Desconozco si la inteligencia artificial utiliza tantas notas manuscritas como yo para dar forma a las reseñas que escupe. Seguro que no. Lo suyo son datos que vincula por arte de birlibirloque. En ocasiones, el resultado de las combinaciones que utiliza para presentar una reseña resulta estrambótico. Empiezo hablando de las notas que lectores como yo tomamos como materia prima para escribir, porque quiero señalar justamente eso, la selección, preferencia y criba que realizo casi sin darme cuenta mientras realizo, en palabras del crítico I. A. Richards, esa lectura interior del texto (close reading). Por el contrario, la inteligencia artificial no necesita leerse el libro como sí lo necesito yo, y reúne lo que puede y más porque es incapaz de reventar: deglute y no defeca. La inteligencia artificial no reflexiona sobre lo que reúne, pero el que reseña y glosa sí, y lo hacemos, en realidad, a partir de esas notas, del recuerdo, de la impresión y de la reflexión derramada en decenas de notas manuscritas. Y es que la inteligencia artificial, llámenla ahora como les dé la gana —a mí me gusta mucho Grok—, nunca hubiera empezado la reseña de Distancia de fuga, de Cristina Araújo Gámir (Madrid, 1980) como acabo de empezarla yo, de esta manera tan distante de todos los elementos que la componen. O no. Veamos.
Por ejemplo, Grok nunca hubiera vinculado Distancia de fuga con Poderes terrenales, de Anthony Burgess, el autor de La naranja mecánica y guionista del Jesús de Nazaret de Zefirelli. Nunca. Quizá, una vez publicado este texto que escribo, sea capaz de hacer minería con él, pero lo dudo, qué quieren que les diga. Trazo un primer vínculo entre esa obra maestra que me descubrió Martin Amis y esta otra de Araújo por las relaciones de amor que se establecen en ambas. En Poderes terrenales, mil y pico páginas, un protagonista homosexual y sus amantes, asistido por una hermana pía que descubre y retoza entre el barro del gusto y el recreo de lo libertino aunque termine casquivana, y flirteando con los amigos de su marido que era hermano de un sacerdote guapo y alto al que casi santifican, y que motoriza toda la trama. La inteligencia artificial hubiese sido incapaz de realizar esta síntesis. En Distancia de fuga, casi de quinientas páginas, está Frances, una mujer narcisista, enamorada de un lumbreras literario filosófico —la novela está saturada de referencias cultas, literarias y filosóficas— que es un hombre bueno, honrado y amable, además de amigo de Robin, el hermano de Frances, la protagonista, como digo, famosa, influencer, actriz y casquilucia; en ocasiones, es un personaje de personalidad vomitiva. Evidentemente, la complejidad de Poderes dista, lo voy a decir, de la simplicidad de Distancia de fuga, pero tienen algo en común y por tanto, esplendoroso: en ambos libros se muestra el amor en su forma más cruda y contradictoria, ¡devastadora! —ahora les cuento algo en el cuarto párrafo—, un amor que se convierte en el verdadero poder terrenal que mueve a todos los personajes, desde la humillación hasta la exaltación, para terminar condenándolos a seguir anhelándolo aunque hayan certificado que nunca lo encontrarán de una manera plena.
Algo parecido, y de manera quizás más cruda, quiero recordar ahora, sucede en otra espectacular obra, esta vez de Bárbara Blasco, La memoria del alambre, donde casi con la misma y brutal intensidad que podemos leer en Distancia de fuga, aparecen amores salvajes, adolescentes y destructivos. Tanto en Distancia de fuga como en La memoria del alambre desfilan amistades que se quebrantan: ¡y no por esos poderes terrenales del narcisismo social y la fama —que quedan imantados en la protagonista de Distancia, en Frances—, sino por la fuerza que, de manera implacable, arrastra, humilla y marca a quien osa enamorarse. Cristina Araújo nos demuestra literariamente lo que significará vivir con una herida abierta de amor en su naturaleza más arrebatadora. Hasta el final.
Decía antes que les iba a contar algo y es que, por desgracia, hacia la mitad de Distancia de fuga supe intuir su final. Aquí, volví a ganarle a la inteligencia artificial. Me quedaban doscientas páginas para terminarlo (Tusquets aspira a que te leas 486 páginas). Y no sé qué pensarán ustedes, pero seguir leyendo un libro intuyendo su final, es tedioso. Así que durante la segunda parte me entretuve en comprobar cómo dejaba de brillar y cuánto distaba del brillo de la primera, donde se trazaron las personalidades, los intereses y las locuras de los protagonistas. Además, durante esta segunda parte sufrí con más intensidad el galimatías de los capítulos nombrados con el nombre del protagonista y la fecha en que sucedieron los hechos que se narraban. Espero que, como ha afirmado Aloma Rodríguez recientemente en “Todo está bien. Enseña tu virtud”, nadie me señale por haberle puesto un pero y dos carencias a la segunda obra de Cristina Araújo. Si se señala eso, por favor, que se diga que las comparé con Poderes terrenales y La memoria del alambre. Sean justos.
A mis alumnos les digo que los textos argumentativos tienen que acabarlos de una manera épica, proponiendo una conclusión arrebatadora o una pregunta retórica que desnude la inteligencia de quien les lee. Yo no sé acabar este texto de esa manera, por lo que ahora voy a terminarlo imaginándome a Theo, el otro protagonista de Distancia de fuga, respondiendo Frances estaba bien cuando le preguntan ¿Qué tal tu exnovia de confianza? El amor nunca nos proporcionará el alivio infinito que reclamamos como amantes, porque la vida casi siempre es complicada, pero apenas rara vez compleja.
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Autora: Cristina Araújo Gámir. Título: Distancia de fuga. Editorial: Tusquets. Venta: Todos tus libros.

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