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El milagro de la inocencia

El milagro de la inocencia

Entre libros

De visita en casa de mis padres, me habilitan una cama en la biblioteca. Escribo «biblioteca» porque es lo que estipula la ortodoxia, pero en realidad nunca la llamamos así. Desde que nos instalamos, cuando yo tenía tres años, comenzamos a referirnos a ese cuarto como «la habitación de los libros», una denominación que escondía bajo su vulgaridad aparente un cierto simbolismo conceptual: igual que los demás hacíamos nuestra vida en otras dependencias, los libros desplegaban allí esa existencia suya, tan mansa y generosa. Permanecían en silencio, dormidos en sus anaqueles de madera, hasta que acudían a despertarlos unas manos y unos ojos que los requerían para aliviar esperas, entretener soledades, desempolvar emociones, adquirir conocimientos. Acudían entonces como amigos solícitos y bienhumorados y se quedaban haciendo compañía a quien necesitara de sus servicios. A menudo tardaban en volver, porque se iban de turismo por otras estancias de la vivienda e incluso podían terminar pernoctando en una mesita de noche, o en cualquier mueble del salón, incluso en una repisa de la cocina, y cuando regresaban a los estantes de los que habían salido llevaban en sus cubiertas y en sus páginas el olor de esos destinos exóticos que habían tenido la suerte de conocer en esas breves andaduras domésticas. Me los imaginaba a veces por las noches, mientras los demás dormíamos, contándose los unos a los otros las historias que habitaban sus entrañas, quizá incurriendo en alguna indiscreción acerca de las circunstancias en las que fueron escritos. Esta noche, cuando me meto en la cama y apago la luz y percibo a mi alrededor la presencia de todos esos lomos con sus títulos, el abrigo confortable y reparador de las palabras que me van a arropar en mi descanso, recuerdo lo mucho que me costó encontrar un piso a mi medida cuando decidí independizarme, justamente porque buscaba uno en el que mis libros —los que ya tenía, pero también los que aún estaban por venir— tuvieran su espacio, una suerte de réplica de esta habitación de los libros en la que hoy me adormezco y que siempre ha sido —estoy seguro de ello ahora, pero puede que lo intuyera incluso antes de aprender que existían las letras, y que tenían querencia por juntarse, y que al hacerlo formaban palabras— la más importante de esta casa en la que siguen las raíces de todo lo que ha conformado lo que soy.

Donde nacen las historias

"Como el gusto es caprichoso, si tuviera que elegir un pasaje de toda la obra de Gabriel García Márquez no rebuscaría en Cien años de soledad, ni en El coronel no tiene quien le escriba"

Como el gusto es caprichoso, si tuviera que elegir un pasaje de toda la obra de Gabriel García Márquez no rebuscaría en Cien años de soledad, ni en El coronel no tiene quien le escriba, ni en El amor en los tiempos del cólera, ni en ninguno de los libros que escribió en su época más pletórica, aquélla que le deparó el día de gloria en que estrechó la mano del rey de Suecia. Me detendría en el breve texto al que vuelvo esta noche para conciliar el sueño, apenas tres páginas que sirven de preámbulo a Del amor y otros demonios, una de sus novelas últimas y menores, y donde cuenta un episodio de su propia biografía: aquél que lo llevó, cuando trabajaba de reportero en un diario colombiano, a asistir a la exhumación de unos sepulcros que jalonaban la capilla de un convento que estaba a punto de verse convertido en hotel de lujo. Recuerdo que las leí por primera vez con trece o catorce años de edad en El País Semanal, cuando la revista publicó ese prólogo a modo de adelanto de lo que sería una de las grandes novedades editoriales de la temporada incipiente, y ya entonces me subyugó la fuerza extraña que latía bajo unas líneas que parecían escritas al vuelo. Recordé aquel embrujo bastantes años después, cuando el azar me llevó a Cartagena de Indias y me vi en aquel hotel que antes había sido convento y pasé un rato jugando a adivinar en qué lugar exacto habría estado aquella sepultura sobre cuya lápida figuraba inscrito el nombre de Sierva María de Todos los Ángeles y de cuyo interior salió, en cierta mañana de 1949, una calavera adornada con una melena de más de veintidós metros. No fue un hallazgo que llamara demasiado la atención de los expertos allí presentes —un maestro de obra explicó que el cabello humano podía crecer hasta un centímetro por mes después de la muerte, y le parecía que veintidós metros era un buen promedio para un cadáver que rondaba los dos siglos—, pero que no pasó inadvertido para García Márquez, que recordó de inmediato una de las historias que le contaba su abuela gallega: la de una marquesita de doce años cuya cabellera se iba arrastrando por el suelo como si se tratara de la cola de un vestido de novia. Habían pasado más de cuatro décadas de aquella anécdota cuando de su evocación fugaz, y a buen seguro circunstancial, comenzó a surgir una novela en la que están presentes todos los recursos que hicieron merecidamente célebre la poética del escritor colombiano, pero en la que nunca he conseguido encontrar la magia que desprenden esos párrafos introductorios, acaso porque en ellos se formula la invocación de un momento único que no siempre es fácil delimitar: aquél donde, sin que nos demos cuenta, comienzan a fraguarse las historias que contaremos algún día.

Cerca de Dios

"No hay suicida con perro, me dijo una vez Luis Eduardo Aute mientras charlábamos sobre los hábitos de nuestras mascotas respectivas"

Caigo por casualidad en una película francesa. En español le han puesto el título de Buenos principios, pero en su versión original es Mon chien Stupide. Se inspira en el relato casi homónimo de John Fante que éste incluyó en el volumen West of Rome y que viene a ser una alegoría autobiográfica. Fante, que tuvo relativa fama como guionista de cine, no llegó a triunfar en los círculos literarios hasta que Charles Bukowski lo señaló como uno de sus referentes principales. El argumento de la historia en que se basa el largometraje dirigido y protagonizado por Yvan Attal gira en torno a un escritor frustrado que halla la redención en un perro abandonado que aparece de improviso en su jardín. Disfruto mucho del cuento y de su adaptación a la pantalla, pero no estoy en condiciones de asegurar que mi criterio no se encuentre condicionado por mi propia experiencia. Quienes tenemos la suerte de vivir cerca de esos animales —«almas con pelo», los denominó Fernando Aramburu en un artículo memorable— conocemos bien los efectos benéficos que propician en sus alrededores. «No hay suicida con perro», me dijo una vez Luis Eduardo Aute mientras charlábamos sobre los hábitos de nuestras mascotas respectivas —una podenca la suya, una labradora la mía— y hacíamos recuento de los placeres que nos deparan y las rutinas que nos exigen. Fernando Beltrán tiene un poema hermoso en el que carga de sentido esas miradas afables y acuosas que nos apaciguan la conciencia y nos cargan de sentido: «Qué bondad descubrieron en nosotros / que no fuimos capaces / de dar a los demás.» Es cierto: dudo que nadie pueda tomarse en serio la posibilidad de matarse si le anda rondando uno de esos seres en los que pervive, inmutable, el milagro de la inocencia. Pienso a veces que su especie, en caso de cataclismo, merecería correr mejor suerte que la nuestra. Algo similar razonó Mark Twain: «El cielo se gana por favores. Si fuera por méritos, usted se quedaría fuera y su perro entraría.» Fante viene a decir lo mismo, pero de otro modo: «Me gustaba que los jóvenes durmieran con perros. Era lo más cerca de Dios que estarían en toda su vida.»

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Andrea
Andrea
8 ddís hace

«No hay suicida con perro». Sòlo puedo decirles que mi corazón de madre agradece cada día la existencia del Manchi en la vida de Jeremías. Sé que él lo salva. Cada día.