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El mecanismo del reloj

El mecanismo del reloj

Este es un cuerpo que ve pasar los días. Este es un cuerpo que asume su piel y la explora. Este es un cuerpo que detiene el tiempo dándole cuerda al reloj, que ama sin saber el rumbo del latido, asume una tristeza inexplicable —como esa que se esconde detrás de la costumbre de cada tarde de domingo— y abraza los fantasmas de la luz.

¿Qué hay en ti, María Elena? ¿Te reconoces en ese cuerpo del que escribo igual que cuando dices “hay en mí una pena asumida, / y un silencio , y un vacío y un montón / de todas esas cosas sobre las que / durante siglos muchos hombres / y mujeres mejor que yo han hablado”?

"Una vez más Adonáis acierta al premiar un poemario con el que se siente el peso de la tradición, pero una tradición actualizada, que convive con el imaginario, las preocupaciones de una mujer de este tiempo"

Repaso el libro breve. Me paro en los FANTASMAS; avanzo algunas páginas para sentir la SERENDIPIA; experimento —tu verso es carne de mi carne— ese sentimiento quedo de EL OTRO QUE YO SOY; avanzo hacia un lenguaje extraño, deformado como el plástico débil ante la amenaza del mechero o que es pintura perdiendo los límites del tinte en la paleta. Deseo la vida de LOS DÍAS ETERNOS. Con su fiebre y sus atajos, con los patios de recreo y las heridas, con el sacrificio que purifica el trance.

Este libro, este Los días eternos (Premio Adonáis 2019, Ediciones Rialp), es un trayecto que día a día se repite sin otro destino que la vida —la vida de la poeta, de María Elena Higueruelo—, y que tiene parada en sus lecturas, en el sentimiento amoroso que la embarga, en las dudas sobre ese dolor ilegítimo de sentirse en la existencia (“De dónde entonces la tristeza, / me pregunto, provenía si no acaso / del pecado precoz de buscar / antes de que madurase el día / el remoto origen de las cosas”).

Una vez más Adonáis acierta al premiar un poemario con el que se siente el peso de la tradición —está Platón, está la métrica, está la Grecia mitológica—, pero una tradición actualizada, que convive con el imaginario, las preocupaciones e incluso los titubeos de una mujer de este tiempo. Así queda reflejado en el imafronte de Los días eternos, en el que esta escritora jienense ya demuestra sus intenciones de buscar, a lo largo del todo el poemario, ese instante que haga eternos todos los momentos.

LOS DÍAS CADUCOS

FRÁGIL libélula, danza la memoria
enjaulada en el abismo del pecho:
su efímero batir de ala escucho
erizar el silencio en agua trémula.
Brota ya con la sístole una imagen:
el fulgor del ayer eclipsa el mundo,
recorre la nostalgia todo el cuerpo
como crece por las venas la sangre

(pero también ahora estoy muriendo
como sucumben las flores cortadas)

Elástica sombra del tiempo— recoge
la fuente maternal su soplo
para que la vida se reanude
como el despertar deshace el sueño:
prosigan los días caducos
bajo la atenta mirada del insecto.

Un reloj de bolsillo en el chaleco

Mi abuelo murió cosiendo el aire. Antes de volver a una juventud antigua, cuando la lucidez le permitía llevar a mano las cuentas del banco y en eso gastaba las tardes, me regaló un pequeño reloj de bolsillo. Las agujas casi siempre están paradas —hay que darle cuerda y yo me olvido, me olvido y me castigo por ello—, pero a veces lo saco de la caja que lo custodia y le doy varias vueltas al mecanismo. Me gusta el repiqueteo que se escucha y comprobar cómo de pronto ese hombre viejo y sus arrugas vuelven a la vida. En esa sombra hay un amparo: es el tiempo sin tiempo.

"Miro el reloj para entender que no importa cuánto duela la herida"

En ese juego de un reloj que mide la nada también está Los días eternos. Pasado-presente-futuro son un todo que la poeta inserta en las cuatro partes de su poemario: Noche oscura, Luz primera, La caída y Noche blanca. Así, María Elena Higueruelo se pregunta “¿QUÉ pasará cuando el fulgor del sol minore? / ¿Qué pasará cuando cese la luz / de cegar tus ojos zarcos?”, o se dice: “a lo largo de los años he ido / dando a mi soledad forma” para jugar con una despedida que “comienza siempre / mucho antes que la separación”.

Miro el reloj para entender que no importa cuánto duela la herida. Leo algunos versos que me confirman que “yo seré carne abierta / sangre roja expuesta al mundo” cada vez que piense en aquella imagen: en ese anciano roído por la pena, dejándose morir en la ventana. Y esa postal de dolor me nace en forma de preguntas, que antes ya ha hecho la poeta.

CUANDO venga el postrer día y el espejo muestre
el cabello ceniza, los ojos arrugados,
el cuerpo encorvado sobre algún punto imposible,
¿reconoceré en el palimpsesto del cristal
el rostro primero que ahora mismo devuelve?
¿Recordaré a la sombra del almendro en flor
a la mujer que soportó estoicamente el sol de julio?
¿Quedará en mi piel marchita como un trapo
un resquicio de memoria que sea más que instinto?

Siquiera me pregunto mientras el ciprés crece:
¿viviré yo para contemplar aquella imagen?

Aquí estás, pequeño libro. Aquí, en Los días eternos. Construyes una voz que susurra los versos mientras el lector los repasa con los ojos. Una voz consciente de su mundo y del trayecto, expectante ante un futuro ajeno y propio. Una voz que es ya una amiga imaginaria a la que no nombrar, no sea que el atisbo se asuste y se diluya. Y ser parte entonces de su mundo, de estos días en los que las manecillas se paran, aunque una y otra vez demos vueltas al mecanismo.

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Autor: María Elena Higueruelo. Título: Los días eternos. Editorial: Ediciones Rialp. Venta: Todostuslibros y Amazon

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