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El poeta de Velintonia

El poeta de Velintonia (Edelvives) es un homenaje a Vicente Aleixandre, escrito por Emilio Calderón e ilustrado por Carmen García Iglesias. Esta es la historia de Velintonia, la casa madrileña en la que residió y escribió casi toda su obra el Premio Nobel de Literatura 1977, Vicente Aleixandre. Velintonia fue el espacio habitual de reunión de los miembros de la Generación del 27, donde se idearon revistas y libros, se leyó la más alta poesía en español y se crearon lazos de amistad indelebles.

Zenda publica algunas páginas con sus ilustraciones.

Verso era un gato de pelaje blanco blanquísimo, salvo sus pies, que eran de un negro negrísimo, tan negros negrísimos que en vez de Verso podría haberse llamado Botines, pero él prefería un millón de veces su nombre. Y es que se consideraba a sí mismo un gato poeta, porque en lugar de comer raspas, espinas o sobras de los cubos de basura, se alimentaba de versos.

Todo había comenzado hacía mucho, mucho tiempo, cuando Verso era un gato callejero y ni siquiera tenía nombre.

Un día de verano, a la hora de comer, Verso saltó la verja que rodeaba una bonita casa. Su idea era rebuscar entre los desperdicios, como tenía por costumbre, con el propósito de echarse algo a la boca.

En el jardín, sin embargo, se dio de bruces con un hombre alto y espigado, de ojos azulísimos, casi transparentes, y cabello rubio, que llevaba en la mano izquierda una bolsa de piñones y hablaba con voz suave y cariñosa a un perro de color canela: —¡Sirio, bonito, acércate! ¡Ven a comer tu ración de piñones! —exclamaba el hombre.Verso pensó dar un salto y esconderse para no ser descubierto, pero la posibilidad de zamparse unos cuantos piñones, que aquel perro mimado y bien alimentado parecía despreciar, hizo que se quedara inmóvil, con la boca abierta de par en par, igualito que una estatua. Tanto es así que ni siquiera se percató de que aquel hombre alto y rubio se había dado cuenta de su presencia.

—¡Mira, Sirio, tenemos visita! A ti creo que ya te he visto por el barrio… Porque tú eres el minino que haces rodar el cubo de los Ruipérez una noche sí y otra también, ¿verdad? Sí, sí que lo eres, no hay duda.

De haber sido capaz de responder, Verso hubiera dicho que, en efecto, él era el gato callejero que revolvía en la basura de los vecinos, aunque no se le podía culpar de que el cubo fuera de latón y armase un escándalo terrible cuando lo destapaba.

Antes de iniciar siquiera la huida, uno, dos, tres, cuatro y hasta cinco piñones fueron a parar a su boca.

«¡Hum! ¡Qué ricos están!», pensó Verso mientras devoraba los piñones.

Ni siquiera le importó que el perro gruñera.

—¡Sirio, nada de malas caras! ¿Cuántas veces te he dicho que todo el que viene a esta casa es bien recibido?

Verso habría aplaudido de buena gana, pero como no era más que un gato callejero se limitó a emitir un maullido y a huir tan rápido como pudo, por si acaso.

Esa misma noche, mientras hurgaba en el cubo de los Ruipérez, volvió a ver al hombre de los piñones. Estaba asomado a una de las ventanas de su casa.

—Hola de nuevo, amiguito —lo saludó—. Yo soy poeta y escribo por la noche, cuando todo está en silencio… Bueno, hasta que llegas tú. ¡Qué manía con tirar la tapa de ese cubo de basura! ¡Suena como los platillos de una orquesta sinfónica! ¡Una orquesta desafinada, claro está! ¡Ja, ja, ja! ¿Qué te parece si a partir de ahora vienes a comer y a cenar a casa y a cambio te olvidas de trastear en ese molesto cubo de…? Por cierto,
no me he presentado. Me llamo Vicente, Vicente Aleixandre. Supongo que tú, al ser un gato callejero, no tendrás nombre. ¿Qué tal si te llamo Verso? Lo digo porque veo que eres tan escurridizo y difícil de atrapar como un buen verso.

¡Vaya, por primera vez tenía un nombre! Verso estaba contentísimo y, tras un par de atléticos saltos, alcanzó el alféizar de la ventana de Vicente. Se asomó al interior y vio al poeta tumbado en la cama, largo y recto como el lápiz que llevaba en la mano. Vicente escribía en una cuartilla de papel que apoyaba sobre una carpeta. A Verso le dio la impresión de que la estancia no estaba iluminada por la bombilla que colgaba del techo, sino por la luz azul, casi irreal, de los ojos de aquel hombre. En sus años de gato callejero, nunca había visto una habitación tan bonita: las paredes estaban recubiertas por estanterías rebosantes de libros, y una alfombra de vivos colores adornaba parte del suelo de madera.

 

—¡Anda, pasa! Puedes beber un poco de agua de ese lavabo. Si la basura de los Ruipérez sabe tan mal como huele, estarás deseando calmar la sed —le ofreció Vicente sin levantar la cabeza.

Verso anduvo despacio hasta llegar a los pies del lavabo, al otro lado de la habitación. Se encaramó y comprobó que la vasija ya estaba llena de agua, como si el poeta hubiera adivinado que acabaría visitándolo.

—Bienvenido a Velintonia, Verso —le dijo Vicente—. Así se llama esta casa y, como tú, antes tampoco tenía nombre. Elegí Velintonia porque es como se conoce al árbol más alto del planeta, con largas ramas siempre dispuestas a acoger a todo el mundo. ¿Quieres que te cuente un secreto? Lo que más nos gusta a los poetas es poner nombre a las cosas. Al nombrarlas, cobran más importancia.

Y, de repente, Vicente se puso a recitar en voz alta unos versos:

Tenía la naricilla respingona, y era menuda.
¡Cómo le gustaba correr por la arena! Y se metía en el
agua,
y nunca se asustaba.
Flotaba allí como si aquel hubiera sido siempre su natural
elemento.
Como si las olas la hubieran acercado a la orilla,
trayéndola desde lejos, inocente en la espuma, con los ojos
abiertos bajo la luz.
Rodaba luego con la onda sobre la arena y se reía, risa de
niña en la risa del mar…

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Autor: Emilio Calderón. Ilustraciones: Carmen García Iglesias. Título: El poeta de Velintonia. Editorial: Edelvives. Venta: Todostuslibros y Amazon

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