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El puro gusto de contar

Informa la solapa de La taberna de Silos de la cualidad de escritor bajo seudónimo de su autor, Lorenzo G. Acebedo. Tras este nombre ficticio, informa, se oculta alguien que abandonó en su juventud los estudios teológicos por el retiro monacal y, algún tiempo después, el retiro monacal por una mujer. Lo que no aclara es lo que de verdad tendría enjundia e interés, por qué se oculta bajo una firma falsa. Tal vez no haya ninguna razón consistente y se trate simplemente de un anzuelo con presunta eficacia publicitaria. El tiempo, quizás, lo desvelará. En cualquier caso, el tal Acebedo se muestra como un narrador tradicional bien dotado, un genuino contador de historias, que en esta primera suya aprovecha algunos datos de su supuesta biografía real, el conocimiento del mundo de los cenobios y el imán de las mujeres.

La taberna de Silos está repleta de seducciones importadas. La más importante es adjudicarle el protagonismo a un escritor renombrado, diríamos que famoso, aunque la mayor parte de los ciudadanos desconozcan su obra, Gonzalo de Berceo. Tiene, además, el monje riojano la aureola de poeta delicado, de profundo lirismo, de acendrada espiritualidad. Tan desinteresado era que solo pedía como pago un “vaso de bon vino”. Esta imagen, que pervivió durante buena parte del franquismo, la proyectaron escritores del modernismo y la generación del 98. Machado lo ponía “el primero” entre “Mis poetas”. “Su verso es dulce y grave”, lee en santorales y copia historias viejas “mientras le sale afuera la luz del corazón”, se encandila en ese conocido soneto de Campos de Castilla. Azorín hace en Al margen de los clásicos el panegírico del contemplativo, el monje que dentro del monasterio compone versos y pinta un paisaje, mientras desde la “ventanilla” de “la celdita blanca” se “ven unos prados verdes, aterciopelados, un riachuelo que se desliza lento y claro, y un grupo de álamos que se espejean en las aguas límpidas del arroyo”.

"El abad de San Millán le encomienda a Berceo que viaje a Silos con la misión de copiar un manuscrito latino sobre el que el monje-escritor hará un poema en castellano. Pero la misión es una tapadera"

Frente a tanto idealismo delicuescente, a partir del medio siglo pasado, y en la estela marcada por el hispanista Brian Dutton, se fue acuñando un perfil muy distinto al señalar cuánto de intereses materiales y de publicidad había en la Vida de san Millán o los Milagros de Nuestra Señora. Berceo no era un escritor cándido. Fue, podría decirse, un autor de agitprop que quería atemorizar a los renuentes campesinos si no pagaban los tributos debidos al señor feudal del monasterio o venderles a los recelosos cristianos el buen negocio que hacían si confiaban a ciegas en la Virgen María.

No digo esto, esquemáticamente sintetizado, para informar de algo de sobra conocido sino porque una interpretación de Berceo y de su escritura alejada de la ensoñación noventayochista está en la base de la novela de Lorenzo G. Acebedo. A ella, al perfil de un fraile trapacero y lujurioso, se supedita la trama anecdótica. El abad de San Millán le encomienda a Berceo que viaje a Silos con la misión de copiar un manuscrito latino sobre el que el monje-escritor hará un poema en castellano. Pero la misión es una tapadera. So capa secreta del encargo se disimula una alianza de ambos monasterios para reforzar su poder contra sus enemigos, los nobles que pretenden sacar partido del negocio del vino y la comandita eclesiástica del papa y los obispos. La historia narrada, ajena a cualquier impulso de religiosidad y verdadero cristianismo, encierra puros intereses mundanos, ambiciones estrictamente crematísticas. La novela plantea, pues, algo por otra parte tan actual e intemporal a la vez, y de ahí el gancho de la peripecia, como el lucro económico y el poder. A ambos grandes determinantes del ser humano se une una tercera tentación, otro gancho del relato, el disfrute de la mujer, la sexualidad prohibida a aquel mundo de varones insatisfechos.

"No es en puridad una novela criminal, policial o detectivesca salpimentada con enigmas y acertijos sino un descarado popurrí de esta clase de narrativa bajo el paraguas de una narración de aventuras"

No aborda Acebedo, además, un caso único, el encarnado en nuestro poeta de clerecía, sino que lo pone en medio de un microcosmos, el de las poderosas abadías. El propio texto señala su capacidad de representar a nuestra especie: “ninguna de las pasiones humanas se quedaba fuera de un monasterio, sobre todo las más avasalladoras: el deseo, la ira, la ambición de poder”. Los monjes del refectorio de Silos, añade, “formaban una variada representación del mundo, un judas, un inocente, una mujer joven disfrazada de hombre, un asesino”.

El esquema narrativo genérico indicado se alimenta con dosis superabundantes de intriga, engaños, traiciones, falsedades y muertes violentas. No hará falta decir que Acebedo tiene cercano en la mente un modelo, El nombre de la rosa, del que saca amplios réditos, aunque no llegue a su altura. Despoja a la historia de la densidad especulativa teológica con que Umberto Eco adornaba las peripecias de Guillermo de Baskerville. Mantiene, en cambio, otros rasgos de la célebre novela, en particular la traza de relato de misterio e intriga, de novela criminal de acuerdo con principios de la novela popular, del folletín. No es en puridad una novela criminal, policial o detectivesca salpimentada con enigmas y acertijos sino un descarado popurrí de esta clase de narrativa bajo el paraguas de una narración de aventuras.

"Algunas situaciones las fuerza tanto que encubren su traza humorística. A ratos me ha parecido Acebedo un Tarantino español de la novela histórica"

Fiel a las reglas dominantes en la literatura de masas, Acebedo practica el maniqueísmo de los personajes, tipos planos a quienes despoja de densidad psicológica y reduce al esquema buenos y malos, con un supermalo, el fraile giróvago y canalla Aznaro, reconocible dúplica de los matones de la mafia. También prodiga golpes de efecto y sorpresas, robos y crímenes, un suicidio que es un asesinato, identidades secretas (el fray Servando que esconde a una mujer dentro del negro hábito benedictino) y hace que la historia marche camino de la esperada anagnórisis que despeja los arcanos de los sucesos. No se priva, tampoco, de pasajes espeluznantes: como aperitivo, a pocas páginas del comienzo de la novela, hallamos la vomitiva “comunión caníbal” que refiere cómo los monjes van encontrando en el estofado del almuerzo piezas —un dedo, un corte del antebrazo— de un muerto. Por no faltar, no faltan pinceladas lésbicas y homosexuales. Algunas situaciones las fuerza tanto que encubren su traza humorística. A ratos me ha parecido Acebedo un Tarantino español de la novela histórica.

Tan desatada invención tiene el contrapeso de una amplia documentación de época, con la que juega a fondo para que constituya un sugestivo y agradable aliciente. Tal ocurre con la estampa de la vida en los monasterios y, en especial, con la labor de los copistas y las minuciosas noticias acerca de los soportes materiales —el novedoso papiro de trapo— de los manuscritos.

La intriga y el arqueologismo medieval constituyen la doble base de La taberna de Silos. Más no hay que buscar, porque Lorenzo Acebedo no pretende ir más lejos. No quiere añadir sentidos trascendentes ni convertir la obra en reflejo simbólico de nuestros días. No saca mayor provecho a que Berceo narre desde el final de su vida hechos de su lozana cuarentena, pues poca cosa es que reconozca que ha sido un hombre “turbio y sentimental”. Nos quedamos en eso, en un relato que practica sin coartadas el puro y viejo arte de contar. Y como lo hace con destreza y amenidad, y sin propósito de engañar a nadie dándole gato por liebre, tenemos una novela para pasar unos felices ratos de entretenimiento. Esta clase de literatura menor también tiene derecho a existir.

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Autor: Lorenzo G. Acebedo. Título: La taberna de Silos. Editorial: Tusquets. Venta: Todos tus libros.

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