Pasé la última jornada de mi primera estancia en Buenos Aires acompañado por mi amigo Eduardo Goldman. Me recuerdo saltando de taxi en taxi en un recorrido frenético por determinados enclaves de la ciudad que no había podido conocer —de Boca a Puerto Madero y de ahí a Palermo— y apurando luego el tiempo que restaba hasta la salida del buquebús que debía llevarme a Montevideo con un café que nos tomamos en una de las terrazas interiores de las Galerías Pacífico. En ellas sí había estado un par de veces: quedaban a la vuelta de la esquina de mi hotel, más o menos en la frontera que separa lo que allí llaman microcentro del barrio de Retiro, y en algún que otro rato muerto me había entretenido paseando entre sus veleidades neorrenacentistas —es uno de esos edificios con los que la gran metrópoli juega a sentirse deudora de una historia que no le pertenece— y contemplando los murales de sus cúpulas. Mientras charlábamos en un velador, Eduardo intentaba convencerme de las bondades de los centros comerciales, que a él le gustan mucho y a mí nada, con una serie de argumentos que terminaron desembocando en una sentencia lapidaria: «En un shopping no puede pasarte nada malo». No encontré en aquel momento argumentos para rebatirlo. Miré a mi alrededor y, en efecto, no parecían existir allí indicios de la menor propensión a la fatalidad. La gente paseaba ajena a los pesares del mundo, entretenida en sus divagaciones y sus compras, y aunque mi concepto de la diversión tenga poco que ver con pasarse el día recorriendo franquicias comerciales y bares o restaurantes desprovistos de cualquier personalidad, tampoco me considero autorizado para reconvenir a quienes gusten de entregarse a esos afanes.
Pero la objeción que no encontré entonces la he encontrado ahora que ha querido tejer la vida uno de sus azares estrambóticos. Eduardo me envía su última novela, Huecuvú, mientras ando leyendo la estupenda Guía sentimental de Buenos Aires que acaba de publicar Sergio Hojman y en la que las Galerías Pacífico aparecen en un capítulo perturbador. Hojman, que es arquitecto y lleva instalado en España desde que el golpe de Estado y el posterior desgobierno de la Junta Militar lo obligaron a exiliarse de Argentina, desgrana en esas páginas un conocimiento exhaustivo de su ciudad natal que va entremezclando con píldoras memorialísticas y pequeñas acotaciones que se demoran en los márgenes ocultos de la historia. No se limita a describir la ciudad, sino que se entrega con pasión a la tarea de contarla, lo cual conlleva mencionar las oscuridades que jalonan sus épocas pasadas y atender a las incertidumbres que atraviesan su presente. Al respecto de las Pacífico, recuerda Hojman que en sus inicios acogieron exposiciones pictóricas y no tardaron en convertirse en uno de los espacios preferidos por los porteños para sus paseos. Luego fueron conociendo una decadencia paulatina, quedaron abandonadas, se libraron por los pelos de la demolición y si sus pinturas fastuosas no se diluyeron fue porque en 1978, cuando estaba a punto de celebrarse el Mundial de fútbol y para curarse en salud ante las críticas que llegaban desde el exterior, la autoridad dictatorial tuvo a bien encargar su restauración. Ponía así de manifiesto que, si bien las vidas humanas le importaban poco, conservaba cierta sensibilidad hacia la estética.
También está la dictadura en el meollo de ese pasaje al que me refiero. En 1987, cuando el país ya había recuperado la democracia y después de que la justicia condenara oportunamente a Videla y sus secuaces, un equipo de rodaje entró en las Galerías Pacífico para rodar algunas escenas de Ciudad de pobres corazones, una película de Fernando Spiner concebida a partir del disco homónimo de Fito Páez. Estaba a cargo del grupo Arturo Santana, un director de fotografía de origen portugués que había sido secuestrado durante los primeros compases del gobierno militar. Santana bajó al sótano del edificio y comenzó a sentir una congoja agria, un malestar profundo, cuyo motivo no tardó en descifrar. Cuando vio el embaldosado del suelo, supo que aquél era el lugar donde lo habían torturado con la tristemente famosa picana, y su testimonio dio paso a una investigación oficial en la que se concluyó que, efectivamente, durante los años de la infamia el Primer Cuerpo del Ejército había instalado en aquel lugar una mazmorra en cuyas paredes, según se comprobó, resistían las marcas de quienes habían padecido allí cautiverio: nombres propios, fechas, pequeños mensajes en los que inútilmente se suplicaba ayuda. Hojman se pregunta en su libro si su propio hermano, uno de tantos desaparecidos, pudo pasar por aquel centro de castigo antes de que se le perdiera definitivamente el rastro.
Las Galerías Pacífico retomaron su actividad comercial en 1992, después de que el edificio se sometiera a una nueva restauración. No sé si es que se evitó instalar cualquier recordatorio de la barbarie o es que yo no lo vi en aquel viaje en que me dio por frecuentarlas; desde luego, lo desconocía todo acerca de esta historia cuando tomé allí un café con Eduardo y lo escuché decir que en los shoppings no puede pasar nunca nada malo. Tampoco era él consciente de que en esos momentos teníamos bajo nuestros pies lo que durante años supuso para muchos la encarnación misma del infierno. Hasta el lugar más inocuo o más inofensivo puede convertirse en terreno abonado para la ignominia, basta con que el mal encuentre apóstoles dispuestos a defenderlo y los demás finjan que no ven, o miren para otro lado. Luego es fácil repintar las paredes, fregar las baldosas, encender otra vez las luces y dejar que la gente regrese como si no hubiese ocurrido nada; que mire escaparates y pierda el tiempo y haga compras, ajena al horror que anidó no mucho tiempo atrás en el subsuelo.


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