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El metaverso juvenil de Pullman

El metaverso juvenil de Pullman

El consumo de series ha generado emociones que antes no existían. Me refiero a la sensación de orfandad y abandono que experimentas cuando concluye una historia que te ha abducido a lo largo de varias semanas, incluso meses. Mientras desfila por la pantalla el listado de nombres que la han hecho posible y suena la música que has interiorizado como su alma sonora, das un triste adiós a los personajes que has amado u odiado, a esos con los que te has identificado, a los que olvidarás más fácilmente. Sabes que puedes volver a verla, siempre que no sea cancelada por la plataforma de turno, miserias del streaming, pero también sabes que, como ocurre con el primer amor, la gracia original se habrá desvanecido, aunque también es cierto que en una segunda o tercera visión se descubren aspectos que la enriquecen.

El impacto que producen algunos largometrajes vistos en pantalla grande en comunidad con otros y en la oscuridad de una sala de cine también puede ser muy intenso y profundo, naturalmente. Algunos títulos te acompañan toda la vida, pero debido a su mayor duración y al hecho de verlas en la intimidad, con un ritmo y horario marcado a tu antojo, el efecto de las series que te apasionan es más duradero y envolvente. Interaccionas más con los personajes, los observas evolucionar de forma más pausada, y en ocasiones incluso ves crecer física y artísticamente a los actores y actrices que los interpretan, como ocurre con los chicos de los Stark de Juego de tronos.

"Soy fan de lo fantástico, que no es un género escapista, como algunos arguyen, sino una mirada oblicua sobre la realidad"

Esa sensación de orfandad la sentí hace poco al terminar la tercera temporada de La materia oscura, coproducción de HBO y la BBC basada en las novelas juveniles de Philip Pullman publicadas en el último lustro del siglo XX, una deliciosa combinación de pensamiento científico y mágico accesible a todas las edades, pues incluye diferentes niveles de lectura. Tras el relativo fracaso de La brújula dorada (2007), de Chris Weitz y Tom Stoppard que, pese a la magnética presencia de Nicole Kidman, no llegó a plasmar el complejo mundo de Pullman, los productores en esta ocasión no han reparado en gastos y el resultado es visualmente muy válido, conectado con nuestro tiempo, pues lo fabuloso se asienta sobre el metaverso, los ordenadores cuánticos y, de forma tangencial, con la obsesión actual por las mascotas. Tengo la impresión de que este proyecto no ha recibido la atención que merece, así que pongo mi grano de arena o gota de agua para remediar el injusto olvido.

Soy fan de lo fantástico, que no es un género escapista, como algunos arguyen, sino una mirada oblicua sobre la realidad y los entresijos de la naturaleza humana, como si los observaras a través de las capas transparentes de una cebolla. Lo que un día es visión delirante, espejismo de una mente trastornada, puede convertirse décadas o siglos más tarde en un elemento más de la vida cotidiana asumido con plena naturalidad por todos.

Una de las cosas que me reconcilia con la época que me ha tocado vivir es el hecho de poder disfrutar por partida doble —en formato papel y audiovisual— de magníficos relatos fantásticos, como Harry Potter, Juego de tronos, El Señor de los Anillos o El cuento de la criada. Los avances tecnológicos permiten visualizar lo más osado, anómalo e inconcebible con perfección abrumadora. ¡Qué cúmulo de perturbadoras sensaciones deben experimentar los escritores que han creado personajes y escenas sobrenaturales al verlos en movimiento! Un subidón impresionante, aunque también incluya alguna decepción al comprobar cómo los guionistas, por exigencias del presupuesto, han recortado escenas o personajes de tu novela. En La materia oscura la representación de ese aspecto imaginario está cuidada al máximo y con mimo.

"Pullman nos invita a viajar en vagón de primera y cómodos asientos, como acredita su apellido, a seis mundos paralelos conectados por puertas invisibles"

No he leído la saga de Philip Pullman, algo a lo que espero poner remedio, pero creo que en cierta manera es una ventaja, porque así evito las comparaciones siempre odiosas con el texto literario y no te irritas con el guionista por haber eliminado este o aquel fragmento, esencial a tu juicio para comprender plenamente la obra. Tras saborear la obra de Pullman, lo imagino como un niño tímido e introvertido, lector pertinaz, hijo de padres autoritarios, atormentado por una rígida educación religiosa. Dueño de una imaginación desbordante y de un rico mundo interior que ha cultivado con pasión para expresarse de forma simbólica y amena, alcanzando con maestría la meta de todo autor del género que se precie: la suspensión de la incredulidad. Por extraño y anómalo que parezca lo que nos cuenta, lo creemos a pies juntillas.

Pullman nos invita a viajar en vagón de primera y cómodos asientos, como acredita su apellido, a seis mundos paralelos conectados por puertas invisibles en los que pululan un sinfín de personajes maravillosos y terribles: humanos, hadas, osos acorazados, ángeles, espectros, espantos… Objetos de poder como la daga sutil y el dorado aletiómetro de Lyra, mezcla de ordenador y bola de cristal, artefactos voladores de distinto diseño, moscas espías y un sinfín de sorprendentes elementos, recursos habituales en las historias fantásticas juveniles. En lo que Pullman es plenamente original, su mayor hallazgo, es la figura del daimonion, la proyección física del alma de cada individuo en forma de animal, cuyo aspecto va cambiando hasta que se estabilizan en una especie concreta cuando el humano concluye la pubertad. Estas íntimas mascotas cumplen un papel decisivo en la trama y dan pie a algunas de las escenas más emotivas y conmovedoras.

No diré que La materia oscura es una serie impecable. Tras una arranque brillante con la trama de los gitanos en busca de los niños desaparecidos, la segunda parte se tambalea —la actriz que dobla a Lyra habla en un tono tan bajo que se oye mal—, y hay algunos desajustes e incoherencias en el desarrollo del argumento. Pero en la tercera y última temporada el ritmo se recupera y en la sombría incursión de los protagonistas en el Mundo de los Muertos, una especie de bardo budista o limbo cristiano donde los difuntos languidecen, alcanza una exquisita belleza.

"Más allá del atractivo envoltorio, La materia oscura plantea la eterna pugna entre el bien y el mal"

Los magníficos efectos especiales y la grandiosidad visual son marca de fábrica de esta serie en la que cada mundo compite para ofrecer lo mejor de sí mismo. La solemne arquitectura de Oxford, los desiertos blancos del norte, el delicioso pueblo que alberga la daga, la monumental estética fascista del Magisterio, los bosques de árboles gigantes habitados por pacíficas criaturas con aspecto de elefantes… Más allá del atractivo envoltorio, La materia oscura plantea la eterna pugna entre el bien y el mal, la ciencia y la religión institucional, la carne y el espíritu, el ansia de libertad y los miedos represivos. Todo gira en torno al «polvo», esa materia oscura, metáfora del pecado original, que fluctúa como una corriente energética sin la cual la vida es imposible. Y sobre todo es un canto a la amistad, al poder de las historias y a la capacidad regeneradora del amor. Una versión juvenil de El paraíso perdido de Milton como Pullman ha reconocido.

Lyra y Will cumplen como protagonistas y guías de la acción, y hay que pensar en el esfuerzo que debió de suponer para los actores que los encarnan —Dafne Keen y Amir Wilson—dedicar unos años cruciales de cambios físicos y emocionales, entre los once y los quince o dieciséis, a combinar la interpretación de un papel importante en un proyecto de larga duración con sus estudios. En torno a ellos orbita una galaxia de caracteres muy interesantes, como el simpático aeronauta Lee Scoresby, el rey de los osos o las bellísimas hadas. Pero las estrellas más rutilantes son dos mujeres: Marisa Coulter, la madre de Lyra, y Mary Malone, la ex monja científica que vaga en solitario por paisajes oníricos.

Te encariñas con Lyra, intrépida y obstinada, también con Will, un chico serio y honesto, al igual que con otros muchos personajes, pero es la taimada señora Coulter con su daimonion, un inquietante mono de pelaje dorado, quien te fascina y engatusa. Ruth Wilson, espléndida en su papel, es la personificación de la ambigüedad moral y de la inteligencia fría y cortante. De todos ellos me despedí con pena, pero gracias a la magia digital puedo volver a verlos cuando quiera y, «aún diría más», reencontralos en las páginas de los libros que relatan sus peripecias.

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