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El otoño de Europa, por José Manuel Sánchez Ron

Europa, ¿otoño o primavera? es el nuevo libro de Zenda. Un ensayo en el cual diplomáticos, periodistas, profesores, estudiosos, científicos e historiadores han expresado sus puntos de vista acerca de Europa. 

A continuación reproducimos «El otoño de Europa», el texto escrito por José Manuel Sánchez Ron para esta obra.

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“Toda época suspira por un mundo mejor. Cuanto más profunda es la desesperación causada por el caótico presente, tanto más íntimo es este suspirar. Hacia el fin de la Edad Media es una amarga melancolía el tono fundamental de la vida. El matiz de resuelta alegría de la vida y firme confianza en la propia energía, que alienta en la historia del Renacimiento y a través del movimiento de la Ilustración, apenas se percibe en la esfera de la vida franco-borgoñona del siglo XV”.

Estas frases proceden de un libro espléndido, para algunos —me temo que ya pocos— no olvidado, El otoño de la Edad Media (1919), de Johan Huizinga. En él, el historiador y filósofo neerlandés analizó la transición que se produjo en Europa entre los siglos XV y XVI, cuando la Edad Media, en cuyo final predominó “una amarga melancolía”, dio paso a una era más esperanzada, el Renacimiento. “El Renacimiento llega —escribió Huizinga en las últimas líneas de su libro— cuando cambia el ‘tono de la vida’, cuando la bajamar de la letal negación de la vida cede a una nueva pleamar y sopla una fuerte, fresca brisa; llega cuando madura en los espíritus la alegre certidumbre (¿o era una ilusión?) de que había llegado el tiempo de reconquistar todas las magnificencias del mundo antiguo, en las cuales ya se venía contemplando largo tiempo el propio reflejo”.

UNA PRIMAVERA ESPLENDOROSA: LA REVOLUCIÓN CIENTÍFICA

El Renacimiento, aquel momento esplendoroso de la historia en el que se pugnó por recuperar las artes y letras antiguas, dio paso al mundo de los Copérnico, Vesalio, Kepler, Galileo, Boyle, Descartes, Harvey, Leibniz y Newton, los principales protagonistas de lo que posteriormente se denominaría la Revolución Científica, el período de los siglos XVI y XVII en el que se sentaron las bases de la ciencia moderna, la mano maestra que “mecería la cuna” del desarrollo futuro de la humanidad. Europa, donde se gestó aquella revolución, mantendría su liderazgo científico hasta el siglo XX, cuando Estados Unidos tomó la delantera, que parece va a compartir con China en el XXI.

Sobre las bases y el espíritu que asentó especialmente Newton en su inmortal libro de 1687, Philosophiae Naturalis Principia Mathematica (Principios matemáticos de la filosofía natural) se levantó el edificio de un siglo inolvidable, el XVIII, el de la Ilustración, o Siglo de las Luces. Era tal el poder explicativo de la física newtoniana, tantos sus éxitos, tanto lo que prometía, que se terminó por creer que en sus principios fundamentales, en las tres leyes de movimiento y en la ley de la gravitación universal que formuló Newton, se encontraba la llave para comprender el funcionamiento del universo. En el libro Essai sur les éléments de philosophie, publicado en 1759 y completado en 1767, del matemático y físico Jean Le Rond d’Alembert, director junto al filósofo Denis Diderot de una obra paradigmática como es L’Encyclopédie ou Dictionnaire raisonné des sciences, des arts et des métiers (1751-1768), se encuentran unas frases que reflejan las esperanzas de aquella centuria:

“La ciencia de la naturaleza adquiere día a día nuevas riquezas: la Geometría ensancha sus fronteras y ha llevado su antorcha a los dominios de la Física que le son más cercanos; se conoce, por fin, el verdadero sistema del mundo, que ha sido desarrollado y perfeccionado; la misma sagacidad que se ha aplicado al movimiento de los cuerpos celestes se ha llevado a los cuerpos que nos rodean; aplicando la Geometría al estudio de estos cuerpos, o intentando aplicarla, se ha sabido percibir y fijar las ventajas y abusos de este uso; en una palabra, la ciencia natural ha cambiado su aspecto desde la Tierra hasta Saturno, desde la Historia de los Cielos hasta la de los insectos. La física ha cambiado de cara, y con ella todas las demás ciencias han cobrado nueva forma. […]

Desde los principios de las Ciencias hasta los fundamentos de la religión revelada, desde los problemas de la Metafísica hasta los del gusto, desde la Música hasta la Moral, desde las cuestiones escolásticas de los Teólogos hasta las de la economía y el comercio, desde los derechos de los Príncipes hasta los de los pueblos, desde la ley natural hasta las leyes arbitrarias de las Naciones; en una palabra, desde las cuestiones que nos afectan más hasta las que nos interesan menos, todo ha sido discutido, analizado, removido. El fruto o la consecuencia de esta efervescencia general de los espíritus, ha sido una nueva luz sobre algunos objetos y una nueva oscuridad sobre muchos, lo mismo que el flujo y reflujo del Océano, que acerca a la orilla algunas materias y aleja a otras”.

Estrictamente, sin embargo, no es verdad que todo fuese “discutido, analizado, removido”. Ni que desapareciese la creencia de que era la Revelación, suministrada por la religión cristiana, y no la Ciencia el mecanismo para acceder a la Verdad, pero al menos, en la idea que dejó tras de sí, aquella fue una centuria optimista, ilusionada, que veía en la razón y en la ciencia sus principales valedores. Gracias a ellas, los ilustrados creyeron que era posible construir una sociedad más racional, justa y cómoda. Coherente con ese espíritu —¿vana ilusión?— no es sorprendente que a finales del siglo tuviese lugar uno de los acontecimientos políticos que ha ejercido más influencia en la historia de la humanidad: la Revolución Francesa (1789). Sin embargo, y a pesar de los buenos deseos de los ilustrados —muchos de los cuales llevaban una vida en modo alguno cercana a la de los sansculottes que habían tomado la Bastilla el 14 de julio de 1789—, no desaparecieron muchas de las desigualdades sociales, entre ellas las que afectaban a las mujeres.

LA PROLONGACIÓN DE LA PRIMAVERA

El siglo XIX europeo fue una época particularmente activa en ideas político-filosóficas que influirían poderosamente en el futuro de la humanidad, como fueron las de Karl Marx, resumidas, junto a Friedrich Engels, en el Manifiesto del Partido Comunista (1848). Y quiero recordar la mil veces repetida, ejemplar y conmovedora frase que Marx incluyó en su Crítica del Programa de Gotha (expuesta en una carta a W. Bracke, del 5 de mayo de 1875): “De cada cual, según sus capacidades; a cada cual según sus necesidades”.

Entre los movimientos que surgieron en este siglo, y que en la centuria siguiente formarían parte de la idea, netamente europea, del “Estado del bienestar” no se debe olvidar uno del que fue responsable un médico alemán, Rudolf Virchow (1821-1902). Además de un gran científico —se le considera como el “padre” de la teoría celular: presentó de manera completa sus ideas y resultados en uno de los grandes libros del siglo XIX: Die Cellularpathologie in ihrer begründung auf physiologische und pathologische gewebelehre (La patología celular basada en la histología fisiológica y patológica) de 1858, un clásico de la literatura médica y, en general, científica—, Virchow fue también un hombre profundamente preocupado, un activista, de hecho, por la situación de la salud pública, en general, y de los hospitales, en particular. Especialmente importantes en este sentido son una serie de artículos sobre las reformas médicas en la salud pública, que presentó durante 1848 en una revista semanal que él mismo fundó junto al psiquiatra R. Leubuscher: Die Medizinische Reform, que se convirtió en el portavoz de un movimiento nacional de reforma médica que intentaba promover un progreso administrativo que se correspondiese con los avances científicos y se beneficiase de ellos. Así, en el número 5 de esta publicación (4 de agosto), manifestaba:

“No basta con que el Gobierno salvaguarde los meros medios de existencia de sus ciudadanos; esto es, que ayude a todos aquellos cuya capacidad de trabajo no es suficiente para ganarse la vida [aquí, Virchow incluía la siguiente nota a pie de página: ‘El nuevo borrador constitucional francés otorga a los ciudadanos el ‘derecho a la asistencia’, definido como sigue: ‘El que pertenece a los niños abandonados, a los enfermos y a los ancianos, de recibir del Estado los medios para existir’]. El Estado debe hacer más. Debe ayudar a todos a que vivan una vida sana. Esto se deriva directamente de la concepción del Estado como la unidad moral de todos los individuos que lo componen, y de la obligación de la solidaridad universal”.

Y en el número 9 (1 de septiembre) escribía:

“La admisión en un hospital debe estar abierta a todo paciente que lo necesite, independientemente de si es judío o ateo. Si alguien solicita la admisión, el único criterio debe ser si está enfermo, y qué circunstancias justifican su admisión en un hospital. Hasta ahora, sin embargo, era lo contrario; la primera pregunta era si la persona podía pagar, o si alguna otra persona era responsable de pagar por él”.

Las ideas de Virchow encontraron eco en la propia Alemania de la mano del canciller Otto von Bismarck, quien en 1883-1884 creó un “seguro de enfermedad” y un programa de indemnización para los trabajadores. Fue el primer país en el mundo en adoptar medidas semejantes.

EL “ESTADO DEL BIENESTAR”

Ideas como las anteriores se vieron ampliadas en el siglo siguiente, el XX, con uno de los grandes logros históricos de Europa: la introducción del “Estado del bienestar”, la idea, y logros consiguientes, de que era obligación ineludible de los Estados atender a la salud, educación, desempleo, desamparo y jubilación de todos los ciudadanos, independientemente de su condición social.

Un momento que incluso se podría denominar “fundacional” fue la presentación en 1942 del informe, Social Insurance and Allied Services, preparado por William Beveridge, en respuesta a la solicitud, en 1940, de Ernest Bevin, ministro de Trabajo británico, quien por entonces ya estaba pensando en la reconstrucción del país cuando finalizase la Segunda Guerra Mundial. El “Informe Beveridge” proporcionó las bases del Welfare State —“Estado del bienestar”— británico de la posguerra. Incluía recomendaciones relativas a una cobertura sanitaria universal, ayudas a las familias, seguros sociales y la obligación del Gobierno de mantener el pleno empleo, a cambio de que todos aquellos en edad laboral deberían abonar ciertas tasas. Su publicación atrajo una enorme atención, vendiéndose aproximadamente medio millón de ejemplares —un claro indicador de lo que la ciudadanía, en este caso, británica, deseaba—, e influyendo no sólo en la opinión pública y en la política del Reino Unido, sino en gran parte del mundo, lo que no quiere decir que siempre se siguiese su ejemplo. En 1944 apareció un segundo informe, también de Beveridge, Full Employment in a Free Society, en que se desarrollaban las ideas del anterior. Con el final de la Segunda Guerra Mundial los países más avanzados de Europa fueron adoptando este modelo del estado del bienestar.

El año siguiente de la aparición de este libro-informe de Beveridge, la Asamblea General de las Naciones Unidas adoptó la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en cuyo artículo 22 se establece que “Toda persona, como miembro de la sociedad, tiene derecho a la seguridad social”. Europa marcaba el paso, pero es bien sabido los límites de los acuerdos de la ONU. El que en una parte de Europa se implantasen, o se esforzase por su implantación, medidas que beneficiasen a toda su población, en especial a los más necesitados, se vio favorecido por la propia historia europea, por las ideas filosóficas y políticas que habían ido apareciendo desde la Ilustración. Una historia, la de Europa, que, no se olvide, proporcionaba numerosos ejemplos de los abusos cometidos en el pasado por los poderosos — reyes o nobles, principalmente— que buscaban sus propios intereses, y de las consecuencias de las guerras de las que la población, los menesterosos, los desposeídos, poco o nada había obtenido, salvo sufrimiento y muerte. Y tampoco hay que olvidar el papel de la religión, la católica en especial, con su énfasis en que la tierra es un “valle de lágrimas” que hay que soportar en aras de un prometido futuro eterno en un feliz mundo celestial.

El Welfare State encontró apoyo en las tesis económicas que había defendido John Maynard Keynes (1883-1946), para quien el Estado tenía la obligación de intervenir, especialmente en tiempos de crisis, para garantizar el eficaz funcionamiento del mercado, teniendo en cuenta los intereses y necesidades de los trabajadores y del conjunto de la población. Pero las tesis keynesianas, que renovadas especialmente por Paul Samuelson (1915-2009) —el postkeynesianismo— han continuado aflorando y siendo discutidas hasta la actualidad, encontraron fuerte posición en otros economistas, a la cabeza de ellos el austriaco, instalado posteriormente en Inglaterra, Friedrich Hayek (1899-1992) y el estadounidense Milton Friedman (1912-2006), representante de la denominada “Escuela de Chicago”. Fue, y es, el enfrentamiento entre lo que —según muchos de sus oponentes— no era sino socialismo (es difícil considerar a Keynes socialista) y el liberalismo, el laissez faire o la creencia en que la sociedad sabe autorregularse en beneficio común.

EL OTOÑO DE EUROPA

Fue en el propio Reino Unido donde el estado del bienestar comenzó a ser socavado. La manu militari, utilizando una analogía, fue la Primera Ministra británica, Margaret Thatcher, primera ministra del Reino Unido entre 1979 y 1990, a quien se unió el canciller alemán Helmut Kohl, canciller de Alemania desde 1982 hasta 1998, y, no sorprendentemente, Ronald Reagan, presidente de Estados Unidos entre 1981 y 1989, un país para el que el estado del bienestar ha sido históricamente un “foreign country” (“un país extraño”), utilizando algo modificada la famosa frase —“the past is a foreign country”— de la novela de L. P. Hartley, The Go-Between (1953). Privatizaciones de servicios públicos, como los transportes por ferrocarril, y despidos laborales masivos fueron habituales en el Reino Unido de Thatcher.

Un problema es que el estado del bienestar —la educación, la sanidad, los seguros de desempleo, los subsidios y la jubilación— cuesta mucho dinero. Y Europa ya no posee la riqueza de que disfrutó en el pasado. Esa riqueza procedió de diversas fuentes, algunas hoy no sólo desaparecidas sino profundamente cuestionables o repudiables, como la que emanaba del colonialismo, dominio en el que el Reino Unido con su Commonwealth fue maestro, aunque no se debe olvidar lo que Bélgica extrajo del Congo, empleando procedimientos mucho más violentos que el Reino Unido en India o, remontándonos mucho más atrás, las riquezas que España —a la que significativamente se ha denominado el “Imperio de la Plata” de aquella época— “importó” del Nuevo Mundo, o las que obtuvo la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales, un pequeño gran Estado en sí misma.

A pesar de la herencia ilustrada, del deseo y sentimiento de obligación de mantener los necesarios servicios sociales en los campos antes citados, los problemas asociados a la globalización, a las distintas políticas, al diferente desarrollo económico y cuotas de desempleo en los países que forman Europa, y en particular en la Unión Europea, han conducido a que siguiendo indicaciones del Fondo Monetario Internacional, el Banco Central Europeo y la propia Comisión Europea, los países del sur de Europa (Grecia, Italia, España) se hayan visto obligados a introducir importantes medidas de reducción del gasto público que afectan a su estado del bienestar, mientras que en otros países, como Noruega, Finlandia, Suiza, Holanda o Francia, la situación es muy diferente. Se trata, en definitiva, de economía. La célebre frase de Bill Clinton, “Es la economía, estúpido”, continúa vigente.

Hoy, en un mundo globalizado gracias a la tecnociencia optoelectrónica, los generadores de riqueza más importantes proceden de tres fuentes: la disponibilidad de materias primas, de las que Europa carece en general…, salvo Rusia en lo que se refiere al gas y petróleo, un país europeo, sí, pero ajeno actualmente a la mejor herencia ilustrada europea, como se está demostrando con especial intensidad con la guerra que ha desencadenado en Ucrania; el comercio, donde Europa tiene enfrente competidores temibles, a la cabeza China, el gigante asiático que, se podría decir, ha despertado, o, si se prefiere, ha decidido abrirse al mundo, tal vez para conquistarlo o, cuanto menos, para arrebatar a Estados Unidos la supremacía mundial; y, por último, el desarrollo de la ciencia y su aliada, la tecnología.

En el siglo XIX, la hegemonía científica europea llevó asociada la aparición de grandes compañías tecnológicas, que generaban riqueza y empleo. Así, la revolución que se produjo en la química orgánica, que despegó gracias sobre todo a los trabajos que llevó a cabo en la Universidad de Giessen el alemán Justus Liebig (1803-1873), condujo a la creación de nuevas y exitosas industrias. En 1827, por ejemplo, Heinrich E. Merck, uno de los alumnos de Liebig, fundó en Darmstadt la Chemische Fabrik E. Merck para la producción en gran escala de productos farmacéuticos. El éxito de la empresa hizo que se extendiese, y uno de los lugares en los que se introdujo fue en Estados Unidos, de la mano de un miembro de la familia, George Merck, que se trasladó a Nueva York en 1891 estableciendo allí una tienda que suministraba productos a, en especial, los farmacéuticos de la ciudad y sus alrededores. En 1897, sus ventas alcanzaron el millón de dólares y contaba con un edificio propio de seis plantas, aunque pronto se instaló en New Jersey. Estrictamente se trataba de una nueva compañía, denominada Merck & Co., de la que la Merck alemana poseía una parte de las acciones, situación que se mantuvo hasta 1917 cuando al entrar Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial el gobierno norteamericano se apropió de las acciones que poseía la firma de Darmstadt. Con la ayuda de inversores de Nueva York, George Merck compró esas acciones al gobierno, comenzando así la historia independiente de la Merck & Co. estadounidense que, con el paso del tiempo, se convertiría en uno de los gigantes del mundo farmacéutico, la multinacional Merck, Sharp & Dohme. En 1856, Ludwig Baist, otro de los antiguos estudiantes de Liebig, estableció la Chemische Fabrik Griesheim para la producción de fertilizantes artificiales, y otro más de sus pupilos que se convirtió en un industrial importante fue Karl Clemm, quien cofundó en 1865 junto con su hermano August y el industrial Friedrich Engelhorn una industria dedicada inicialmente a la producción de anilina, aunque más tarde ampliaron su campo de interés a la sosa y el ácido sulfúrico, necesarios para la producción de los tintes, y a los fertilizantes artificiales. La compañía tomó el nombre de Badische Anilinund Soda-Fabrik (BASF); tras diversos avatares y su refundación en 1952, hoy es una de las grandes de la industria química mundial.

Otro ejemplo significativo de lo que la ciencia europea dio a la industria, y la consiguiente riqueza que generó, se encuentra en el campo de la electricidad, no en vano fue en Europa, en el Reino Unido principalmente, donde se creó la gran síntesis de la teoría electromagnética, a la que está asociado por encima de todos el nombre de James Clerk Maxwell, sin olvidar a otros como Michael Faraday o William Thomson (lord Kelvin). Fue gracias a la ciencia del electromagnetismo que Werner Siemens (1816-1892) pudo construir un imperio industrial en el campo de la electrotecnia, que abrió un nuevo mundo en la iluminación, las comunicaciones, así como en algunos procesos industriales.

Pero la Europa cuyo liderazgo científico era incontestable durante el primer tercio del siglo XX ha desaparecido, si no totalmente, sí en lo relativo a su explotación industrial. La mecánica cuántica fue un logro europeo (Planck, Einstein, Bohr, Heisenberg, Schrödinger, Dirac…), pero su desarrollo (electrodinámica cuántica) y, sobre todo, sus aplicaciones navegaron por otros escenarios: el transistor, un hijo de la física cuántica y auténtica célula de la revolución digital, se inventó en 1947 en los laboratorios Bell, fundados en 1925 en Nueva York por la compañía American Telephone & Telegraph, por tres físicos que trabajaban allí: John Bardeen, Walter Brattain y William Shockley.

Las posibilidades que abrían el transistor y los materiales semiconductores, como el silicio y el germanio, no tardaron demasiado en hacerse evidentes para el mundo industrial. Compañías emprendedoras, pero también científicos norteamericanos, que, inmersos en un mundo en el que el dinero y los negocios representaban un valor no sólo material sino también cultural, se decidieron —algunos al menos— a traspasar las fronteras de la academia de manera mucho más radical que cuando aceptaron trabajar para laboratorios industriales, como podían ser los Bell, esto es, convirtiéndose ellos mismos en empresarios. Tal fue el origen del célebre Silicon Valley (Valle del Silicio), situado al sudeste de San Francisco, en cuya constitución desempeñaron papeles centrales Frederick Terman, catedrático y director de la Escuela de Ingeniería de la cercana Universidad de Stanford, y William Shockley, que abandonó los laboratorios Bell buscando horizontes más lucrativos (en 1955 fundó, en lo que entonces era simplemente los alrededores de la bahía de San Francisco, su propia compañía, el “Shockley Semi-conductor Laboratory”). Como es bien sabido, el crecimiento, durante las décadas de 1960 y 1970 de Silicon Valley fue extraordinario, pero no es explorar ese crecimiento lo que me interesa aquí, sino resaltar el papel simbólico y ejemplificador que desempeñó en la configuración de una “nueva alianza” entre ciencia e industria, una alianza que se desarrolló sobre todo en Estados Unidos.

Sin embargo, pese a mantener una notable presencia en el mundo de la innovación digital, la influencia de Silicon Valley ha disminuido en la actualidad. Los grandes nombres de esas empresas tecnológicas son hoy gigantes, cuyos “brazos” se extienden por todo el planeta, como Amazon, Google o Huawei, en los que, por cierto, se aprecian características que reflejan los diferentes Estados en los que tienen sus bases. Así, Huawei, cuyo presupuesto anual en I+D (Investigación y Desarrollo) es de, aproximadamente, 15.000 millones de dólares, cuenta con el apoyo del gobierno chino. Un estudio del Wall Street Journal (25 de diciembre de 2019) sobre los subsidios que el gobierno chino estaba proporcionando a Huawei los situaba en 75.000 millones de dólares, en forma de terrenos, créditos bancarios y deducciones de impuestos. Y es que la Guerra Fría de 1985-1991, renovada ahora entre Estados Unidos y Rusia, ha dejado paso a otra más importante para el presente y futuro, como es una guerra tecnológico-comercial entre Estados Unidos y China, nación ésta que cada vez ocupa más puestos de liderazgo en la creación de nuevo conocimiento científico y desarrollo tecnológico. Esta guerra abarca diferentes frentes, pero uno de ellos, particularmente importante, es el que se puede denominar la “Guerra del microchip”, una contienda en la que Europa tiene escasa presencia —lo mismo sucede con el en otro tiempo poderoso Japón— pero aparte de Estados Unidos y China, sí lo tienen otros participantes, no creadores pero sí manufactureros, a la cabeza de ellos Taiwán, cuya empresa Taiwan Semiconductor Manufacturing Company, más conocida por sus siglas, TSMC, domina el mercado de producción y ensamblaje de dispositivos imprescindibles en las tecnologías digitales, hasta el punto de que su posición clave, e insustituible por el momento, representa un potencial factor geoestratégico de riesgo de primer orden dado el hecho de que China no ha renunciado a integrarla —recuperarla— en su territorio.

Basada en el descubrimiento de la estructura en doble hélice de la molécula de la herencia, el ácido desoxirribonucleico (ADN), realizado en 1953 en el Laboratorio Cavendish de Cambridge (Inglaterra) por James Watson y Francis Crick, la biotecnología y la ingeniería genética constituyen otro ejemplo importante de dominios científicos muy relevantes para la industria, que también afectan a la vida, en este caso en su dimensión médico-biológica, aunque por el momento su repercusión en el mundo es mucho menor que la informático-digital. Sucede que a pesar de semejante prioridad, ambos campos científico-tecnoló- 246 – gicos se han desarrollado y se desarrollan en mayor medida en Estados Unidos que en Europa. Los estadounidenses lo hicieron fomentando la alianza entre ciencia e industria; en este sentido se encuentran casos como el de Herbert Boyer, catedrático de Bioquímica en la Universidad de California (San Francisco), que había desarrollado en 1973 con Stanley Cohen un método para reordenar moléculas de ADN en un tubo de ensayo a fin de crear moléculas híbridas (ADN recombinante), y que fundó en 1976, junto a un joven socio capitalista, una compañía biotecnológica para explotar comercialmente la nueva técnica (Boyer aportó sobre todo sus conocimientos científicos; en lo que a capital económico se refiere su contribución fue modesta: 1.000 dólares). Finalmente, y tras captar capital adicional, la nueva compañía se denominó Genentech (“Genetic Engineering Technology”). Y paradigmático es el célebre Proyecto Genoma Humano, que pese a la participación, minoritaria de Alemania, Reino Unido, Francia, Japón y China, fue una empresa netamente estadounidense, liderada en principio por los Institutos Nacionales de la Salud (NIH), a los que se terminó uniendo “Celera Genomics”, una compañía comercial fundada en 1998, dirigida por el innovador biólogo molecular Craig Venter.

LA CRECIENTE DESIGUALDAD DE LA RIQUEZA

No puede existir un Estado del bienestar cuando la riqueza general pasa a manos de unos pocos. Y esto es lo que está sucediendo cada vez de forma más marcada, hasta el punto de que parece que acumular megafortunas es ahora si no una meta sociocultural ambicionada (lo es un muchos casos), sí una tolerada. Que en la actualidad la riqueza mundial esté cada vez en manos de menos personas es un hecho favorecido por las oportunidades que surgen del avance científico y el desarrollo tecnológico. Elon Musk, por ejemplo, actualmente la persona más rica del mundo, posee un verdadero “imperio”, formado por empresas como SpaceX (aero-espacial), Tesla (vehículos eléctricos), Starlink (conexión por nano-satélites), Solarcity (paneles solares) y Neuralink (biotecnología), a las que recientemente ha añadido Twitter, un poderoso instrumento de comunicación y, por consiguiente, influyente en la opinión pública. Que una persona pueda tener el poder e influencia que posee Musk es algo sobre lo que es preciso reflexionar. Se dirá que es consecuencia de su inteligencia, habilidad y visión de futuro, lo que seguramente es cierto, pero, ¿es razonable que una sola persona pueda introducirse en territorios que deben ser patrimonio de la humanidad? Me refiero en particular al hecho de que uno de los proyectos en que está empeñado Musk es el del turismo espacial. Y es más que un proyecto, una realidad que ya está en marcha: el 15 de septiembre de 2021 SpaceX, fundada en 2002, puso en órbita alrededor de la Tierra una cápsula con cuatro civiles que apenas habían recibido entrenamiento astronáutico; antes, el 6 de febrero de 2018, SpaceX había lanzado al espacio un coche descapotable de la marca Tesla, en una clara maniobra publicitaria. Que un individuo pueda intervenir en el espacio, que debería ser, que es, insisto, patrimonio de la humanidad, es contrario a la legislación internacional promovida por la ONU sobre la utilización del espacio, en la que no se incluye nada que se refiera a actividades de carácter privado, únicamente trata de acciones de los Estados. En el “Prefacio” a un documento producido por la ONU en 2002 en el que se reproducen los cinco tratados internacionales multilaterales firmados hasta la fecha sobre el tema (el primero de 1967, el último de 1979 pero que entró en vigor en 1984) se declaraba que “El espacio ultraterrestre, un medio extraordinario en muchos respectos es, por añadidura, único en su género desde el punto de vista jurídico. Sólo recientemente las actividades humanas y la interacción internacional en el espacio ultraterrestre se han convertido en realidad y se han comenzado a formular las reglas de conducta para facilitar las relaciones internacionales en el espacio ultraterrestre”. Basta un somero repaso de estos tratados para apreciar que las actividades de carácter privado, como el turismo espacial u otras posibles futuras, no se recogen en ellos, limitándose estos a incluir artículos generalistas del tipo: “La exploración y utilización del espacio ultraterrestre, incluso la Luna y otros cuerpos celestes, deberán hacerse en provecho y en interés de todos los países, sea cual fuere su grado de desarrollo económico y científico, e incumben a toda la humanidad”; u otros que responden más a la mentalidad de la Guerra Fría que a situaciones presentes; por ejemplo: “Los Estados Partes en el Tratado se comprometen a no colocar en órbita alrededor de la Tierra ningún objeto portador de armas nucleares ni de ningún otro tipo de armas de destrucción en masa, a no emplazar tales armas en los cuerpos celestes y a no colocar tales armas en el espacio ultraterrestre en ninguna otra forma”.

El turismo espacial, en definitiva, no tiene visos de responder a ningún “beneficio para toda la humanidad”, estando como está, y previsiblemente estará, al alcance de unos pocos, sin dejar de lado cómo puede afectar al espacio cercano en lo que se refiere a la “basura espacial”. Que Europa permanezca en silencio ante semejantes hechos no es sino otra manifestación de la escasa influencia que posee en la geopolítica mundial, otra manifestación de su otoño, aunque éste pueda ser a veces dulce.

El capitalismo, el liberalismo, la libre empresa, la tesis económica (una ideología, en realidad) del crecimiento continuo —una imposibilidad física— han aportado muchos beneficios a la humanidad, pero está conduciendo a una era en la que la distribución de la riqueza y el poder político se están viendo seriamente afectados con la cada vez mayor proporción de riqueza en manos de menos empresas o personas. El cambio climático que está teniendo lugar es una de las víctimas de semejantes ideologías, con la colaboración, reconozcámoslo, de la ciudadanía, que participa de las tesis consumistas. Como en su día escribió el politólogo y ensayista italiano Giovanni Sartori (1924-2017), las nuestras, las más desarrolladas en especial, son “Sociedades de Derechos y no de Deberes”. El mal ya está hecho, y las generaciones futuras sufrirán sobre todo las consecuencias, pero deberíamos esforzarnos por suavizar en alguna medida la destrucción en curso y preservar una climatología, una biodiversidad y un medioambiente más acorde con la existencia humana y su pasado como especie. La lógica del disfrute y la explotación que representan iniciativas de magnates como Elon Musk o de demasiadas empresas multinacionales no se dirigen en esta dirección.

EPÍLOGO

“Nuestra generación”, escribió José Ortega y Gasset en El tema de nuestro tiempo (1923), “si no quiere quedar a espaldas de su propio destino, tiene que orientarse en los caracteres generales de la ciencia que hoy se hace, en vez de fijarse en la política del presente, que es toda ella anacrónica y mera resonancia de una sensibilidad fenecida. De lo que hoy se empieza a pensar depende lo que mañana se vivirá en las plazuelas”. Y en un artículo publicado en El Imparcial el 27 de julio de 1908, expresó la misma idea de forma diferente y sucinta, a la vez que poderosa: “Europa = ciencia; todo lo demás es común con el resto del planeta”.

Hoy añadiríamos otras cosas, como que Europa es —o querría ser, no sé si todos— democracia y ansias de Estados “del Bienestar”, pero aun así ese bienestar no será posible sin la ayuda de una ciencia y una tecnología que permitan generar la riqueza necesaria y su correcta distribución. Lo que no ha cambiado, o no debería haber cambiado, es que Europa defienda los mejores valores de la Ilustración. Honrará así a lo mejor de su historia.

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VV.AA. Título: Europa, ¿otoño o primavera?

Editorial: Zenda. Descarga: AmazonFnac y Kobo.

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9 meses hace

Excelente artículo. Uno de los mejores. No se queda solo en Europa, mirándonos el ombligo. Visión global de una situación insostenible.

Y, si en época de Ortega, la política estaba ya anacrónica, qué dejamos para la actual en la que se reproducen sin decoro todos los vicios de entonces: ideologías trasnochadas, odios, búsqueda sin conciencia del poder, nepotismo, mala gestión, despilfarro público, líderes corruptos, vuelta a antiguas fórmulas políticas que ya han demostrado su gran fracaso… … … Quizás lo que de verdad es necesario es una auténtica regeneración política e ideológica en toda Europa.

De acuerdo totalmente con defender las ideas de la Ilustración, cuyos valores, aunque no se hayan cumplido, deben pervivir en este mar predominante de posmodernismo que nos ahoga, en un mundo de relativismos en el que se cuestiona hasta la ciencia. Todo es posverdad en una sociedad en la que se cuestiona hasta las matemáticas. Nadie en su sano juicio socava los pilares maestros de su propio edificio. Eso es decadencia y ese es el proceso en el que nos hayamos inmersos.

Excelente y realista.