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El Notas: de las zapatillas al ajedrez

El Notas: de las zapatillas al ajedrez

Algunas notas imprudentes sobre conflictos menores:

uno

Compro en Amazon unas zapatillas de marca conocida (pueden ser Adidas, Nike, Reebok…), y que tienen una media de estrellitas superior a 4 (****). Dos mil trescientas personas se han molestado en puntuar este modelo de zapatilla. Parece una compra excelente, pues apenas desembolso 50 euros. Cuando llegan a casa, las abro y observo y toqueteo. Primero noto que no parecen de una marca conocida (Adidas, Nike, Reebok…), sino una copia mala fabricada en Taiwán. Además, al ponérmelas, se salen por el talón. Camino con ellas y la sensación es la de estar andando con los pies dentro de unas chanclas o pantuflas. La suela es tan dura que apenas se dobla; tan fina, que me duele la planta del pie al pisar.

"Leo varias de las reseñas negativas; dicen: no parecen auténticas, parecen pantuflas"

Vuelvo a su ficha en Amazon y compruebo que, de 2337 personas dándole estrellitas, 1939 le dan cuatro o cinco. Sólo un puñado de decenas de clientes le ha puesto dos estrellas, o una sola. Leo varias de las reseñas negativas; dicen: no parecen auténticas, parecen pantuflas, se salen por el talón, la suela es dura y muy poco flexible. Nadie dice nada malo que no haya pensado yo. Sin embargo, somos minoría (apenas un 3%) los que a) sabemos de zapatillas, b) nos atrevemos a criticar zapatillas, y c) nos atrevemos a reconocer una mala compra.

Me acuerdo entonces de la crítica cultural.

*

dos

Veo una película que encuentro recomendada en X. Ya no veo nunca películas recomendadas por un periódico. La película se llama Suzhou River (Lou Ye, 2000). Desde los primeros tres minutos, me fascina. Me vuelve loco. Es lo que yo llamo cine.

Antes, meses antes, vi (dejé de ver) una película de tres horas, también china, y muy publicitada en redes: Yi Yi (Edward Yang, 2001). Figura en muchos rankings de mejores películas del siglo.

Suzhou River es esencialmente audiovisual, aunque hay una omnipresente voz en off. Es cine dentro del cine, a su manera; es L’Atalante y El hombre de la cámara; y Godard y David Lynch. Es Vértigo, de Hitchcock. Avanzo por la película como por una fiesta sorpresa, donde todos traen regalos que me gustan.

"Yi Yi es aburridísima, lenta, con largos planos neutros, seguramente geniales para quien le gusta mirar pintura secarse en la pared"

Yi Yi es aburridísima, lenta, con largos planos neutros, seguramente geniales para quien le gusta mirar pintura secarse en la pared. Su propuesta, diríamos, es humanista, ver gente, muchos chinos, con problemas de chinos, con problemas de gente. Es tan parecida a la vida que no la entiendo. Mete vida dentro de mi vida, como si no tuviera uno bastante.

La dejo, ya digo, a la media hora; a la hora. No saco nada de placer.

Luego, cuando llevo a mis hijos al colegio, les hablo de películas de mayores, les cuento que he visto una película llamada Yi Yi, por ejemplo.

—¿Yi Yi? —repiten.

Y se parten de risa.

*

tres

Acudo con mi hijo a su primer campeonato. Es un campeonato de ajedrez. Juega con niños de su edad (pre-benjamín) en un espacio público donde hay quince o veinte mesas con su tablero y su reloj. Los padres no pueden entrar, así que veo a mi hijo dirigirse él solo hacia su primer enfrentamiento, hacia la primera medición inmisericorde de su inteligencia.

Antes del día del campeonato, siento felicidad ante su nerviosismo, su ilusión, sus ganas de jugar más al ajedrez conmigo para llegar con el mayor entrenamiento posible. Le enseño cosas básicas. Pienso blandamente en una experiencia curiosa para él, nueva, debutante. Me gusta que participe en un evento deportivo, que se apañe solo, que disfrute la experiencia aunque no gane.

"Es la primera vez que veo a un hijo mío competir y, sorprendentemente, a la hora de la verdad, quiero que gane. No quiero que participe. Quiero que arrase"

Sin embargo, cuando le despido en el pasillo del centro cultural, y le veo perderse al fondo con otros niños, me posee el deseo de que les gane a todos. A mi alrededor, todo el mundo (su madre, el profesor de ajedrez del cole) habla de participar, aprender, pasar un buen rato, y hace oídos sordos a mi temor a que pierda todas las partidas (sistema suizo: juegan seis partidas). Lo peor que puede pasar es que pierda todas, y salga llorando, considero. ¿Cómo no llorar si no consigues ni medio punto (tablas)?

Es la primera vez que veo a un hijo mío competir y, sorprendentemente, a la hora de la verdad, quiero que gane. No quiero que participe. Quiero que arrase. Quiero que odie perder. Quiero que estampe el reloj contra la pared en cada partida que pierda. Quiero que tenga ambición y orgullo, no quiero que tenga mentalidad de funcionario. Quiero que disfrute de ganar y que disfrute de perder si lo que quería era ganar. Quiero que sienta esa satisfacción de conseguir algo (ganar una partida al menos) y esa energía de ser exigente con uno mismo.

Lo importante no es participar; lo único divertido de la vida es jugársela.

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