombre ator­mentado por unas ideas. El pueblo errante no tiene el manejo fácil e innato de la existencia que caracteriza al pueblo propietario en su propiedad; posee el gusto por la vida, pero no sabe la forma de usarlo; es torpe, falsamente despreocupado, como un tímido que fin­ge desparpajo. ¡Qué gran presa para los dolicocéfalos rubios! Escuchen a los bribones dinámicos hablar de los ideólogos judíos; escúchenlos, a esos gamberros delirantes que nos han perseguido, disertar sobre el «intelectualismo» de Israel. ¡Ah! ¡Qué orgullosos que están de ser autóctonos, esos hombres de deslumbrantes correajes! Sin embargo, si se escucha con un poco más de atención el galimatías neoespartano de esa brillante juventud, no se tarda en percibir la inten­ción ambivalente. El ario estúpido, el fanfarrón con botas que tiene toda su inteligencia en la entrepierna está enamorado en secreto de la peligrosa novedad de la que el judío es portador; el pueblo «internacional» y anarquista, disolvente en todas partes, encarna para esos hombres bien nacidos la deliciosa tentación que les proporciona el gusto de vivir, que conserva en las relaciones sociales lo chispeante de la emulación y la fecunda voluptuosidad. ¿Qué le ocurriría al aborigen sin su alógeno, su vital, su querido alógeno que le aporta el oxígeno y el fecundo mestizaje? Si Dios no hubiera creado a los hombres impuros, ¿no reventa­ría de degeneración y senilidad el hombre demasiado puro? El pueblo despreciado representa para el pue­blo químicamente puro y aséptico la total libertad en relación con los prejuicios, la culpable y encantadora ligereza de una conciencia sin tradiciones, toda esa sutileza, en fin, y esa locuacidad y esa voluptuosidad que tanto faltan a las existencias provincianas anhe­lantes de adulterio y aventuras. El judío, para los no­bles dolicocéfalos, es el atractivo pecado y el fruto de la ciencia prohibida… ¿Cómo no harían pagar caro ese desarraigo despreciado y envidiado a la vez, ese tabú de la vida sin amarras?

Sólo teníamos que hablar de los intelectuales «ju­díos». Sin embargo, el fascismo es el enemigo heredi­tario de todo pensamiento, sea el que sea, y la muerte que no conoce numerus clausus no ha distinguido entre Albert Lautman y su hermano en el martirio, el heroico Jean Cavaillès, fusilado en Arras por los alemanes en 1944; ni entre Valentin Feldman y el admirable François Cuzin, muerto combatiendo por la libertad mientras otros proseguían una provechosa carrera en una uni­versidad libre por fin de judíos y marxistas. Lautman y Cavaillès, el judío y el cristiano, no habían cumplido cuarenta años ninguno de los dos; eran los dos, el uno más platónico, el otro más formalista, los maestros de la filosofía matemática francesa. Nos los colocaron contra un muro. Hoy, cuando los caníbales vuelven a encontrar amigos, defensores y pesares en la burguesía distingui­da, es el momento de gritar con Ilya Ehrenbourg: ¡Que caiga la desgracia sobre el pueblo de carniceros y ver­dugos! ¡Que caiga la desgracia sobre los caníbales! ¡Pero que caiga también la vergüenza sobre los horribles bri­bones que entre nosotros los han defendido!

«EL PAPEL ACTIVO DEL TESTIGO», ÉVIDENCES, 1950

1. ¿Han tenido algún efecto benéfico los cata­clismos de los que ha sido víctima en cierto modo privilegiada la raza judía en estos últimos años? En todo caso, han abolido el complejo algo burgués de superioridad que distinguía a los judíos franceses, tan perfecta y largamente asimilados, de sus corre­ligionarios de Europa oriental. La trágica comuni­dad de destino que unió en la misma persecución al banquero parisino y al pequeño sombrerero de Berdýchiv (a Samuel Goldenberg y Schmuyle, como diría Músorgski) ha devuelto a quienes se creían del todo intocables la dignidad de la vida difícil, precaria, impugnada, al tiempo que la percepción de una solidaridad profunda con sus hermanos de los guetos polacos y ucranianos.

2. Es quizá la conciencia de la vida precaria lo que constituye hoy la dignidad esencial de los judíos. Para muchos de nuestros compatriotas, por desgracia, no ocurrió nada en esos cuatro años malditos: muchos sólo conocieron la derrota por los periódicos y a través de algunas molestias del racionamiento. Esos honrados ciudadanos no se dieron cuenta de nada. Los judíos pueden enorgullecerse de pensar que la desgracia de Francia los concernió personal y trágica­mente, que a causa de su propio estatuto personal se encontraron al lado de los franceses más valientes y más puros. No hay judío francés que pueda decirse: en Francia no ocurrió nada entre 1940 y 1944. Ser judío supuso la resistencia obligatoria, la clandestini­dad en casi todos los casos, la vida estrecha, peligrosa, incierta.

3. Existió ahí, llevado al grado extremo de ten­sión, un elemento de seriedad muy característico de la condición judía. Es difícil ser judío. En igualdad de todas las demás condiciones, un judío debe tra­bajar más que otro para imponerse, desplegar más talento, más cualidades profesionales, más abnega­ción que otro para hacerse perdonar la existencia por parte de una mayoría que lo detesta. Un judío debe ser irreprochable; porque a un judío no se le perdona nada. Esa mala conciencia congénita, ese complejo minoritario tienen al judío en vilo, lo obli­gan a ser escrupuloso, exigente consigo mismo y atento consigo mismo, más inquieto que las buenas conciencias que acechan su primer desfallecimiento si quiere retrasar el inevitable momento en el que se le reprochará el nombre.

4. Es positivo que los judíos más asimilados no se sientan absolutamente cómodos en las carreras, las jerarquías, las instituciones de la burguesía. Ese senti­miento de extrañeza que en los adolescentes de hoy, tan bien adaptados por otra parte a la vida parisina, sus éxitos y sus bares metafísicos, no es más que una recitación literaria, ese sentimiento es en todo judío el centro de una experiencia cotidiana y vivida. Los millones de exterminados que el odio alemán, que el sadismo alemán redujo a ceniza son el terrible testi­monio de ello: el sentimiento de inseguridad no es aquí un tema para plumas metafísicas, sino una trágica experiencia de la raza judía. Un judío sabe dentro de sí que las jerarquías humanas son revocables, que la existencia es precaria y el destino transparente.

5. Los judíos franceses son los testigos del odio ale­mán, del odio más feroz y gratuito que ha conocido la Historia. Deberían asumir del modo más decidido ese papel de testigos por una fidelidad inalterable a los grandes recuerdos de la Resistencia, ejercer una desconfianza vigilante y razonada en relación con el acercamiento francoalemán y sus corolarios: el mons­truoso rearme de los delincuentes, la rehabilitación de los delincuentes, la inconfesable complacencia con la ideología de los delincuentes. El destino ha hecho un gran honor a los judíos al designarlos para ese papel junto a los patriotas de la Resistencia francesa y los héroes de la Liberación.

LA RESISTENCIA TIENE ALGO QUE DECIR

La Asamblea Nacional está llamada a ratificar los acuer­dos denominados contractuales que, firmados en Bonn por el gobierno francés, consagran el rearme de la Re­pública Federal Alemana.

Siete años habrán bastado, pues, para que a la Ale­mania rehabilitada, habiendo obtenido un descargo de responsabilidad, se le conceda el poder de rear­marse; siete años habrán bastado para que la nación responsable de la matanza más monstruosa que ha co­nocido la historia sea promovida al rango de campeo­na de la civilización europea. Las innumerables fami­lias de los fusilados, los deportados y tantas víctimas de la guerra todavía buscan el rastro de sus muertos sin sepultura, no se han vuelto a alzar todavía las rui­nas que la ferocidad hitleriana ha acumulado por toda Europa desde Saint-Lô hasta Arnhem, y desde Lon­dres hasta Tolón… y ya la Wehrmacht, blanqueada, se prepara para convertirse de nuevo en muralla de Occidente. Podemos contar con ella: el recuerdo de la Fortaleza Europa no está tan lejos.

Y, como todo está relacionado, vemos crecer aquí mismo, día tras día, la insolencia y el cinismo de los antiguos incívicos. Apenas amnistiadas, y lejos de ha­cerse olvidar, la rehabilitación y la apología de la trai­ción se exhiben en las vitrinas de ciertas librerías; hay quien se vanagloria de sus actos, los héroes y mártires de la Resistencia y la Liberación son insultados impu­nemente. Tanto cinismo no sería posible si los colabo­racionistas no sintieran que la revancha de Alemania y la negación de la victoria común justifican a Goebbels y el Mein Kampf.

Un país invadido y devastado tres veces en setenta años y siempre por el mismo enemigo no puede abdi­car de su voluntad de vivir hasta el punto de aceptar el rearme de sus verdugos.

ES NECESARIO

Que aparezca en nuestro Parlamento una mayoría de diputados franceses que, no habiendo olvidado el París ocupado, los patriotas perseguidos, la cruz ga­mada en la torre Eiffel, se interponga en el camino del crimen que se prepara contra la Patria.

—————————————

Autor: Vladimir Jankélévitch. Traductor: Juan Gabriel López Guix. TítuloEl espíritu de resistencia. Editorial: Alpha Decay. VentaAmazonFnac y Casa del Libro.

0/5 (0 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)