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El paraíso perdido de María Teresa León

El paraíso perdido de María Teresa León

La prueba de fuego de una obra literaria está en la relectura. Volver a un texto conocido funciona en doble dirección: puede tanto producir el desencanto de una precedente sobrevaloración como confirmar los méritos apreciados en el anterior encuentro. Gran impresión me produjo el acercamiento a Memoria de la melancolía cuando leí el libro, que por entonces no resultaba del todo fácil encontrar, en su salida de 1970 en Losada, la editorial de Buenos Aires estrechamente vinculada a los exiliados republicanos de la guerra civil. Volví a leerlo con ocasión del fallecimiento de María Teresa León en 1988, con idéntica admiración que la primera vez. Ya conocía ahora la mayor parte de su restante amplia obra y esta circunstancia me llevó a valorarla como la mejor suya. Y a apreciarla como una de las piezas memorialísticas más logradas de las letras españolas de todos los tiempos. Vuelvo hoy por tercera vez a estos emocionantes recuerdos y revalido de nuevo la impresión y el juicio. No ha perdido nada de la frescura y originalidad de anteriores encuentros, y su materia noticiosa, aunque ya conocida, conserva el interés de lo que se trasmite con el sello de lo novedoso.

El secreto del valor perdurable de los recuerdos de María Teresa León está en la intuición artística que le llevó a escribirlos tal y como lo hizo. Hay en su forma un algo difícilmente explicable que no obedece a ningún programa de los que se explican en los talleres de letras. Acertó por un rapto de inspiración con la dispositio y la elocutio —discúlpeseme la pedantería de decirlo con los términos precisos de la retórica clásica— que alzaban las vivencias personales —base única de la inventio— de una mujer inmersa en los mayores conflictos de la pasada centuria a la categoría de obra de arte de la palabra. Estas consideraciones resultan imprescindibles para conjuntar, después de distinguirlos, los dos flancos que cohabitan en Memoria de la melancolía: el riquísimo contenido informativo de una concreta peripecia biográfica excepcional y un relato que remite a un artefacto literario puro. Concédaseme la licencia de decir que el mosaico de recuerdos de la autora se emparenta con un objeto novelesco en el que el héroe —la heroína, si la humildad de la protagonista permitiera este término enfático— afronta las desigualdades e injusticias de la vida, paga su empeño con un dilatado y doloroso peregrinaje y anhela llegar al que se sabe paraíso perdido. Por eso la Memoria de la melancolía permite, o debe, leerse como la novela de una vida; una vida en incansable y tenaz búsqueda del paraíso imposible.

Alberti y María Teresa León en 1930.

Será muy escolar esta diferenciación de fondo y forma, pero Memoria de la melancolía la pide a gritos. Porque al lector más apresurado no se le escapa el relieve histórico de los episodios en que se vio envuelta María Teresa León. Sin detallar muchas circunstancias que afloran en la rememoración, ahí es nada el trato, muchas veces habitual, estrecho o íntimo, como grandes nombres de la cultura occidental de la Edad de Plata. Españoles: Picasso, el matrimonio Menéndez Pidal, Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, Cernuda, Miguel Hernández… De otros dominios geográficos: Stalin, Gorki, Brecht, Hemingway, Einsenstein, Malraux…

En la peripecia de María Teresa León constan también algunas situaciones como de relato de acción: la estancia y huida de Ibiza en los preliminares de la guerra o la actividad durante la contienda en las Guerrillas del Teatro, en las Milicias de la Cultura, en la Alianza de Escritores e Intelectuales Antifascistas y su intervención para preservar los cuadros del Prado de los bombardeos franquistas. Desarrolló además un ajetreo viajero planetario: varias veces a Hispanoamérica, varias asimismo a la Unión Soviética, una visita a la China ya comunista —origen de un libro con ilustraciones de Alberti, Sonríe China—, diversos recorridos por países europeos…

Participó igualmente María Teresa en algún acontecimiento determinante de la historia occidental. Estuvo en el “inolvidable” Primer Congreso de Escritores Soviéticos, donde cayó rendida a la significación y encanto de Gorki, conoció al famoso Sholojov, al no menos popular en Rusia Pasternak, entonces solo gran poeta, y a Isaak Babel. Todo ello en un accidentado viaje de tan fuerte impresión que le dedicó un buen número de crónicas periodísticas recogidas en un libro interesante, El viaje a Rusia de 1934, que con elogiable iniciativa publicó la sevillana editorial Renacimiento el año pasado. La mirada de la memorialista solo retiene el entusiasmo que el encuentro moscovita provoca en la joven escritora revolucionaria y no dice nada del dramático destino que aguardaba a Babel o de las dificultades posteriores de Pasternak con Doctor Zivago por culpa de aquel Congreso donde se decretó la subordinación de la literatura al poder, al Partido. No ignora, sin embargo, Memoria… esos efectos y en otro momento evoca con emoción a amigos represaliados por la tiranía stalinista.

La mayor parte de los retratos se concentran en expeditivos apuntes de entusiasmo amistoso y, aún más, de confraternidad ideológica. Tampoco faltan finos juicios artísticos. Pero a veces tiene mayor carga o penetración. La confrontación de la autora con Miguel Hernández, a quien llegó a dar una bofetada, apunta un rasgo del oriolano, su tozudez, que le costó la vida, y constata el difícil anclaje del campesino calzado con zapatillas que detestaba García Lorca entre la panda de señoritos de la generación del 27. A propósito del franquista Ramón Gómez de la Serna, M.T. León hace una cerrada reivindicación de su profunda e innovadora creatividad, que separa de sus convicciones políticas. Merece la pena destacar los apuntes acerca del exilado Clemente Cimorra, a quien Alberti ninguneó en La arboleda perdida. El vitalismo exultante de Cimorra explica el tono de su prolífica y dispersa obra y constituye la razón última de Cuatro en la piel de toro, que M.T. León califica como “la novela del perdón”, aunque le convendría mejor la definición de novela de la reconciliación. Sería muy oportuno rescatar este olvidado libro del no menos olvidado Cimorra en los tiempos encrespados que vivimos. En fin, un auténtico ejercicio de equilibrio analítico muestra nuestra autora ante Zenobia Camprubí: entiende y justifica, ella, defensora de la causa de la mujer y que dio máximo ejemplo de independencia al romper con su familia burguesa y con su primer marido para unirse al revolucionario Alberti, la abnegada entrega de Zenobia al despótico Juan Ramón. Por cierto, la tensión de María Teresa con su madre y la tardía vuelta al afecto materno, al tardío momento en que comenzó a quererla, dan de sí páginas de honda confesionalidad.

Datos históricos y retratos de personas no son desahogo autobiográfico, brotan de una pasión por la escritura y fluyen a través de una estratificación de la memoria que fracciona la línea temporal y da rienda suelta a complejos mecanismos asociativos. Añade la autora elementos dramatizadores y observaciones poemáticas. El punto de vista del relato adopta varias perspectivas: el yo autobiográfico, la mirada distanciada desde una tercera persona y la interpelación en un tú interrogativo. De ahí viene una cierta impresión de desorden, que es intencionado. Y que resulta literariamente muy eficaz para recrear en su complejidad el gran leitmotiv de los recuerdos, el exilio.

María Teresa León apela reiteradamente a la patria, que le arrancaron del alma de un solo tirón, a la “madre España”, robada por el fascismo, a la “no vencida España”. “Encadenada vivo a los recuerdos”, confiesa la autora, porque ahí encuentra un medio “para agarrar la esperanza”. Lo cual supone un alivio a la grave incertidumbre del emigrado, no saber dónde morirse. Memoria de la melancolía aporta, por estas vivencias de la autora, un gran fresco del sentimiento del destierro, del que, respecto del español de 1939, no deja de anotar los muchos defectos y vicios que lo aquejaron: endogamia, peleas, ensimismamiento y falsa percepción de un regreso que se hacía interminable. Pero más allá de las tachas ciertas de la España trasterrada, queda el palpitante testimonio de la añoranza de la tierra propia, el padecimiento por la raíz cortada y, sin embargo, nunca rota, siempre anhelada. Con acierto bautiza Benjamín Prado el libro en su sucinto y excelente prólogo como una “especie de tratado de la pérdida”.

María Teresa León y Rafael Alberti en 1934 (Foto: Fundación Rafael Alberti).

Memoria de la melancolía añade una nueva salida a las no pocas que jalonan una trayectoria de reconocimiento, casi de popularidad, desde su aparición hace medio siglo —en varias colecciones de Bruguera y Círculo de Lectores, en Galaxia Gutenberg y en los Clásicos de Castalia con anotación académica del tempranamente fallecido Gregorio Torres Nebrera—. Su éxito, advierte también Benjamín Prado, ha tenido el efecto negativo de oscurecer el resto de la no pequeña obra literaria de María Teresa León, también novelista, cuentista, fabulista, dramaturga y ensayista. Difícil tienen cualquiera de estos escritos suyos competir con la gracia alada que inspiró la autobiografía, pero su rescate en una “Biblioteca María Teresa León” bajo la experta dirección del propio Prado permitirá comprobar que la pluma de la escritora se desenvolvió en registros casi contrapuestos, desde la combativa novela testimonial de propaganda —Contra viento y marea o Juego limpio— hasta encantadoras fabulaciones mitológicas —Menesteos, marinero de abril, poético homenaje gaditano a partir de la inventiva fundación de la ciudad andaluza— pasando por aleccionadoras reencarnaciones biográficas —Bécquer, El Cid Campeador, Jimena Díaz de Vivar y Cervantes—. Semejante variedad temática y estilística —resultado de la “enfermedad incurable” de escribir— merece que María Teresa León ocupe un espacio mayor que el alcanzado hasta ahora en las letras castellanas del pasado siglo.

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Autora: María Teresa León. Título: Memoria de la melancolía. Editorial: Renacimiento. Venta: Todos tus librosAmazon, Fnac y Casa del Libro.

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