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Jaime Salinas, haciendo amigos e historia

La anécdota es bien conocida, porque se ha repetido muchas veces. Jaime Salinas llegaba en 1956 a las oficinas de la compañía barcelonesa de artes gráficas Seix Barral. Su quehacer era abordar, en general, la organización y racionalización del trabajo de la empresa. Allí le llevó la pura necesidad de encontrar un empleo y sin propósito de vincularse estrechamente al que había encontrado. Un día, alguien, no se sabe bien quién, quizás el socio industrial, Víctor Seix, o un colaborador, el filólogo Joan Petit, descubrió que el recién llegado era hijo del poeta del 27 Pedro Salinas. No aclara el libro que he leído con verdadero placer, Cuando editar era una fiesta, quién hizo el hallazgo, e incluso dice cosas diferentes en varios sitios, pero la feliz consecuencia fue que el copropietario y director literario de Seix, Carlos Barral, se enteró.

En aquel momento cambió el rumbo de la vida del nuevo empleado y se abrieron perspectivas renovadoras inéditas en la pobre edición de la época, desconectada de la modernidad cultural occidental por culpa de la dictadura, la autarquía y la represión política y eclesiástica. Barral, seducido por la aureola del exilio y por la genealogía de Salinas, con todo lo que esto implicaba de nexo con la edad de plata literaria republicana, lo incorporó al círculo de sus allegados —Castellet, Gil de Biedma, los Ferraté…— y también a los proyectos editoriales. Pasó a ser persona de confianza, ayudante para todo y lo integró en el consejo editorial.

"Un criticismo radical para consigo mismo y para con los demás marca a Salinas. De ahí que las memorias supongan un largo repertorio de damnificados"

El azar le había llevado a Jaime Salinas a aquel sitio, y allí encontró su vocación y destino. Durante una década contribuyó a forjar el perfil de una editorial innovadora que pretendía Barral. Su fecunda trayectoria desde este momento estaba pendiente de un cumplido relato memorialístico, porque otro anterior, Travesías, había recogido infancia, adolescencia y primera juventud y se había cerrado justo con la escena en que llegaba en taxi a “la casa oscura”, como se conocía en el mundillo literario al vetusto caserón donde se hallaban las oficinas de Seix Barral. Salinas tuvo propósitos de continuar esos recuerdos, pero no lo hizo por un puntillismo en los datos de los que no disponía. Entre otros materiales, se habían perdido las anotaciones que tomó en las jornadas de los destacados premios Formentor, de los que era secretario general. Esos y otros papeles habrían proporcionado datos importantes para la intrahistoria cultural española del medio siglo pasado. Un escritor emergente, Jesús López Pacheco, hizo la crónica del encuentro mallorquín de 1959 en la revista Índice de Artes y Letras a partir de las notas que Salinas le prestó, y en ella se ve la minuciosidad con que éste apuntaba todo, incluidas las palabras literales de los participantes.

En sustitución de esa autobiografía en primera persona, el crítico y estudioso Enric Bou ha preparado unas completas “memorias de editor” enhebrando variedad de materiales. Los más importantes son las cartas que con periodicidad más o menos semanal mandó Salinas durante cuarenta años a su pareja, el escritor y traductor islandés Gudbergur Bergsson, y en las que le da minutísima noticia de su quehacer profesional. Enric Bou completa el copioso epistolario, extractado, con otros materiales: estudios, artículos, conversaciones con gentes que conocieron al editor o saben de su trabajo. Todo ello lo monta Bou con una gran destreza y lo que podría ser una fatigosa, aunque interesante, acumulación informativa lo convierte en una fluida narración. Se cierra el libro con un índice onomástico imprescindible en este tipo de obras (por cierto, el autor de un libro básico de Seix Barral, Tiempo de silencio, sale duplicado: se le alfabetiza por «Martín Santos» y por el segundo apellido). Completa el grueso volumen un curioso álbum fotográfico.

Aunque no sea a la larga el interés mayor del libro, éste bosqueja la personalidad del personaje central, si bien en el epistolario solo haya breves escapadas a la intimidad. De las cartas y de otras informaciones sale el retrato psicológico de una persona bastante particular, solitario, atormentado, depresivo, insatisfecho, víctima de una persistente sensación de desarraigo, o con falta de arraigamiento en una tierra con la que es muy duro, pero en la que termina por vincularse en un abrazo estrecho con ella y a ponerla por encima de su patria americana del exilio. Un criticismo radical para consigo mismo y para con los demás marca a Salinas. De ahí que las memorias supongan un largo repertorio de damnificados.

"Su mirada es implacable, en particular con Carlos Barral, cuyo infantilismo y señoritismo comenta una y otra vez"

Su mirada es implacable, en particular con Carlos Barral, cuyo infantilismo y señoritismo comenta una y otra vez. La “inmensa vanidad del joven barbudo” le inspira una plástica situación. Si algún día, imagina, a Carlos y a sus amigos “nos pusieran contra una pared para fusilarnos, Carlos se levantaría de la tumba para contar al mundo que a él le habían matado con más balas que a los demás”. En las contundentes apreciaciones de Salinas no deja de haber, sin embargo, contradicciones entre lo que leemos ahora y lo que ha dicho en otros sitios. Aquí vemos a Barral atento seguidor de los autores del boom mientras que en El oficio de editor, jugoso libro de conversaciones con Juan Cruz, subrayaba cuánto le sorprendió al conocer a quien sería su patrón «el enorme desprecio que él tenía por la literatura hispanoamericana; decía que los latinoamericanos eran monos subidos en cocoteros». En las memorias falta ese menosprecio inicial que dio lugar a una tardía rectificación, la cual llegó al darse cuenta de que “tenía que tomarse en serio” las letras del “húmedo ultramar”, por decirlo con la fórmula utilizada por Barral en sus memorias.

Por la exigente vara de medir de Salinas pasan con descalificaciones o puntualizaciones amigos y gentes cercanas a lo largo de toda su trayectoria. El grupo de próximos en Barcelona, e Yvonne, la mujer de Barral, y Carmen Balcells y Cela y sus mayores amigos en Madrid, —los dos Juanes, García Hortelano y Benet, y Ángel González— o sus colaboradores en la capital, Javier Pradera y José María Guelbenzu. Tampoco el ministro Solana, que le nombró Director General del libro, sale bien parado. No se libran de juicios severísimos ni su hermana, Solita, ni su marido, el hispanista Juan Marichal. Ni “el nefasto Rafael Conte, crítico literario sin crítica”. Y qué decir de las gremialistas bibliotecarias, a quienes fustiga sin piedad. El descrédito tiene a veces el valor de descubrir el mundo oscuro de la vida cultural. A Monique Lange, influyente asesora de Gallimard, la describe con crudeza intrigando para que reciba el Premio Formentor un autor francés, para lo cual “se habrá acostado con todo hombre y se la habrá chupado a quien sea para ganarse votos”. La misma táctica le atribuye en otra ocasión: “Llevaba trabajando desde hacía meses, por los pasillos, en los retretes y en las camas de los demás, para que el premio Formentor se lo dieran a Semprún”, estrecho amigo del entonces marido de la editora francesa, Juan Goytisolo, y en perjuicio de Vargas Llosa, que había presentado una novela “mucho mejor en todos los sentidos”. En este contexto, se engrandece el trato respetuoso y admirativo de Vargas Llosa y Julio Cortázar.

Por mucho que llame la atención esta tendencia de Salinas a hacer amigos, es solo la vertiente no irrelevante pero sí bastante anecdótica de Cuando editar era una fiesta. El libro contiene algún dato histórico valioso. Lo es el novedoso testimonio acerca de los planes del Ministerio de Información y Turismo de comprar a escritores “liberales” (Cela, Cano y un etcétera sin precisar) a cambio de favores. “Su estrategia es evidente e inteligente: ganarse a estos escritores y aislar a los jóvenes que pecan de «conciencia social»”. Salinas teme que el ministro Fraga se saldrá con la suya. En cualquier caso, es un precedente de algo sabido. Un año después, en 1963, con ocasión de un seminario madrileño sobre realismo en la literatura, sería Cela quien propusiera al Director general de prensa, y cuñado del ministro, Robles Piquer, un plan de ese tipo —ayudas a la publicación de obras y otros apoyos— para granjearse a los escritores comunistas, que abundaban, según Cela. Lo cual parecía un tanto extravagante pero que ahora cobra verosimilitud al conocerse la noticia que proporciona Salinas.

"Cuando editar era una fiesta tiene el valor de una obra de referencia sobre la actividad editorial española desde hace medio siglo largo"

Notable resulta también la percepción de Salinas de los grandes cambios que se avecinaban en el mundo editorial a raíz de la progresiva conversión de la literatura en un fenómeno de consumo. “Hay que ir acostumbrándose al hecho de que los valores literarios de una obra queden relegados a un segundo plano”, dice con sentencia profética. Su apreciación pesimista (o realista, en verdad) queda clara al hablar en 1965 de los encuentros entre los más significativos editores internacionales en relación con los Premios Formentor e Internacional. El repaso de sus prestigiosos colegas es inmisericorde: la flor y nata de la edición moderna se mueve por razones espurias. “Todos ellos pasan de refilón al margen de la literatura; son en el fondo esclavos de ese sistema de fuerzas y presión que ha creado el editor; son en el fondo tan comerciantes como ellos”. Balance: discuten durante seis días para darle al final el premio a una novela que es un puro best seller.

Con la experiencia acumulada a lo largo de diez años en Seix Barral, Salinas vio llegado el momento de escapar de aquel círculo tóxico barcelonés, trasladarse a Madrid y emprender su propio proyecto personal, que en principio consistió en publicar una colección de clásicos, entendiendo este término en sentido muy amplio, y terminó por fraguar una de las aventuras editoriales españolas más notables, la colección El libro de bolsillo de Alianza Editorial. En esta exitosa empresa programó también series bajo su signo personal —la Alianza Tres, dedicada a valores literarios— y lo mismo hizo en los siguientes sellos en que trabajó con el paréntesis del recordado cometido político: Alfaguara y Aguilar. Resucitó la mortecina Alfaguara de Cela y del constructor Huarte y en ella lanzó a la incipiente generación literaria del 68, la de Juan Pedro Aparicio, Luis Mateo Díez o José María Merino. Autores de exigente escritura literaria, diseño moderno —alguno audaz y fallido—, cuidado material del libro y promoción de los escritores marcan un estilo diferente. La colección de bolsillo en tapa dura de Aguilar fue una apuesta arriesgada que no tuvo mucho éxito, a pesar de haber aglutinado un catálogo de fondo muy valioso.

La correspondencia privada con Bergsson descubre también las tripas empresariales y la incierta y precaria solvencia de un grupo editorial básico de la reciente democracia gracias a su minuciosidad informativa. Al añadirse al diagnóstico de la antifranquista Seix Barral, Cuando editar era una fiesta tiene el valor de una obra de referencia sobre la actividad editorial española desde hace medio siglo largo. Pero supera con mucho ese parcial y limitado interés y se convierte en un ilustrativo recorrido por las últimos seis decenios de la cultura española. Para ambos asuntos es un libro de referencia. No estará de más, por otra parte, reconocer el mérito de la editorial Tusquets al publicar una obra gruesa y costosa de dudosa rentabilidad inmediata. Solo quizás le compense a largo plazo por su condición, dicho con jerga del gremio, de long seller. O sea, porque es una obra sin fecha de caducidad.

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Autor: Jaime Salinas. Título: Cuando editar era una fiesta. Editorial: Tusquets. Venta: Todostuslibros y Amazon

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