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El poeta sordo, de Quico Rivas

El poeta sordo, de Quico Rivas

Francisco Rivas Romero-Valdespino, conocido como Quico Rivas (1953-2008), fue crítico de arte, pintor y escritor. Una figura interesante, además de por su perfil intelectual, por su visión innovadora y su capacidad de generar debate. El poeta sordo agrupa 55 de los jaiqús escritos por Rivas entre 1995 y 2004, cada uno de ellos acompañado por una imagen creada para la ocasión por 55 artistas.

Zenda publica una selección de poemas con sus ilustraciones (Ceesepe, José María Sicilia, Guillermo Pérez Villalta…), más los textos de José Luis Gallero, Eva Rivas, Pablo Sycet, Ray Loriga y Koldo Arteda.

Quico Rivas, retratado por Carlos García-Alix (2005).

Q

¿Tú sabes por qué eres andaluz? Porque andas con luz
(Carlos Edmundo de Ory, Diario, 8-V-1951)

Nuestro descenso a la memoria es un descenso infinito
(José Ángel Valente, Poesía, filosofía, memoria, Abc, 21-VI-1996)

Como delata su heterodoxa grafía, las 55 composiciones poéticas reunidas en este volumen bajo el epígrafe de jaiqús no se ajustan, ni mucho menos, a la fórmula canónica fijada por Basho en el siglo XVII (tres versos de 5, 7 y 5 sílabas), sino que constituyen variaciones libres, por no decir libérrimas, del haiku tradicional japonés. La cifra de artistas contribuyentes —uno por cada año de la vida de Francisco Rivas Romero-Valdespino (1953-2008), más conocido como Quico Rivas, o simplemente Q— indica hasta qué punto sería posible articular alrededor de su figura una historia alternativa de la cultura española contemporánea. Si hubiera vivido ciento diez años, no habrían faltado otros tantos cómplices dispuestos a emparejar sus imágenes con los versos del crítico poeta.

Transcurridos más de diez años desde su desaparición, cabría trazar una primera memoria de su legado. En 2011, con prólogo de María Vela Zanetti y epílogo de Juan Manuel Bonet, vio la luz una recopilación de 32 textos fechados entre 1979 y 2002: Cómo escribir de pintura sin que se note (Árdora Ediciones, Madrid). En 2014, apareció su legendaria —por tantas veces como fue anunciada— Reivindicación de Don Pedro Luis de Gálvez a través de sus úlceras, sables y sonetos (Zut Ediciones, Málaga), biografía del poeta y anarquista malagueño, cuyo manuscrito quedó reducido a cenizas la noche del martes 13 de noviembre de 1998 en el incendio de su casa de Los Molinos, localidad madrileña de la Sierra de Guadarrama. El 14 de abril de 2012 se inauguró en una recoleta galería de La Granja (Segovia) la muestra Pintar y pensar: Homenaje a Quico Rivas, con obras de Manolo Quejido y Carlos García-Alix, de quienes se reproducía una conversación en el catálogo. En 2017, un grupo de jóvenes investigadores de Historia del Arte Contemporáneo presentaron en la biblioteca del Museo Reina Sofía de Madrid, a partir de materiales custodiados en su Centro de Documentación, la exposición Vis a vis: Quico Rivas, Archivo y Cárcel, que analizaba su compleja trayectoria como comisario, artista, escritor y activista político. En 2018, con el título de Quico Rivas: Una continua maquinación, otro espacio museístico (Santa Clara, Sevilla) celebró una muestra contextualizada de su obra plástica, organizada por Esther Regueira y Mar Villaespesa.

Los próximos hitos póstumos de Q apuntan hacia la difusión de su obra poética, más de una vez obstruida por el pudor autocrítico del propio Rivas, quien en 1997 declaraba: «Siempre he creído que ser un mal poeta inédito es más digno que ser un mal poeta publicado». En esta operación de rescate, El poeta sordo (55 jaiqús) representa solo el primer paso. La edición ha sido preparada con las mismas dosis de rigor y arbitrariedad que distinguieron al autor. Cuatro años han necesitado los responsables de la misma para culminar las tareas de recuperación, selección, solicitud y acopio de materiales literarios y tributos gráficos, sin contar las tentativas de interlocución, indefectiblemente malogradas, con múltiples instituciones culturales. En el intervalo, las sombras de algunos actores presentes en El poeta sordo —Gonzalo Chillida, Javier Grandes, Julio Juste, Miguel Ángel Campano, Ceesepe— se han desvanecido, como la del propio Quico, por el fondo del escenario. Otros —Lara, Claramunt—, habían tomado la delantera. Alentamos la confianza de que un libro como este —donde aparece en compañía de tantos de sus mejores amigos— es, entre todos los posibles, el que más satisfacción le habría procurado.

José Luis Gallero, Eva Rivas, Pablo Sycet
Madrid, enero 2018

Cuántos Quicos, cuanta suerte

Para tratar de escribir esto que ni es homenaje, ni análisis severo, ni recapitulación, ni memoir, ni nota a pie de página en la vida de un amigo que no la necesita, he intentado ponerme muy serio y hasta he pinchado, ¿se puede decir así todavía?, unas variaciones de Anton Webern con Glen Gould a los dedos, pero ni flores. No tengo razón, ni excusa, ni se me ha ocurrido nada.

Nada que esté a la altura de mi sujeto. Si es que ese diablo se dejase sujetar. Volveré a intentarlo.

Tal vez me baste y sobre con un puñado de recuerdos, o no, mejor que les den a los recuerdos, que siempre mienten, tal vez me baste y no me sobre, corrijo, con un puñado de impresiones. La primera, claro está, fue conocerle. Debía de tener, este que suscribe, unos veinte años, y les puedo jurar que no había visto un tipo más peculiar en mi vida. Hay que considerar que por entonces aún no había conocido a Javier Utray, pero vamos, que de allí ahí le andaba mi desconcierto cuando no mucho después me junté con ambos. Peculiaridad arriba, peculiaridad abajo.

Y eso que aún apenas había hablado con él, con Quico. Y a muchas más penas, tan solo había leído un par de textos suyos. Formidables, eso sí, como todos los que leería luego. Uno de ellos, sobre Alberto García-Alix, otro peculiar encantador. Y fortuna de amigo.

El caso es que al poco ya aparecía como personaje fantasma, cameo dicen ahora, en mi primera novela, trasmutado en un príncipe que se niega a abandonar su disfraz de rana.

Nada de esto tiene nada que ver con la calidad de su escritura, que es lo que nos trae, pero por algún sitio tenía que empezar. Y ya arrancados, ¿qué diablos significa “calidad de una escritura”? Pues tendré que dar mi propia explicación, es decir, mi mera impresión. Aquella que te ata irremisiblemente a un pensamiento ajeno y en absoluto extraño. Como estos mismos versos de Quico:

Como si alguien me bordara
con hilo de seda el corazón.
Las tijeras preguntan tu nombre.

La inteligencia de Quico Rivas, su talento, tanto en el ensayo, en la prosa, en la poesía o en la conversación, consistía, y consiste, en ser capaz de angular la mirada hasta un límite semimposible e invitarte, a cambio, a ver lo que él ve, no solo con sus ojos, sino también con los tuyos. Tal vez por eso se le caían tanto las gafas (o porque tenía el puente de la nariz escurridizo), y se las empujaba de vuelta a su lugar con el dedo, porque su mirada era importante. Y aquí sí que no me voy a poner a explicarles lo que es importante y lo que no, que tendrán ustedes su propio criterio. El caso es que, para mí, lo era y lo es. No menos esencial resultaba su compañía. Pasar el rato con él era siempre una juerga con los bordes afilados, como una de esas latas de antes de que se inventase el abrefácil, que no solo cortaban (todas las lindes cortan e infectan), sino que además tenían dientes y mordían. Pero una juerga al fin y al cabo.

Le agradezco, desde estas líneas, que me dejase siempre al amparo de su sagacidad, sin obligarme al centro de la diana, o al paredón, al que con tanto acierto apuntaban sus balas. A eso, no sé ustedes, yo lo llamo un buen amigo.

Dramatis personae, que dicen los que saben de música, o de teatro, o de certera imaginación.

Y hasta puede que no fuese tan idiota citar a Webern al recordar la impronta de Quico. Y si lo es, lo sería como lo son las paradojas.

Imposibles y necesarias.

Como él y su escritura.

Ray Loriga

JAIQÚ CON ABEJA

Cuando en el fondo del pozo
te pique la abeja
serás una estrella.

BLOODY MAR Y TORMENTA

Entre la cafetería Moka
y la coctelería Boadas
nuestra pequeña historia
desbarra sobre un reguero
de sangre y pimienta.

PLAYA DE LA FAJANA

En los acantilados negros
un tiburón blanco
me sigue la corriente.

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Autor: Quico Rivas. Título: El poeta sordo: 55 jaiqús. Editorial: Huerga & Fierro. Venta: Amazon y Casa del Libro.

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