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El pozo, de Berna González Harbour

Berna González Harbour, ganadora del Premio Dashiell Hammett 2020, publica El pozo (Destino), un thriller periodístico y una apasionada crítica al sensacionalismo mediático. A través de la recreación ficcionada de un caso que monopolizó la atención pública española, la autora reflexiona sobre el mundo del periodismo y critica ferozmente su lado más amarillo.

Zenda publica un adelanto de esta novela.

***

Día 1

I

Hay quien se droga, quien se atiborra a ansiolíticos o bebe hasta el coma para afrontar la tensión, pero ella optaba por pisar el acelerador. Aceleraba en la M-30, en la M-40, en la M-50 y habría acelerado en la M-60 si hubiera existido. Aceleraba Castellana arriba y Castellana abajo para llegar a cualquier parte. Y aceleraba hasta en su garaje. Pero no porque tuviera prisa, sino porque no le habría importado salirse en una curva, dar vueltas de campana o empotrarse contra un muro, y acaso solo le habría importado un segundo después de ocurrir cualquiera de estas cosas, pero no lo suficiente como para que le importara y no antes, como condición previa.

Le habría molestado dejar víctimas, claro, pero no tanto como para pensárselo con antelación. Ningún tipo de previsión, ni buena ni mala, ningún tipo de medición de consecuencias entraba en esa mente diáfana al volante de un Cinquecento trucado porque nada de eso suele estar presente en nadie que se sienta imprescindible en un trabajo inefable y que apenas haya cumplido los treinta. Tal fase evolutiva equivaldría a hacer dieta antes de tener michelines o a dejar de fumar antes de despertar mil veces con los pulmones destrozados tras encender cada cigarrillo con los rescoldos del último. A las etapas se llega.

Así que aceleró de nuevo y casi la decepcionó comprobar que había llegado a tiempo a la barrera del párking, incluso antes de tiempo, y que esta se abría con parsimonia como si al mundo hoy le sobraran los minutos. Aunque a ella, en realidad, sí le sobraban.

Y una vez más ahí estaba, a punto de zambullirse en el nivel -3 del aparcamiento, donde haría una foto de su plaza porque la memoria atiborrada no le alcanzaba para retener dónde dejaba el coche cada día.

Su coche era —se ha dicho— un Cinquecento más que apañado, de segunda mano, que ni siquiera merecía la exhibición de velocidad que se gastaba. Su móvil, una galería de fotos de plazas de aparcamientos sucios que siempre se olvidaba de borrar, un torrente de wasaps prescindibles y una llamada perdida que, al volver a emerger a la superficie, devolvió con avidez, con importancia, como quien recupera el oxígeno agotado o se apresta a retomar las riendas de un gabinete de crisis en pleno estado de emergencia.

—Cuéntame —espetó, directamente, sin saludar.

—Hay un notición, Greta. Tienes que venir. —Era su jefe, la presión habitual (él), la simulación de un hartazgo ante la exigencia constante que ni siquiera ocultaba el orgullo de sentirse reclamada (ella).

—Ya sabes que no puedo.

—Ven, Greta. Lo gestionaremos. Pagaremos la sanción. Pero esto es para ti. Es tu oportunidad.

Greta calló y siguió avanzando a toda mecha. Ya se ha dicho que ella no tenía prisa, pero sus pasos devoraban la acera como si la Audiencia Provincial a la que se dirigía tuviera un cupo limitado para los abogados, gestores, procuradores y otras gentes que ya se amontonaban a la entrada, y ese cupo estuviera ya completo. Ella no era ni abogada, ni procuradora, ni acusada ni acusación. Era periodista. PE-RIO-DISTA, le gustaba enfatizar, en mayúsculas y a mucha honra, a pesar de que la profesión anduviera un tanto devaluada en la teoría, porque en la práctica casi todos estiraban la mano para manosearla —a la profesión— en cuanto la tenían cerca.

Periodista, sí, decíamos. Pero había tenido la buena o la mala fortuna de ser convocada a un jurado popular y, como tal, estaba obligada a asistir hoy, un miércoles luminoso de verano —como llevaba haciendo desde hacía tres días y como seguiría haciendo hasta alcanzar un veredicto—, al juicio contra un joven acaudalado acusado del asesinato de su propia madre en el chalet familiar. Y el incriminado podía ser un pijo, pero no parecía haber cometido más crímenes que el de ir a la hípica los domingos. Más delito tenía haber implantado en España el jurado popular.

—Greta, ¿sigues ahí? —insistió su jefe.

—Estoy más bien en la kashba.

—¿Qué dices?

—Nada. Que estoy entrando en la Audiencia y que parece un mercado. No puedo faltar, ya lo sabes. —Greta logró al fin pasar la barrera de los empujones—. Soy jurado.

—Esta historia es para ti, Greta. Es tu momento. Querías una noticia así, de prime time, y aquí la tienes.

Mmm. El chantaje emocional. Greta frunció el entrecejo en un gesto brusco. Estaba atravesando los tornos tras mostrar su documentación. Greta Cadaqués. Tribunal del jurado número 6.

—¿Qué ha pasado? —preguntó a su jefe—. ¿Cuál es ese notición?

—Una niña se ha caído a un pozo.

—Creía que Trump había lanzado una bomba nuclear.

—Escucha, Greta. Hazme caso. Es una niñita, tres años. Y el pozo mide cien metros de profundidad. ¡Cien metros!

—Esa niña está muerta.

—O viva. Y viva o muerta, toda España está pendiente.

—Te digo que estoy en un jurado, jefe, no puedo.

—Te mando fotos, tú míralas. La boca del pozo no mide más que mi mano abierta. Abre cualquier web. Es una bomba.

—Te tengo que dejar, debo apagar el móvil.

—Antes mira lo que te voy a mandar.

Greta dejó el móvil en la bandeja correspondiente para pasar el arco de seguridad. Al retomarlo debía desconectarlo, como cada día al comenzar las vistas. Pero lo abrió.

Hablaré con alguien para arreglar lo del jurado.

Pero tú ven. Y mira esto:

La foto había entrado nítida en pantalla. Un círculo perfecto en una tierra dura y prieta, un agujero excavado limpiamente en aquel secarral y, sobre él, una mano abierta. Una mano adulta. Una mano morena, de venas marcadas, con unas pulseras de hilos trenzados que habían perdido su color. La mano de un miembro de los equipos de rescate.

—Buenos días. —La letrada judicial iniciaba la jornada, todos los jurados estaban ya en el recibidor donde los reunían antes de pasar a Sala.

—Buenos días.

¿Cuánto puede medir una mano abierta? Greta estiró la suya sobre la carpeta de la documentación. ¿Quince centímetros del extremo del pulgar al del meñique? ¿Veinte centímetros? Observó de nuevo la foto. Aunque fuera una mano masculina, bastante más grande que la suya, no podía medir más de veinte.

¿Y una niña de tres años? ¿Cuál puede ser el diámetro de una niña de tres años, si es que una niña tiene diámetro? Intentó imaginar el de la pequeña que se había escurrido por ese agujero, pero no tenía referencias para compararlo. Su sobrino nunca había mostrado demasiado interés en asomarse al Skype desde su casa de Canadá. Hablaba inglés y francés perfectamente, como su padre, pero su madre apenas había logrado transmitirle un mediocre español; así que el objetivo de conectarse los domingos para charlar con su tía y con sus abuelos españoles se diluyó tras varias sesiones intentando explicarle qué era una paella con unas gambas que, a todas luces, al niño le dieron asco. No ayudaba que el padre quebequés fuera vegano. Ni que formara parte del movimiento antivuelos. Podían salvar el planeta como Greta Thunberg, pero no soportar la visión de la mejor paella. Ni viajar a ver a la familia española.

Así que pocas referencias cercanas tenía Greta, nuestra Greta Cadaqués y no la Thunberg, del diámetro de un niño de tres años; al único de su familia solo había podido abrazarle cuando apenas era un recién nacido y su madre y ella viajaron a Quebec, mientras que el padre, como solía, se quedaba en tierra. Como mayor manifestación de cariño, ahora se conformaba con recordar a su hermana que las vacunas estaban recomendadas por la OMS. Que no eran un capricho de las farmacéuticas.

—Hoy continuaremos analizando los informes periciales sobre las huellas dactilares y restos de ADN hallados junto a la víctima.

Antes de entrar a Sala, la letrada resumió lo que habían analizado la víspera y lo que les esperaba hoy. Greta suspiró. Lo había retenido a la primera y también la mayoría de los miembros del jurado, pero otros se empeñaban en no darse por enterados.

—A mí no me ha quedado claro un tema —interrumpió un jurado de nombre Julián del que, por desgracia, oiremos hablar más veces.

—A ver, Julián. ¿Qué es lo que no te ha quedado claro?

La letrada reaccionó con paciencia. A estas alturas todos sabían que entre los miembros del jurado había tres grupos: los atentos y avispados; los atentos, pero lentos, y los graciosetes. Julián ni ponía atención, ni tenía prisa ni gracia, pero esto él no lo sabía y se empeñaba en situarse en el tercer grupo.

—Si solo había huellas del hijo, ¿qué duda cabe, entonces? Solo pudo ser el hijo, digo yo —se lanzó Julián.

—¡Que no! —reaccionaron varios.

—Joder, Julián, es obvio: los asesinos pudieron llevar guantes —recalcó otro de los jurados—. Y el hijo no los llevaba, nadie lleva guantes en su casa.

—Y eso ya lo aclararon ayer —protestó a la vez otra miembro del jurado.

El crimen se había producido una noche de fragor al concluir la Champions, cuatro años atrás, en una de esas raras ocasiones en las que una ciudad contiene el aliento como un solo ente una y otra vez para desahogarse al final en un clamor colectivo: había ganado el Madrid. Hacía más de treinta grados tras caer el sol y pesaba el aire embalsado de la capital, que todos compartían como un bien ganancial del que nadie quiere deshacerse en una noche de victoria. La familia en cuestión había visto el partido en el porche de la casa con un montón de cervezas y buen vino y, al terminar, Carmen, la madre en cuestión, había subido a su habitación porque le dolía la cabeza. Al ver que tardaba en regresar, el joven fue a buscarla y, según relató, la encontró en el suelo con heridas en el cráneo causadas por un jarrón de porcelana que estaba hecho añicos. La Científica recogió e identificó sus huellas por todas partes, en pomos, suelo, mesilla y en fragmentos del jarrón. Sin embargo, no había ninguna de los dos encapuchados que el joven dijo haber visto cuando huían hacia la parte de atrás del jardín.

—Es normal que las huellas de su hijo estén ahí, Julián. Era su hijo. Y era su casa —dijo otro de los miembros del jurado.

—¿En la habitación de los padres? Mi hijo no se mete en mi cuarto ni de coña. Vamos, que le doy una hostia si se mete, a ver qué se le ha perdido allí.

—Julián, ya he dejado claro que aquí debemos hablar con corrección —dijo la letrada—. Y que analizamos los hechos en sí mismos, a la luz de las pruebas y las leyes. No hace falta traer a colación tu situación personal.

—Nosotros también vimos juntos el partido. Mi hijo y yo —prosiguió Julián, indiferente a la instrucción—, pero él después se largó. Con los amigos. Como debe ser. No vino hasta las tantas, el cabrón.

Greta le escuchó sin replicar. Era sencilla una vida como la de Julián y en ese momento le dio envidia: las cosas claras, la duda muy lejos y los verbos pensar, repensar, cuestionarse, sin conjugar. Abrió disimuladamente el móvil. La noticia de la pequeña caída en el pozo circulaba por todas partes y la imagen de la mano abierta sobre el agujero se repetía en las tendencias de Twitter. Nadie se creía que una niña hubiera podido desvanecerse en un hoyo tan estrecho que no parecía tener cabida ni para un balón de fútbol. El círculo era limpio, perfecto, como trazado a compás, y se parecía más a un agujero de golf que a un pozo de agua. Pero ni los hoyos que salpican los campos de golf más relucientes tenían los bordes tan nítidos, y a Greta le vino a la cabeza la dificultad tan enervante que afrontan los golfistas para meter la bola en esos circulitos perfectos. Podían fallar una y otra vez, aunque lo tuvieran accesible, aunque la bola bordeara de forma exasperante los contornos para alejarse después, y sin embargo acertar milagrosamente, en ocasiones desde muy lejos, cuando lograban un golpe de suerte.

Pericia. Fortuna. Dominio. Quietud. Todo eso se percibía cuando los jugadores blandían los palos para descargar el golpe de gracia que podía llevar una pelota hasta el hoyo.

Impericia. Mala suerte. Nervios. Enorme frustración. Es lo que transmitían los que no lo conseguían, lo había visto muchas madrugadas de insomnio en los canales deportivos de Movistar.

Y a esa niña, sin embargo, se la había tragado un sumidero tan estrecho y artificioso que habría sido imposible encajarla a voluntad en un improbable partido.

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Autora: Berna González Harbour. Título: El pozo. Editorial: Destino. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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