Este thriller de ambientación mediterránea expone los vínculos entre el poder, los crímenes más atroces y el periodismo más sensacionalista. Y lo hace contando la desaparición de dos chicas en circunstancias parecidas pero en años distintos.
En este making of Álvaro García Hernández cuenta cómo escribió Corazón de perro (NdeNovela).
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No puedo decir por qué empecé a escribir Corazón de perro, no estaría bien. Pero sí puedo presumir de que Planeta compró la novela estando inacabada, dándome un generoso adelanto y el plazo de tiempo que necesitara para terminarla. Nadie nunca apostó por un libro así delante de mí.
Escribí el primer borrador de Corazón de perro en una mesa de madera alquilada, dejando de ver el mar cuando tecleaba, durante un verano luminoso en el que tuve que volverme malo, sádico, loco, enfermo, degenerado, depravado y hasta asesino. Mientras la gente a mi alrededor sonreía en bañador y colgaba las toallas mojadas, me preguntaban ¿qué tal?, y yo no les podía contestar que había tenido que imaginar muerta a una niña, y a otra, y… Por eso yo mismo empecé a necesitar a Verdugo, porque era de lo único que les podía hablar y sonreír. Bueno, de Verdugo y Los Pardos. Y de Balma. Y de Alonso Gracia… Solo de ellos, de los buenos.
El alma de Corazón de perro es otro libro que robé de una biblioteca y me llevé al apartamento en una maleta blanda, aunque sé que eso no hay que hacerlo, pero no lo pienso devolver nunca porque ya lo he escrito tanto que es un poco mío. Y me da vergüenza. Pero es que yo quería hacer sentir al lector qué es Valencia, hacerle sentir el sol, el carácter y el modo de vida más allá de los tópicos manidos.
Y para ello usé ese recopilatorio robado de Francisco Brines, para recuperar las ganas de escribir tras cada página turbia y para entender que a los valencianos nos entristece el cambio de hora en invierno, nos gusta iniciar conversaciones como si nunca las hubiésemos dejado, nos hace felices vernos desnudos al sol, no somos malos, recordamos con más cariño los veranos, necesitamos ir de la ciudad a la naturaleza constantemente, saludamos, somos muy prometedores pero también muy despistados, somos muy de querer más cuando hace calor, nos parece todo triste en invierno, nos parece todo bien en verano, somos muy de abrazar y siempre estamos hablando de repetir algo.
Todo eso se lo iba debiendo a las hojas rayadas, escritas, borradas y marcadas del libro de poesía Ensayo de una despedida, de Francisco Brines, cuyos herederos consintieron con un correo que Corazón de perro llevase sus versos antes de cada escena. Eso, que mi novela sea digna de llevar escritos los versos de Brines, de todo un Premio Cervantes, la convirtió en algo excepcional a finales de ese verano.
A partir de entonces, cuando los amigos me preguntaban apoyados en la baranda de la terraza qué estaba escribiendo, yo pude contestarles: “Una novela con Brines”.
“¿Y de qué va?”, me preguntaban luego.
“De unas niñas que desaparecen aquí en Valencia”.
Y entonces se hacía el silencio, igual que ahora.
“¿Pero estas sí que se salvan?”, me preguntó una vez alguien mientras se hacía de noche y comenzaban a volar los murciélagos.
“No lo sé”, le dije mientras encendía una luz que se llenó de mosquitos. Sigo escribiendo para que Verdugo encuentre por lo menos a la última. Pero lo tiene jodido.
Ese día, ya a finales de agosto, comprendí que había escrito una novela de buenos muy buenos y de malos muy malos, un poco como pasa con la vida y los valencianos, que lo que hacemos, siempre tiene que ser lo más exagerado.
Luego volví a Valencia ciudad, me dediqué a borrar y a equivocarme, pues no sabía terminar la historia, no quería, no me atrevía a mostrársela a nadie, hasta que mi editora, Lola Gulias, vino a verme y se despidió de mí con un abrazo. Ahí descubrí el final de la novela que Planeta había comprado.
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Autor: Álvaro García Hernández. Título: Corazón de perro. Editorial: NdeNovela. Venta: Todos tus libros.


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