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Que no acaban de venir

Que no acaban de venir

Las preguntas adecuadas

Un viejo axioma periodístico aconseja evitar las referencias al suicidio. En la prensa, las personas no se tiran por la ventana ni se arrojan desde acantilados, sino que se precipitan al vacío o al mar, según la circunstancia, como si un traspiés involuntario provocara su prematuro encuentro cara a cara con la muerte. Tampoco se cortan las venas ni meten la cabeza en el horno; se limitan a sufrir percances domésticos que ponen fin a sus vidas de manera fortuita. Quienes estamos avezados en el oficio hemos aprendido a advertir entre líneas el verdadero significado de esas expresiones que, de tan manidas, han terminado por no significar gran cosa. La norma, como todas, tiene una razón de ser: alguien dictaminó en su momento que las noticias sobre suicidios podían constituir un acicate para que aquellas personas que se plantean la posibilidad de acabar con todo terminen haciéndolo. Nunca he sabido si existen estadísticas que ratifiquen ese dictamen o si se trata de una conclusión puramente intuitiva, pero sí sé —porque trabajo con ellas— que las palabras no conforman la realidad, sino que sólo la describen o tratan de encontrarle algún sentido, y que el hecho de silenciar algo no implica que no exista. El suicidio es una de las principales causas de muerte en nuestro país, y es de suponer que también en buena parte del mundo, por mucho que la sociedad pretenda eludir su presencia, acaso por influencia de aquel viejo dogma cristiano que consideraba a los suicidas gente indigna de recibir sepultura en suelo sagrado, dado que decidían por su cuenta aquello que debía quedar en manos de Dios, y ese desentendimiento se extiende a su causa profunda: la soledad o el desvalimiento que anida en la conciencia de cada uno y engendra esos demonios interiores a los que sólo cabe combatir o domesticar hasta llegar a un punto en el que resulte tolerable la convivencia forzosa. Decía Sartre que el infierno son los otros, pero también puede ser uno mismo, y advirtió Camus de que el suicidio es el único problema filosófico verdaderamente serio. Los griegos, que engendraron en el mito de Sísifo una de las metáforas más consistentes de la humanidad, supieron ver que la vida no es más que un tránsito que se inicia en la nada y concluye en ninguna parte, sin que quepa más opción que las de llenar el trayecto de experiencias que nos hagan sentir que, en efecto, hemos vivido. Los optimistas dirán que es sencillo encontrar un aliciente cotidiano en los amaneceres, en las miradas prometedoras, en las caricias que dan consuelo, en ciertos besos, pero hay personas a las que la consciencia de su absurdidad les impide cualquier cosa que no sea buscar la salida precipitada del laberinto. Descifrar las razones concretas que les inducen a ello es tan complejo que no existe forma de hacerlo sin incurrir en la simplicidad o en el ridículo, y la tendencia a buscar culpables nos permite mirar a los otros como si realmente el infierno fueran sólo ellos y no hubiera llamaradas en nuestro propio interior: ése que tiende a mirar hacia otro lado cuando se acosa al débil, que ignora las señales de auxilio que emiten quienes lo rodean, que quiere creer que ignorando lo evidente conseguirá que lo evidente desaparezca. Que olvida que, antes de ponerse a aventurar respuestas, es conveniente formularse las preguntas adecuadas.

Casas vacías

"No es infrecuente que uno sueñe que regresa a la casa de su infancia y se inquiete al descubrir que las estancias familiares han sido sustituidas"

Me entero por Luis Felipe Torrente de que han demolido la casa de Luis Eduardo Aute. Estaba en la esquina de Jorge Juan con Ambrós, al pie del parque de la Fuente del Berro, y la imagen de las máquinas excavadoras removiendo los cascotes no me infunden tanta tristeza como el enterarme de que allí dentro quedaban aún vestigios, aunque fueran mínimos, de la vida y la obra de quien fuera su morador. Ni se puede ni se debe culpabilizar a nadie: la familia tiene todo el derecho a hacer lo que mejor convenga con su patrimonio, y las administraciones públicas carecen de recursos y medios para hacerse cargo de todo cuanto dejan tras de sí las personalidades más o menos ilustres una vez que abandonan este mundo. No obstante, la desaparición física del lugar en el que nacieron las canciones y los poemas y los cuadros y las películas de quien fue uno de los nombres más importantes de la cultura española en estas últimas décadas entraña una especie de segunda muerte cuando ni siquiera han transcurrido dos años desde la primera. Se dirá que no queda nada en las casas de las personas que las habitaron, pero en realidad nunca sabremos hasta qué punto condiciona una vida el espacio en el que ésta se desarrolla, lo que le debe cuanto de bueno o malo hubo en las trayectorias de sus moradores, si hubieran surgido determinadas cosas de no haber acogido allí ciertas visitas, o percibido algún matiz en la luz a través de una ventana concreta, o escuchado el eco del tránsito diario en las calles circundantes. No es infrecuente que uno sueñe que regresa a la casa de su infancia y se inquiete al descubrir que las estancias familiares han sido sustituidas por otras muy distintas en las que se siente irremediablemente violentado. Del mismo modo que cada vez que abandonamos un lugar en el que hemos vivido nos preguntamos si no se quedará en él una parte de nosotros mismos, procede preguntarse si al desaparecer las casas de los muertos desaparecerá o se difuminará también una parte de la huella que éstos han dejado sobre el mundo, por firme y duradera que sea y por mucho que haya pasos dispuestos a seguir el rumbo que marcó.

Sexta ola

"Se convierte el pasado en futuro y el porvenir se tiñe de incertidumbres"

En los últimos días he conocido casos de personas más o menos cercanas que se han contagiado y los titulares de los periódicos saludan cada mañana con las alertas inducidas por esta sexta ola que parece más cruda que las anteriores. Las vacunas han suavizado la gravedad de la pandemia y la vida se continúa desenvolviendo con esa normalidad atenuada a la que nos hemos venido acostumbrando en los últimos meses, pero hay también un rebrote de esa pesadumbre colectiva que creímos desterrada y que ha vuelto a instalarse en nuestro ánimo, un progresivo decaimiento al advertir que se aleja la boca de salida del túnel, un enojo resignado que nos invade al saber que otra vez tendremos que empujar la piedra hasta la cima. Llegan noticias de anulaciones y aplazamientos, acecha la amenaza de unas navidades lejos de los seres queridos y el año de la esperanza se torna sombrío a medida que su final se hace más inminente. Se convierte el pasado en futuro y el porvenir se tiñe de incertidumbres como si no hubiesen mediado doce meses, trescientos sesenta y cinco días, entre la llegada de las primeras dosis y la avalancha de esta nueva ola o catarata que golpea sin que acertemos a calibrar el alcance de sus efectos, justamente en esta época del año en que necesitamos más las caricias que los arañazos. «Se hace muy, muy largo», me escribe a un amigo con el que tenía previsto asistir a una cena que ya no se celebrará, suspendida como tantas otras cosas que se quedan ancladas a la espera de esos tiempos nuevos que no llegan, que no acaban de venir.

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