La primera gran noticia editorial que nos trae el incipiente año 2026 llega de la mano de Alfaguara, con su apuesta por la recuperación de la opera omnia de Jorge Luis Borges, a los 40 años de su muerte. La Obra Completa del genial argentino presagia algo similar a un ineludible Año Borges.
De igual modo que a Cervantes le habría bastado escribir el Quijote, a Shakespeare Hamlet, a Kafka sus Diarios, a Joyce Ulises o a García Márquez Cien años de soledad, como a Juan Rulfo le bastó escribir Pedro Páramo, a Borges le habría bastado escribir el cuento (no ya el libro) El Aleph para merecer, como aquéllos, la consideración de autor imprescindible en la inabarcable Historia Universal de la Literatura, donde sin duda ocupa un lugar preeminente.
Borges escribió un considerable número de cuentos (más de cien) o, como él los definió, «ejercicios de prosa narrativa» que ahora aparecen reunidos cronológicamente bajo el título Cuentos completos. De entre esas narraciones, como es natural, uno tiene sus preferidas, a partir de los efectos que su lectura y relecturas, además de mis consecuentes ejercicios de estilo personales e intransferibles, han ido depositando en mí.
Los cuentos de Borges que han quedado para siempre en mi memoria son El Aleph (del libro del mismo título), Funes el memorioso (Artificios) y Pierre Menard, autor del Quijote (El jardín de senderos que se bifurcan), estos dos últimos incluidos en el volumen Ficciones.
El cuento El Aleph ya es pieza imprescindible en la literatura de todos los tiempos, pues reviste lo real con elementos oníricos para conseguir los sorprendentes efectos iridiscentes propios de la genialidad artística, abarcando, en suma, las inefables dimensiones del Universo concentrado no más que en un punto donde el tiempo y el espacio se agazapan en las reducidas dimensiones de un caleidoscopio, pequeña esfera tornasolada, o algo similar, sujeto a la máxima gestáltica que proclama que el todo es más que la suma de sus partes. Tal prodigio se guarda en una casa de la calle Garay, en Buenos Aires. La voz que nos cuenta semejante maravilla pertenece al propio Borges, quien visita la casa cada 30 de Abril, aniversario de la muerte de la que fuera su novia, Beatriz Viterbo. Allí reside ahora el padre de Beatriz junto al primo de ésta, el poeta de medio pelo llamado Carlos Argentino Daneri.
Acerca de Funes el memorioso lo primero que sabemos es que solo a él, Ireneo Funes, el cronométrico de Fray Bentos, le está permitido pronunciar el sagrado verbo Recordar. El relato nos llega en un estilo indirecto «remoto y débil» y nos presenta a un joven que atesora más recuerdos que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo. Nadie posee la memoria de Funes ni su imposible control de las horas, como si éstas fuesen las estrellas del firmamento. Ni siquiera alcanza nadie a poseer una millonésima parte de sus cualidades mnemotécnicas e intuitivas, o como demos en llamar semejante avería propia de un savant. En la vida real —sirva el añadido para acallar a quienes acusan a Borges de inverosímil— conocemos la historia de aquel ruso, Salomón Shereshevsky, a quien no le estuvo permitido saborear el gusto del olvido, víctima de eso que llaman hipermnesia. Este ruso llegó a confesar que «sentía el peso y el sabor de las palabras» (hermosa sinestesia). Ejerció de mnemonista en las tabernas de Moscú y acabó siendo taxista en la misma ciudad. Otro portento, otro ángel, otro freak… Otro savant, como fue el caso de Kim Peek, quien llegó a saberse de memoria más de nueve mil libros porque poseía el dudoso don de leerlos a una velocidad estratosférica, un ojo para cada página y activado su cerebro de modo tal que le permitía retener un sinfín de datos entre los abismos de su infinita memoria. Dustin Hoffman, que tomó a Peek como modelo en Rain Man, le llegó a decir: «Yo seré la estrella, pero tú eres el cielo».
Pierre Menard, autor del Quijote es otro de los afamados relatos de Jorge Luis Borges, tal vez su cuento más incomprensible, precisamente porque en sus páginas Menard no deja de ser Borges, o al revés. El Quijote es la verdadera obra «invisible» del inventado escritor francés. En este cuento, dedicado a Silvina Ocampo, se nos presenta a Pierre Menard, simbolista, de cuya exigua obra «visible» se hace recuento —Borges y los recuentos—. El relato presenta una gran dificultad de comprensión lógica, si bien lo que en realidad nos transmite es la defensa de la repetición de toda gran obra —aquí don Quijote— a favor del lector y por encima del autor, de un modo no tan novedoso como pudiéramos pensar a priori. ¿Acaso no se apoya en la «repetición» el Ulises de Joyce o esos montajes escénicos de obras clásicas que últimamente tanto nos agrada destrozar, representándolas en tiempos y usos modernos o futuros? De lo que en definitiva trata este cuento de Borges es de la aconsejable pretensión de (re)escribir el Quijote a sabiendas de que no es lo mismo escribirlo a principios del siglo XVII —«empresa razonable»— que hacerlo a principios del siglo XX. Que se sepa, Menard dejó escritos (no copiados) los capítulos 9 y 38 de la primera parte y algún fragmento del 22. En ellos el francés desatiende toda españolidad, el color local e incluso a Felipe II. El cuento se hace asimilable dada la técnica narrativa empleada y basada en una estructura ensayística-crítica-memorialista, lo cual hace que la historia contada resulte materia irrefutable, verosímil. Y ante la pregunta acerca del motivo que lleva a ese poeta de Nîmes a emprender tan descabellado reto, hallamos la más simple de las respuestas en el propio texto: «No hay ejercicio intelectual que no sea finalmente inútil». Pues bien, Menard aspira a sustituir a Cervantes por Menard, pero no yendo contra Cervantes, sino a favor del Quijote. Quizás el siguiente paso sería atribuir a James Joyce o Louis Ferdinand Céline la autoría de Imitación de Cristo. Aquí, en París o en Nîmes el maravilloso laberinto de la literatura.
La estupenda propuesta de Alfaguara aviva nuestras nostalgias librescas, al permitirnos revivir la emoción que hace muchos años nos produjo la edición de las Obras completas (1923-1972) de Jorge Luis Borges, publicadas en España por Ultramar Editores (1977), luego de una primera edición en Argentina a cargo de Emecé Editores (1974). Tengo mi ejemplar fechado (6 de enero de 1979) y me amilana descubrir que hayan pasado tantos años desde aquella celebración, que recuerdo como si fuese ayer por sus mágicos efectos gozosos.
Es que adentrarse en la obra borgiana provoca ciertos efectos imborrables en la memoria del lector. Son efectos —lo digo por experiencia propia— asimilables al recuerdo de un sueño grato, inexplicable y vasto, abierto a toda posible, y a menudo inimaginable, percepción dada la universalidad del contenido, como si toda la obra de Borges se agazapara en las dimensiones insondables de un aleph, donde cabe el Universo todo con sus leyes y sus misterios.
Nunca olvidaremos los certeros versos del argentino: «solo en el presente ocurren los hechos» y además «todo lo que realmente pasa me pasa a mí».
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Autor: Jorge Luis Borges. Título: Cuentos completos. Editorial: Alfaguara. Venta: Todos tus libros.


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